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Relatos Ardientes

Las miradas que cruzamos en la piscina del pueblo

El verano del dos mil dieciocho, el equipo de fútbol de mi pueblo viajó hasta una localidad de la provincia vecina para disputar un amistoso de pretemporada. A finales de agosto el calor todavía castigaba lo suficiente como para que el árbitro retrasara el comienzo del partido hasta las seis de la tarde. Yo iba convocado y, además, sabía que en cuanto sonara el pitido final tendríamos que salir corriendo: Nuria, mi pareja, estaba invitada a cenar al pueblo de una compañera de trabajo, donde se celebraban las fiestas patronales.

Ganamos uno a dos, más sufrido de lo previsto, con dos goles de Adrián en los últimos minutos. Las dos asistencias habían salido de mis botas y eso bastó para que él, con sus veinticuatro años recién cumplidos, se viniera arriba como un crío. Cuando el árbitro pitó el final, nos quedamos los dos solos sobre el césped, estirando y comentando jugadas mientras la grada se vaciaba.

—Iván, ¿y si nos pegamos un baño rápido antes de la ducha? —me propuso al ver las piscinas municipales contiguas al vestuario—. Total, ya está cerrado al público.

Los encargados nos dejaron entrar bajo nuestra responsabilidad. Cogimos toallas, chanclas y nos lanzamos al agua en calzoncillos. Cuando salimos a la superficie, descubrimos que un pequeño grupo nos había seguido y nos esperaba en una mesa al otro lado de la valla. Eran Nuria, su hermana Carolina —treinta y tres años y la lengua afilada—, Paula, una amiga de veintitrés años, y la pareja formada por Hugo y Sonia.

Adrián, que iba camino de convertir aquella tarde en su día, se bajó los calzoncillos delante de todos con un movimiento rápido y se los volvió a poner antes de tirarse de bomba al agua. La carcajada fue colectiva. Hugo se levantó de la mesa con una cerveza en la mano.

—Te pago un cubata si te los quitas de verdad —le gritó.

—Págame dos —respondió Adrián, ya envalentonado.

Carolina se acercó a la valla con esa sonrisa que le conocía de las cenas familiares.

—¡Vamos, valientes! Que los cubatas vienen.

Adrián no esperó. Con un movimiento limpio se sacó el calzón dentro del agua y lo lanzó al césped, retrocediendo hacia el fondo para que no se le viera nada. Yo salí del agua a recogerlo y, al pasar junto a la valla, Paula se levantó y se acercó.

—Lo que no esperaba era que la tarde acabara como un capítulo de Los vigilantes de la playa —dijo, mirándome de arriba abajo—. Iván en slip… como salga Nuria, mira tú.

—Corre, dile que entre —se rió Carolina.

Volví al agua y le devolví la prenda a Adrián, que la mandó otra vez al césped de un manotazo.

—Es mi día, Iván. Dos goles y victoria. Hay que celebrarlo a lo grande.

No pude evitar reírme. En un parpadeo se irguió del todo, mostrándose desnudo durante apenas tres segundos antes de volver a sumergirse. Paula, Carolina y Sonia se partían. Hugo y Nuria llegaron en ese momento con los cubatas y, al enterarse de lo que se habían perdido, animaron a Adrián a repetir. Fue entonces cuando Nuria, en lugar de cortar la cosa, me miró a mí.

—Acompáñale, cariño. Y a la ducha rápido, que tenemos que irnos.

Algo se me revolvió por dentro. Era una mezcla extraña de vergüenza, calentura y orgullo absurdo. Me bajé los calzoncillos dentro del agua y los lancé al césped, junto a los de Adrián. Salimos los dos al borde, durante un par de segundos completamente expuestos, antes de envolvernos las cinturas con las toallas. Cuando me giré, vi que Paula tenía los ojos muy abiertos y la copa a medio camino de la boca. A mí ya se me notaba lo suficiente como para no atreverme a aguantar la mirada.

Diez minutos después estábamos duchados, vestidos y sentados con ellos. Adrián me dio una palmada en el hombro.

—No esperaba que te animaras al final. Eres un cabrón.

A las nueve menos cuarto, Nuria y yo salimos hacia el pueblo de la fiesta. La sorpresa fue subir al coche y descubrir que Paula venía con nosotros. Estaba claro que aquello lo tenían hablado entre ellas desde hacía rato.

***

El viaje se hizo por carreteras irregulares y conversación animada. Paula no se cansaba de comentar la escena de la piscina.

—Estabais los dos locos, ¿eh? Pero ha sido la mejor parte de la tarde. Uno enseñando el culo, el otro corriendo al rescate del calzoncillo, vuelta a empezar y, por fin, los dos en pelotas. El mejor momento, sin duda, ha sido cuando habéis salido a por las toallas.

Nuria me miró por el espejo retrovisor y se rió.

—Carolina y yo tampoco hemos perdido detalle, no te creas.

Llegamos a casa de Lorena, la compañera de Nuria, sobre las nueve y media. Tenía treinta y cinco años, una sonrisa enorme y trataba a Paula como si la conociera de toda la vida. Cenamos en su merendero con sus padres, sus hermanos y los respectivos novios. Hasta Paula, que decía no beber, se animó con el vino. A medianoche pasamos al baile del pueblo. La orquesta arrancó tranquila y, sobre las tres de la madrugada, la hermana de Lorena nos arrastró a un local que tenían en el patio de la casa, con barra y luz tenue.

Allí cayeron tres chupitos por barba. Lorena consiguió convencer a Nuria de que nos quedáramos a dormir, así nadie tendría que conducir. La fiesta dentro del local subió de tono enseguida. Paula, que iba más fuerte que ninguno, le hizo a Nuria un comentario sobre el escote de Lorena.

—Tienes un pechamen impresionante —soltó sin filtros—. Y eso que tu cuerpo es menudito.

Nuria, que se conocía la historia, intentó suavizarlo.

—Se operó hace un par de años por un problema de imagen.

Lorena, lejos de incomodarse, se bajó el top sin previo aviso hasta mostrar el sujetador.

—No es ningún tabú. Para mí ha sido una mejora enorme de vida —dijo, riéndose—. Hay que normalizar las cosas.

Carolina y Nuria se pusieron delante para tapar la escena ante los novios. Nos sirvieron otra ronda y volvimos a la verbena.

***

Cuando faltaba un cuarto de hora para que la orquesta cerrara, sonó la canción del limbo. Nuria agarró el palo de un cohete usado y, junto con Lorena, lo sujetaron para que Paula y yo pasáramos por debajo. Tras varios turnos, cambiaron y nos tocó sujetar a nosotros. En uno de los pases de Lorena, Paula me hizo un gesto con la cabeza: que bajara el palo. Lo bajé hasta que rozó los pechos de Lorena. La carcajada fue tremenda. Nuria, lejos de molestarse, nos retó:

—¿Y a mí no me lo vais a hacer?

Antes de que terminara la canción, le hicimos lo mismo. Los cuatro acabamos riéndonos a la salida del baile como si fuéramos adolescentes en su primera verbena.

La gente iba y venía sin rumbo fijo. Decidimos volver al merendero de Lorena: era el sitio más cercano donde podían hacer pis las chicas y, además, tenían provisiones para alargar la noche. Una vez allí, una de las hermanas sacó una botella de tequila y Nuria sirvió cuatro chupitos.

Los tomamos con sal y limón. El primero subió rápido. El segundo me dejó la frente sudada. Para el tercero, Paula ya se había quitado la camiseta y se había quedado en sujetador.

—Soy la más joven del grupo y la que menos pecho tiene —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero como dice Lorena, hay que hacer normal la situación. Y con el calor que tengo, no me importa.

Le aplaudieron a coro. Acto seguido, Nuria me miró con esa sonrisa que aprendí a interpretar muy pronto en nuestra relación.

—Y, hablando de exhibiciones, no le hemos contado a Lorena lo de esta tarde en la piscina.

—No se lo voy a contar —protesté—. No tiene sentido sin la piscina.

—Pues hazle la representación.

Lorena se cruzó de brazos, divertida. Yo entendí que no había salida. Pinté con la suela del zapato una piscina imaginaria en el suelo, Lorena me dio una toalla y Paula colocó a las chicas sentadas como si estuvieran al otro lado de la valla.

—Empieza haciendo lo que hizo Adrián —me instruyó Paula.

Me bajé los calzoncillos sólo lo justo para enseñar el culo, e hice el amago de quitármelos. Las chicas gritaron mi nombre exactamente igual que antes había gritado la afición. Paula me lanzó un trapo a modo de calzoncillo perdido. Lo recogí, volví al borde. Después llegó la versión segunda de la historia: el calzón fuera, el cuerpo entero al aire.

Y eso fue lo que hice. Me los bajé y los lancé hacia el otro lado del escenario improvisado. La toalla cayó al suelo cuando intenté volver a colocármela. Las tres me miraban con una mezcla de risa, sorpresa y algo más que no me costó identificar. Lorena se quedó callada un segundo y, después, se quitó el top y me lo lanzó.

—Ya que estamos normalizando.

Paula se aclaró la garganta.

—Yo… he perdido el hilo de lo que estaba diciendo.

—Madre mía, cariño —se rió Nuria—. Si es que se nota lo cachondo que te has puesto.

Tenía razón. No podía disimularlo.

—Bueno, otra ronda —cortó Lorena—. Pero esta vez con teatro.

Sirvió el chupito y me lo colocó a Nuria en el escote. Ella apretó los pechos para sujetar el vaso. Lorena le puso la rodaja de limón entre los labios y yo me bebí el chupito directamente de allí, mordí el limón de su boca y chupé la sal de la mano de Paula. La toalla, al inclinarme, terminó otra vez en el suelo. Paula pidió ser la siguiente.

—Pero conmigo, la sal va sobre la pierna —dijo, señalando el muslo derecho—. Que ya os he visto a las dos jugar a otra cosa.

Me tumbé en el banco. Paula se inclinó, apartándose el pelo, y chupó la sal directamente de mi muslo. El roce de su lengua me arrancó un escalofrío que no conseguí disimular. Cuando se incorporó, Nuria estaba mordiéndose el labio inferior.

—Tranquilas, que ahora me toca a mí.

Lorena preparó el siguiente. Nuria, en lugar de aceptarlo en el escote, me lo plantó a mí sobre el muslo, sin la toalla de por medio. Se agachó, lamió la sal, mordió el limón directamente de la boca de Lorena y, al ver mi reacción, decidió alargar el momento abrazándose a su amiga delante de mí. Yo estaba a punto de reventar. Y aquello, lejos de cerrarse, acababa de empezar.

***

A las seis y media de la mañana, los cuatro decidimos volver dentro de la casa. Paula se quedó en sujetador, las chicas en camiseta, yo en calzoncillos y con la camisa abierta. Cuando llegué al rincón donde había dejado el pantalón y la camisa, mi ropa había desaparecido.

—Chicas, mi ropa no está.

Paula se acercó.

—Imposible, te la habrás dejado en otro lado.

Nuria y Lorena llegaron al instante, riéndose. La hermana de Lorena, según supe después, nos había gastado una broma al volver a casa: vio mi pantalón en el suelo del salón y se lo había subido a su habitación, en el segundo piso.

—Tendrás que ir a buscarlo —me dijo Lorena—. Y eso que llevas ahí abajo, tal y como está, no va a caber en el calzón.

—Quítatelo, anda —añadió Paula.

Me lo quité. Subimos las escaleras procurando hacer el menor ruido posible. En el primer piso dormían los padres de Lorena. En el segundo, su hermana nos esperaba con la luz tenue y la puerta entornada. Llegué desnudo, el sexo firme entre las piernas, las tres chicas detrás, dos de ellas sólo en sujetador.

—La primera entro yo —ordenó Lorena—. Voy a avisarla.

Habló unos minutos con su hermana dentro. Cuando abrió la puerta, mi ropa estaba a tres metros de distancia, en el suelo, junto a un escritorio. La hermana se asomó. Su mirada me recorrió de arriba abajo. Llevaba un tanga negro y una camiseta larga; cuando se la quitó, vi unos pechos firmes y un culo que me dejó sin saliva.

Nuria se colocó detrás de mí, me agarró el sexo con las dos manos y empezó a masajearme muy despacio. La hermana se rió.

—Vaya espectáculo me habéis traído.

—Se me han caído las bragas —murmuró Paula—. Mejor me las quito antes de empaparlo todo.

—Yo también —dijo Nuria—. Si no, no salgo viva de aquí.

La hermana de Lorena asomó la cabeza al pasillo para comprobar que sus padres seguían dormidos y cerró la puerta detrás de mí cuando entré a recoger mi ropa. La luz era tenue, el silencio absoluto, las cuatro estaban desnudas o casi. Me agaché a coger el pantalón y, antes de que pudiera incorporarme, sentí una mano que no era la de Nuria recorriéndome la espalda. Después, otra. Después, la boca de Lorena buscando la mía.

Lo que pasó dentro de aquella habitación es otra historia. Cuando salimos, una hora más tarde, mi ropa volvía a estar arrugada en el suelo, las cuatro nos reíamos en susurros y los padres de Lorena seguían dormidos un piso por debajo. Aquel verano del dos mil dieciocho descubrí que la frontera entre mirar y participar es, a veces, mucho más fina de lo que uno cree.

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Comentarios (4)

GatoLector

increible el comienzo, me dejo con ganas de saber como termino todo!!

verano_secreto

me recordo tanto a unas vacaciones en el pueblo de mis viejos, esas miradas que lo dicen todo sin decir nada. muy bueno el relato

JuanCruz_BA

jajaja la parte de salir sin calzoncillos me mato de risa, me imagine la cara de todos. tremendo arranque

Nadia_BA

Segunda parte por favor!! quede colgada justo cuando empezaba lo bueno, no puede terminar asi

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