Espiaba a mi vecino hasta que él me descubrió
Me llamo Camila y vivo sola desde los veinte. Tengo veintidós, soy rubia, baja, con un cuerpo que me costó años aceptar frente al espejo. Caderas anchas, pecho grande, una boca que mi último novio decía que era para pecar. Alquilo un monoambiente en un edificio viejo que da a un patio interno, con un tendedero de losetas blancas y una sola ventana enfrente: la de Aurelio.
Aurelio tiene cincuenta y cinco años. Es del puerto, alto, flaco, con manos enormes y una voz grave que parece arrastrar cada palabra por la garganta antes de soltarla. Vive solo desde que se separó, hace más de una década. Me lo contó la portera el día que me mudé, con ese tono de advertencia que las porteras reservan para los hombres que llaman la atención.
Empecé a mirarlo casi sin darme cuenta.
La primera vez fue una tarde de marzo. Yo estaba colgando ropa en el balcón cuando lo vi atravesar el patio en pantalones cortos, sin camiseta, con una toalla sobre el hombro. Tenía el cuerpo más firme de lo que esperaba para un hombre de su edad. Lo seguí con la mirada hasta que entró a su departamento, y desde ese día me descubrí buscándolo en cada ventana.
Apagaba la luz de mi cuarto antes de asomarme. Lo veía cenar de pie frente a la barra de su cocina. Lo veía leer en un sillón viejo, con anteojos que le resbalaban por la nariz. Lo veía caminar al baño en bóxer, con esa naturalidad de quien sabe que vive solo y nadie lo está mirando.
Salvo que yo sí lo estaba mirando.
***
Las primeras noches sólo lo miraba. Después empecé a tocarme. Me sentaba en el suelo, junto a la ventana, con la cortina abierta apenas lo justo, una mano entre las piernas y el celular apoyado contra la pared para que la pantalla no me delatara. Aurelio nunca cerraba las persianas. Quizá no le importaba. Quizá no se lo imaginaba.
Llegué a aprender su rutina mejor que la mía. A las once apagaba la televisión. A las once y media se servía un vaso de whisky. A las doce se desabrochaba el cinturón y se sentaba a leer. Algunas noches, sólo algunas, dejaba el libro sobre la mesa, se reclinaba en el sillón y se llevaba la mano al pantalón.
Esas fueron las noches en que entendí que estaba metida en algo de lo que no quería salir.
No me toco porque sea hermoso. Me toco porque me imagino que él me ve.
***
Una madrugada de mayo me quedé despierta más tarde de lo habitual. Hacía calor, yo estaba en ropa interior, con un ventilador apoyado en el suelo. Aurelio estaba sentado en su sillón, sin moverse, con la mirada fija en la ventana. En la mía.
Tardé en darme cuenta de que no estaba leyendo.
Aurelio levantó la mano y, muy despacio, dibujó un círculo en el aire con el dedo índice. Como si me pidiera que girara sobre mí misma. Yo me quedé congelada. Después él sonrió. No era una sonrisa de sorpresa. Era la sonrisa paciente de quien lleva semanas esperando que la otra persona se anime.
Apagué la lámpara de un manotazo. Me metí en la cama con el corazón golpeándome contra las costillas y no dormí en toda la noche.
A la mañana siguiente bajé a tirar la basura y me lo crucé en el portón.
—Buenos días, vecina —dijo, con la naturalidad de siempre—. Hace calor, ¿no?
—Mucho —contesté, sin mirarlo.
—Si te aburrís, golpeá la puerta. Tengo el aire prendido.
No contesté. Pero esa noche, cuando volví a apagar mi luz, vi que él tenía la suya encendida y un papel pegado al vidrio. Sólo decía un número, escrito grande con marcador negro. Su número.
***
Esperé tres días para llamarlo. Tres días en los que no pude trabajar, ni leer, ni dormir bien. Tres días en los que pensé en escribirle veinte veces y borré cada mensaje antes de mandarlo.
Cuando por fin lo hice, fue un sábado a las diez de la noche.
«¿Estás solo?», escribí, y apreté enviar antes de arrepentirme.
«Siempre», contestó, dos minutos después. «¿Subís o bajo?»
«Bajo. Pero no a tu casa.»
Hubo una pausa larga. Después:
«Te espero en el garaje, en el lugar siete.»
Me cambié tres veces antes de decidirme. Terminé poniéndome un vestido negro liviano sin nada debajo. Bajé por la escalera para no cruzarme con nadie en el ascensor, con el corazón saliéndome por la boca.
Aurelio estaba sentado en el asiento del conductor de un auto viejo, color tierra, con las luces apagadas. Bajó la ventanilla cuando me vio acercarme.
—Subí del lado del acompañante —dijo, sin tocarme.
El garaje estaba en silencio. Olía a humedad, a goma de neumático, a algo más viejo que no supe nombrar. Me senté a su lado y cerré la puerta despacio. Él se quedó mirándome unos segundos antes de hablar.
—Sabés que te miré tantas noches como vos a mí, ¿no?
Sentí cómo se me cerraba la garganta.
—Lo sospechaba —dije.
—Sospechabas mal. Lo sabías.
Y entonces se inclinó sobre mí.
***
Aurelio besa como si tuviera todo el tiempo del mundo. Empezó por la mandíbula, después la oreja, después el cuello, mordiéndome apenas la piel con una paciencia que me hizo temblar antes de que siquiera me tocara de verdad. Las manos no me las puso encima hasta que yo no aguanté más y le hundí la mía en el muslo, justo donde el pantalón ya se le marcaba duro. Sólo ahí me agarró la nuca y me besó la boca, abriéndomela con la lengua sin prisa, chupándome los labios como si quisiera aprenderlos.
Cuando me bajó los tirantes del vestido, no se sorprendió de encontrarme sin sostén. Se quedó mirándome los pechos un rato largo, con la respiración pesada, como quien observa algo que llevaba mucho tiempo imaginando. Me rozó las tetas con las yemas de los dedos primero, pesando el volumen, rodeándolas por arriba del vestido bajado hasta la cintura, y después hundió la mano debajo de la tela para sacar uno, luego el otro, al aire frío del garaje.
—Sos más hermosa de cerca —dijo, con la voz ronca.
Bajó la cabeza y los besó despacio, primero un pezón y después el otro, girándoles la lengua alrededor hasta endurecerlos del todo. Me chupaba de a uno, fuerte, haciendo ese ruido húmedo que me prendió fuego entre las piernas. Yo le agarré el pelo, le apreté la cabeza contra mi pecho y él se rió bajito antes de obedecer, lamiéndome más abajo, mordisqueando la punta de cada pezón hasta hacerme soltar un gemido que rebotó en el parabrisas.
Cuando me subió el vestido hasta la cintura y me separó las piernas, no me preguntó nada. Sabía que no hacía falta. El aire se me cortó cuando sentí sus dedos correr la tela de mi bombacha a un costado y tocarme de lleno, ahí donde ya estaba resbalando. Me pasó un dedo por la hendidura de la concha, despacio, como si midiera cuánto líquido me había juntado, y después hundió dos dedos con una facilidad obscena. Abrí la boca, eché la cabeza hacia atrás contra el vidrio y me retorcí en el asiento cuando empezó a moverlos adentro, lento, profundo, buscando ese punto exacto que me hizo arquear la espalda.
—Estás empapada —murmuró contra mi muslo.
—No te hagas el sorprendido.
La lengua se la sentí en el muslo primero, una lamida larga que me dejó la piel tensa. Después más adentro, donde yo estaba mojada desde antes de bajar al garaje. Me abrió mejor las piernas con las manos, me sostuvo las rodillas contra el borde del asiento y metió la cara entre mis muslos, lamiéndome con hambre, sin delicadeza, hundiéndose en mi concha como si quisiera vaciarme de una vez. Cerré los ojos y dejé que la cabeza me cayera contra la ventanilla. El frío del vidrio en la nuca, su lengua rozándome el clítoris en círculos, su respiración tibia golpeándome el coño. Una mano me había agarrado por la cadera y me sostenía contra el asiento como si temiera que me escapara.
—Quedate quieta —murmuró sin levantar la cabeza.
No me quedé quieta. No podía.
Le apreté los hombros, le hundí los talones en el asiento y me vine la primera vez antes de darme cuenta. Sentí algo que me subía desde las plantas de los pies, me cerraba las piernas alrededor de su cabeza y me hacía temblar entera mientras le mojaba la boca y la barba. Él no se movió. Se quedó comiéndome el orgasmo, chupando lo que le salía de mí, hasta que el temblor aflojó. Entonces se incorporó muy lento, con la boca brillante, la barba empapada, y me besó la cara interna del muslo como si me agradeciera haberlo dejado.
—Hace mucho que no me hacían esto —dije, sin mirarlo, todavía agitada, con los pezones duros rozando la tela corridiza del vestido.
—Ya sé —contestó.
***
Lo agarré de la camisa y lo obligué a echarse hacia atrás. Aurelio se rió otra vez, una risa baja, ronca, y me dejó hacer. Le desabroché la camisa con dedos torpes, uno por uno, hasta abrirle el pecho flaco y duro, lleno de pelo gris en la panza y en el centro del tórax. Le bajé el cierre del pantalón y le aflojé el cinturón, después le bajé los pantalones hasta los tobillos. Lo tenía duro desde hacía rato, lo había sentido contra mi pierna cuando me besaba. Era grueso. Más grueso de lo que mostraban los pantalones, mucho más de lo que había imaginado en mis noches de ventana. La verga le tiraba contra el bóxer ya mojado, pesada, tensa, con la punta marcando una forma obscena bajo la tela.
Le bajé el calzoncillo despacio y lo vi entero. Grande, moreno, con la vena palpitándole a un costado y la cabeza brillante por la humedad. Me incliné y lo lamí desde la base hasta la punta, una vez, sin apuro, tragándome el primer olor salado de su piel. Aurelio dejó caer la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.
—Despacio —pidió, con la voz quebrada.
—¿Así te gusta, viejo?
Le pasé la lengua por abajo, le besé el frenillo, chupé la punta hasta hacerlo soltar una exhalación áspera. Lo metí en la boca casi entero y aflojé la mandíbula. No estaba acostumbrada a tanto. Tuve que ayudarme con la mano, rodeándole la base, mientras la boca le subía y bajaba lento, en una succión húmeda que me llenó de saliva la barbilla. Lo chupé con paciencia, mirándolo de reojo, midiendo cada gesto de su cara. Cuando le aparté la mano que me había puesto en la nuca, él entendió que esa parte la manejaba yo. Yo marcaba el ritmo. Yo decidía cuánto de su polla se hundía en mi garganta y cuánto le dejaba afuera para jugar con la lengua.
Aurelio gemía bajito, con la mandíbula apretada, y cada vez que yo tragaba se le tensaban los muslos. Le escupí un poco de saliva en la punta para volver a cerrarle la boca con la mía y él murmuró una puteada baja, casi agradecida. Le lamí los huevos por debajo, los hice rodar en la mano, y cuando me aparté tenía la respiración rota y los dedos clavados en el respaldo del asiento.
Después de un rato sacó un preservativo del bolsillo del pantalón. Me sentí más adulta sólo de verlo abrirlo con la boca, arrancar el envoltorio con los dientes y enrollarlo sobre su verga con manos firmes, lentas, como si ese gesto también fuera parte del juego. Yo me quedé mirándolo, con la bombacha corrida a un costado y el coño latiéndome, húmedo, abierto, esperando.
—Date vuelta —dijo.
—Acá no entra así nomás.
—Ya vas a ver si no.
Me senté sobre él. El asiento del conductor era estrecho, las rodillas me chocaban contra el volante, pero no me importaba. Le pasé una mano por la nuca, busqué su boca y me hundí sobre la verga con un jadeo que me salió del fondo de la panza. Lo sentí adentro de a poco. Al principio me ardió. Apoyé las manos en sus hombros y respiré despacio hasta que el cuerpo se acomodó. Él no me apuraba. Tenía las dos manos en mis caderas, sujetándome fuerte, sin moverme, esperando a que yo bajara del todo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Si te duele, decime.
—No me duele.
Sí me dolía un poco. Pero era ese dolor que se aguanta. Ese dolor que es la mitad del placer. Cuando terminé de tomarlo entero, me quedé quieta un segundo, sintiendo cómo me llenaba y me abría por dentro, cómo su punta me golpeaba profundo cada vez que respiraba. Después empecé a moverme hacia adelante y hacia atrás, frotándome contra él, buscando un ritmo lento. Aurelio dejó caer la cabeza contra el reposacabezas y entreabrió la boca. Una expresión que no se había permitido conmigo hasta ese momento. Me miraba las tetas rebotándole arriba del vestido corrido, me miraba el abdomen tensarse, me miraba el coño tragárselo entero y salir mojado.
Le gusta. Le gusta tanto como a mí.
Me incliné hacia adelante, hundí la cara en su cuello y dejé caer todo mi peso. La sensación de tenerlo entero adentro me sacó un quejido que no supe controlar. Él me agarró las nalgas con las dos manos y me ayudó a marcar el movimiento, suave al principio, más firme después. Me levantaba apenas para volver a hundirme, y cada vez que mis labios rozaban su piel, él me apretaba más fuerte, metiendo los dedos en la carne de mi culo como si quisiera dejarme marcadas las manos.
—Más rápido —le dije al oído, con la voz rota.
Aurelio obedeció. Empezó a embestirme desde abajo, seco, profundo, haciendo crujir el asiento con cada golpe. La verga me abría de verdad, me rozaba adentro en un lugar que me hacía ver estrellas, y yo le respondía moviendo las caderas, clavándole las uñas en los hombros, hundiéndome hasta que el aire me faltó y empecé a llorar de puro placer. El coche se llenó de nuestros jadeos, del olor a cuero caliente, a sudor y a sexo. Me corría en oleadas cortas, una detrás de otra, mientras él seguía golpeándome el fondo del coño con esa obstinación que me hizo gritarle el nombre.
—Camila —dijo él, casi como una orden.
—Follame más fuerte.
Y me folló más fuerte. Me empujó contra el volante, me abrió mejor las piernas y siguió hasta que el cuerpo entero me quedó temblando. Sentí cómo el orgasmo me apretaba desde adentro, como si me exprimiera cada músculo, y después me vine otra vez, contra su pecho, mordiéndole el cuello para no gritar tan alto que nos oyeran en todo el garaje.
***
Después, cuando todo paró, nos quedamos un rato así, con yo encima y él rodeándome con un brazo. El garaje seguía vacío. Afuera, en la calle, un perro ladró y se calló.
—La próxima vez subís —dijo Aurelio, en voz baja, con la respiración todavía pesada y la verga endureciéndose despacio dentro del preservativo ya aflojado.
—Quizá.
—No quizá.
Me bajé de él con cuidado, me acomodé el vestido y abrí la puerta. Antes de salir, me giré.
—¿Hace cuánto que me espiabas?
Aurelio sonrió. La misma sonrisa paciente de aquella madrugada en la ventana.
—Desde la primera vez que colgaste la ropa en el balcón —dijo.
Subí a mi departamento sin prender la luz. Me asomé a la ventana del cuarto, con el corazón todavía latiendo desordenado. Enfrente, la ventana de Aurelio estaba apagada por primera vez en semanas.
Sonreí en la oscuridad.
Ahora ya no tenía nada que mirar desde lejos.
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