Lo que vi cuando mi mejor amiga durmió en casa
Otro día de vacaciones se anunciaba pesado y yo seguía con el cuerpo demasiado despierto. Llevaba dos noches durmiendo mal, repasando aquella tarde en la cala con el desconocido del que ya ni recordaba el nombre. El móvil vibró sobre la mesilla y di un respingo. Era Daniela. Después de aquel verano raro entre nosotras, después de la piscina y de no volver a mencionarlo nunca, su mensaje volvía a ser uno de esos de antes: un meme tonto y un «cuéntame algo».
Le contesté que estaba muerta de aburrimiento y la invité a casa. A las seis en punto la tenía en el portal, con un top de tirantes y unos pantalones cortos vaqueros. Yo llevaba lo de siempre por casa: una camisa ancha de mi padre y un pantalón de chándal. Nos tiramos en el sofá del salón con la tele puesta en cualquier película y empezamos a hablar de lo que de verdad importaba.
—¿A que no sabes adónde fui el otro día? —le dije, jugando con el mando.
—No tengo ni idea. Dame una pista.
—Cogí el autobús.
—Te fuiste al centro.
—Frío, frío.
—¿A la costa?
—Caliente.
—A la playa.
—Bingo.
Le conté lo justo: la pareja, la discusión, la chica que se largó enfadada, el hombre que se acercó luego con la excusa de la crema solar. Le ahorré algunos detalles, pero cuando llegó a la parte de la caseta de duchas se le abrieron los ojos como platos.
—Te lo follaste.
—Más bien él a mí.
—Eres una guarra —rió—. ¿Y qué tal?
—Acabé dos veces. Sabía lo que hacía.
—Pues vaya suerte tienes tú. Desde que lo dejé con Andrés no he vuelto a hacer nada con nadie.
—Algo te saldrá.
—No sé yo. Y oye, ¿con Hugo qué?
—Estamos en una especie de descanso por mi parte.
—Ya. ¿A cuántos te has tirado desde que sales con él?
—Solo tres. Si no te cuento a ti.
Se hizo un silencio raro, de esos que siempre aparecían cuando salía aquello a la superficie. Daniela apartó la mirada hacia la pantalla y se rascó la rodilla.
—Aquello fue un calentón —murmuró—. Sabes que las chicas no me van.
—Tranquila. No va a pasar nada que tú no quieras.
Me dio un abrazo largo. Olía a coco y a champú barato. Cuando me solté del abrazo me di cuenta de que se había hecho de noche y de que tenía un hambre tonta.
—¿Te quedas a dormir? Como cuando teníamos catorce.
—Vale, dame un minuto que llamo a casa.
***
Empezamos a preparar la cena las dos. Cuando mi padre entró por la puerta del piso, se quedó parado en el recibidor con las llaves colgando todavía del dedo.
—¿Tú eres Daniela?
—La misma. Hola, señor Eduardo.
—Pero qué barbaridad. Si yo te recuerdo así —dijo, poniendo la mano a la altura de la cintura—. ¿Cuántos años hace que no venías a casa?
—Demasiados. Crecí un poco.
—Lo suficiente como para no reconocerte si te cruzo en la calle.
—Papá, ¿puede quedarse esta noche?
—Claro, cariño. Ya sabes que sí.
Mi padre trabajaba de lunes a sábado repartiendo suministros a bares y restaurantes de toda la zona de la costa. Apenas pisaba el piso salvo para cenar y caer rendido en la cama. Se había separado de mi madre hacía cuatro años, y desde entonces, que yo supiera, no había vuelto a salir con nadie. Tenía cuarenta y seis años, un cuerpo fornido que empezaba a perder la línea por la cintura y un pelo que aún resistía, aunque cada vez con menos convicción. No era el típico hombre que ligaba en las terrazas. Sin embargo, había algo en su forma de moverse, en cómo dejaba caer la voz cuando hablaba en serio, que imponía sin necesidad de levantarla.
Yo había cortado embutido y preparado una ensalada. Nada elaborado. Daniela se sentó frente a nosotros, mi padre a mi lado. Mientras hablábamos del nuevo centro comercial que iban a construir junto al puerto, no pude evitar fijarme en el escote del top de mi amiga. Sus pechos asomaban con descaro cada vez que se inclinaba sobre el plato. Y recordé sin querer el agua de la piscina, sus manos buscándome, el calentón que ninguna de las dos quiso reconocer al día siguiente.
Entonces giré la cabeza hacia mi padre. La tenía clavada exactamente en el mismo sitio que yo. Le di una patada por debajo de la mesa. Me miró sobresaltado y bajó los ojos al plato sin decir palabra.
¿Cómo puedes ser tan cerdo? Es la misma edad que tu hija. La has visto crecer.
Por suerte, o eso creí entonces, Daniela parecía no haberse dado cuenta de nada.
Después de cenar, mi padre se fue al salón con un café y nosotras recogimos. En mi cuarto le preparé la cama supletoria y le pasé un pijama mío: una camisa holgada y un pantalón corto de algodón. Apagamos la luz hacia la una.
***
Me desperté con la garganta seca y la sensación rara de que algo no encajaba. La cama de Daniela estaba vacía. Pensé que se habría levantado al baño, pero pasaron diez minutos y no volvió. Salí del cuarto sin encender ninguna luz.
Al fondo del pasillo, desde la cocina, llegaban susurros. Una voz de hombre y una voz de mujer. Me pegué a la pared y avancé los últimos metros casi sin respirar.
—Me dolió mucho enterarme así, ¿sabes? —decía ella.
—Los chicos a esa edad solo piensan en una cosa.
—Ya, pero no esperaba que me engañara también él.
Estaban hablando de Andrés. Del mensaje que le había llegado por error a Daniela y que iba destinado a otra chica.
—Eso es la personalidad de cada uno. Yo nunca le hice eso a la madre de Marina. Ella en cambio…
Mi padre dejó la frase a medias. Yo me llevé los dedos a la sien. Aquello me había costado dos años de terapia y otros tantos de no hablar con mi madre. Que él lo dejara caer así, con la mejor amiga de su hija a las dos de la mañana, me apretó algo en el pecho.
—Es que tengo mala suerte —dijo Daniela—. Es la segunda vez que me pasa.
—No entiendo cómo le pueden hacer eso a una chica como tú.
—Lo dices por decir.
—Lo digo en serio.
—Significa mucho viniendo de ti.
—¿Por qué de mí?
—Porque tú ya tienes experiencia, ya me entiendes.
—Vaya, gracias por llamarme viejo.
—Jo, no era esa la intención.
Hubo una pausa. Me los imaginé quietos, midiéndose.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo ella.
—Adelante.
—¿Has estado alguna vez con alguien mucho más joven que tú?
—Mi exmujer era cinco años menor. Si te vale.
—No, no. Mucho más joven. De mi edad, por ejemplo.
El silencio se alargó. Era el silencio de quien busca cómo salir bien parado de algo y no lo encuentra.
—No debería contarte esto siendo la mejor amiga de mi hija, pero desde que lo dejé con su madre no he estado con nadie.
—Interesante. ¿No te apetece?
—Claro que sí. Entre el trabajo y Marina, no surge.
—Las oportunidades aparecen cuando una no las espera.
Sentí cómo se me aceleraba el pulso en la sien. ¿De verdad lo va a hacer? ¿De verdad va a intentarlo? Y la pregunta que más me asustó: si lo hacía, ¿iba yo a entrar y a pararlo? Sospechaba la respuesta y no me gustó.
—Esas cosas le pasan a los chicos de tu edad —insistía él, con la voz un poco más ronca de lo normal—. A los hombres como yo ya no.
—¿Por qué no?
—Por ley de vida. El deseo se apaga.
—Pues en la cena no parecía nada apagado. Mirabas mis tetas como si nunca hubieras visto unas.
—No te equivocas.
Otro silencio. Este era distinto, era denso. La curiosidad pudo conmigo y asomé un ojo desde la esquina de la puerta. Vi a Daniela de espaldas a mí, con la camisa subida hasta los hombros y los pechos al descubierto. Mi padre, sentado en el taburete de la encimera, los miraba como si fueran lo único que existía en aquella cocina.
Volví a esconderme. El corazón me golpeaba contra las costillas.
—Dios mío, niña.
—¿Te gustan?
—Gustar es poco.
—Ven, tócalos. Quiero sentir tus manos.
No me hizo falta mirar para imaginar lo que estaba pasando. Oí el roce de la tela, la respiración cambiada, un quejido suave.
—Qué suaves… —murmuró él—. Nunca tuve unos así.
—Aaay, cuidado.
—¿Los pezones sensibles?
—No me esperaba que los pellizcaras.
—Estás mojada, ¿verdad?
—Desde la cena.
Aquello me superaba. Cómo podían estar a punto de hacerlo con la hija a quince metros, durmiendo.
—Mejor paramos —dijo Daniela de pronto—. Marina puede oírnos.
—Si está dormida, no la despierta ni un terremoto.
—Déjame ir a comprobarlo.
—Como quieras. Yo te espero en el salón. Allí estaremos más cómodos.
Salí del pasillo como pude, sin pisar las tablas que crujían, y me metí en la cama bocarriba con los ojos cerrados. Conté hasta veinte. Oí la puerta abrirse despacio. Sentí los pasos de Daniela parar a un metro de mí. Se quedó allí un buen rato, mirándome.
¿Qué estará pensando ahora mismo? Me pregunté qué cara habría puesto yo en su lugar.
Luego oí cómo se alejaba y cerraba la puerta tras de sí.
***
Esperé lo suficiente como para que pensaran que dormía y volví a salir. Avancé por el pasillo descalza. La luz del pie del salón estaba encendida en su tono más bajo. La puerta entornada.
Me asomé.
Mi padre estaba sentado en el sillón de tres plazas con las piernas abiertas y los pantalones por los tobillos. Daniela arrodillada entre sus rodillas, con una mano sujetando la base de su miembro y la otra apoyada en su muslo. La boca de mi amiga subía y bajaba con un ritmo lento que yo conocía bien. La había visto practicar con un plátano una tarde tonta de los catorce, cuando todavía éramos las dos vírgenes y nos hacía gracia.
—Qué bien se te da —decía él, con la voz pastosa—. Se nota que has practicado.
Le recogía el pelo con una mano para verle mejor la cara. Vi cómo le brillaban los labios. Vi cómo la mano de mi padre temblaba ligeramente al sostenerle la nuca.
Recordé sin querer todas las veces que esa misma mano me había peinado de pequeña antes del colegio. Tragué saliva.
—Para. Para o me corro y no quiero todavía.
Daniela obedeció en seco. Se quedó arrodillada, con los labios entreabiertos, como esperando un permiso.
—Así me gusta. Ponte de pie.
Él se levantó y se quitó del todo el pantalón. Mi amiga, frente a él, dejó que le subiera la camisa por encima de la cabeza. Las manos grandes de mi padre le recorrieron el cuello, los pechos, la cintura, el arranque de la cadera. Cuando llegó al borde del pantalón corto, metió los pulgares por dentro y se lo bajó de un tirón. Daniela quedó completamente desnuda. La luz del flexo le marcaba las costillas y el contorno de los muslos.
—Está todo en su sitio —murmuró él—. Bendita juventud.
—No es lo único que está en su sitio —dijo ella, sujetándolo con la mano.
—Veo que te depilas.
—Una nunca sabe.
Lo que pasó después no debería haber pasado delante de mis ojos. Mi padre la levantó del suelo agarrándola por los muslos. Daniela le cruzó los brazos alrededor del cuello y las piernas en torno a su cintura. Él se sostuvo de pie un momento, dirigió la mano para guiarse, y la dejó caer despacio sobre él. Daniela soltó un quejido contenido contra su hombro.
—Shhh —dijo él.
Apenas aguantó así un minuto. Cayó hacia atrás en el sillón con ella encima. Daniela se quedó sentada sobre él, todavía clavada, recobrando el aliento.
—Qué rico —jadeó—. Ahora me toca a mí.
Empezó a cabalgarlo despacio. Subía hasta el límite y se dejaba caer. Mi padre le sostenía un pecho con una mano y con la otra le marcaba el ritmo en la cadera. La boca de él buscaba sus pezones, los chupaba, los mordía. Daniela ahogaba los gritos contra su hombro.
Yo estaba congelada en la puerta. El estómago se me había encogido a un punto entre el asco y otra cosa que no quería nombrar. Sentí mis piernas tensas, la respiración corta. Algo se me iba revolviendo más abajo, en contra de toda lógica.
Daniela aceleró. Mi padre le dio una palmada suave en un pecho, luego otra. Le mordió un pezón. Ella se arqueó hacia atrás y soltó un grito que se le quedó atragantado en la garganta. La vi temblar entera, una, dos, tres veces. Luego se desplomó sobre el pecho de él.
Tras unos segundos quietos, Daniela acercó los labios al oído de mi padre y le susurró algo que jamás llegaré a saber. Después se incorporó y giró la cabeza.
Su mirada cruzó el salón en diagonal y se clavó en la mía.
Me había descubierto.
No se sobresaltó. No avisó a mi padre. No tapó nada. Sostuvo mi mirada un segundo largo, con esa sonrisa pequeña que le había visto otras veces. Después, sin dejar de mirarme, se dejó caer de rodillas en el suelo y volvió a meterse a mi padre en la boca. Esta vez sin prisa, dispuesta a llegar hasta el final.
Continuará…