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Relatos Ardientes

Espié a mi hermano por las cámaras y alguien me espió a mí

Me llamo Camila. Lo que voy a contar pasó hace dos veranos, en la casa que mis padres conservan a las afueras, esa con piscina y demasiadas cámaras de seguridad. Si lo cuento ahora es porque todavía no logro decidir si me da más vergüenza o más placer recordarlo.

Éramos cuatro en aquella casa: mis padres, mi hermano Tomás y yo. Mis padres viajaban tanto que la mayoría de los veranos terminábamos solos, y nosotros aprendimos pronto a aprovechar la libertad sin hacer preguntas. Yo tenía veintitrés años, estaba sin pareja desde el invierno anterior y disfrutaba de la casa como si fuera mía. Tomás, dos años menor, acababa de empezar a salir con una chica nueva.

Se llamaba Aitana. Rubia, delgada, de hombros pequeños y boca grande. No era espectacular, pero tenía una de esas caras que se quedan pegadas en la cabeza. Estudiaba traducción, no por vocación sino para tener un título en la mano, y se veía a la legua que venía de una familia con dinero. Educada, con buenos modales, ese tipo de novia que toda madre quiere para su hijo.

Tomás la trajo una tarde de enero. Hacía un calor obsceno y los tres terminamos en la piscina. Yo era consciente de que se contenían por mi presencia, y eso, lo confieso, me daba una alegría pequeña y un poco mezquina. Los miraba reír, rozarse bajo el agua, intercambiar miradas que no terminaban en nada. Y empecé a imaginar lo que harían en cuanto los dejara solos.

Fue ahí cuando se me ocurrió la idea. No fue calculada al principio, fue como una corriente que entra sola.

—Chicos, me ha empezado a doler la cabeza —dije, exagerando un poco la mueca—. Voy a subir a tumbarme un rato. Sigan ustedes, tranquilos.

Tomás me preguntó si necesitaba algo. Aitana me deseó que descansara. Yo asentí, salí del agua, me puse la bata por encima del traje de baño mojado y entré en la casa.

Pero no subí a mi habitación.

Me metí en el despacho de mi padre. Ahí está el ordenador central que controla las cámaras de seguridad. Mi padre las instaló hace años, después de un robo en la casa del vecino, y son de las modernas, las que graban en alta definición y guardan los archivos en la nube durante una semana. Cualquiera de la familia puede acceder con su clave. Cualquiera puede descargar lo que quiera.

Encendí el monitor. La pantalla se dividió en seis cuadros. Localicé las dos cámaras que apuntan al patio, las que se pueden mover y acercar desde el teclado. Seleccioné la primera. La cara de Aitana llenó la pantalla.

Estaban pegados contra la esquina menos visible de la piscina, donde la pérgola da sombra. Tomás le sujetaba la cara con las dos manos y la besaba con una intensidad que no le había visto nunca en público. Las manos de ella le recorrían la espalda, los hombros, le bajaban hasta la cintura del bañador. No tenían audio las cámaras, pero yo podía imaginar la respiración, el golpe del agua contra los azulejos, el silencio del jardín.

Pensé en apagar. De verdad lo pensé. Pero me quedé.

Mi hermano deslizó las manos por la espalda de Aitana y le desató la parte de arriba del bikini. La prenda quedó flotando como una medusa pequeña. Ella tenía los pechos muy blancos, redondos, y se le marcaban los pezones por el contraste con el agua tibia. Tomás bajó la boca y empezó a besárselos despacio, sin prisa, como quien ya sabe que tiene toda la tarde.

«No quiero ver esto», me dije. «No quiero seguir viendo esto».

Pero acerqué el zoom.

***

La cara de Aitana, vista de cerca, era otra. Tenía los ojos entrecerrados, los labios húmedos, y cada vez que mi hermano le subía la boca por el cuello, ella echaba la cabeza hacia atrás con un gesto tan abandonado que se me secó la garganta. Imaginé los sonidos. Imaginé también lo que ella le susurraba al oído, y lo que él le respondía. En mi cabeza eran cosas brutales y hermosas que jamás repetiría en voz alta.

Después de un rato, Tomás le quitó la braguita del bikini y la dejó caer al fondo de la piscina. Desde mi ángulo no podía ver casi nada bajo el agua, pero la cara de ella, encuadrada por el zoom, lo contaba todo. La boca abierta, la barbilla temblando, los párpados apretados. Era un gesto que yo conocía de mí misma, no de mirar a otras mujeres, y reconocerlo me puso roja.

Yo seguía con el traje de baño puesto, pero la tela ya estaba mojada por otra cosa distinta a la piscina. Me acomodé en el sillón de cuero de mi padre, abrí un poco las piernas y deslicé la mano por debajo del bañador. Estaba empapada. Cerré los ojos un segundo y, al abrirlos, cambié a la otra cámara.

El nuevo ángulo era mejor. Mi hermano se había movido hasta los escalones de la piscina. Se sentó en el segundo escalón, con el agua a la altura del ombligo, y se sacó el bañador con un solo movimiento. Lo lanzó al césped. Le hizo un gesto a Aitana con la barbilla.

Ella obedeció sin titubear.

Se acercó de rodillas, con el agua hasta el pecho, y bajó la cabeza sobre el regazo de Tomás. Empezó a moverse con un ritmo constante, sin titubeos, con la naturalidad de quien lleva tiempo haciéndolo. Mi hermano cerró los ojos, apoyó la nuca en el borde de cemento y se entregó. Tenía las manos en los muslos, no en la cabeza de ella, y eso me pareció un detalle elegante, aunque no era el momento de pensar en elegancias.

Cambié al otro plano. Desde la segunda cámara podía verle la cara a Aitana mientras lo hacía. No estaba forzada, no estaba aburrida, no estaba actuando: estaba concentrada, casi orgullosa. Vi cómo se entretenía con la punta, cómo se la tragaba entera, cómo lo miraba de reojo buscando confirmación.

Una experta. Esta chica de buena familia es una experta.

Yo ya tenía dos dedos dentro. La mano izquierda se me había ido al cuello, al pecho, a los pezones, sin que se lo pidiera. Es la primera vez que cuento esto a nadie, pero el voyerismo me ha gustado siempre. De adolescente espié a una pareja en la playa, escondida detrás de las dunas. En la universidad escuchaba a mi compañera de cuarto follar con su novio fingiendo dormir. Pero esto era distinto. Esto era mi hermano. Esto era la familia. Era inconmensurablemente más sucio.

Tomás abrió los ojos de golpe, hizo una mueca de aviso y Aitana se acomodó como si lo hubiera ensayado mil veces. Abrió la boca, sacó la lengua y recibió todo. Algunas gotas le cayeron en el pelo, en la mejilla, en la clavícula. Ella sonrió, se hundió un segundo en la piscina, salió limpia y le besó la rodilla a mi hermano antes de levantarse.

Si hubiera terminado ahí, habría jurado nunca volver a hacerlo. Pero no terminó ahí.

***

Tomás la levantó de la cintura y la sentó en el último escalón. Aitana se acostó de espaldas, con el agua acariciándole solo los tobillos. Mi hermano se inclinó sobre ella y empezó a besarle el cuerpo entero, sin delicadeza, mordiéndole los pechos, dejándole marcas rojas en las costillas y en el vientre. Pensé que al día siguiente las vería en el desayuno y me reiría por dentro.

Después bajó la cabeza entre sus piernas. Le abrió bien los muslos y se hundió ahí con una paciencia que no le conocía. Ella le pasó las piernas por encima de los hombros, lo apretó contra sí misma, lo soltó, lo volvió a apretar. Pasaron minutos largos, tan largos que llegué a temer que mi propio orgasmo se me escapara antes que el de ella.

Pero Aitana se rindió primero. Le agarró el pelo a mi hermano, arqueó la espalda, abrió la boca sin sonido y se quedó quieta unos segundos, con los ojos puestos en el techo de la pérgola. Tomás se incorporó. Tenía la cara brillante y una nueva erección, casi inmediata.

Se montó sobre ella con cuidado y empezó a entrar despacio. Yo iba alternando entre las dos cámaras, buscando los ángulos. Llevaba ya tanto rato con la mano metida en el traje de baño que el cuero del sillón estaba húmedo bajo mis nalgas. Apreté los dientes y me dejé llevar.

Mi hermano se movió encima de Aitana con un ritmo cada vez más fuerte hasta que se retiró de golpe y se vino sobre su vientre, conteniendo un gemido que casi pude oír a través del cristal. Yo me corrí en ese mismo instante. Mordí la manga de la bata para no gritar. La mano me tembló como si fuera la primera vez. Me llevé un susto, porque casi me caí del sillón.

Casi todos mis orgasmos los he tenido así, mirando a otros. Casi nunca con un hombre encima. No sé si está bien o mal, pero es la verdad.

Me quedé un minuto entero quieta, con la respiración alta, oyendo el zumbido del ordenador. Después reaccioné. No podía quedarme allí: si Tomás entraba a buscarme y veía el monitor encendido, no había explicación posible.

Me limpié con un pañuelo. Me arreglé el bañador. Me peiné con los dedos. Y antes de salir, hice una cosa que después me costaría entender. Marqué los dos archivos de video, los de la cámara uno y la cámara dos, y los descargué a mi carpeta privada en la nube. Por si acaso, me dije. Por si alguna noche quería repetir. La entrepierna me cosquilleaba mientras pulsaba el botón.

***

Salí del despacho, subí a mi habitación y me cambié. Cuando bajé una hora más tarde, los encontré en la cocina, comiéndose un sándwich cada uno como si nada hubiera pasado. Aitana me preguntó si me sentía mejor.

—Mucho mejor —dije.

Y, sin saber muy bien por qué, añadí:

—Aitana, tienes algo blanco en el pelo. ¿Mayonesa?

Se le cortó la cara medio segundo, lo justo para confirmarme que no me había imaginado nada. Después, mi hermano se rio. Ella se rio con él, fingiendo bien. Yo me reí también, sin sentido aparente. Nos quedamos charlando hasta tarde. Era una chica encantadora, en realidad.

Esa noche, ya en la cama, abrí el portátil. Me dije que solo iba a ver un fragmento, los segundos más calientes, y a dormir. Tenía el pijama puesto y la luz de la mesilla apagada. Entré en la nube.

Aparte de los archivos antiguos, había tres descargas recientes.

Tres.

Yo había descargado dos.

Hice doble clic en el primer archivo. Era la cámara uno, la panorámica del patio. Lo cerré. Hice doble clic en el segundo. La cámara dos, el primer plano de Aitana en los escalones. Lo cerré. Me senté más recta en la cama, sentí el pulso en la garganta y abrí el tercero.

El plano era distinto. No estaba en el patio. Apuntaba a un escritorio de madera oscura, a un monitor de pantalla ancha y a un sillón de cuero gastado. Tardé un segundo en reconocerlo, y cuando lo reconocí, se me heló la espalda.

Era el despacho de mi padre. Era yo.

Me vi entrar con la bata cerrada. Me vi sentarme en el sillón. Me vi enrojecer, abrir un poco los muslos, deslizar la mano por debajo del bañador. Me vi quitarme la prenda. Me vi acariciarme el cuello, los pechos, abrir las piernas en esa silla. Me vi correrme. Vi mi propia cara en el instante exacto en que me corrí, y me pareció obscena y hermosa y desconocida, todo a la vez.

Cerré el archivo. Cerré el portátil. Me quedé mirando el techo.

Existía una tercera cámara, evidentemente. Una que yo no había visto nunca. Y alguien había descargado el video. Alguien con clave. Alguien con acceso.

Las opciones eran muy pocas. Mis padres estaban en Lisboa. Tomás había estado todo el tiempo en la piscina con Aitana. ¿O no?

¿Aitana?

Pensé en su sonrisa al ofrecerme el sándwich. Pensé en cómo había aguantado mi broma sobre la mayonesa sin perder el control más de medio segundo. Pensé en cuánta más sangre fría tenía esa chica de la que yo le había atribuido.

Y mientras la pregunta me daba vueltas, descubrí otra cosa que me sacudió todavía más fuerte. La idea de que alguien me hubiera visto desnudarme, tocarme y temblar en el sillón de mi padre, lejos de horrorizarme, me estaba calentando otra vez. Mucho. Demasiado.

Me quité el pijama.

Aquella noche descubrí que no solo era voyer. También era, en lo más oscuro, una exhibicionista. Y, peor todavía, que me gustaba no saber quién estaba mirando.

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Comentarios (3)

VigilanteNocturno

Buenísimo!!! Me enganche desde el primer párrafo, no pude parar.

Celeste_MDQ

Por favor que haya segunda parte, quede muy intrigada con cómo sigue todo.

MarisolGdl

Me encanto el giro al final, no lo vi venir para nada. Muy bien narrado.

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