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Relatos Ardientes

Fui al gimnasio sin sostén para que me miraran

Me llamo Mariana, tengo veintisiete años y nadie me describiría como la chica promedio del gimnasio. Soy morena, de curvas pesadas, con caderas anchas y un trasero que me obliga a comprar los leggings dos tallas más grandes que el resto de la ropa. Pero lo que más llama la atención —y siempre lo ha hecho— son mis pechos. Son grandes, densos, con un peso que los inclina hacia abajo como si la gravedad los hubiera elegido como blanco favorito. Esa mañana decidí ponerlos a trabajar.

Las fiestas habían terminado hacía apenas una semana. Diciembre y enero habían sido una carnicería en mi cocina: tamales con mi tía Rosario, pozole con mi madre, rosca de Reyes con los vecinos y los postres que me llevé al trabajo «para no engordarme» y que terminé devorando yo sola en el escritorio. Me había convertido en una versión más esponjosa de mí misma, y aunque me gustaba mi cuerpo, sabía que algo tenía que hacer antes de que la ropa empezara a hablarme con resentimiento.

Reactivé la membresía del gimnasio el martes. El miércoles abrí el cajón de los sostenes deportivos y, después de mirarlos varios segundos, lo cerré sin tocar ninguno.

—A ver qué pasa hoy —murmuré frente al espejo.

Me puse una blusa blanca de algodón fino, lo bastante ajustada para que el contorno de mis pechos no necesitara explicaciones. Unos leggings negros que se aferraban a las caderas como una segunda piel. Una coleta alta. Nada más.

En cuanto crucé la puerta del gimnasio hice lo que siempre hago: escanear el lugar. No era una multitud, pero había suficiente público. Dos chicas de Instagram en la zona de pesas, una pareja en las máquinas, un hombre mayor en la bicicleta y, al fondo, junto al rack de mancuernas, dos chicos jóvenes que aún no me habían visto entrar. Bingo.

Subí a una de las caminadoras. Ajusté la velocidad a un trote suave, el típico calentamiento que dura cinco minutos. Lo justo para que el balanceo empezara a notarse sin parecer una provocación abierta.

Al primer minuto ya sentía cómo mis pechos se movían dentro de la blusa con un compás propio: subían, caían, se ladeaban, se golpeaban ligeramente entre sí con cada zancada. Aumenté la velocidad. El ritmo se aceleró y el balanceo se volvió rebote, un rebote firme y denso que me obligaba a mantener la espalda recta para no perder el equilibrio.

Miré de reojo. Uno de los chicos —el más alto, de pelo oscuro y brazos marcados— había dejado caer las mancuernas y fingía estirar los hombros. Lo fingía mal. Sus ojos estaban clavados en el espejo que tenía enfrente, y en ese espejo aparecía yo. Su amigo, más delgado y con una gorra al revés, había abandonado por completo la máquina de remo. Estaba sentado, pero no se movía. Solo miraba.

El sudor empezó a aparecer en el nacimiento de mi pelo, después en el escote, y al cabo de diez minutos la blusa blanca había encontrado una nueva utilidad: la de no ocultar nada. La tela se pegó a mi piel hasta volverse traslúcida. Mis pezones, oscuros y endurecidos por el roce constante, marcaron dos círculos perfectos contra el algodón. Sin necesidad de bajar la vista, pude ver el contorno completo de las areolas a través de la blusa empapada.

Y los chicos también lo veían.

Sigan mirando. Para eso estoy aquí.

El más alto se mordió el labio. El de la gorra se pasó la mano por la cara y, sin pensarlo, se acomodó la entrepierna. Disimuló mal. El bulto en sus shorts deportivos había empezado a notarse, una línea inconfundible apuntando hacia un lado del muslo. No era el único: su amigo tenía el mismo problema y se había vuelto a girar hacia el rack de mancuernas para tratar de ocultarlo.

Aceleré un poco más. No por desafío, sino porque la sensación me estaba volviendo loca. Sentir el peso de mis pechos golpeando contra mi torso, rebotando arriba y abajo, sabiendo que dos pares de ojos seguían cada movimiento, había despertado un calor entre mis piernas que ningún ejercicio justificaba. Apretaba los muslos al correr, como si así pudiera contener algo. No podía.

Imagínense chupándolos. Imagínenme encima, rebotando para ustedes.

Estaba mojada. Lo sentía a través de los leggings, una humedad incómoda y deliciosa que se mezclaba con el sudor del entrenamiento. Mis pezones palpitaban. La respiración se me había vuelto entrecortada y no era solo por el esfuerzo. Era por la conciencia constante de ser el centro absoluto de dos miradas que ya no fingían disimular.

***

El chico de la gorra cambió de lugar. Hizo el teatro de buscar otra máquina, pero la suya quedó a tres metros de mi caminadora, en línea recta con mis pechos. Lo eligió a propósito. Empezó a usar la máquina de espalda con un peso ridículo, demasiado ligero para alguien con sus brazos, lo que confirmaba que el ejercicio no le importaba ni un poco. Su amigo lo imitó al rato y se instaló en una máquina contigua. Ahora los dos me tenían perfectamente alineada en su campo visual.

Yo seguía con la mirada al frente, pero cada tres o cuatro zancadas dejaba caer los ojos hacia el panel para asegurarme de que seguían ahí. Seguían. Ni se movían. Cuando me animaba a mirarlos de lado, encontraba siempre los mismos gestos: la lengua paseándose por el labio, la mano que iba al muslo y se quedaba más tiempo del necesario, la respiración que se aceleraba como un eco de la mía.

Era una pena no ser una de esas chicas de gimnasio que se quedan media hora mirándose al espejo. Esa fantasía iba a durar lo que durara mi resistencia. Y mi resistencia, después de las fiestas, era de risa.

Pensé en las chicas de Instagram del fondo, las de cintura de avispa y pechos firmes que no necesitaban gravedad. Las que iban al gimnasio para fotografiarse. Esas chicas también estaban ahí, también respiraban, también tenían escote y leggings. Y, sin embargo, ninguna de las dos había logrado captar la atención de aquellos chicos. Yo, con mis pechos caídos y mis caderas amplias, sí. Esa noche se irían a casa pensando en cómo rebotaba la gordita de la blusa blanca, y eso, por ridículo que sonara, me hacía sentir reina.

Una más, una más, y bajo.

Bajé el ritmo de la cinta. Empecé a respirar fuerte, con la boca abierta, jalando aire como si me hubiera tragado una almohada. El pecho me subía y bajaba con una exageración que ni siquiera necesitaba forzar; mi falta de condición física se ocupó del espectáculo. Mis pechos seguían balanceándose al ritmo de mi respiración, aunque ya no rebotaran como antes. El sudor goteaba por el escote y formaba caminitos brillantes que se perdían bajo la cinturilla del legging.

Apagué la máquina. Me sostuve un segundo en las barras laterales, fingiendo recuperar el aliento. En realidad estaba terminando de disfrutar el momento. Cuando me sentí lista, me bajé.

Antes de irme me concedí una mirada larga hacia el rincón de mis nuevos admiradores. No exagero al decir que ambos llevaban una erección visible. La del más alto se delineaba contra la tela del short como un trazo de lápiz; la del de la gorra apuntaba hacia un costado y le quedaba pegada al muslo. Ninguno hizo nada para ocultarla cuando se cruzaron mis ojos con los suyos.

Les sonreí. Una sonrisa pequeña, suficiente para confirmarles que lo había visto todo. Recogí mi toalla, me la pasé por el cuello con calma y caminé hacia la salida sintiendo cómo el peso de mis pechos se balanceaba ahora sin freno, libres bajo la blusa traslúcida.

***

Pensé que me seguirían. Lo pensé en serio. Imaginé un encuentro rápido en el estacionamiento, junto a la columna que separa la rampa de los autos, los dos turnándose o los dos a la vez, lo que prefirieran. No me iba a negar. La verdad es que les habría dejado hacer cualquier cosa con tal de no salir de allí sin terminar lo que mis pechos habían empezado.

Pero la vida tiene formas crueles de recordarte tu lugar.

Cuando crucé la zona de recepción aparecieron dos chicas, jóvenes y delgadas, esa clase de chicas que parecen recién bajadas de un anuncio de yogur descremado. Se les colgaron del brazo a mis admiradores con la naturalidad del que reclama lo suyo. Los besaron en la mejilla, les preguntaron cómo había ido el entrenamiento, los empujaron hacia los vestuarios sin enterarse de nada. Vi a los dos chicos desviar la mirada por última vez hacia mí, con un brillo distinto en los ojos, casi de disculpa, y luego dejarse llevar.

Sonreí para mí. En cierto modo, yo había ganado igual. Esa noche, mientras esas novias bonitas se acostaran con sus chicos, estarían recibiendo el efecto colateral de mis pechos rebotando en la caminadora. Iban a coger con ellos pensando en mí. Muchas veces el sexo más intenso no lo provoca quien tienes al lado, sino quien viste de lejos.

Caminé hasta el auto con el cuerpo todavía vibrando. Abrí la puerta, me senté y la cerré con un golpe seco. El aire acondicionado me golpeó la blusa empapada y mis pezones se endurecieron aún más, como protestando por el cambio de temperatura.

No alcancé a llegar a casa.

Me levanté la blusa sin pensarlo demasiado. Mis pechos cayeron pesados sobre mi vientre, con la piel brillando por el sudor. Me los sostuve un momento, palpando su densidad, recordando las miradas que los habían seguido en cada zancada. Después metí la mano por debajo del elástico del legging.

Estaba empapada. Más de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo. Los dedos se deslizaron sin esfuerzo, encontraron el clítoris hinchado y empezaron a moverse en círculos pequeños y rápidos. Cerré los ojos. Recuperé las imágenes: los labios mordidos, las manos disimulando el bulto en los shorts, la lengua nerviosa, los ojos clavados en mis pezones marcados a través de la tela.

Sí, miren. Miren todo.

Aceleré el ritmo. Imaginé a los dos chicos en su casa esa noche, encima de sus novias, intentando concentrarse y sin conseguirlo del todo. Imaginé al de la gorra murmurando «Dios mío» antes de venirse pensando en mí. Imaginé al más alto, con la cara enterrada entre los pechos de su novia, deseando que fueran los míos.

El orgasmo me golpeó con fuerza, sin aviso. Sentí cómo todo el cuerpo se me contraía, cómo los muslos se cerraban sobre la mano, cómo mis pechos temblaban a cada espasmo. Solté un gemido largo, ronco, que rebotó dentro del auto y que cualquier persona caminando por el estacionamiento habría escuchado de haber estado cerca. Por suerte, nadie estaba cerca.

Me quedé un par de minutos sin moverme, respirando, con la mano aún metida entre los muslos y los pechos al aire libre. Cuando finalmente abrí los ojos, vi mi reflejo en el espejo retrovisor: cara enrojecida, pelo pegado a la frente, una sonrisa medio idiota.

Encendí el coche. Antes de meter primera, me bajé la blusa con cuidado, no porque me importara que alguien me viera, sino porque las telas mojadas se enfrían y prefería conducir a gusto.

Pensé en el próximo martes. En la próxima blusa. Tal vez una gris, esta vez. Las grises se vuelven todavía más transparentes cuando se mojan.

Sonreí mientras salía del estacionamiento. El gimnasio, después de todo, había resultado ser un ejercicio mucho más interesante de lo que esperaba.

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Comentarios (3)

Torrente_93

Tremendo relato!! de lo mejor que lei esta semana, gracias por compartirlo

CuriosaFiel

Ay por favor que haya segunda parte!! me quede con ganas de saber que paso despues jaja

ValentinaCordoba

Me recuerda bastante a una situacion que viví yo hace unos años, y te juro que funciona igual de bien en la realidad. Muy real todo, sin exagerar nada.

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