Espié a la aprendiza desde mi escondite en la torre
El rencor es una brasa testaruda. Puede apagarse en apariencia, cubrirse de ceniza durante años, pero basta una corriente de aire para que vuelva a prender con furia. La mía llevaba quince años ardiendo, avivada por cada puerta cerrada en mis narices, cada elogio que no recibí, cada encargo que fue a parar a otras manos. Y siempre, sin excepción, por culpa de Maeris.
Ella era la predilecta de nuestro viejo maestro. Brillante, pulcra, incapaz de equivocarse. Las alabanzas la rodeaban como si fueran su derecho de cuna, mientras yo me consumía en su sombra y la veía ascender hasta que los propios señores élficos le suplicaban que instruyera a sus hijos. ¿Y yo? A mí me dejaron pudrirme en el olvido.
Pero la balanza estaba a punto de inclinarse. Después de tanto tiempo había hallado la forma de cobrarme la deuda, y la pieza central era el grimorio prohibido de Nzarroth. Conseguirlo me costó cosas que prefiero no recordar. Dejarlo en el corazón de su estudio sería apenas el primer movimiento.
No me resultó difícil. Esperé con paciencia a que la hechicera bajara al mercado, como hacía cada dos mañanas, y me colé en su torre con la soltura de quien conoce bien el terreno. Lo que en otro tiempo fueron sortilegios infranqueables eran ahora ecos de su antigua maña: los mismos hechizos que el maestro nos enseñó, sin una sola mejora en quince años. Con cada paso ganaba confianza. Dejé el grimorio justo en el centro de la sala, donde sabía que ella lo vería primero, y me retiré a las sombras, detrás de una de las cortinas, a esperar que la partida comenzara.
El chirrido de la puerta me sobresaltó y me dejó clavado en mi escondite. Pero no fue Maeris quien apareció, como yo había previsto, sino una figura más joven, envuelta en una túnica gris oscuro. Caminaba con la cautela de quien teme ser oído, los pasos ligeros, casi imperceptibles sobre la piedra. Cerró la puerta con un gesto rápido, y entonces lo comprendí: tenía que ser su aprendiza élfica. No había otra explicación. Mi plan no la contemplaba, y aquello complicaba las cosas.
Apenas alcanzaba el metro sesenta de altura y aparentaba poco más de veinte años. Varios mechones rubios y ligeramente ondulados le caían sobre el pecho, marcando un bulto suave en la tela a la altura del busto. Cuando se giró y se quitó la capucha de un tirón, vi que sus ojos eran de un tono avellana con destellos dorados, algo raro en los de su raza, y que una fina rama de fresno le hacía las veces de varita.
—¿Maestra Maeris? —preguntó con una voz aguda y melodiosa—. ¿Hay alguien ahí?
Recorrió la estancia con la mirada, los labios carnosos apenas torcidos en una mueca de recelo, y por un instante temí que me hubiera descubierto tras la cortina. Me agazapé un poco más, repasando de memoria los conjuros de ocultación que conocía, mientras ella escrutaba cada rincón con una precisión inquietante. Al fin se acercó a la puerta, pegó la oreja un momento y giró la llave con un chasquido seco antes de dejarla en la cerradura. Luego, todavía dubitativa, tomó la varita de su cinto y lanzó un sencillo conjuro de sellado.
Convencida ya de estar sola, se encaminó hacia el grimorio.
Por un segundo estuve a punto de salir de mi rincón. No era mi intención atacar, y mucho menos herir a una aprendiza que parecía indefensa, pero el miedo a ser descubierto pesó más que el impulso. Inspiré hondo y apreté con fuerza mi propia vara. Si la cosa se torcía, estaría listo para actuar; aunque ni yo sabía si como aliado o solo para salvar el pellejo.
La elfa se aproximó al libro y flexionó las piernas para verlo mejor. Despacio, acercó el índice a la tapa rugosa, lo arrastró hasta uno de los filos y, por fin, lo abrió de par en par.
Uno de los tentáculos de Nzarroth asomó entre las páginas. Largo, oscuro, ciego, tanteando el aire con movimientos serpenteantes en busca de una presa que devorar.
Si la chica no cerraba el grimorio pronto, en cuestión de segundos todo iría a peor. Dio un salto atrás, se irguió sorprendida y, con una rapidez asombrosa, empuñó la varita dispuesta a lanzar otro hechizo. El latigazo errático de un segundo tentáculo le golpeó el dorso de la mano y la obligó a soltar el arma. Aun así reaccionó deprisa: metió la mano dentro de la túnica, donde supuse que guardaría una poción o lo que fuera que Maeris le hubiera dado para defenderse.
Pero fui yo quien quedó perplejo cuando vi que, ante los tentáculos que iban brotando uno tras otro del libro, lo que la elfa hacía era dejar caer su ropa al suelo.
Una blusa blanca de lino, más corta que la túnica, se le pegaba como una segunda piel por culpa del sudor. Apreté los labios. Desde mi posición casi podía adivinar los pezones marcándose contra la tela tensa de aquellos pechos firmes. Tragué saliva, intentando dominar mi propia excitación.
La elfa atrapó uno de los tentáculos con la mano, abrió la boca por completo y se lo llevó a los labios. Empezó a lamer la punta en círculos, con la fuerza justa para hacer que toda la extremidad se estremeciera al ritmo de su lengua.
El demonio encerrado en aquel volumen arcano había hallado al fin su trofeo. Los tentáculos, cada vez más numerosos, se movieron como uno solo hacia la joven figura. Uno de ellos se deslizó bajo su axila, le envolvió el hombro y arrastró el cuerpo ligero más cerca del libro. Ella se mantuvo firme y, sin soltar el que tenía en la mano, dejó escapar en un susurro burlón un «no, no…» que no ocultaba su diversión. Otro tentáculo le aferró el hombro contrario, ansioso por devorar aquel cuerpo, estorbando su agarre sin lograr nada. La elfa se acercó aún más el tentáculo a los labios y lo introdujo entre ellos con un ruido de succión.
Desde mi rincón veía a la perfección cómo las mejillas de la joven se hinchaban con las sacudidas de aquel apéndice dentro de su boca, y los gemidos que empezó a soltar confirmaban que su lengua seguía trabajando ahí dentro. Entrecerró los ojos mientras su mano libre palpaba el aire en busca de otro tentáculo fuera de su campo de visión. Los gemidos, cada vez más altos, se entremezclaron con un gorgoteo en la garganta. No aflojó ni un ápice el agarre, sosteniendo el extremo en la boca y lamiéndolo con creciente avidez.
La tela de la blusa se rasgó por el hombro y dejó a la vista su escote. Tanto la túnica como la prenda interior aprisionaban unos pechos mucho más grandes de lo que parecían a primera vista. Sin poder evitarlo, mi mano bajó hasta el pantalón mientras la tela iba cediendo con cada movimiento inconsciente de la joven, hasta descubrir unos pezones grandes y sonrosados que enseguida quedaron cubiertos por los tentáculos.
Aquellos apéndices empezaron a frenar sus movimientos, arremolinándose sobre sus pechos hasta casi ocultarlos por entero, deteniendo las puntas a escasos milímetros de los pezones. La dureza de aquellas yemas no les había pasado desapercibida.
La joven hechicera empezaba a doblegar al demonio a sus deseos. La mano que tanteaba el aire atrapó por fin un tentáculo nuevo y lo guió hacia su vientre; los pocos jirones de ropa blanca que le quedaban cayeron al suelo cuando lo obligó a recorrerle el cuerpo, dejándola completamente desnuda. Al llegar al ombligo, el tentáculo presionó contra él, tratando de penetrarlo, y la elfa expulsó el aire de golpe al sentir el empuje. Pero ella tenía un plan mejor.
Lo siguió conduciendo, recorriendo un pubis cubierto por un vello rubio cortísimo y rizado, hasta llegar a su sexo. Lejos de cederle la iniciativa, fue ella misma quien lo empujó hacia dentro. Su boca se abrió en un gemido largo donde se mezclaban la excitación y la sorpresa al notar a aquel ser correoso hundiéndose en sus entrañas mucho más adentro de lo que había calculado. El resto de tentáculos aprovechó para escabullirse entre sus dedos.
Nzarroth pareció cobrar vida nueva.
La elevaron por los hombros mientras los tentáculos de su boca y su sexo embestían con fuerza. A dos metros del suelo, la penetraban con tal ímpetu que por un momento parecía cabalgar sobre un corcel invisible. Los que le envolvían los pechos los estrujaban sin dejar de manosear los pezones, rodeándolos, hundiéndose en la piel. Tres más se sumaron a la fiesta, abriéndose paso con dificultad. Otros tantos empezaron a inspeccionar el estudio, derribando frascos y libros con el riesgo de hacer volar todo por los aires.
La visión de aquel cuerpo penetrado mientras la saliva le caía a borbotones de la boca me pudo. Mi mano dio cuenta de mi empalme y me corrí dentro del pantalón. Por unos segundos, su mirada pareció apuntar hacia mi escondite, y temí haberme delatado.
Si notó mi presencia, los tentáculos no le dejaron tiempo de reaccionar: varios se aferraron a sus piernas, los suficientes para obligarla a inclinar el cuerpo. Quedó casi a cuatro patas, y ya no eran solo sus mejillas las que se ensanchaban; en su vientre se adivinaban los movimientos de aquellos apéndices, como si llevara algo vivo dentro. Los ojos se le inundaron de lágrimas, pero su rostro, lejos de mostrar dolor, parecía en pleno éxtasis.
Un sonido apagado escapó de sus labios, quizás un intento de conjuro.
Estuve a punto de intervenir. No lo hice. Volví a llevarme la mano abajo, tratando de endurecerme de nuevo, imaginando que aquel espectáculo era solo para mi disfrute.
De pronto, desde algún punto del suelo cubierto por una masa informe de tentáculos, se alzó uno de ellos sujetando algo. Apenas distinguí la varita de la hechicera antes de que se convirtiera en un borrón que azotó con rapidez las nalgas de la elfa. La chica gritó de dolor ante los embates, que fueron dejando marcas rojizas allá donde golpeaban una y otra vez. La arreaban, la animaban a seguir cabalgando. Despacio, como si la propia criatura se fuera cansando, el ritmo bajó hasta quedar en una caricia que recorría la hendidura de sus nalgas sin apenas abrirlas.
Al fin, la varita se introdujo entre ellas con un movimiento horizontal, taladrando su ano. El demonio sabía lo que hacía. Presionó con firmeza, avanzando centímetro a centímetro con aquella delgada rama de fresno mientras la hacía girar en círculos para dilatar el agujero todo lo posible. Cuando hubo alcanzado casi toda la longitud del arma, comenzó a sacarla de golpe y a meterla despacio, repitiendo el movimiento con saña premeditada.
Un espasmo inmediato recorrió a la elfa. Se corrió ante la impasibilidad de aquella criatura, que seguía bombeando, apretando, hurgando en sus entrañas. El galope perdió velocidad, pero la hechicera sujetó con fuerza tanto la varita en su trasero como el manojo que la llenaba por delante.
—¡Más! —quiso decir, pero solo emitió un sonido ahogado mientras empujaba hacia dentro con ambas manos, ocupándose ella misma de que la siguieran follando.
Por un instante, viendo el vientre deformado y los temblores de aquel cuerpo, temí que se hiciera un daño real. Pero la elfa parecía gobernar cada movimiento del demonio a su antojo. Los ojos casi en blanco, el cuerpo zarandeado de un lado a otro, se arqueó otra vez al alcanzar un nuevo orgasmo. Separaba sus propios labios para facilitar la tarea y volvía a meterse los apéndices cuando amagaban con retirarse. En un momento dado quedó boca abajo, aleteando en busca de más tentáculos mientras se corría por tercera vez. Sus gemidos y el roce viscoso de aquel ser eran ya lo único que se oía en la sala, destrozados todos los frascos y arrojados al suelo los objetos pesados.
Tuve que apoyarme contra el portón de la cristalera para recobrar el aliento.
Uno a uno, los tentáculos de Nzarroth siguieron las órdenes de la hechicera… a su manera. Empezaron a rodear su cuerpo delgado, primero el vientre, luego el cuello, deslizándose por todo el tronco. Apenas alcanzó a levantar la cabeza y escupir unas palabras ininteligibles antes de quedar casi engullida por ellos. Solo unos mechones rubios sobresalían de la masa informe en que se había convertido al verse envuelta por centenares de apéndices demoníacos. Despacio, fue arrastrada hacia las páginas abiertas del libro, donde sería devorada.
Mi vena caballerosa apareció al fin. Y quizás también la posibilidad de entrar en la partida.
Salté fuera de mi escondite, vara en mano, tambaleándome a cada paso. Apunté a la criatura y conjuré una llamarada que estalló en un fulgor anaranjado. El fuego devoró varios tentáculos, que se retorcieron y encogieron con un siseo, como grasa en una sartén.
El suelo tembló cuando otro tentáculo arremetió contra mí en respuesta. Apenas logré levantar un muro de energía que se deshizo al primer contacto, y tuve que rodar de nuevo hacia la cristalera.
—¡Atrás! —gruñí, lanzando otra ráfaga de fuego directa al libro.
Por un momento, el humo y la ceniza llenaron la estancia. Con cierta satisfacción vi cómo los tres últimos tentáculos vivos, aún humedecidos por los fluidos de la joven, se batían en retirada.
La elfa quedó arrodillada, las manos en el suelo y las piernas abiertas, resollando, dejándome ver solo su melena rubia y sus hombros enrojecidos y cubiertos de sudor.
—¿Estás bien? —pregunté, avanzando con cautela hacia el libro y cerrándolo con la punta de mi vara—. Pasaba frente a la torre cuando escuché tus gritos…
Ni yo mismo me creí aquella excusa improvisada. La hechicera levantó la cabeza y clavó en mí sus ojos avellana a través de la cascada dorada de su cabello. Se incorporó, bamboleándose, a punto de perder el equilibrio más de una vez. Volvió a agacharse, recogió los trapos en que se había convertido su ropa interior y los hizo un ovillo.
—¡¿Cómo te atreves a espiar en este santuario?! —A pesar del tono enfurecido, su rostro encendido por la excitación y la sonrisa que intentaba disimular la contradecían—. ¡Abi hinc!
El hechizo me golpeó de lleno y me lanzó contra el ventanal. El cristal estalló a mi paso y, antes de que pudiera reaccionar, el aire me envolvió. Caí desde lo alto de la torre, con el viento rugiendo en mis oídos y el suelo acercándose demasiado deprisa.
Desperté dos días más tarde en el cuarto de una posada, con el cuerpo entumecido y la cabeza latiéndome como un tambor. La luz me obligó a entornar los ojos, y fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, capté una sombra fugaz. Giré la cabeza a tiempo de ver cómo alguien desaparecía por la ventana con la agilidad de un felino. Me incorporé como pude y me asomé, pero entre los transeúntes no distinguí a nadie que encajara. Aun así, lo supe en mi fuero interno: había sido ella, la elfa.