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Relatos Ardientes

El juego de retos que destapó la fantasía de Mateo

El zumbido del ventilador era el único sonido que llenaba el apartamento de Mateo aquella noche de jueves. Llevaba media hora frente a la computadora, fingiendo que repasaba correos del trabajo cuando en realidad esperaba un mensaje. Camila tenía la costumbre de escribirle a horas extrañas, casi siempre después de salir con alguien.

La notificación llegó pasadas las once. Una galería de fotos. Mateo las abrió una por una, sintiendo cómo se le subía el calor al cuello. Camila aparecía frente a un espejo con la blusa caída, el pelo despeinado, una sonrisa que él conocía demasiado bien. Y luego, un audio.

—Te las mando por si me extrañabas —decía la voz, baja, casi divertida—. Después te cuento.

Después te cuento. Esa frase era el verdadero detonante. Las fotos no eran nada comparadas con la manera en que Camila narraba sus encuentros, los detalles de las manos ajenas sobre ella, las cosas que se dejaba decir al oído.

Ellos no eran pareja. Nunca habían puesto una etiqueta a lo que pasaba entre los dos. Se habían conocido un año atrás en un bar del centro, una noche en la que el alcohol y las hormonas los empujaron al baño y terminaron besándose contra la puerta. Desde entonces la dinámica fluía sin nombre: a veces dormían juntos, a veces ella se iba con otro, a veces él se la cruzaba en una fiesta del brazo de alguien y los tres se reían en la barra como si nada.

Lo extraño era que a Mateo no le molestaba. Al contrario. La primera vez que la vio besarse con un desconocido en una pista, sintió un calor incómodo que tardó horas en identificar. Esa misma noche, cuando ella le pidió que la acompañara a casa, él se descubrió escuchándola contar el beso con un interés que no era curiosidad. Era otra cosa. Algo que no se animaba a nombrar.

***

Una semana después, Camila propuso copas con Renata, su amiga de la universidad. Mateo había coincidido con Renata varias veces, pero nunca había habido más que un saludo cordial. Esa noche, sin embargo, la conversación se desvió rápido hacia territorio peligroso.

—Contale lo del fin de semana —dijo Camila, removiendo el hielo de su vaso con el dedo—. Lo del tipo del bar.

—¿Estás segura de que le va a interesar? —preguntó Renata, mirando a Mateo de reojo.

—Confía en mí.

Camila empezó a contar. Hablaba con esa cadencia lenta que usaba cuando sabía que estaba siendo observada. Describía la manera en que el desconocido le había puesto la mano en la cintura, cómo se habían besado contra una pared mientras la gente seguía bailando alrededor. Mencionó, casi al pasar, lo evidente que se le notaba la erección al tipo a través del jean.

Mateo intentó mantener la cara quieta. Sintió la incomodidad bajarle por el cuerpo. Renata lo notó al segundo. Bajó la mirada hacia su regazo, levantó las cejas y se rio.

—Alguien está disfrutando demasiado de la historia —dijo, con una sonrisa que no buscaba humillarlo, sino acorralarlo.

—Te lo dije —contestó Camila, sin sorpresa—. A veces le cuento cosas solo para verlo así.

—¿En serio te enciende escuchar eso? —preguntó Renata, inclinándose un poco sobre la mesa.

Mateo bebió un trago largo antes de contestar. No era la primera vez que pensaba en la respuesta, pero sí la primera que se la pedían en voz alta.

—Supongo que sí. No sé bien por qué. No quiero que se sientan incómodas, no es eso.

—No estoy incómoda —dijo Renata—. Estoy fascinada.

—¿Y si dos personas se besan delante tuyo? —preguntó Camila—. ¿También te gusta?

Él asintió antes de pensarlo. Renata y Camila se miraron. Fue uno de esos cruces de miradas que duran un segundo y deciden todo lo que va a pasar después.

—Hay que comprobarlo —dijo Camila.

Se acercó a Renata por encima del respaldo del sofá y la besó con la boca abierta, los ojos a medio cerrar. No fue un beso de exhibición rápido. Fue un beso largo, con manos en la nuca, con respiración entrecortada. Mateo se quedó sin saber dónde poner la mirada y al mismo tiempo incapaz de dejar de mirar.

—¿Te gustó? —preguntó Renata cuando se separaron, riéndose.

—Es bastante obvio que sí —contestó Camila, deslizando un dedo índice sobre la tela del pantalón de Mateo, justo en el lugar donde no había forma de disimular nada.

***

—¿Esto es algo así como ser voyeur? —preguntó Renata, ya con la curiosidad ganándole a la prudencia—. ¿Te gustaría espiar a la gente o algo así?

—No exactamente —dijo Mateo, eligiendo las palabras con cuidado—. No es esconderme. Es saber que soy parte. Estar viendo, o estar imaginando los detalles. Supongo que a ustedes les pasa algo parecido cuando miran porno con alguien que les atrae.

—¿Y si la persona tuviera un vínculo emocional con vos? —preguntó Camila—. Como una pareja. ¿Te gustaría verla con otro?

—Supongo que sí —respondió él, y se sorprendió de lo rápido que salió la palabra.

—Nunca había escuchado a un tipo decir eso en voz alta —dijo Renata, apoyando el mentón sobre la mano—. La mayoría se mata por fingir lo contrario. ¿Sabés por qué te excita?

—No lo tengo claro. Algo de saber que la persona que me importa también disfruta. Algo de la cabeza, de la imagen mental. No te lo puedo explicar bien porque nunca lo había puesto en palabras.

Camila lo miró como si estuviera viendo a alguien desconocido. No era desprecio. Era algo más parecido a una ternura curiosa.

—Lo bueno —dijo Renata, levantando la copa— es que nunca te vamos a ver llorar porque te pongan los cuernos. Es un superpoder, en serio.

Las dos se rieron. Mateo se rio también, mitad por incomodidad, mitad por alivio.

***

Durante las semanas siguientes, Camila y Renata convirtieron la fantasía de Mateo en un chiste interno. Le mandaban fotos provocativas con notas como «mirá lo que te perdiste anoche». Una mañana, Renata le envió una imagen suya con la cara cubierta de semen y una sonrisa pícara. Lo bautizaron «cuernitos» y, durante un mes entero, no hubo conversación grupal en la que el apodo no apareciera.

Lo curioso fue cómo, con el correr de los días, Renata empezó a aparecer más seguido. Primero por casualidad. Después por insistencia. Una tarde le mandó un mensaje sin acompañar a Camila y le pidió un café. En el café le confesó que pensaba en él más de lo prudente. Le dijo también, sin rodeos, que el asunto de la fantasía no le molestaba —al contrario, le parecía honesto—, pero que ella sí quería exclusividad de su lado.

Mateo aceptó casi sin pensarlo. Lo que le ofrecía Renata era extraño y a la vez exacto: una pareja en la que él podía mirar sin tener que ocultarlo. Le dijo, balbuceando, que si ella alguna vez se animaba a hacer algo, a él le gustaría enterarse. Renata sonrió. Le respondió que iban a ver.

***

La fiesta fue idea de Renata. Había conseguido un ascenso y quería celebrarlo con un grupo chico en el apartamento de Mateo. Camila trajo el tequila. Para las once, el living estaba lleno de gente y el aire pesado de risas y música a volumen medio. Para la una, alguien sugirió jugar a verdad o reto y la idea se aceptó con esa rapidez con la que se aceptan las malas ideas cuando hay alcohol de por medio.

—Empiezo yo —dijo Camila—. Después que nadie se queje.

Los primeros retos fueron inocentes. Confesiones de adolescencia, mensajes a ex parejas, alguna llamada a un número aleatorio. Después empezaron a subir el tono. Uno de los invitados, un tal Sebastián que apenas conocía a Renata pero que no le quitaba los ojos de encima desde que había llegado, la retó a contestar a cuál de los hombres de la sala besaría si no estuviera en pareja.

—Supongo que a Sebastián —respondió ella, sin mirar a Mateo.

El grupo soltó un coro de exclamaciones. Algunos miraron a Mateo esperando una reacción. Él solo sonrió, levantó las cejas y dijo:

—No tiene que dar explicaciones. Es una pregunta.

Camila se acomodó a su lado. Le susurró algo al oído que nadie escuchó. Mateo asintió.

***

Le tocó después a Mateo. El reto que le tiraron fue beberse un shot de tequila apoyado entre los pechos de Camila. Ella se desabrochó dos botones con calma, se acomodó la blusa para que el escote quedara más amplio y se sentó en el sillón con la espalda recta. La sal fue puesta en la curva del cuello. El limón, en la boca.

Mateo se inclinó. Lamió la sal lento, sintiendo la respiración de Camila contra la mejilla. Bajó la cara hasta el escote y atrapó el vaso entre los labios. El vidrio era demasiado ancho para sostenerlo solo con la boca; tuvo que ayudarse con una mano apoyada sobre uno de los pechos para mantener el equilibrio. El grupo aplaudió. Alguien silbó. Cuando levantó la cara para tomar el limón de la boca de Camila, ella le mordió el labio inferior antes de soltar la fruta.

—Cuidado con robarle el novio —bromeó alguien.

—Tranquilos, ya le devuelvo el favor a mi amiga —dijo Camila, limpiándose la comisura con el pulgar.

Inmediatamente retó a Renata a darse un beso de lengua con Sebastián, el mismo al que minutos antes había nombrado en su confesión.

Renata no titubeó. Se levantó, cruzó la sala, se sentó sobre las rodillas de Sebastián y lo besó como si llevara horas pensándolo. Las manos de él le subieron por la espalda hasta la nuca. El beso duró más de lo que duraban los besos de los retos. Cuando se separaron, Renata se mordió el labio y volvió a su lugar sin mirar a Mateo.

El silencio que siguió fue distinto. Más cargado. Todos sintieron que algún límite invisible se había corrido de lugar.

***

—Una más y bajamos —dijo Camila, midiendo el aire del cuarto—. Renata, decime: ¿le pediste permiso a Mateo por debajo de la mesa? ¿O fue por tu cuenta? No mientas.

—Por mi cuenta —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

Camila se volvió hacia Mateo.

—Y vos, sin mentir. ¿Te excitó verla?

—Sí —dijo él. La voz le salió más baja de lo que había planeado.

Las risas del grupo se mezclaron con un par de aplausos sueltos. Camila levantó las manos como una réferi declarando ganador.

Un par de rondas después, ya con todos más sueltos, alguien propuso un último reto. Renata aceptó pasar veinte minutos a solas con Sebastián en el cuarto del fondo. Mateo lo escuchó como si lo dijeran en otro idioma. Asintió antes de procesarlo. Renata se levantó, le acarició la mejilla al pasar y cerró la puerta detrás de los dos.

Mientras esperaban, las invitadas se acercaron al sillón donde estaba Mateo. Camila se sentó a su lado, otra amiga del otro lado. Le hablaron al oído, en voz baja, cosas que solo escuchaba él. Le contaban posibilidades. Le describían lo que probablemente estaba pasando del otro lado de la puerta. Mateo sintió el corazón latir contra las costillas. No estaba seguro de si lo estaban torturando o consintiendo.

—No te vas a olvidar de esta noche —le dijo Camila, apoyándole los labios casi en la oreja.

***

Renata salió del cuarto pasados los veinte minutos. Tenía el pelo revuelto, el rímel un poco corrido y una sonrisa que Mateo nunca le había visto. Se acercó directo al sillón, se sentó en su regazo y le tomó la cara con las dos manos.

—¿Querés que te cuente? —preguntó.

—Después —dijo él.

—Después —repitió ella.

El resto de los invitados empezó a despedirse. Camila se quedó hasta el final, lavando vasos en la cocina con la calma de quien sabe que ha movido las piezas exactas. Antes de irse, abrazó a Mateo en la puerta y le dio un beso en la sien.

—Cuernitos —le dijo, casi con cariño—. Ahora ya no hay vuelta atrás.

Mateo cerró la puerta. Caminó hasta el cuarto. Renata lo esperaba sentada en el borde de la cama, mirándolo como se mira a alguien al que se le va a contar algo importante. Él se sentó frente a ella. Y entonces, sí: empezó a escuchar el cuento del que llevaba meses fantaseando, contado con la voz pausada que él mismo le había enseñado a usar.

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Comentarios (5)

GabiMendoza

Esto estuvo buenisimo!!! me atrape leyendo sin darme cuenta

NachoReader

Y entonces que paso?? necesito saber como siguio todo, por favor continua el relato!

Sebas_uy

Tremendo, me recordo a cuando jugamos algo parecido en casa de un amigo y las cosas terminaron muy distinto a lo esperado jajaja

Tomas_cba

El tequila siempre destapa verdades je

LucianoR77

Buenisimo, quedo la pregunta... como reacciono ella cuando te mostraste? eso nos lo debes!

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