La cámara que escondí en el cuarto de mi prima
Hace poco más de dos años heredé un portátil viejo y polvoriento que mi tío Aníbal había dejado olvidado en el sótano. Tenía la tapa rayada, un teclado con teclas amarillentas y una batería que apenas duraba veinte minutos. Lo usé al principio para descargar películas y hacer trabajos de la facultad, hasta que una noche, navegando por foros raros a las tres de la mañana, caí en un hilo enorme dedicado al voyerismo. Hombres que escondían cámaras en oficinas, en vestuarios, en habitaciones de hermanas. Historias de cómo lo hacían, qué ángulos funcionaban, cómo disimular el equipo, qué software usaban para grabar sin que se encendiera ninguna lucecita delatora. No pude cerrar la ventana del navegador. Esa misma noche supe que iba a probarlo.
La cara que apareció en mi cabeza fue la de mi prima Luciana.
Luciana siempre había sido el motivo silencioso de mis fantasías. Es bajita, de piel canela cálida, con el pelo castaño claro que casi siempre lleva atado en una coleta alta. Tiene ojos oscuros, pestañas largas y un puñado de pecas en el puente de la nariz que se le marcan cuando se ríe. Lo que más me obsesionaba era la combinación entre su cintura estrecha y unas caderas que parecían dibujadas con regla. Cuando se ponía esos pantalones de yoga negros que tanto le gustaban, no podía concentrarme en nada de lo que decía. Y los vestidos cortos de verano, con los muslos cremosos asomando, eran directamente una tortura.
Trabajábamos cerca y, por una mezcla de cariño y conveniencia, yo pasaba muchas mañanas por su departamento antes de irnos al trabajo. La rutina era casi siempre la misma: yo llegaba, ella todavía estaba cocinando, charlábamos un rato y después se metía a ducharse. Era una ventana perfecta. Solo tenía que aprender a usarla.
Voy a contar lo que pasó por grabaciones.
***
Primera grabación.
Llegué a su departamento un martes a las once y media. Ella estaba en la cocina, descalza, con una camiseta vieja que le quedaba enorme y unos shorts de algodón que apenas se veían debajo. Olía a salsa de tomate y a su perfume. Me ofreció café y, mientras hablábamos del calor y de algún chisme familiar, le pedí permiso para dejar el portátil cargando en su habitación, que el enchufe de la cocina no servía. Ella asintió sin levantar la vista de la sartén.
Subí, cerré la puerta despacio y elegí mi sitio. Encima de la cómoda, junto al espejo, dejé el portátil entreabierto. Apunté la cámara hacia el ángulo donde calculaba que ella se desvestía. Activé la grabación, bajé el brillo de la pantalla para que no se notara el reflejo y salí. Volví a la cocina como si nada y le seguí preguntando por su madre.
Entre que terminó de cocinar, comió algo de pie, se metió a la ducha y volvió al cuarto a vestirse, pasaron casi treinta minutos. Treinta minutos que se me hicieron eternos. Cada vez que reía, yo pensaba que iba a subir al cuarto a buscar algo y descubriría el portátil. Cada vez que oía sus pasos hacia el pasillo, me tensaba como una cuerda. Pero no pasó nada. Salió arreglada, recogió la cartera, comió otro bocado y nos fuimos al trabajo.
Esperé hasta llegar a mi casa, encerrarme en mi cuarto y poner el video. Solo entonces respiré.
El ángulo me había salido peor de lo que esperaba. Solo se veía la mitad superior de su cuerpo. Cuando entró al cuarto se quedó un rato sentada en la cama mirando el celular. Después, sin levantar la vista, se sacó la camiseta. Tenía un sostén granate de encaje fino que dejaba entrever los pezones. Lo poco que alcanzaba a verse más abajo era el elástico de un tanga del mismo color. Se desabrochó el sostén, lo dejó caer al colchón, y al fin pude ver sus pechos. No eran enormes, pero eran exactamente como los había imaginado: redondos, con los pezones pequeños y rosados, apuntando ligeramente hacia arriba. Se quedó así, en topless, escribiendo algo en el celular durante casi un minuto.
Cuando volvió de la ducha, todavía con el pelo mojado y la piel brillante, se sentó en el borde de la cama y se echó crema en los hombros, en los brazos, en los pechos. Los acariciaba como si pensara en otra cosa. Yo no aguanté más. Esa fue la primera de muchas pajas que iba a dedicarle.
***
Segunda grabación.
Aprendí del error. La semana siguiente llegué con el portátil cargado y, antes de bajar a saludar, hice una prueba rápida: encendí la cámara, grabé diez segundos, miré la imagen y corregí la altura usando un par de libros viejos. Ahora el plano cubría desde la cabecera de la cama hasta el suelo. Todo el cuerpo, sin recortes.
Repetimos el ritual. Café, charla, cocina. Luciana esa mañana estaba más callada, distraída con un problema del trabajo, y lo aproveché para que no notara que estaba más nervioso de lo normal. Cuando se metió al baño, me quedé en su cuarto con la excusa de revisar un mail urgente, y al rato bajé a la cocina a esperarla. Comió, se quejó del tráfico y se fue.
Cuando puse el video en mi casa, casi se me cae el portátil de las manos.
Esta vez entró al cuarto directo a desvestirse. Sin medias tintas. Se sacó la camiseta y, esta vez, no llevaba sostén debajo. Vi sus pechos caer, sueltos, naturales, con un leve balanceo que me dejó la boca seca. Se bajó el pantalón hasta los tobillos y se quedó con un tanga blanco que se le perdía entre las nalgas. No sabía qué mirar primero. Las piernas eran largas para su estatura, firmes, de una palidez interrumpida solo por una pequeña marca de nacimiento en la cara interna del muslo izquierdo. Cuando se inclinó para sacarse el tanga, las nalgas se le abrieron apenas, redondas y altas, y entendí por qué los pantalones de yoga me dejaban inútil.
Caminó hacia el baño y desapareció del cuadro. Volvió diez minutos después, todavía húmeda. La cámara la enfocó de frente mientras se secaba el pelo con la toalla. Su sexo, ligeramente cubierto por un vello castaño claro que ella mantenía corto, quedó a la vista durante varios segundos. El abdomen subía y bajaba al ritmo de la respiración. Se acercó al espejo de la cómoda, prácticamente al lado de mi portátil, y se echó crema. Empezó por las pantorrillas, subió por los muslos y, cuando llegó a las nalgas, las amasó con las dos manos. Cada vez que apretaba, se le abrían un poco. La imagen de mi lengua entre ellas estuvo tan vívida que tuve que pausar el video.
Eligió un conjunto negro: un tanga finito y un sostén con encaje en los bordes. Cuando se puso de pie frente al espejo para acomodarse, me regaló el plano que más volvería a ver. Sus nalgas en hilo negro, levantadas, blancas contra la tela oscura. Un cuadro que parecía hecho para mí.
***
Tercera grabación.
Esta vez no fue planeada. Fue suerte.
Llegué un viernes y ella estaba apuradísima. Se le había hecho tarde, la carne se estaba pasando en la sartén y todavía no se había bañado. Dejé el portátil grabando en el cuarto, como siempre, y bajé a ayudarla. Estaba terminando de revolver la sartén cuando ella apareció en la cocina envuelta solo en una toalla. La toalla, blanca, le llegaba apenas un palmo por debajo de las nalgas. Cuando se inclinó sobre la hornalla para mover la carne, vi por debajo de la tela un asomo de piel que casi me hizo perder el control.
No sé en qué momento decidí lo que hice. Saqué el celular del bolsillo, lo puse a grabar y, fingiendo agacharme a buscar algo en el cajón de abajo, lo acerqué todo lo que pude a la parte interna de sus muslos. Lo sostuve quieto durante tres o cuatro segundos eternos, con el corazón en la garganta, y volví a guardarlo. Ella ni se inmutó.
Cuando se fue a la ducha, me encerré dos minutos en el baño de visitas para revisar el video. El plano era cerrado, casi rozando la piel. Su sexo, depilado, de labios pequeños y rosados, y por encima, la curva de un ano apretado y limpio. Lo vi tres veces seguidas. Cuando salí al pasillo, sin pensarlo, entré a su cuarto y eyaculé sobre el tanga que ella había dejado encima de la cama, todavía tibio del cuerpo que lo había usado horas antes. Lo doblé como estaba y lo dejé en el mismo lugar.
Volví a casa con el portátil bajo el brazo y el celular ardiéndome en el bolsillo.
El video del cuarto fue, sin discusión, el mejor de todos.
Esa mañana tardó en vestirse. Se quedó casi quince minutos paseándose desnuda por la habitación, con el celular en la mano, atendiendo no sé qué llamada que la tenía irritada. Se paró frente a la cámara sin saberlo, en primer plano, mostrando los pechos otra vez duros por el frío del aire acondicionado. Cada tanto se daba vuelta para escribir algo, y sus nalgas llenaban toda la pantalla.
Cuando colgó, se sentó en el borde de la cama y se echó crema. Esta vez fue distinto. Sus dedos bajaron por el abdomen, se detuvieron entre los muslos, y por un instante creí que iba a tocarse. No lo hizo. Pero abrió un frasco que no reconocí, agarró un poco de crema espesa, subió un pie al borde de la cama y se inclinó frente al espejo. Desde el ángulo de la cámara, esa postura le abrió las nalgas por completo. Pude verle el ano por primera vez, rosado, pequeño, con esa contracción mínima que delata cuando un cuerpo se siente observado aunque no sepa por qué. Se untó el dedo y se lo metió apenas un centímetro. Se quedó así unos segundos, con los ojos cerrados, y después siguió vistiéndose como si nada hubiera pasado.
Esa noche no dormí.
***
Hoy mi viejo portátil es otra cosa. Ya no lo uso para descargar películas ni para hacer trabajos. Tiene un nombre nuevo en mi cabeza, una función única. Es el aparato que me deja ver lo que mi prima nunca va a saber que vi. Y, si tengo tiempo y ganas, puedo contar lo que pasó en las siguientes grabaciones, que fueron muchas, y cada una mejor que la anterior.