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Relatos Ardientes

Mi vecina nueva sabía que la miraba desde el balcón

Hacía exactamente seis días que me había mudado a Vilanova del Olmo. Seis días desde que metí todo lo que tenía en dos maletas y una caja de cartón y me largué del piso que durante tres años había compartido con Cecilia. La encontré una tarde de marzo en el sofá, encima de Andrés, mi amigo de toda la vida. No grité. No tiré nada. Cerré la puerta, volví a bajar a la calle y esa misma noche estaba buscando alquileres en otra provincia.

La casa era una adosada de dos plantas, vieja pero limpia, con un patio mínimo atrás y una terraza arriba que daba directamente sobre los patios de los vecinos. Aún no conocía a nadie. No quería conocer a nadie. Quería desaparecer una temporada, beber cerveza, fumar y olvidar que en algún lugar Cecilia se reía de mí entre las sábanas que yo había pagado.

Aquel sábado terminé de colocar la última caja antes del mediodía. El calor era el de los pueblos del sur, denso, casi sólido, que se te pegaba a la nuca. Subí a la terraza con una cerveza recién sacada de la nevera y me senté en una silla de plástico que había encontrado en el trastero. La primera lata duró dos tragos.

Bajé a por otra. Cuando volví a subir, ya me había quitado la camiseta. Tenía el pelo todavía húmedo de la ducha y la espalda agradecía el aire caliente. Encendí un cigarrillo. Esto es lo más cerca que voy a estar de la felicidad en una buena temporada, pensé, y casi me lo creí.

Entonces oí una puerta corredera deslizarse a mi izquierda.

Me asomé sin pensarlo, por puro instinto, y enseguida me agaché detrás de la barandilla. No sé por qué lo hice. Nadie me había dicho que estuviera prohibido mirar, pero algo en la escena exigía discreción. Por la rendija entre dos macetas vi salir a una mujer al patio contiguo. Treinta años, calculé. Quizá treinta y dos. Pelo oscuro recogido en un moño flojo, gafas de sol enormes, una toalla blanca anudada por encima del pecho.

Se movía como quien se sabe sola en casa.

Caminó descalza hasta una tumbona de madera, dejó una botella de agua y un libro en el suelo y, sin más ceremonia, se desató la toalla. La dejó caer sobre el respaldo. Debajo llevaba un bikini coral que parecía pintado sobre su piel morena. Tenía caderas anchas, cintura corta, unos pechos que la tela apenas conseguía sostener. No era una mujer flaca de revista. Era otra cosa. Era una mujer real con la que cualquier hombre se quedaría sin habla en una parada de autobús.

Estiró la toalla sobre la tumbona con un par de sacudidas y se tumbó boca arriba. Yo seguía detrás de la barandilla, agachado, sosteniendo la cerveza con la mano que no temblaba.

Levántate y vete. No es asunto tuyo.

No me levanté.

***

Durante un par de minutos solo respiró. Tenía las manos cruzadas sobre el vientre y la cara ligeramente girada hacia el sol. Las gafas opacas me impedían saber si tenía los ojos abiertos o cerrados. Eso me daba una falsa sensación de invisibilidad, como si mientras yo no viera sus ojos ella tampoco pudiera ver los míos.

Después se incorporó a medias, se inclinó hacia el suelo y cogió un bote de protector solar. Lo agitó. El plástico hizo un ruido pequeño y limpio que llegó hasta mi terraza con una nitidez extraña. Vertió un poco en la palma de la mano y empezó por los hombros.

Sus dedos se movían sin prisa. Trazaban círculos amplios sobre la clavícula, descendían por el brazo hasta la muñeca, volvían a subir. Cuando se aplicó la crema en el escote, los dedos se hundieron un segundo por debajo de la copa del bikini. Solo un segundo. Solo lo suficiente para que la tela se desplazara dos centímetros y luego volviera a su sitio.

Sentí la primera reacción en los pantalones, una presión que no había buscado. Apoyé la frente contra la barandilla de metal caliente y traté de ignorarla. No funcionó.

Ella continuó. El vientre. Las caderas. Los muslos. Cada zona recibía su ración de crema con la misma calma metódica, como si estuviera amasando pan. Llegó a las pantorrillas, a los empeines, y luego, sin dejar de mirar al cielo, volvió hacia arriba con las dos manos a la vez.

Las apoyó sobre los pechos.

No fue un gesto rápido ni casual. Fue una caricia entera, larga, las palmas abiertas sobre la tela coral, los pulgares trazando un círculo lento alrededor de los pezones que ya se marcaban a través del bikini. Tragué saliva. Sin darme cuenta había soltado la cerveza sobre la baldosa.

El golpe sonó como un disparo.

Ella giró la cabeza despacio, muy despacio, hacia mi terraza. Yo me pegué a la barandilla todo lo que pude, conteniendo la respiración como un niño en un escondite. Pasaron tres segundos. Cinco. Ocho. Después volvió a mirar al cielo, igual que antes, y siguió acariciándose los pechos.

No se había movido del sitio. No se había sobresaltado. No había gritado.

Y yo, en ese instante, supe dos cosas a la vez: que me había visto, y que no le importaba que la viera.

***

Me desabroché el botón del pantalón con la mano izquierda mientras seguía sosteniendo el cigarrillo apagado con la derecha. No me atrevía a moverme demasiado. Cualquier sombra brusca podía traicionarme y, aunque tenía la sospecha de que ella lo sabía todo desde el primer instante, había en aquel juego una regla tácita: ninguno iba a mirar al otro directamente.

Bajé la cremallera. Me liberé como pude, sin levantarme del suelo de la terraza. La tenía dura desde hacía rato, lo descubrí al tocarme. Empecé a moverme con lentitud, controlándome, alargando cada caricia para no acabar demasiado pronto.

Abajo, la vecina había abandonado el ritmo metódico. Sus manos ahora se demoraban en los pezones, atrapándolos entre dos dedos por encima de la tela, tirando un poco hacia arriba, soltándolos. La tela mojada por la crema se le pegaba al pecho dibujando cada bulto y cada hueco. Movía las caderas casi sin querer, un balanceo mínimo, como si la cadera tuviera ideas propias.

Después separó las piernas.

No fue un gesto pudoroso. Las abrió del todo, dobló una rodilla, y la braga del bikini se tensó entre sus muslos formando un triángulo perfecto. A través de la tela se adivinaba la forma de su sexo. Llevaba vello, supuse, pero corto y arreglado, porque ningún rizo asomaba por los lados de la prenda.

Una de sus manos dejó los pechos y bajó por el centro del vientre. Se detuvo un instante en el ombligo. Después se coló bajo la tela coral.

***

Yo me había quedado sin aire.

Veía el movimiento de su muñeca debajo del bikini. Era un movimiento corto, circular, paciente. Su otra mano subió otra vez al pecho y le bajó la copa derecha, dejando al aire un pezón oscuro y duro. Lo pellizcó. La cabeza se le fue hacia atrás contra la tumbona y, por primera vez, escuché un sonido. Un suspiro. Tan bajo que pudo ser el viento.

Yo me masturbaba sin prisa, midiendo cada movimiento como si fuera una cuenta atrás. Tenía miedo de correrme antes que ella y quedarme luego como un imbécil con el cuerpo flojo y la vista clavada en una escena que ya no podría sostener.

De pronto se sentó en la tumbona.

Se quitó la parte de arriba del bikini con un gesto rápido, casi enfadado, como si la tela le estorbara. Después se levantó, se bajó la braga por las caderas, la dejó caer al suelo de baldosas y se volvió a tumbar. Desnuda. Las gafas todavía puestas. La cara girada exactamente hacia donde yo estaba.

Tenía un cuerpo que no parecía pertenecer a este pueblo, ni a esta tarde, ni a este planeta. Pechos generosos que se aplanaban un poco hacia los lados, una cintura estrecha, unas caderas que prometían trabajo. Y en el centro, ese vello oscuro recortado en forma de triángulo pequeño que casi parecía pintado a propósito.

Abrió las piernas otra vez. Se llevó la mano derecha al sexo y empezó. Con la izquierda se acariciaba el pecho. Con la derecha trazaba pequeños círculos sobre el clítoris. Yo, arriba, replicaba sin querer cada uno de sus movimientos, como si nuestras dos manos estuvieran conectadas por un hilo invisible.

Su respiración se aceleró antes que la mía. Le oí soltar un primer gemido más largo, un sonido grave que no intentó esconder. El cuerpo se le tensó, las piernas se apretaron un segundo y volvieron a abrirse. Había tenido el primer orgasmo casi sin esfuerzo.

Yo apreté los dientes, paré la mano, esperé a recuperar el control.

***

No quiso quedarse ahí. Después del primer orgasmo se relajó apenas un instante, los dedos descansando sobre el sexo abierto, y enseguida empezó otra vez. Esta vez con dos dedos dentro. Entraban y salían con un sonido húmedo que la distancia no conseguía amortiguar del todo. La tumbona crujía bajo el peso de cada movimiento.

Como esa postura no le bastaba, se incorporó hasta quedar sentada en el borde, con los pies apoyados en el suelo y las piernas muy abiertas, y reanudó la maniobra de cara a la barandilla. De cara a mí. Yo veía cada detalle: la mano izquierda agarrada al borde de la tumbona, los dos dedos de la derecha hundiéndose hasta el nudillo, el pulgar apretado contra el clítoris, el vientre subiendo y bajando cada vez más rápido.

Me costaba mantener los ojos abiertos.

Entonces ella levantó las dos piernas a la vez, las dobló, los talones se le clavaron en el borde de la tumbona y un chorro fino y limpio salió disparado entre sus dedos. Soltó un grito ronco que me atravesó la terraza y me llegó dentro. Yo me corrí en ese mismo instante, sin avisar, sin querer, sin poder evitarlo, encima de la baldosa caliente.

Ella siguió un rato más, con espasmos pequeños, vaciándose por completo. Después se dejó caer hacia atrás sobre la tumbona y se quedó quieta, los brazos abiertos, respirando como quien acaba de subir una cuesta.

Yo también me dejé caer, de espaldas, contra el suelo de mi terraza. Mirando al cielo. Sin aire.

***

Tardó unos minutos en levantarse. Cuando lo hizo, se envolvió otra vez en la toalla blanca con la misma calma con la que se la había quitado, recogió el bote de crema, el libro y la botella de agua, y caminó hasta la puerta corredera de su casa.

Antes de entrar, se detuvo.

Se quitó las gafas de sol con dos dedos. Levantó la cara y miró hacia mi terraza. Sin disimulo. Yo me oculté lo que pude, pegado a la barandilla, ridículo en mi desnudez y en mi miedo, pero ya era tarde. Sus ojos eran oscuros y descansados, y la sonrisa que tenía en la boca no tenía nada de inocente.

—La próxima vez —dijo sin levantar la voz, segura de que la oiría— bajas y me ayudas.

Cerró la puerta corredera detrás de ella.

Yo me quedé sentado en el suelo de la terraza, con el pantalón en los tobillos, el corazón disparado y la cerveza derramada secándose entre las baldosas. Seis días en este pueblo, pensé. Seis días.

Y por primera vez desde que Cecilia se había acostado con Andrés, me reí solo, en voz alta, durante un buen rato.

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Comentarios (4)

MarceloGLP

Me quede con ganas de mas, cuando sale la segunda parte???

Dnavigator

Increible el giro al final, no me lo esperaba para nada. Muy bien logrado

TormentaNocturna

Jaja algo parecido me paso a mi pero sin tanta intriga de por medio. Estos relatos de voyerismo siempre enganchan

Andres_Cba

excelente!!!

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