Llegué a las tres y la encontré durmiendo con ellos
Pasaba de las once de la noche y yo todavía estaba en la ruta, atrapado detrás de un camión cargado de tubos que no me dejaba pasar. Tenía veintisiete años, trabajaba como auditor en un estudio mediano y esa semana me habían mandado a revisar la contabilidad de una distribuidora a cuatro horas de mi casa. Mariana, mi novia, estudiaba el último año de ingeniería industrial y arrastraba desde hacía meses un proyecto final con tres compañeros de la facultad, los únicos con los que había logrado armar grupo estable.
Era una de las pocas mujeres de su año. No me había molestado nunca, o al menos eso me decía a mí mismo. Hasta que esa tarde me llamó para avisarme que la reunión del proyecto se alargaba y que se iba a quedar a dormir en la casa de Lautaro, uno de los compañeros, porque otro de ellos trabajaba en un turno tarde y no podía juntarse antes.
—Vení vos también cuando termines —me dijo por teléfono, con esa voz tranquila que sabía calmarme—. Lautaro deja la puerta sin llave, no importa la hora.
A los compañeros los conocía. Habíamos compartido asados, alguna cerveza después de un parcial, hasta un cumpleaños. Eran tipos cordiales, ninguno me caía mal. Igual algo dentro del pecho se me cerró cuando colgué.
Manejé las cuatro horas en silencio, sin radio, masticando una incomodidad que no terminaba de nombrar. Mi novia durmiendo en una casa con tres hombres. Yo lejos. La puerta sin llave. Me repetía que eran proyectos serios, que el último año de la carrera era un infierno, que ella nunca me había dado motivos. Y sin embargo, cada kilómetro que avanzaba, más rápido pisaba el acelerador.
Llegué a las tres y diez de la madrugada. El barrio estaba muerto. El portón de Lautaro no estaba trabado, solo entornado, como me habían dicho. Empujé con dos dedos y entré al patio sin hacer ruido. Mi reloj marcaba el tiempo con un tic que me parecía demasiado fuerte.
La luz del living seguía encendida. También la del fondo, sobre la mesa donde supuse que habían trabajado. Había hojas dispersas, dos notebooks abiertas, vasos vacíos, una botella de vino tinto vacía y una de fernet por la mitad. Apagué las luces, una a una, con la sensación absurda de estar entrando en una casa ajena a robar algo.
Caminé por el pasillo. La puerta del dormitorio principal estaba apenas entornada y, debajo, una franja amarilla delataba que la luz seguía prendida. Apoyé la palma en la madera y empujé despacio.
Lo primero que sentí fue calor. Después, ese olor mezclado de cuerpos dormidos, alcohol viejo y desodorante de hombre. Lo segundo fue una punzada en el estómago que ya no me soltó hasta el día siguiente.
Lautaro dormía en un sillón cama contra la pared, completamente desnudo, con una manta a la altura de las rodillas. Sebastián estaba en una colchoneta en el piso, en bóxer, boca abajo, con la espalda al aire. Federico estaba en otra colchoneta, en short y sin remera, abrazado a una almohada. Y Mariana, mi Mariana, estaba en la cama matrimonial del cuarto, sola, dormida de costado.
Tenía puesta una camisa larga de hombre, blanca, con los dos primeros botones abiertos. No era mía. No era de ella. Las piernas las tenía dobladas y la camisa se le había subido hasta la cintura. Llevaba unas bragas rojas, chiquitas, que no le había visto nunca. La curva de la cadera quedaba expuesta al aire, perfectamente iluminada por el velador que nadie se había acordado de apagar.
Me quedé quieto, sin entrar del todo, una mano todavía en el picaporte. Era una imagen que no me cuadraba. Las bragas a la vista, la camisa ajena, los tres tipos a metros de ella, la luz prendida como si fuera un escenario.
¿Qué carajo pasó acá antes de que se durmieran?
Saqué el celular del bolsillo. Bajé el brillo al mínimo, puse el silencio absoluto y le tomé tres fotos. Una del cuarto entero, otra de ella y otra de Lautaro desnudo en el sillón. No sé exactamente para qué, pero algo en mí no quería que esa escena se quedara solo en mi cabeza. Si después intentaba convencerme de que estaba exagerando, las fotos iban a estar ahí para recordarme lo que había visto.
Avancé hasta el borde de la cama. La respiración de Mariana era pareja, profunda. Tenía el pelo suelto pegado a la sien por el sudor. Me agaché a su lado, todavía en cuclillas, y le miré las piernas, la nuca, el hombro descubierto donde se le había corrido la camisa.
Hice algo que después me dio vergüenza pero que en ese momento me salió solo. Adelanté la mano y, con la yema de dos dedos, le rocé el costado de las bragas, por fuera. Quería saber si la tela estaba húmeda. Quería saber, sin tener que preguntarle, si esa noche había pasado algo.
Mariana se movió en el sueño. Murmuró algo que no entendí y se dio vuelta lentamente, dándome la espalda. Retiré la mano como si me hubiera quemado.
Fue entonces cuando escuché la voz de Lautaro detrás de mí.
—Lindo culo, ¿no? —dijo, ronco, sin levantarse del sillón.
Me di vuelta de golpe. Estaba despierto, apoyado sobre un codo, con la manta corrida del todo, sin disimular. Tenía la mirada vidriosa, todavía borracho de la noche, y la mano apoyada sobre su sexo, que ya estaba duro. No se movía, pero tampoco se cubría.
—¿Qué hacés, boludo? —le dije en un susurro furioso.
—Tranquilo, hermano —se rio sin alzar la voz—. Pensé que ibas a empezar acá nomás cuando entraste. Hasta me había acomodado para mirar.
—Sos un pelotudo —contesté.
Se encogió de hombros, todavía sonriendo, y se acostó de nuevo. Cerró los ojos como si nada. Como si ese fuera un comentario normal entre amigos. Yo me quedé parado, en la oscuridad relativa del cuarto, con el corazón pegándome contra las costillas.
Apagué el velador. Me saqué los zapatos. Me acosté arriba de la sábana, vestido, al lado de Mariana, y le pasé un brazo por la cintura como si quisiera marcar un territorio que ya no estaba seguro de tener. Ella suspiró sin despertarse y se apretó contra mí.
No dormí. Estuve cinco horas escuchando respiraciones ajenas en una casa que no era mía, mirando el techo, repasando cada frase que ella me había dicho en los últimos meses. Cada vez que me había mandado a callar cuando le preguntaba por el grupo. Cada vez que se había reído de un mensaje del celular sin mostrarme la pantalla. Cada cumpleaños de Lautaro al que había ido sin mí.
***
A las nueve de la mañana salimos los dos solos de la casa, todavía con los compañeros durmiendo. Caminamos hasta el auto sin hablar. Ella se había puesto una calza y la camisa blanca encima, esa misma camisa que no era mía. Recién cuando arranqué el motor le pregunté.
—¿Qué hacían anoche?
—Trabajando, ¿qué iban a hacer? —contestó sin mirarme.
—Vos en bragas y los tres tipos prácticamente desnudos.
—Hacía calor. Federico apagó el aire porque le dolía el oído. Me cambié en el baño y me puse una camisa de Lautaro porque no había traído pijama. ¿Qué querés que te diga?
—Las bragas eran rojas. No las conozco.
Giró la cabeza despacio y me miró por primera vez en todo el viaje.
—¿En serio me estás diciendo esto? ¿Me estás controlando la ropa interior?
—Te estoy preguntando.
—Me las compré ayer, antes de venir. ¿Querés el ticket? —el tono era cortante—. Si vas a ser así de inseguro, mejor dejémoslo acá. Esto no se sostiene.
Manejé otros veinte minutos en silencio. Pensaba decirle lo del comentario de Lautaro, lo de la mano sobre su sexo, lo de las fotos en mi celular. No le dije nada. Tenía miedo de que la respuesta fuera todavía peor que el silencio.
Dos días después, en mi departamento, lo intenté de nuevo. Se lo planteé con más calma. Le pregunté por qué Lautaro había dicho lo que dijo. Por qué se cambiaban delante de ella sin pudor cuando tenían exposiciones. Cómo había llegado el grupo a esa confianza.
—Son mis compañeros, no mis amantes —me dijo, con paciencia de maestra cansada—. Sí, me han visto en ropa interior. Una vez Sebastián me vio desnuda cuando salí del baño porque me había olvidado la toalla. No se hizo el escándalo que te estás haciendo vos.
—¿Y la noche que decís que se mostraron en cueros para ver quién la tenía más grande? —le tiré, porque me lo había contado ella misma, semanas antes, riéndose como si fuera una anécdota más.
Se quedó callada un instante. Después soltó una risa corta, sin gracia.
—Fue una boludez de borrachera. Yo había salido del baño envuelta en una toalla y empezaron a joder. Me preguntaron a quién veía más dotado. Se las mostraron, sí. Les dije a Lautaro y se rieron como idiotas. No pasó nada más.
—Se la pusiste dura sin tocarlos.
—Ellos solitos se la pusieron dura. Yo solo miré y opiné. ¿Eso es engañarte?
No supe qué contestar. Sentía que sí, que algo había pasado, aunque no pudiera ponerlo en palabras. Sentía también que cualquier cosa que dijera iba a sonar a hombre celoso, posesivo, controlador. Tres etiquetas que ella ya estaba empezando a colgarme en cada conversación.
—Te estás desconociendo —me dijo esa noche, antes de darme la espalda en la cama—. No te quiero así.
***
Aguantamos dos meses más. Dos meses de mensajes que tardaba en contestar, de proyectos que se alargaban, de fines de semana en los que ella se iba sin avisar a qué hora volvía. Yo no volví a sacar el tema, pero el tema estaba siempre. Era una tercera persona, o cuatro, dentro de todas las habitaciones en las que estábamos juntos.
Cortamos un domingo a la tarde, sin grandes discusiones. Ella me dijo que ya no era el mismo, yo le dije que ella tampoco. Nos abrazamos en la puerta y no la vi nunca más.
Pasaron tres años. Estoy en otra relación, con una mujer que no se parece en nada a Mariana. Vivo tranquilo. Y sin embargo, cuando estoy solo, cuando mi pareja actual duerme y yo me quedo mirando el techo, vuelvo a ese cuarto. Vuelvo a la camisa blanca subida hasta la cintura, a las bragas rojas, al velador encendido, a Lautaro desnudo masturbándose despacio frente a mí, a ese «lindo culo, ¿no?» dicho en voz baja como si fuera una invitación.
Las fotos siguen en una carpeta oculta del teléfono. Nunca las miré con otra persona. Pero a veces, en silencio, las abro. Y descubro que aquella escena que me destruyó entonces ahora me excita más que cualquier fantasía. Que en el fondo me hubiese gustado quedarme parado en la puerta, sin apagar la luz, dejando que pasara lo que iba a pasar.
Pero eso ya es otra historia, y la voy a contar en otro relato.