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Relatos Ardientes

Lo que vi cuando mi mejor amiga durmió en casa

Otro día de vacaciones se anunciaba pesado y yo seguía con el cuerpo demasiado despierto. Llevaba dos noches durmiendo mal, repasando aquella tarde en la cala con el desconocido del que ya ni recordaba el nombre. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir su polla partiéndome en dos contra los azulejos fríos de la ducha, su mano tapándome la boca para que no gritara y el chorro de su corrida bajándome por la cara interna del muslo. El móvil vibró sobre la mesilla y di un respingo. Era Daniela. Después de aquel verano raro entre nosotras, después de la piscina y de no volver a mencionarlo nunca, su mensaje volvía a ser uno de esos de antes: un meme tonto y un «cuéntame algo».

Le contesté que estaba muerta de aburrimiento y la invité a casa. A las seis en punto la tenía en el portal, con un top de tirantes y unos pantalones cortos vaqueros. Yo llevaba lo de siempre por casa: una camisa ancha de mi padre y un pantalón de chándal. Nos tiramos en el sofá del salón con la tele puesta en cualquier película y empezamos a hablar de lo que de verdad importaba.

—¿A que no sabes adónde fui el otro día? —le dije, jugando con el mando.

—No tengo ni idea. Dame una pista.

—Cogí el autobús.

—Te fuiste al centro.

—Frío, frío.

—¿A la costa?

—Caliente.

—A la playa.

—Bingo.

Le conté la escena entera: la pareja discutiendo, la chica que se largó enfadada, el tipo que se acercó luego con la excusa de la crema solar y que terminó embadurnándome las tetas con los dedos por encima de la parte de arriba del bikini. Cuando llegué a la parte de la caseta de duchas se le abrieron los ojos como platos.

—Te lo follaste.

—Más bien él a mí. Me tenía contra la pared, con los pies casi sin tocar el suelo. Me arrancó la braguita del bikini de un tirón y me metió la polla hasta el fondo sin preguntar.

—Eres una guarra —rió—. ¿Y qué tal?

—La tenía gorda, gorda. Me la clavaba de abajo hacia arriba, con dos manos en el culo, como si me quisiera partir. Acabé dos veces. La segunda casi mordiéndole el hombro para no gritar. Sabía lo que hacía, te lo juro. Y se corrió fuera, todo por mi vientre y por mis muslos. Tuve que meterme debajo del chorro para quitármelo.

—Joder. Pues vaya suerte tienes tú. Desde que lo dejé con Andrés no he vuelto a hacer nada con nadie.

—Algo te saldrá.

—No sé yo. Y oye, ¿con Hugo qué?

—Estamos en una especie de descanso por mi parte.

—Ya. ¿A cuántos te has tirado desde que sales con él?

—Solo tres. Si no te cuento a ti.

Se hizo un silencio raro, de esos que siempre aparecían cuando salía aquello a la superficie. Daniela apartó la mirada hacia la pantalla y se rascó la rodilla.

—Aquello fue un calentón —murmuró—. Sabes que las chicas no me van.

—Tranquila. No va a pasar nada que tú no quieras.

Me dio un abrazo largo. Olía a coco y a champú barato. Cuando me solté del abrazo me di cuenta de que se había hecho de noche y de que tenía un hambre tonta.

—¿Te quedas a dormir? Como cuando teníamos catorce.

—Vale, dame un minuto que llamo a casa.

***

Empezamos a preparar la cena las dos. Cuando mi padre entró por la puerta del piso, se quedó parado en el recibidor con las llaves colgando todavía del dedo.

—¿Tú eres Daniela?

—La misma. Hola, señor Eduardo.

—Pero qué barbaridad. Si yo te recuerdo así —dijo, poniendo la mano a la altura de la cintura—. ¿Cuántos años hace que no venías a casa?

—Demasiados. Crecí un poco.

—Lo suficiente como para no reconocerte si te cruzo en la calle.

—Papá, ¿puede quedarse esta noche?

—Claro, cariño. Ya sabes que sí.

Mi padre trabajaba de lunes a sábado repartiendo suministros a bares y restaurantes de toda la zona de la costa. Apenas pisaba el piso salvo para cenar y caer rendido en la cama. Se había separado de mi madre hacía cuatro años, y desde entonces, que yo supiera, no había vuelto a salir con nadie. Tenía cuarenta y seis años, un cuerpo fornido que empezaba a perder la línea por la cintura y un pelo que aún resistía, aunque cada vez con menos convicción. No era el típico hombre que ligaba en las terrazas. Sin embargo, había algo en su forma de moverse, en cómo dejaba caer la voz cuando hablaba en serio, que imponía sin necesidad de levantarla.

Yo había cortado embutido y preparado una ensalada. Nada elaborado. Daniela se sentó frente a nosotros, mi padre a mi lado. Mientras hablábamos del nuevo centro comercial que iban a construir junto al puerto, no pude evitar fijarme en el escote del top de mi amiga. Sus pechos asomaban con descaro cada vez que se inclinaba sobre el plato. Y recordé sin querer el agua de la piscina, sus manos buscándome por debajo del bañador, sus dedos separándome los labios del coño mientras fingíamos que jugábamos, el calentón que ninguna de las dos quiso reconocer al día siguiente.

Entonces giré la cabeza hacia mi padre. La tenía clavada exactamente en el mismo sitio que yo. Le di una patada por debajo de la mesa. Me miró sobresaltado y bajó los ojos al plato sin decir palabra.

¿Cómo puedes ser tan cerdo? Es la misma edad que tu hija. La has visto crecer.

Por suerte, o eso creí entonces, Daniela parecía no haberse dado cuenta de nada.

Después de cenar, mi padre se fue al salón con un café y nosotras recogimos. En mi cuarto le preparé la cama supletoria y le pasé un pijama mío: una camisa holgada y un pantalón corto de algodón. Apagamos la luz hacia la una.

***

Me desperté con la garganta seca y la sensación rara de que algo no encajaba. La cama de Daniela estaba vacía. Pensé que se habría levantado al baño, pero pasaron diez minutos y no volvió. Salí del cuarto sin encender ninguna luz.

Al fondo del pasillo, desde la cocina, llegaban susurros. Una voz de hombre y una voz de mujer. Me pegué a la pared y avancé los últimos metros casi sin respirar.

—Me dolió mucho enterarme así, ¿sabes? —decía ella.

—Los chicos a esa edad solo piensan en una cosa.

—Ya, pero no esperaba que me engañara también él.

Estaban hablando de Andrés. Del mensaje que le había llegado por error a Daniela y que iba destinado a otra chica.

—Eso es la personalidad de cada uno. Yo nunca le hice eso a la madre de Marina. Ella en cambio…

Mi padre dejó la frase a medias. Yo me llevé los dedos a la sien. Aquello me había costado dos años de terapia y otros tantos de no hablar con mi madre. Que él lo dejara caer así, con la mejor amiga de su hija a las dos de la mañana, me apretó algo en el pecho.

—Es que tengo mala suerte —dijo Daniela—. Es la segunda vez que me pasa.

—No entiendo cómo le pueden hacer eso a una chica como tú.

—Lo dices por decir.

—Lo digo en serio.

—Significa mucho viniendo de ti.

—¿Por qué de mí?

—Porque tú ya tienes experiencia, ya me entiendes.

—Vaya, gracias por llamarme viejo.

—Jo, no era esa la intención.

Hubo una pausa. Me los imaginé quietos, midiéndose.

—¿Te puedo preguntar algo? —dijo ella.

—Adelante.

—¿Has estado alguna vez con alguien mucho más joven que tú?

—Mi exmujer era cinco años menor. Si te vale.

—No, no. Mucho más joven. De mi edad, por ejemplo.

El silencio se alargó. Era el silencio de quien busca cómo salir bien parado de algo y no lo encuentra.

—No debería contarte esto siendo la mejor amiga de mi hija, pero desde que lo dejé con su madre no he estado con nadie.

—Interesante. ¿No te apetece?

—Claro que sí. Entre el trabajo y Marina, no surge.

—Las oportunidades aparecen cuando una no las espera.

Sentí cómo se me aceleraba el pulso en la sien. ¿De verdad lo va a hacer? ¿De verdad va a intentarlo? Y la pregunta que más me asustó: si lo hacía, ¿iba yo a entrar y a pararlo? Sospechaba la respuesta y no me gustó.

—Esas cosas le pasan a los chicos de tu edad —insistía él, con la voz un poco más ronca de lo normal—. A los hombres como yo ya no.

—¿Por qué no?

—Por ley de vida. El deseo se apaga.

—Pues en la cena no parecía nada apagado. Mirabas mis tetas como si nunca hubieras visto unas.

—No te equivocas.

Otro silencio. Este era distinto, era denso. La curiosidad pudo conmigo y asomé un ojo desde la esquina de la puerta. Vi a Daniela de espaldas a mí, con la camisa subida hasta los hombros y los pechos al descubierto. Mi padre, sentado en el taburete de la encimera, los miraba como si fueran lo único que existía en aquella cocina. Se le marcaba el bulto por encima del pantalón, una línea gruesa que le empujaba la tela hacia arriba.

Volví a esconderme. El corazón me golpeaba contra las costillas.

—Dios mío, niña.

—¿Te gustan?

—Gustar es poco.

—Ven, tócalos. Quiero sentir tus manos.

No me hizo falta mirar para imaginar lo que estaba pasando. Oí el roce de la tela, la respiración cambiada, un quejido suave. Me obligué a asomarme otra vez. Mi padre le tenía un pecho en cada mano, se los sopesaba, los apretaba, se los levantaba para bajar la boca y chuparle los pezones uno detrás del otro. Daniela se los ofrecía echando la espalda hacia atrás, empujándoselos contra la cara.

—Qué suaves… —murmuró él—. Nunca tuve unos así. Tan firmes, joder. Se te ponen los pezones duros como piedras.

—Aaay, cuidado.

—¿Los pezones sensibles?

—No me esperaba que los pellizcaras.

—Los quiero morder. Los quiero chupar hasta que me pidas que pare.

—Hazlo.

Vi cómo se los mordía, primero uno y luego el otro, con la boca abierta, con los dientes. Daniela se agarraba a la nuca de mi padre y arqueaba la cadera hacia delante, buscando algo con la pelvis. Él dejó libre una mano y la coló por dentro del pantalón corto del pijama.

—Estás mojada, ¿verdad?

—Desde la cena.

—Empapada. Se te sale por los muslos, guarra.

—No me llames así.

—¿Prefieres puta?

—Prefiero que no pares.

Aquello me superaba. Cómo podían estar a punto de hacerlo con la hija a quince metros, durmiendo. Y sin embargo mis piernas seguían clavadas en el pasillo, y una parte de mí que no quería reconocer empezaba a apretarse por dentro cada vez que oía cómo se le entrecortaba la voz a Daniela.

—Mejor paramos —dijo ella de pronto—. Marina puede oírnos.

—Si está dormida, no la despierta ni un terremoto.

—Déjame ir a comprobarlo.

—Como quieras. Yo te espero en el salón. Allí estaremos más cómodos.

Salí del pasillo como pude, sin pisar las tablas que crujían, y me metí en la cama bocarriba con los ojos cerrados. Conté hasta veinte. Oí la puerta abrirse despacio. Sentí los pasos de Daniela parar a un metro de mí. Se quedó allí un buen rato, mirándome.

¿Qué estará pensando ahora mismo? Me pregunté qué cara habría puesto yo en su lugar.

Luego oí cómo se alejaba y cerraba la puerta tras de sí.

***

Esperé lo suficiente como para que pensaran que dormía y volví a salir. Avancé por el pasillo descalza. La luz del pie del salón estaba encendida en su tono más bajo. La puerta entornada.

Me asomé.

Mi padre estaba sentado en el sillón de tres plazas con las piernas abiertas y los pantalones por los tobillos. Le vi la polla por primera vez en mi vida y me quedé sin aire: la tenía gruesa, dura, con las venas marcadas y el glande enrojecido, apoyada contra el vientre. Daniela arrodillada entre sus rodillas, con una mano sujetándole la base y la otra apoyada en su muslo. La boca de mi amiga subía y bajaba con un ritmo lento que yo conocía bien. La había visto practicar con un plátano una tarde tonta de los catorce, cuando todavía éramos las dos vírgenes y nos hacía gracia.

Ahora no era un plátano. Se la tragaba hasta la mitad, sacaba, escupía saliva sobre el glande y volvía a bajar. Con la lengua le recorría toda la longitud desde los huevos hasta la punta, se los metía en la boca, uno primero, luego los dos. Le chupaba la polla con la boca abierta, dejando que un hilo espeso de saliva le cayera desde los labios hasta los cojones de mi padre.

—Qué bien se te da —decía él, con la voz pastosa—. Se nota que has practicado. Métetela toda. Toda entera. Así, hasta el fondo.

Le recogía el pelo con una mano para verle mejor la cara. Vi cómo le brillaban los labios embadurnados de baba. Vi cómo la mano de mi padre temblaba ligeramente al sostenerle la nuca, empujándole la cabeza hacia abajo, obligándola a comerle la polla hasta la garganta. Daniela hacía un ruido gutural, arcadas suaves, y de los ojos se le empezaban a saltar las lágrimas. No paraba. Volvía a hundir la boca hasta que la nariz le tocaba el pubis.

Recordé sin querer todas las veces que esa misma mano me había peinado de pequeña antes del colegio. Tragué saliva. Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la camisa y cómo, sin darme cuenta, había empezado a apretar los muslos.

—Para. Para o me corro y no quiero todavía.

Daniela obedeció en seco. Se quedó arrodillada, con la polla brillante por la saliva rozándole todavía los labios, jadeando, como esperando un permiso.

—Así me gusta. Ponte de pie.

Él se levantó y se quitó del todo el pantalón. Mi amiga, frente a él, dejó que le subiera la camisa por encima de la cabeza. Las manos grandes de mi padre le recorrieron el cuello, los pechos, la cintura, el arranque de la cadera. Cuando llegó al borde del pantalón corto, metió los pulgares por dentro y se lo bajó de un tirón. Daniela quedó completamente desnuda. La luz del flexo le marcaba las costillas y el contorno de los muslos.

—Está todo en su sitio —murmuró él—. Bendita juventud.

—No es lo único que está en su sitio —dijo ella, sujetándole la polla con la mano y meneándosela despacio.

—Veo que te depilas.

—Una nunca sabe.

—Ábrete de piernas. Quiero verte el coño.

Daniela se abrió para él, apoyando un pie en el reposabrazos del sillón. Vi cómo mi padre bajaba la cabeza y le pasaba la lengua entera, de abajo hacia arriba, hundiéndosela luego entre los labios. Mi amiga se agarró a su pelo y empezó a gemir bajito.

—Chúpame. Ahí, ahí. Métemela.

Se la comía sin prisa, con la lengua metida hasta dentro, con dos dedos entrando y saliendo al mismo tiempo. Daniela empezó a mover la cadera contra su boca, restregándosele por toda la cara. Cuando mi padre se separó, tenía la barbilla y los labios brillantes de flujo.

—Estás chorreando, niña.

—Fóllame ya. No aguanto más.

Lo que pasó después no debería haber pasado delante de mis ojos. Mi padre la levantó del suelo agarrándola por los muslos. Daniela le cruzó los brazos alrededor del cuello y las piernas en torno a su cintura. Él se sostuvo de pie un momento, dirigió la mano para guiarse, apuntándose el glande contra la entrada, y la dejó caer despacio sobre él. La vi bajar centímetro a centímetro, tragándose la polla entera. Daniela soltó un quejido contenido contra su hombro.

—Shhh —dijo él—. Toda dentro. Sí, así. Qué apretada estás, joder.

Apenas aguantó así un minuto, sosteniéndola en el aire y clavándosela con embestidas cortas. Cayó hacia atrás en el sillón con ella encima. Daniela se quedó sentada sobre él, todavía clavada hasta el fondo, recobrando el aliento.

—Qué rico —jadeó—. Ahora me toca a mí.

Empezó a cabalgarlo despacio. Subía hasta el límite, hasta que la polla casi se le salía, y se dejaba caer de golpe hasta que su culo chocaba contra los muslos de mi padre. Cada bajada le sacaba un gemido nuevo. Se pasó las manos por su propio pelo, echándoselo hacia atrás, y aceleró el ritmo. Los pechos le bailaban delante de la cara de él.

—Cómo te la clavas —jadeó él—. Fóllame la polla. Así, sin miedo.

Mi padre le sostenía un pecho con una mano y con la otra le marcaba el ritmo en la cadera, ayudándola a subir y a bajar. La boca de él buscaba sus pezones, los chupaba, los mordía, tiraba de ellos con los dientes. Daniela ahogaba los gritos contra su hombro. Se oía el chapoteo húmedo de sus cuerpos, el ruido pegajoso de la polla entrando y saliendo, el crujido del sillón.

Yo estaba congelada en la puerta. El estómago se me había encogido a un punto entre el asco y otra cosa que no quería nombrar. Sentí mis piernas tensas, la respiración corta. Sin darme cuenta, mi mano había bajado por dentro del pantalón del chándal y me había encontrado el coño empapado. Un dedo. Dos. Me los pasé por el clítoris, muy despacio, con la vergüenza atragantada en la garganta. Algo se me iba revolviendo más abajo, en contra de toda lógica.

Daniela aceleró. Se dio la vuelta sobre él sin dejar de tenerlo dentro y quedó a cuatro patas sobre el sillón, apoyada en los brazos, dándome la espalda. Mi padre se puso de rodillas detrás de ella y le agarró la cintura. Empezó a metérsela desde atrás, con embestidas duras, secas, que la hacían avanzar sobre el cojín. La mano de él le bajó por la columna y le dio una palmada en el culo. Luego otra. La marca roja de sus dedos me quedó grabada en la retina.

—Más fuerte —le pedía Daniela contra el cojín, con la voz rota—. Rómpeme. Más adentro.

Mi padre le agarró un puñado de pelo y tiró hacia atrás para levantarle la cara. La embestía con las dos manos ancladas en las caderas, chocándole el pubis contra las nalgas con un ruido sordo que se repetía. Sus huevos se le golpeaban una y otra vez contra el clítoris. Yo me apretaba los pezones por encima de la camisa con la mano libre y me mordía el labio para no gemir.

—Voy a correrme —jadeó ella—. Voy, voy.

—Aguanta. Córrete conmigo dentro. Quiero sentírtelo.

La hizo girar otra vez, la tumbó de espaldas en el sillón, le echó las piernas por encima de los hombros y volvió a meterse hasta el fondo. Le comía la boca mientras la follaba doblada en dos. Le dio una palmada suave en un pecho, luego otra. Le mordió un pezón. Ella se arqueó hacia atrás y soltó un grito que se le quedó atragantado en la garganta. La vi temblar entera, una, dos, tres veces, con los pies apuntando al techo y los dedos aferrados a los cojines. Un chorrito claro le corrió por el interior del muslo y le manchó la tela del sillón.

Yo me corrí también, ahogando el jadeo contra el hombro, con dos dedos hundidos y el pulgar sobre el clítoris. Se me doblaron las rodillas y me tuve que apoyar en el marco de la puerta.

Daniela se desplomó sobre el pecho de él. Mi padre siguió empujando desde abajo, con embestidas cada vez más cortas y erráticas. Al cabo de unos segundos, la sacó de golpe, se sujetó la polla con la mano y se corrió sobre su vientre y sus tetas, en chorros largos y blancos que le salpicaron hasta la barbilla. Daniela recogió con el dedo un poco de semen del pecho y se lo llevó a la boca.

Tras unos segundos quietos, Daniela acercó los labios al oído de mi padre y le susurró algo que jamás llegaré a saber. Después se incorporó y giró la cabeza.

Su mirada cruzó el salón en diagonal y se clavó en la mía.

Me había descubierto.

No se sobresaltó. No avisó a mi padre. No tapó nada. Sostuvo mi mirada un segundo largo, con esa sonrisa pequeña que le había visto otras veces. Después, sin dejar de mirarme, se dejó caer de rodillas en el suelo, cogió la polla de mi padre todavía brillante de sus propios flujos y del semen que le quedaba, y volvió a metérsela en la boca. Esta vez sin prisa, chupándosela entera, lamiéndosela de arriba abajo, dispuesta a llegar hasta el final.

Continuará…

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Valora este relato

Comentarios(8)

TorresLector

Excelente relato!! De los mejores que lei en esta categoria, muy bien narrado.

karina_bsas

Segunda parte por favor!!! No puede quedar asi, me dejo con demasiada intriga

Facu_Cba

Me recordo a una situacion similar que vivi de adolescente... esas cosas que ves sin querer se te quedan grabadas para siempre jaja. Muy bueno.

SantiagoLP

La narracion te atrapa desde el primer parrafo. Senti que estaba ahi parado en ese pasillo, conteniendo la respiracion.

VoyeurCba

El titulo ya te genera morbo y el relato cumple. No decepciona para nada, muy bien

MarianaK22

increible!! sigue escribiendo asi por favor

LucasMDQ

yo no habria aguantado tanto tiempo sin hacer ningun ruido jajaja. Buen relato, me gusto mucho

Tomas_NQN

Muy bueno. Me quedo pensando si algun dia le contaste lo que viste esa noche...

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