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Relatos Ardientes

Mi vecino el abogado nos miraba desde su ventana

Mi hermana Daniela tardó tres meses en decidirse a ir al abogado. Tres meses en los que tuve que escucharla quejarse del banco, del contrato y de su exjefe. Cuando por fin pidió cita, no la pidió en cualquier despacho: la pidió en el del cuarto B, el del edificio de enfrente, el que llevaba tres años mirándome cada vez que coincidíamos en el portal.

—Vienes conmigo —dijo, sin pedirlo en realidad.

—Voy contigo —respondí, sin disimular la satisfacción.

El despacho de Adrián Velasco quedaba en el segundo piso de un edificio sobrio, en una calle estrecha del centro. La placa de bronce junto a la puerta brillaba como recién pulida. Cuando entramos, la secretaria nos pidió que esperáramos sentadas y que mantuviéramos los dos metros de distancia con el letrado. La pandemia nos había convertido a todos en astronautas de salón.

Él nos recibió de pie. Traje azul marino, camisa blanca, corbata estrecha. Y zapatos de piel negros que no combinaban del todo. Lo noté al instante, porque siempre noto esas cosas, pero también supe que daba lo mismo: Adrián era de esos hombres a los que cualquier cosa les sienta bien. Mide algo más de un metro ochenta, es delgado sin ser flaco, y tiene la espalda recta de quien ha jugado mucho al tenis. Sus ojos son claros, de un gris que parece azul según la luz, y mira como si estuviera leyéndote por dentro.

—Daniela, tú y yo nos vamos a ver bastante —dijo, mientras le tendía la mano sin estrecharla, solo un gesto en el aire—. Te lo aviso para que vengas armada de paciencia.

Mi hermana se rió. Yo me senté en una de las sillas que él había colocado a la distancia obligatoria, y traté de no parecer una idiota.

Durante los primeros minutos lo escuché hablar de cláusulas, de plazos, de notificaciones. Pero a partir de cierto punto dejé de escuchar. Empecé a mirarlo de un modo que no es decente mirar a nadie. Empecé a fijarme en sus manos cuando pasaba las páginas. En la forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba pensando. En los dos o tres mechones de pelo negro, ya con canas, que le caían sobre la frente.

Si me sentara a horcajadas sobre él, todavía tendría que estirar el cuello para mirarlo.

Cogió los papeles de mi hermana y se levantó para revisarlos a contraluz. El pantalón le quedaba ajustado por delante, no de forma vulgar, pero sí lo suficiente. Mis ojos fueron donde no debían ir y se quedaron ahí más de la cuenta. Lo que se le marcaba debajo del paño parecía generoso. Generoso fue la palabra educada que me vino. Sentí calor en las mejillas y un latido distinto, más bajo, más interior. Crucé las piernas.

Volvió a sentarse y siguió hablando con Daniela. Una vez, dos, tres, sus ojos se desviaron hacia los míos. No fueron casualidades. La tercera vez sostuvo la mirada un segundo de más, y supe, supe sin necesidad de palabras, que él también llevaba años mirándome subir y bajar del ascensor.

***

Esa misma tarde había quedado con Mateo, mi pareja. Un chico de los buenos, de los que llaman para preguntar si llegué bien y traen flores los aniversarios. Cenamos en un italiano cerca del río. Yo llevaba un vestido negro corto, con el escote por delante recatado y por detrás peligroso. Mateo no paró de decirme que estaba guapa, y yo dejé que lo dijera, porque era verdad y porque, por dentro, seguía pensando en Adrián.

Cuando aparcó frente al edificio era casi medianoche. Apagó el motor y bajó la música. Las farolas amarillas dibujaban círculos sobre el capó. Hablamos un rato de tonterías: una película que habíamos visto, una boda a la que tendríamos que ir. Yo respondía sin estar del todo presente. Una parte de mí estaba contando ventanas en el edificio de enfrente.

—¿Subes? —pregunté, sin esperar realmente respuesta.

—Mañana tengo el vuelo a primera hora —contestó.

Lo besé. Lo besé largo, despacio, sosteniéndole la nuca. Cuando aparté la boca, me incliné hacia la ventanilla para comprobar si las luces de mi piso estaban encendidas. Daniela tenía la costumbre de quedarse dormida con la televisión puesta y yo siempre miraba antes de subir, para no despertarla con el ruido de la puerta.

Y entonces lo vi.

Adrián estaba en la ventana de su cocina, en el cuarto piso del edificio de enfrente. Tenía un cigarrillo encendido en la mano y la otra apoyada en el marco. No miraba la calle. Nos miraba a nosotros.

Sentí un golpe en el pecho. Volví a meterme dentro del coche, despacio, sin apartar la vista del retrovisor. La luz de su cocina le iluminaba la mitad de la cara. La otra mitad quedaba en sombra. No se movió cuando supo que yo lo había visto. No bajó la mirada. No fingió que estaba mirando otra cosa.

Sabe que sé que está ahí.

Algo se activó dentro de mí. Algo viejo, algo que no controlaba del todo. Me giré hacia Mateo y le pasé los dedos por el cuello, lentos, despacio. Volví a besarlo, pero esta vez con la boca abierta, mordiéndole el labio, haciéndolo de manera que se notara desde fuera. Mateo respondió enseguida. Me apoyó la mano en el muslo y subió un poco. Le dejé.

—Quédate un rato más —murmuré.

Disimuladamente, con un gesto que pretendía parecer descuidado, abrí las piernas. El vestido negro se subió como una cortina mal cerrada y dejó a la vista mucho más de lo razonable. Sabía que desde la altura del cuarto piso se veía perfectamente el interior del coche. Sabía que Adrián estaba viendo exactamente lo que yo quería que viera.

Mi mano viajó por el cuerpo de Mateo y se posó sobre el bulto que se le estaba formando. Lo apreté ligeramente. Él soltó un suspiro que no esperaba. Cerró los ojos un instante y los volvió a abrir, y entonces yo aproveché para mirar de nuevo por la luna delantera.

Adrián seguía ahí. No solo seguía. Se había acercado al cristal.

Sentí el pulso entre las piernas, más fuerte que nunca. Tomé la mano de Mateo y la llevé a donde quería que estuviera. Por debajo del vestido, por dentro del tanga, sin pedir permiso, sin ceremonias. Mi novio se sobresaltó.

—¿Estás segura? —murmuró.

—Calla —dije.

Sus dedos empezaron a moverse despacio, todavía con timidez. Yo apoyé la cabeza contra la ventanilla del copiloto, el lado que daba al edificio de enfrente. Desde esa posición podía sostener la mirada en la cocina del cuarto piso. Adrián no había bajado las cortinas. No había apagado la luz. Solo estaba ahí, fumando sin fumar, viéndonos.

Abrí las piernas un poco más. Mateo se dio cuenta de que algo había cambiado en mí pero no preguntó. Sus dedos se movían cada vez con más seguridad, deslizándose, encontrándome empapada. Empapada por Adrián, no por él. Aunque eso no se lo iba a decir nunca.

—Estás imposible —susurró Mateo, contra mi cuello.

Yo no contesté. Yo solo miraba.

Adrián levantó muy levemente el mentón, como si me reconociera el descaro. Apoyó la palma contra el marco de la ventana. No se llevó el cigarrillo a los labios. Lo había olvidado. Estaba demasiado concentrado en lo que veía.

El movimiento de los dedos de Mateo se aceleró. Yo arqueé un poco la espalda, lo suficiente para que desde fuera se notara la tensión, lo justo para que se entendiera que aquello no era una pose. Mi vestido estaba subido hasta el ombligo. Mi tanga, hecho a un lado. Mi novio respiraba contra mi oreja, sin saber que se había convertido en el actor secundario de una escena que yo le estaba ofreciendo a otro hombre.

Sentí la primera oleada subir por las piernas y me obligué a no cerrar los ojos. No quería perdérmelo. No quería dejar de ver a Adrián viéndome. Si iba a hacerlo, lo iba a hacer con él de testigo.

—Mírame —le pedí a Mateo, para disimular.

Pero el «mírame» iba para el de la ventana.

Cuando llegué, llegué en silencio. Sin gritos, sin escándalo, sin nada que delatara desde fuera lo que estaba pasando dentro del coche. Solo un temblor breve, una contracción honda, los dedos de Mateo deteniéndose, mis caderas levantándose un milímetro del asiento. Lo justo. Lo suficiente.

Adrián seguía ahí. La brasa del cigarrillo se había consumido casi hasta el filtro sin que se diera cuenta. Vi cómo, por fin, parpadeaba. Vi cómo, por fin, despegaba la mano del marco.

Y entonces, despacio, levantó dos dedos en mi dirección. Un saludo mínimo. Un acuse de recibo. Una manera de decir que había estado ahí, conmigo, todo el tiempo.

***

—¿Subes un momento? —preguntó Mateo, después, con la voz ronca.

—Mañana hablamos —dije, y le acaricié la mejilla.

Salí del coche con las rodillas blandas y el vestido todavía mal puesto. No alcé la vista hacia la cuarta planta del edificio de enfrente porque no hacía falta. Sabía que él seguía mirando. Lo iba a saber siempre.

Cuando entré en el portal, me detuve un segundo frente al buzón. En él, junto al timbre del cuarto B, decía: «Adrián Velasco · Despacho de abogados». Lo leí como si fuera la primera vez. Pasé el dedo por encima del nombre.

Subí en el ascensor sola. En el espejo, una mujer despeinada me miraba con una sonrisa que no le había visto nunca. Tenía el rímel corrido en el ojo derecho y una marca roja en el cuello que el lunes tendría que tapar con corrector.

Lo siguiente lo decidí en el rellano, mientras buscaba las llaves en el bolso. Mañana, antes de salir a trabajar, iba a coincidir con él en el ascensor. No iba a ser casualidad. Iba a buscarlo. Y cuando los dos estuviéramos dentro, con la puerta cerrada y los seis pisos por delante, le iba a preguntar a la cara qué pensaba hacer con lo que había visto.

Si era la mitad de hombre de lo que prometía su mirada, no iba a hacer falta que preguntara nada.

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Comentarios (4)

CuriosaNoche

uffff que buenisimo!! me encanto, lo lei dos veces jajaja

ForoLector

Por favor seguilo, no puede quedar asi! quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

ManuelGdl

jeje me hizo acordar a un vecino que teniamos de chico, siempre asomado al balcon... uno siente esas miradas aunque no diga nada. Muy bueno el relato

AndreaMdq

increible como lo narraste, se siente tan real. sigue escribiendo!!

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