Aquel extraño en el autobús no apartó la mirada
Renata tenía cincuenta y dos años y una figura que el espejo le había aprendido a aceptar despacio. Caderas anchas, cintura todavía dibujada, piernas torneadas que aún hacían girar cabezas en la calle. Llevaba el pelo a la altura del cuello, teñido en un castaño cálido, y la piel del tono dorado de las almendras tostadas. Una mujer baja, generosa, de esas que ningún vestido recto consigue disimular del todo. Tetas grandes, todavía firmes bajo el sostén, con pezones oscuros y anchos que se le ponían duros con cualquier corriente de aire, y un coño de labios gruesos que aún se humedecía solo con imaginar la lengua de alguien recorriéndolo.
Su marido, Esteban, llevaba años sin mirarla así. Después de veintisiete años de matrimonio, las noches eran un silencio cómodo y los días un café compartido a la misma hora. Sin pasión, sin urgencia. Ella había aprendido a no pedirle nada y a guardarse las ganas para el rato del baño, para una novela barata, para una fantasía suelta antes de dormirse. Se masturbaba en la ducha con la alcachofa entre las piernas, dejando que el chorro caliente le golpeara el clítoris hasta hacerla morderse el antebrazo para no gritar. A veces se metía dos dedos en el coño mientras se apretaba una teta con la otra mano, imaginando una boca hambrienta chupándole el pezón, una polla dura empujando dentro de ella una y otra vez. Y siempre, siempre, al terminar, esa mezcla de placer y rabia por tener que correrse sola.
Aquel domingo de octubre, sin embargo, Renata se vistió como si fuera a encontrarse con alguien. Falda negra ajustada que cortaba dos dedos por encima de la rodilla. Medias color humo, sostenidas por un liguero de encaje que se había comprado el invierno anterior y nunca se había atrevido a estrenar. Blusa negra de botones, con un escote más bajo del que solía usar. Bragas de encaje negro, tan finas que ya al ponérselas notó cómo la costura le acariciaba los labios del coño. Tacones discretos, perfume detrás de las orejas y en las muñecas, y una gota más entre los pechos.
—Voy a casa de mi hermana —le dijo a Esteban, que apenas levantó la vista del periódico.
No mentía del todo. Iría más tarde. Primero quería caminar, sentirse mirada, ocupar la calle.
El barrio estaba inusualmente vacío. Algo de fútbol en la televisión, quizá, o la lluvia anunciada que aún no caía. Las aceras eran suyas. Cada paso le devolvía la sensación de ser un cuerpo entero, no la madre o la esposa o la cajera del almacén familiar. Solo Renata. Un cuerpo con coño, con culo, con tetas, con hambre.
La parada del autobús estaba desierta. Cuando el vehículo se detuvo, dos minutos tarde como siempre, comprobó que también iba casi vacío. El conductor le murmuró un saludo cansado. Pagó y se sentó cerca del fondo, donde los asientos se enfrentaban en pares dejando un pasillo central angosto. Eligió un lado, cruzó las piernas y se acomodó la falda.
Por la ventanilla se veían los edificios bajos, los toldos cerrados, una panadería que recién abría. Sacó el móvil para distraerse y, sin querer, se sorprendió mirándose en la pantalla apagada, comprobando que el carmín seguía intacto.
***
Dos paradas después, el autobús volvió a frenar. Subió un solo pasajero. Un hombre.
Lo registró sin mirarlo del todo. Mayor que ella. Sesenta y pocos. Cabello cano peinado hacia atrás, barba corta del mismo gris, abrigo color tabaco. Cargaba una bolsa de pan y un periódico doblado bajo el brazo. Caminó hacia el fondo con la firmeza tranquila de alguien que no tiene prisa. Cuando llegó a la zona de los asientos enfrentados, eligió el que quedaba justo delante de Renata.
—¿Le importa alcanzarle esto al conductor? —preguntó él, con una voz grave que sonaba más joven que su cara.
—Para nada.
El gesto fue mínimo. Él le puso las monedas en la palma abierta. Sus dedos rozaron la piel de ella un instante demasiado largo, las yemas tibias presionando casi sin querer. Renata sintió que el calor le subía al cuello, y también más abajo, un pinchazo húmedo entre las piernas. Pasó las monedas hasta adelante, recibió el cambio y se giró para devolvérselo.
Al girarse, la falda se le subió. Apenas un par de centímetros. Suficiente para que el broche del liguero y el encaje negro del borde de la media quedaran al descubierto en la parte alta del muslo.
El hombre, con la mano tendida para recibir las monedas, no movió los ojos hacia ellas. Los mantuvo fijos donde la tela de la falda se había replegado. Renata lo vio. Lo vio mirar. Y por una décima de segundo, en lugar de bajarse la falda de inmediato, le devolvió la mirada.
Él tampoco bajó la vista. Sonrió apenas, con la esquina del bigote.
Ella se acomodó la tela despacio, sin urgencia, como quien guarda una caja sin cerrarla del todo.
—Gracias —dijo el hombre.
—De nada.
***
El autobús siguió su recorrido. Las paradas se sucedían vacías. Nadie subía, nadie bajaba. Solo el rumor del motor y el chirrido leve de un cinturón mal colgado contra el vidrio.
El hombre, sentado de frente, había abierto el periódico. O eso fingía. Cada dos páginas levantaba los ojos por encima del papel y la miraba. Renata, con la cabeza vuelta hacia la ventanilla, sentía el peso de esa mirada sobre las piernas, sobre la curva del muslo, sobre el escote. Sintió cómo se le apretaban los pezones contra el sostén, cómo el coño le empezaba a latir de a poco, con un pulso lento y caliente.
Le tembló la respiración. No de miedo. De otra cosa.
Pensó en cerrar más las rodillas. Pensó en cambiar de asiento. Pensó en muchas cosas que una mujer respetable de cincuenta y dos años debería pensar. Y no hizo ninguna.
Hizo lo contrario.
Apoyó la espalda en el respaldo, dejó caer un poco el peso hacia atrás y descruzó las piernas. Despacio. Los muslos quedaron juntos pero la falda volvió a subir, esta vez por mérito propio, dejando ver un dedo más de media y un brillo del cierre metálico del liguero contra la piel.
El periódico bajó dos centímetros. Los ojos del hombre se posaron sobre la abertura. La miró sin disimulo, con el descaro tranquilo de quien sabe que ella no va a protestar.
Renata se mordió el labio inferior.
Que mire. Que mire todo lo que quiera. Que se le ponga dura pensando en mí.
El pensamiento la atravesó con una nitidez que hacía años no sentía. Una corriente caliente entre las piernas, un latido nuevo en el pecho, los pezones endureciéndose contra el sostén hasta doler. Sintió cómo una gota de flujo le empezaba a mojar la tela de las bragas, cómo el coño se le abría por dentro pidiendo algo, cualquier cosa. Era ridículo. Era un viaje en autobús un domingo por la mañana. Y sin embargo, estaba más mojada que en años.
***
El hombre dejó el periódico sobre el asiento de al lado. Ya no fingía. Apoyó el codo en el reposabrazos, la mano cerca de la cara, y la miró como si quisiera memorizarla. Bajó la vista a sus piernas, subió al escote, volvió a los ojos. Renata se sintió desnuda con la ropa puesta. Era la primera vez en mucho tiempo.
Bajo la falda, sin levantarla, se apoyó la mano sobre el muslo. Los dedos rozaron el encaje del liguero. Subieron un poco. Bajaron un poco. Era un gesto que cualquiera podría confundir con un tic, con un alisado de la tela. Pero los dos sabían lo que era.
El hombre tragó saliva. Renata lo vio. Vio cómo la nuez le subía y le bajaba. Vio cómo, sin separar los ojos de los suyos, se acomodaba con la mano la entrepierna del pantalón. Algo se había despertado allí. Algo evidente. La polla se le marcaba gruesa contra la tela, tirando hacia un costado, y él se la ordenaba con el canto de la mano como quien coloca un animal inquieto.
A Renata se le escapó un jadeo bajo. No pudo evitarlo. Ver una polla dura debajo de un pantalón, dura por ella, después de tantos años, fue un latigazo. Sintió que se humedecía todavía más. Una calidez deliciosa y obscena le mojó la ropa interior hasta el liguero. Se pasó la lengua por el labio y el hombre lo notó.
Y sin embargo, estaba pasando. Un viaje en autobús, una mirada, un roce de monedas, le estaban devolviendo todo aquello que llevaba tantos años sin sentir.
***
Echó un vistazo al conductor. De espaldas, concentrado en el tráfico inexistente, con la radio puesta en una emisora de boleros antiguos. El pasillo seguía vacío. Las cámaras del autobús, si las había, no las veía.
Renata se inclinó apenas hacia adelante, lo justo para que el escote de la blusa le cayera un dedo más. El hombre miró. Por supuesto que miró. Los ojos se le quedaron clavados donde la piel se hundía entre los pechos, esa hendidura profunda que ella misma se acariciaba a veces en la ducha imaginando otra boca ahí.
Ella levantó la mano y, despacio, se desabrochó el segundo botón de la blusa. Y después el tercero. El borde de encaje del sostén quedó visible, y la curva llena de una teta apretada por la copa, con el pezón marcado, oscuro, gordo, empujando la tela.
Él respiró hondo, casi con un gemido. La mano se le movió otra vez sobre el pantalón, ahora con más franqueza. Ya no acomodaba: apretaba. Recorría la forma rígida que se le marcaba bajo la tela, largo, grueso, se le veía la cabeza de la polla dibujada contra la costura. Renata siguió el recorrido con los ojos y sintió que se le hacía la boca agua. Se imaginó de rodillas en el pasillo del autobús, bajándole el cierre con los dientes, sacándole la verga y metiéndosela entera en la boca hasta la garganta.
Renata abrió las rodillas. Pocos centímetros. Suficiente para que la luz que entraba por la ventana le atravesara la falda y dejara entrever, en el triángulo de tela negra de las bragas, una sombra húmeda más oscura. Un manchón redondo, brillante, que crecía.
Se le escapó un suspiro. Pequeño. Apenas audible por encima del motor.
***
Llevó la mano por debajo de la falda. No la sacó. Solo la deslizó por la cara interna del muslo, sobre la media, hasta el borde del liguero. Y desde ahí, un poco más arriba. Hasta la tela ya empapada de las bragas.
Se tocó por encima. Un dedo, dos. Una presión leve sobre el clítoris que la hizo apretar los dientes. Cerró los ojos un instante y los abrió enseguida porque no quería perderse su cara. Movió los dedos en pequeños círculos sobre la tela, sintiendo cómo el coño le palpitaba debajo, cómo los labios se le hinchaban, cómo el flujo le corría entre las nalgas.
El hombre tenía la boca entreabierta. Una gota de sudor le brillaba en la sien. Sin disimulo ya, sin un mínimo de cuidado, había metido la mano en el bolsillo del pantalón y la movía contra su miembro despacio, conteniéndose. La cara se le enrojecía por momentos. Ella imaginó cómo estaría la polla ahí dentro, cómo se estaría restregando el glande contra el forro del bolsillo, cómo ya estaría goteando líquido preseminal sobre la tela.
Renata bajó la otra mano al escote. Se metió los dedos bajo la blusa, bajo el sostén. Sacó una teta entera hacia arriba, dejándola apoyada sobre la copa, con el pezón duro al aire bajo la blusa entreabierta. Se lo pellizcó con el pulgar y el índice, retorciéndolo despacio, sintiendo cómo cada tirón le mandaba una descarga eléctrica al coño que se sumaba a la que le subía desde abajo. El hombre soltó un jadeo audible al ver el pezón oscuro asomando entre el encaje. Sacó la mano del bolsillo y, con dos dedos, se bajó el cierre del pantalón.
Era una desconocida para sí misma. Era una mujer que hacía cosas que Renata jamás habría imaginado. Era una puta suelta a las nueve de la mañana. Y estaba en éxtasis.
***
El autobús dio una curva. La inercia la empujó hacia el lado y la falda se le subió aún más, dejando casi a la vista el borde de las bragas. No la bajó. Lo dejó. El hombre se mordió el labio y, con el cierre ya abierto, metió la mano dentro del calzoncillo y se la sacó. Ahí, en el asiento de enfrente, en un autobús vacío, sacó la polla al aire. Gruesa, larga, la cabeza morada y brillante, ya con una gota gorda de semen en la punta. La cerró en el puño y empezó a masturbarse despacio, sin dejar de mirarla, moviendo el prepucio para atrás y para adelante con una lentitud casi solemne.
A Renata se le cortó el aire. Nunca le habían mostrado así, nunca un desconocido se la había sacado para ella. Sintió una punzada de vergüenza y de un hambre feroz al mismo tiempo. Se lamió los labios. Le habría gustado cruzar el pasillo, arrodillarse entre sus piernas y meterse esa polla entera en la boca, mamársela hasta ahogarse, sentir cómo se le clavaba la cabeza contra el paladar, chupársela con la lengua girando alrededor del glande hasta hacerlo correrse en su cara.
En lugar de eso, hizo a un lado la tela de las bragas y deslizó los dedos por dentro del encaje. Encontró su piel, encontró el calor, encontró la humedad que le mojaba ya parte del muslo. Los labios del coño se le abrieron, hinchados, resbalosos. Empezó a moverse en círculos lentos sobre el clítoris, casi sin separar los ojos de él, casi sin parpadear. Bajó dos dedos, se metió uno primero, después el segundo, hasta el fondo, y sintió cómo el coño se le cerraba alrededor apretándolos. Los sacó brillando de flujo y los volvió a subir al clítoris, embarrándolo todo, jugando en círculo, apretando, aflojando.
El hombre apretó la mandíbula. Aceleró la mano sobre la polla. Se veía cómo le subía y bajaba el puño sobre la verga hinchada, cómo se le tensaban los músculos del brazo, cómo la respiración se le volvía un jadeo corto y ronco. Llevaba años, supuso ella, sin asistir a algo así. Quizá nunca. Quizá solo en los sueños que se permitía después de la cena. Y ahora una mujer desconocida, en un autobús desierto un domingo a las nueve de la mañana, le estaba abriendo las piernas y masturbándose delante de él con dos dedos metidos en el coño.
Renata sintió que se acercaba al borde. Demasiado rápido. Aceleró los dedos un poco, los aflojó, los aceleró otra vez, jugando con la cuerda. Sacó los dedos del coño y se los llevó a la boca sin dejar de mirarlo. Se los chupó despacio, uno primero, después el otro, saboreándose. Al hombre se le escapó un gemido bajo, gutural. La polla le dio un salto en la mano. Volvió a bajar los dedos, ahora mojados de saliva y de flujo, y siguió machacándose el clítoris con un ritmo más urgente.
No quería terminar todavía. No quería terminar ahí. Pero el cuerpo ya no le obedecía.
***
Pero el autobús no esperaba.
El altavoz anunció la siguiente parada. La plaza del Mercado. La plaza llena de iglesias antiguas y palomas. Renata abrió los ojos del todo. Tres segundos para decidir.
Apretó los dedos con fuerza contra el clítoris, en un último círculo brutal, y el orgasmo la partió por la mitad. Un espasmo ciego que le subió desde el coño hasta el pecho, que le hizo cerrar los muslos apretando la mano contra ella, que le sacó un gemido ahogado que tuvo que morderse en el labio. El coño se le contrajo alrededor de nada, palpitando, mojándole todavía más la mano y las bragas y la parte alta del muslo. Enfrente, el hombre soltó un gruñido ronco y ella vio cómo los primeros chorros de semen le saltaban entre los dedos, gruesos, blancos, cayéndole sobre la mano, sobre el pantalón oscuro, uno incluso más lejos, sobre el suelo del autobús. Se corrieron a la vez, mirándose, sin tocarse, a dos metros de distancia.
Sacó la mano. Se lamió un dedo, disimuladamente, un último gesto para él. Se bajó la falda con un gesto preciso. Se metió la teta de vuelta dentro del sostén. Se abrochó los botones de la blusa que se había abierto. Se levantó del asiento con las piernas todavía temblando, alisó la tela, se acomodó la cinta del bolso al hombro.
El hombre la miró con súplica, con la polla todavía afuera, brillando de semen, la mano manchada. La boca entreabierta, los ojos enrojecidos. Sin atreverse a preguntar. Sin atreverse a pedirle nada.
Ella se inclinó hacia él al pasar. Le dijo, muy bajo, junto a la oreja:
—Gracias por mirar. Y por dejarte ver.
Y bajó.
***
El autobús se alejó. Renata caminó por la plaza con la espalda recta y un cosquilleo entre las piernas que no se le iba a ir tan pronto. Las piernas le temblaban un poco. Las bragas estaban empapadas, pegadas al coño todavía sensible. Sentía cómo con cada paso los labios hinchados se rozaban entre sí y le mandaban un pequeño eco del orgasmo. El pulso, alto.
Se detuvo bajo el alero de una farmacia cerrada y se rio. Una risa baja, asombrada, casi avergonzada. ¿De dónde había salido todo aquello? ¿Quién era esa mujer que se había despertado dentro de ella en un trayecto de catorce minutos? Una mujer que se había hecho correr en público, que había visto correrse a un desconocido con su polla al aire y le había gustado, que había querido más.
Pensó en Esteban, en su periódico, en sus silencios. No con rabia. Con una claridad nueva. No iba a dejarlo. No iba a hacer ningún drama. Pero algo había cambiado, y no iba a fingir lo contrario.
Le había gustado ser mirada. Le había gustado mirarlo mirarla. Le había gustado verle la verga dura por ella, verlo correrse por ella. Le había gustado el peligro mínimo, la electricidad nueva, descubrir que tenía dentro un cuerpo que aún sabía pedir y recibir, un coño que aún sabía mojarse hasta empapar la ropa.
Decidió, mientras un autobús más nuevo y más lleno se acercaba a la parada, que aquel domingo no iría a casa de su hermana. Que se sentaría en un café con vista a la calle, con las bragas todavía húmedas pegadas al coño palpitante. Que pediría algo dulce y un cortado. Y que volvería a vestirse igual, alguna otra mañana cualquiera, para tomar otro autobús vacío. Y que, la próxima vez, quizá, cruzaría el pasillo.
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