La chica del escaparate me eligió entre todos
Estabas con tu grupo de amigos, de vuelta de algún antro o de una despedida, y alguien decidió pasar por la calle de las vitrinas. Reían demasiado fuerte, como ríen los hombres cuando están nerviosos y no quieren que se note.
Eran cuatro. Se paraban frente a cada cristal como críos delante del escaparate de una pastelería, mirando, comentando, empujándose. Las chicas dentro bailaban, se acariciaban, se aburrían. Tú reías con los demás, pero los ojos te buscaban algo distinto. Y entonces llegaron a la mía.
Yo estaba sentada sobre la camilla, con las piernas completamente abiertas y los tacones rojos clavados en el suelo. Pelo negro hasta la cintura, piel morena, una boca grande hecha para abrirse. Llevaba el ombligo perforado, dos aros pequeños atravesándome los pezones unidos por una cadena fina, y entre las nalgas, asomando, una joya roja del tamaño de una avellana sujeta al plug que llevaba puesto desde antes de empezar el turno.
Mis tetas eran lo primero que veía cualquiera. Una copa enorme, natural, pesada, con los pezones erizados por el aire del local. Lo segundo era mi mano entre las piernas, moviéndose despacio sobre el clítoris. Lo tercero, si tenías paciencia, era yo. Mis ojos.
Tus amigos seguían comentando. Tú habías dejado de hablar.
Subiste la mirada despacio, desde los tacones rojos a las pantorrillas, las rodillas, los muslos, hasta detenerte en la humedad que brillaba entre mis piernas y bajaba en un hilo fino hacia la joya roja. Tragaste saliva. Lo vi.
Levanté las manos por mi vientre arañándome la piel con las uñas, también pintadas de rojo. Me pellizqué los pezones, tiré de los aros para que sintieras el pequeño espasmo en mi cara, y subí los dedos a mi boca. Saqué la lengua y me lamí los dedos, despacio, sin dejar de mirarte. Y ahí nos encontramos.
Tú. Solo tú.
Quise que entraras. Quise que dejaras a tus amigos en la calle y abrieras la puerta y pagaras lo que tuvieras que pagar. Pero no lo hiciste. Te quedaste pegado al cristal como un crío, y en ese instante la puerta lateral se abrió y entró otro.
***
La luz roja se atenuó. Conocías cómo funcionaba: cuando bajan la luz, hay cliente. Solo queda iluminada la silueta de la chica para los que miran desde afuera. El resto cae en penumbra.
El hombre era mucho más grande que yo. No le vi la cara. No me hizo falta. Me agarró de la cintura, me dio media vuelta y me empujó contra la camilla con las tetas aplastadas y los ojos mirándote a ti. Levantó mi pelo y, sin decir nada, me sacó el plug del culo de un tirón. Te miré con la boca abierta y el dolor en los ojos. Me metió el plug entre los labios, lo empujó hasta el fondo, me cerró la boca con su mano.
Volvió a abrirla. Yo seguía mirándote.
—No lo escupas —oí detrás de mí.
No lo escupí. Mordí el plug y apreté los dientes.
Lo que vino después tú no lo viste del todo, pero lo entendiste por mi cara. Me embistió de un golpe, el cuerpo entero se me tensó, las tetas rebotaron contra la camilla y solté un grito amortiguado por la joya entre los dientes. Sus manos me sujetaron las caderas con los dedos clavados. Me escupió en el culo y siguió rompiéndome despacio, sin prisa, sin piedad. Yo tiraba de la cadena de mis pezones para sentir algo más fuerte que aquello, para no apartar la mirada de ti.
Tú apretabas la mandíbula. Tus amigos seguían riendo a tu lado, dándose codazos, sin entender nada. Tú sí entendías. Tú veías mis ojos pidiéndote que no te fueras.
El hombre me metió dos dedos en el coño mientras me embestía por detrás. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo se contenía, cómo soltaba. Una embestida larga, profunda, hasta el fondo, y el calor llenándome por dentro. Después su sombra se apartó. La luz volvió a subir. Tú seguías allí.
***
Me deslicé de la camilla con las piernas temblando. Me puse a cuatro patas en el suelo, justo delante del cristal, justo delante de ti, y dejé que el semen me escurriera por los muslos. Lo recogí con dos dedos, lo levanté para que lo vieras bien y me lo metí en la boca. Lo saboreé, te lo enseñé en la lengua, lo tragué.
Saqué el plug de mi boca, lo limpié con la lengua y volví a metérmelo en el culo. La joya roja brilló otra vez en su sitio. Sonreí.
Uno de tus amigos no aguantó más. Casi me tomó por sorpresa cuando lo oí entrar. Era el más bajo, el que más fuerte había estado riéndose. Me cogió del pelo, me tumbó boca arriba en la camilla con la cabeza colgando por el borde y las piernas abiertas en uve hacia el techo. Desde esa posición pude seguir viéndote, del revés, pero viéndote.
Me la metió de un solo golpe. Se me fueron los ojos en blanco un segundo, lo justo para perderte un instante. Cuando volví en mí, estabas más cerca del cristal. Tu mano izquierda apoyada contra él. La derecha, dentro del bolsillo del pantalón.
Tu amigo me sujetó la cadena de los pezones y tiró hacia arriba. Sentí el ardor, los aros tensándose, los pezones en punta hacia el techo como dos pequeños imanes. Me follaba como si quisiera romperme. Sus compañeros le animaban desde fuera dando palmadas en el cristal. Duró cinco minutos, quizá menos. Para mí fue lo bastante para sentir el primer borde del orgasmo, ese vértigo que se queda colgado y no termina de caer. Pero yo no quería caer con él. Yo quería caer contigo.
Se corrió dentro de mí. Otro chorro, otro calor, otra mezcla. Salió de la camilla agitando las manos como si hubiera ganado algo.
***
Me pegué al cristal por dentro. Aplasté las tetas contra él, dejé las dos huellas redondas y húmedas a la altura de tu pecho. Bajé despacio hasta quedarme en cuclillas, las rodillas abiertas de par en par, el coño y el culo apuntando hacia tu cara a través del cristal. El semen empezó a salir de los dos sitios a la vez. Lo recogí con los dedos, los chupé, te lo enseñé.
Tú no te moviste. No podías. Tu mano seguía dentro del pantalón. Lo vi por el bulto, por el ritmo, por la respiración entrecortada que dejaba marcas pequeñas de vaho en el cristal cada vez que exhalabas.
Otro de tus amigos entró. Este era más alto, llevaba una sudadera oscura, y se acercó por detrás cuando yo seguía en cuclillas. Me agarró de la melena, me echó la cabeza hacia atrás y me apoyó la polla sobre la lengua. Colocó la cadena de mis pezones encima de su miembro, dejando los aros colgando y tirando de mi piel con su propio peso.
Mírame. Mírame solo a mí.
Te miré por el rabillo del ojo mientras se la chupaba a tu amigo. Te toqué a través del cristal con la mirada. Y entonces vi tu mano moverse dentro del bolsillo, decidida, sin disimulo.
—Sí —dije sin que nadie pudiera oírme—. Hazlo. Para mí.
***
Bajé la mano libre a mi coño y empecé a frotarme el clítoris en círculos rápidos. Sentía el semen del primero todavía dentro, caliente y espeso. Aproveché para meterme el puño entero. Tu amigo soltó un quejido y empujó más fuerte contra mi garganta. Lo dejé hacer. Le di lengua, le di paladar, le di las dos manos cuando saqué la otra del coño y se la subí por los testículos. Pero los ojos los tenía clavados en ti.
Yo te pedía. Yo te suplicaba sin decir nada. Quería sentirte. Quería que abrieras la puerta de mi vitrina y te metieras hasta el fondo. Pero no íbamos a tocarnos. Lo entendí en el último segundo. Y, sin embargo, íbamos a corrernos juntos.
Tu amigo me sacó la polla de la boca con un tirón y se corrió encima de mi cara, de mi cuello, de mis pezones. Me quedé llena de semen, pintada como una muñeca rota. Y no me importó. Solo te miraba.
Mi cuerpo empezó a convulsionar. El primer espasmo me partió por dentro. El segundo me hizo abrir la boca en un gemido sin sonido. El tercero salió disparado, un squirt golpeando el cristal, manchándolo justo a la altura de tu cara. Otro. Otro más. No podía parar.
Tú te bajaste el pantalón solo lo necesario. Una mano apretaba el cristal y la otra tu polla. Me corrí mientras tú te corrías. Tu semen salpicó el cristal por fuera, el mío por dentro. Las dos manchas se solaparon en el reflejo. Un segundo. Solo un segundo.
***
Caí de rodillas en el suelo, el cuerpo todavía sacudiéndose, la respiración entrecortada. Me arrastré hacia el cristal, pegué los labios al lugar donde tu corrida resbalaba por fuera, saqué la lengua y lamí por dentro como si pudiera atravesarlo. Tú pusiste los labios al otro lado, en el mismo punto, y nos besamos a través del vidrio.
Sentí otro espasmo. El último. El más pequeño. El más mío.
Te alejaste despacio. Tus amigos te llamaban desde el final de la calle, daban gritos, te decían algo. Caminaste sin volverte, hasta el último paso. Y, en el último paso, sí. Giraste la cara.
Para entonces ya había entrado otro hombre.
Me tenía contra el cristal, una mano en mi nuca y la otra abriéndose paso entre mis nalgas. Las tetas se aplastaban contra el vidrio dejando dos círculos nuevos, encima de los anteriores. Mi cara quedó pegada al mismo punto donde tu boca había estado un minuto antes. Y tu corrida seguía allí, decorándome el coño desde el otro lado del cristal mientras otro me embestía sin saber que yo, en ese instante, todavía era tuya.
Levantaste una mano. No supe si era un saludo o una despedida.
No me importó. Te lo llevabas todo.