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Relatos Ardientes

Mi primera vez exhibida en el sendero de la montaña

Todo empezó en la cama, una de esas noches en que las palabras se atreven a más que las manos. Llevábamos siete años casados, Mateo y yo, y nuestra cama seguía siendo el lugar más sincero de la casa.

—¿Nunca pensaste en que alguien te mire? —me preguntó esa noche, su dedo trazando círculos lentos sobre mi vientre—. Solo mirar, nada más.

Lo dijo con voz tranquila, como quien suelta una idea para ver dónde aterriza. Yo me reí, pero el calor que me subió por el pecho no era de risa.

—¿Mirarme cómo? —pregunté en voz baja.

—Como te miro yo. Solo que sin tocar. Y yo al lado, viéndolos verte.

Esa noche no contesté del todo. Le di vueltas en la cabeza durante días. Empecé a fijarme en miradas que antes no veía: en el café de la esquina, en el supermercado, en el chico que cargaba la fruta. Me descubrí caminando distinto, eligiendo blusas que antes guardaba al fondo del armario. Mateo no decía nada, pero notaba que yo notaba.

Volvimos al tema dos sábados después. Estábamos leyendo en la cama, cada uno con su libro. Le pregunté, sin mirarlo.

—¿Y si lo intentamos? Algo pequeño. Que nadie sepa.

Cerró el libro despacio. Me besó en la sien, como sellando un pacto.

—Sé exactamente dónde —dijo.

***

El plan era un sendero de montaña al que íbamos cada tanto, uno de esos caminos largos que arranca antes del amanecer y termina junto a un río ancho de aguas frías. Mateo conocía cada curva. Sabía dónde había rocas planas, dónde el camino se estrechaba entre los pinos, dónde casi nunca cruzaba nadie a esa hora.

—Llevamos la cámara —me dijo el viernes—. Yo te hago fotos. Lo demás, lo que pase, pasa.

Esa noche me costó dormir. Me imaginé a mí misma posando contra una roca, me imaginé pasos detrás de mí, voces. Me dormí mojada y sin querer admitirlo.

El sábado salimos a las cinco y media. El cielo estaba todavía morado cuando dejamos el coche junto a una baranda de madera y empezamos a subir. El aire olía a tierra húmeda y a resina. Yo llevaba un top deportivo gris claro y unos pantalones cortos que me había puesto sin nada debajo. Mateo se dio cuenta a los diez minutos.

—¿Hoy no…?

—Hoy no —respondí, y noté cómo apretaba el paso.

El sendero subía despacio. A los cuarenta minutos llegamos al primer mirador, una explanada con una roca grande que daba al valle. El sol empezaba a calentar las copas de los pinos. Mateo sacó la cámara.

—Posa contra la roca —me dijo, y noté que la voz le había bajado un tono.

Apoyé la espalda contra la piedra, levanté un brazo sobre la cabeza y dejé que el top se subiera un par de dedos. Sentí el ronroneo del obturador. Era raro. Era yo, era mi marido, era un lugar al que íbamos siempre, y de pronto todo pesaba distinto.

—Súbete más el top —pidió.

Lo subí. El aire frío me tocó los pechos antes que él, y mis pezones reaccionaron sin permiso. Mateo bajó la cámara un segundo. Solo me miró. Yo le sostuve la mirada.

—No pares —le dije.

Seguimos subiendo después. El camino se hacía más empinado y más estrecho, y a los veinte minutos paramos otra vez junto a un tronco caído. Me senté encima. Mateo me pidió que me quitara el top del todo. Lo dejé colgando del bolsillo trasero del pantalón corto. Posé sentada, después de pie. El sol ya estaba alto y se metía entre las ramas en haces dorados.

—Bájate el pantalón —dijo—. Solo un poco. Hasta la mitad.

Lo hice. Sentí el aire en las nalgas y un escalofrío me recorrió de la nuca a los tobillos. Estaba prácticamente desnuda en un sendero de montaña, a unos pocos metros de un camino que cualquiera podía recorrer. Y eso, exactamente eso, era lo que me tenía respirando entrecortado.

—Mírame —le pedí.

—Te miro —respondió, y bajó la cámara—. ¿Estás bien?

—Estoy mejor que bien.

Fue justo entonces cuando los oímos.

***

Voces, dos. Pasos firmes sobre las piedras. Venían del tramo de abajo, del que ya habíamos subido. Yo me quedé congelada, con los pantalones a la altura de los muslos y las dos manos sobre el tronco, en una pose que no había elegido del todo. Pensé en taparme. Pensé en correr. No hice ninguna de las dos cosas.

Mateo me miró a los ojos un segundo, una pregunta entera en una mirada.

—Quédate así —dijo bajito.

Aparecieron dos personas en la curva: un hombre y una mujer, los dos rondando los cuarenta, con ropa de trekking buena y bastones plegables en la mano. Él me vio primero. Frenó en seco. Ella tardó un segundo más en levantar la vista del camino, y cuando lo hizo, su cara fue casi cómica: sorpresa, después curiosidad, después una sonrisa lenta que se le instaló y no se le fue.

—Perdón —dijo él, y no se movió.

—No molestan —respondió Mateo, tranquilo, casi cortés—. Estamos haciendo fotos.

Yo no dije nada. Sentía el latido en las sienes, en el cuello, entre las piernas. Tenía los pechos al aire y los pantalones a media pierna, y dos extraños me estaban mirando, y mi marido a mi lado decidiendo por los dos que íbamos a quedarnos exactamente así.

—¿Les molesta si seguimos? —preguntó Mateo.

El hombre miró a su mujer. Ella se mordió el labio inferior y negó con la cabeza despacio.

—Para nada —contestó ella. Tenía la voz más grave de lo que esperaba—. Sigan. Nosotros… descansamos un minuto aquí.

Se sentaron en una roca a unos diez metros, sin disimular del todo. El hombre apoyó el codo en la rodilla y la barbilla en el puño. La mujer cruzó las piernas y dejó la mochila a un lado. Nadie sacó el teléfono. Nadie nos pidió nada. Solo miraban.

Mateo levantó la cámara otra vez.

—Vuelve a la pose —me dijo, en el mismo tono de antes, como si no hubiera cambiado nada y como si hubiera cambiado todo.

Me apoyé otra vez en el tronco. Las manos me temblaban un poco. Sentí dos pares de ojos clavados en la espalda, en las nalgas, en cada centímetro de piel que el sol y el aire estaban tocando antes que ellos. Mateo se acercó, me corrió un mechón de la cara y me besó la sien.

—Ahora gírate —susurró—. Despacio.

Me giré. Quedé de frente a la pareja. El hombre tragó saliva y se le notó en el cuello. La mujer apoyó la mano sobre el muslo de él, sin apartar la vista de mí. Mateo siguió disparando. Yo arqueé un poco la espalda, no por la cámara, sino porque quería que vieran.

—Bájate el pantalón del todo —dijo Mateo, y la voz le sonó distinta, más grave.

Lo hice. El pantalón cayó hasta los tobillos. Salí de él con un paso lento, sin prisa. Quedé desnuda contra el tronco, en mitad del sendero, con mi marido haciéndome fotos y dos desconocidos mirándome como si fuera la primera mujer que veían en su vida.

—Dios —murmuró la mujer, en voz baja, pero no tan baja como para que no la oyéramos.

El hombre no dijo nada. Solo cambió de postura, incómodo, y ella sonrió mirándolo de reojo.

Mateo bajó la cámara.

—Tócate —me dijo, y sentí que el suelo se movía un poco bajo mis pies—. Solo un momento. Quiero verte así.

Me bajé una mano hasta el vientre y después más abajo. Cerré los ojos un instante y los volví a abrir, porque no quería perderme nada. Los vi a los tres mirándome, a Mateo con la cámara colgando al costado, a los otros dos en su roca, completamente quietos, como si moverse pudiera romper algo. Me acaricié despacio. Sentí cómo me ponía más mojada solo con saber que estaban ahí.

—Quédate así —pidió Mateo.

Me quedé un minuto, quizá dos. No me corrí. No era el momento, y yo lo sabía, y él lo sabía. La idea no era llegar a ningún lado con ellos cerca. La idea era estar exactamente donde estábamos.

Mateo me alcanzó el top y los pantalones. Me vestí despacio, sin pudor, como si vestirme también fuera parte del espectáculo. La pareja se levantó al mismo tiempo.

—Gracias —dijo el hombre, con una sonrisa que no supe descifrar.

—Gracias a ustedes —respondió Mateo.

La mujer me miró antes de irse. Solo me miró, sin decir nada, y yo le sostuve la mirada hasta que se dieron la vuelta y siguieron subiendo. Sus pasos se fueron apagando entre los pinos.

***

Bajamos del sendero por el otro lado, el que lleva al río. No hablamos en todo el descenso. No hacía falta. Mateo me llevaba de la mano y de vez en cuando me apretaba los dedos, como recordándome que seguía ahí.

Al río llegamos cerca del mediodía. Había una zona de piedras planas y agua poco profunda donde el sol pegaba de lleno. No había nadie. Mateo dejó la mochila en el suelo, dejó la cámara encima, y me miró.

—Ven —dijo.

Me desnudé otra vez, esta vez sin cámara y sin público. Él se desnudó también. Nos metimos hasta las rodillas en el agua fría. Yo me reí, él se rio. Después dejamos de reírnos.

Me besó como si llevara horas reteniendo ese beso. Era posible que las llevara. Me llevó de la mano a una piedra grande, lisa, calentada por el sol. Me senté en el borde. Él se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo un segundo, antes de bajar la cabeza.

Su boca llegó despacio, igual que el resto de la mañana. Lengua lenta, círculos cortos, sin prisa por ningún lado. Yo le agarré el pelo con las dos manos y me dejé caer hacia atrás contra la piedra tibia. Sentí el sol en la cara y la lengua de mi marido entre las piernas y todavía, todavía, sentía los ojos de aquella mujer mirándome.

—No pares —le pedí.

No paró. Me corrí despacio, como si el orgasmo también supiera que había que tomarse el día con calma. Me arqueé contra la piedra, dejé escapar un quejido largo, sentí que el cuerpo entero se me aflojaba a la vez. Mateo subió hasta mí, me besó la boca, me dejó probarme en sus labios.

Nos quedamos un rato así, los dos mojados, los dos quietos, escuchando el río.

—¿Estás bien? —me preguntó después.

—Estoy bien —contesté—. Estoy nueva.

Sonrió.

—¿Volveríamos a hacerlo?

Me lo pensé un segundo. Solo uno.

—Sí. Pero a mi manera, ¿está bien?

—A tu manera —respondió.

Nos vestimos. Recogimos la cámara y la mochila. Empezamos el camino de vuelta al coche, con la luz de la tarde cayendo de lado y los pinos haciendo sombras largas sobre el sendero. En algún tramo, sin que viniera a cuento, pensé en la mujer de la roca, en la mirada que me sostuvo justo antes de irse. No sé por qué, pero pensé que ella estaba pensando en mí también.

Y supe, mientras subía al coche, que aquello solo había sido el principio.

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Comentarios (4)

SebasRio22

Muy buen relato! el ambiente al amanecer entre los pinos esta perfectamente descripto, se siente que estás ahí. Seguí escribiendo así

Juli89

Por favor una segunda parte!!! quede con muuuchas ganas de mas

elBohemio

Hay algo en los relatos al aire libre que los hace especiales, mas vivos. Este lo captura muy bien. Excelente

CaminaYlee

jajaja y los dos que aparecieron se quedaron o siguieron camino?? eso me pregunto...

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