La intrusa que se coló para espiar el jacuzzi del hotel
Era octubre de 2022 cuando Lucía y yo cruzamos por tercera vez las puertas del Costa Sirena, un complejo discreto en la costa de Bahía Coral. Para quien no lo conozca, es un hotel pequeño —ciento veintidós habitaciones— pensado únicamente para parejas adultas con la mente abierta. Salvo los restaurantes y el lobby, el resto del lugar es de ropa opcional, ambiente swinger y permisivo con cualquier cosa que ocurra a la vista o entre cuatro paredes.
Esa tarde regresábamos del bar de la piscina caminando despacio por la arena. El sol bajaba y nuestra habitación, esa vez en planta baja, daba al mar. Antes de doblar hacia la entrada del bloque, vimos a un grupo de cuatro chicas en topless al borde del agua. Bebían cocteles directamente de la botella y bailaban descalzas un reguetón que sonaba en un parlante portátil.
—Esas no son de aquí —murmuró Lucía sin dejar de mirarlas.
—Imposible —dije—. Acá no hay grupos de mujeres solas. Deben estar en el de al lado.
El hotel vecino, el Marenostrum, sí aceptaba viajes de amigas y despedidas de soltera. Lo separaba del nuestro un muro bajo cubierto de hibiscos y una caseta de seguridad por el lado de la playa. Una de ellas, la más alta, estaba justo frente a esa caseta hablando con el guardia. Su lenguaje corporal lo decía todo: el hombre, vestido de blanco y con cara de funcionario amable, negaba con la cabeza una y otra vez.
Lucía y yo somos curiosos sin remedio. Nos acercamos disimulando que íbamos al cuarto. La chica le rogaba que la dejara subir unos minutos a la terraza del jacuzzi del segundo piso, que a esa hora estaba en plena ebullición. El guardia, paciente pero firme, le explicaba que sin un day pass de doscientos dólares no podía hacer ninguna excepción. Ella sonreía, le rozaba el brazo, le plantó dos besos en la mejilla y hasta intentó ponerle ojos suplicantes. El hombre no se movía un milímetro.
—Mala mía, lo intenté —le dijo a sus amigas cuando se rindió.
La seguimos un par de pasos por la arena y entablamos plática sin esfuerzo. La de los besos al guardia se llamaba Camila, tenía treinta y un años, vivía en otra ciudad y trabajaba —según supe luego— en marketing farmacéutico.
—Nos dijeron que arriba se arma un desmadre brutal —decía Camila, pasándose el dorso de la mano por la frente—. Y me muero por mirar aunque sea diez minutos. Soy fisgona desde chiquita.
—Es cierto lo que te dijeron —confirmó Lucía—. Acabamos de bajar y aquello es otro mundo.
—Creo que podemos colarte —dije, midiendo cada palabra—. Si lo hacemos sin escándalo, nadie va a darse cuenta.
—¿Hablas en serio? —Se le iluminaron los ojos—. Si lo logran, te juro que te la chupo. En serio.
No respondí con palabras. Mi cuerpo lo hizo por mí: el bañador empezó a estorbarme en cuestión de segundos. Cuatro mujeres semidesnudas en la playa y la promesa de la quinta fueron suficientes.
—Dije creo —aclaré, ya entregado—. El plan es este. Te quitas el bikini para no parecer una intrusa, te disfrazas de huésped. Vamos tú y yo tomados de la mano hasta el otro extremo de la playa y volvemos por el sendero de la piscina. Lucía sube por dentro y nos encontramos arriba.
Camila no titubeó. Se desató la braga, la dejó caer en la arena y la metió a su bolso con un gesto casi automático. Quedó completamente desnuda salvo por una pulserita roja. Tenía una franja muy fina de vello castaño en el pubis y la piel marcada por el sol de varios días. Le tomé la mano, le hice un guiño a Lucía y empezamos a caminar.
***
Recorrimos el extremo sur, donde la arena terminaba contra una hilera de palmeras, y dimos la vuelta sin prisa. Pasamos frente al bar de la playa fingiendo conversación de pareja. Dos brasileños borrachos nos saludaron desde la barra. Camila les sonrió como si fueran viejos amigos. Cuando llegamos a la ducha de la piscina hice lo que haría cualquier huésped: me enjuagué los pies y la sal de los hombros. Le cedí el sitio a Camila, que se mojó solamente de la cintura para abajo. Inspiramos como quien va a sumergirse.
—Tranquila —le dije—. No mires a nadie a los ojos. Solo háblame a mí.
Entramos al área de piscina. Las animadoras de la tarde ya se habían retirado, y los pocos que quedaban en las tumbonas estaban concentrados en cosas más urgentes que reconocer caras. La escalera de caracol hacia la terraza del jacuzzi tenía treinta y cuatro escalones; los conté esa noche por puro nervio. Arriba, el ruido cambió: música baja, risas roncas, agua moviéndose, gemidos que ya nadie disimulaba.
La cara de Camila no tenía precio.
—Híjole —susurró—. ¿Qué chingados es esto?
En la tina grande había seis u ocho cuerpos enredados que ya no distinguían a quién pertenecía qué mano. En una de las camas balinesas del fondo, una rubia se dejaba lamer por dos hombres a la vez. Más allá, un tipo con la espalda llena de tatuajes le hacía algo a su mujer que la tenía mordiéndose el antebrazo para no gritar. Lucía nos esperaba en el borde del jacuzzi tibio. Camila se metió detrás de mí sin soltarme la cintura.
Fui al wet bar por tres mezcales con tónica. Nadie del staff levantó una ceja al verla. Esa es la magia del lugar: cuando todo el mundo está demasiado ocupado, una desconocida más simplemente se diluye en el paisaje. Volví y se las repartí. Camila bebió la mitad de un trago. Sus ojos no daban abasto. Estaba excitándose; lo notabas en cómo se le tensaban los muslos bajo el agua, en cómo el pezón derecho se le había puesto duro mientras todavía intentaba aparentar normalidad.
—Esto es demasiado —dijo, riendo nerviosa.
—Quince minutos más y nos vamos —propuse—. Sin tentar a la suerte.
Cumplimos los quince casi al filo. Pagar un day pass de doscientos dólares y, peor aún, que nos identificaran como infractores, no entraba en mis planes. Salimos de la tina, nos pasamos toallas y empezamos a secarnos hacia el extremo norte de la terraza, donde una de las camas balinesas estaba desocupada.
—Por favor, amigos, un ratito más —pidió Camila.
Extendimos las toallas en la cama y nos echamos los tres a seguir mirando. Yo en el medio, Lucía a mi izquierda, Camila a mi derecha. Las dos se apoyaban contra mi pecho. Sentía el corazón de Camila latiéndome contra el hombro.
—Es hora de pagar —dijo de repente, y se inclinó.
***
Lo que siguió no fue planificado. Fue uno de esos momentos que ocurren cuando todos los frenos se han ido aflojando capa por capa. Camila se metió mi miembro en la boca con una seguridad que solo entendí cuando me di cuenta de que se lo tragaba entero, sin gestos, sin arcadas, sin pestañeo. Yo nunca había estado con nadie que pudiera con los diecinueve centímetros de largo sin recular. Lucía la miraba de reojo, primero sorprendida, después con esa media sonrisa de complicidad que solo le sale cuando se va a sumar.
—¿Aprendo? —preguntó Lucía, divertida, y se inclinó también.
Las dos se fueron pasando mi sexo de una boca a la otra sin pelearse, intercalándose, tocándose entre ellas. Cuando Camila se incorporó para besar a Lucía, supe que no íbamos a salir de esa cama hasta el final. Las besaba a turnos, las recorría con la lengua, les apretaba los pechos. Camila tenía los senos firmes, evidentemente operados, redondos y altos. Los de Lucía son más pequeños y naturales, y nunca le había visto la cara de orgullo que tuvo cuando Camila se los chupó con calma.
Perdí toda prudencia. Cogí sin condón —cosa que no acostumbro fuera de la pareja— alternando una y otra. Iba de la boca de Camila a Lucía, y de Lucía a Camila otra vez, mientras ellas se besaban encima de mí como si el mundo de abajo no existiera. La cama crujía. La música del wet bar no tapaba todo, y a esas alturas tampoco me importaba.
Mis recuerdos de los siguientes veinte minutos no son ordenados; son destellos. Camila boca abajo, agarrada al borde de la cama, gimiendo en sílabas que ya no eran palabras. Lucía sentada sobre mi cara, encajando su placer en el ritmo de mi lengua. Camila viendo a Lucía venirse y sonriéndole con la boca abierta. A las dos las hice acabar. Yo no terminé. Lo intenté, busqué hacerlo, pero la cabeza me iba demasiado rápido y el cuerpo no se rendía. Me había imaginado, en un destello morboso, que las dos compartieran mi semen en la boca. No se dio.
Lo que sí se dio fue, después de un cuarto de hora más en el agua, una salida prudente. Lucía bajó por dentro, Camila y yo por la piscina vacía. La noche había caído del todo y el resort había bajado su intensidad: las luces ámbar de los senderos, los grillos, alguna pareja besándose en una hamaca sin importarles nadie.
***
Volvimos a la arena. Las amigas de Camila la esperaban con una mezcla de asombro y celos. Camila les contó, con lujo de detalles, lo que había pasado allá arriba. Sus amigas reaccionaban con gritos cortos, manotazos en el aire, alguna risa nerviosa. Lucía estaba radiante, aún colorada. Llegó el momento de despedirnos. Camila le dio un beso suave en los labios a Lucía y después uno largo, con lengua, a mí. Sus amigas aplaudieron como en una fiesta de quinceañera bizarra.
Una de ellas, la más borracha —se llamaba Renata, según supe entre risas— se acercó tambaleándose.
—¿Y a mí no me besas, cabrón? —dijo con una mueca que pretendía ser sonrisa y se acercaba mucho más a un retruque.
—Lo siento —contesté con un fingido aire serio—. Yo no beso chicas vestidas.
Renata no me dejó terminar. Se desató los cordones laterales del calzón del bikini, lo tiró al piso de un manotazo y se quedó plantada con los brazos en jarra.
—¿Y así sí? —preguntó echándome los brazos al cuello.
Me besó con una ansiedad que solo dan dos cosas: el alcohol y la mirada ajena. Le respondí con la misma calentura. Le agarré las nalgas firmes con las dos manos y la pegué contra mí. Me bajé hasta sus pechos pequeños, le mordí los pezones uno a uno, terminé de rodillas frente a ella con la lengua perdida en su sexo depilado mientras mi dedo medio entraba y salía con calma. Renata se mordió el dorso de la mano. Busqué a Lucía con el rabillo del ojo. No me hacía ningún reproche: estaba contra el muro bajo de los hibiscos, comiéndose a Camila a besos.
Una de las tres amigas restantes gritó:
—¡Ahí se quedan, cochinos, nosotras nos vamos al cuarto!
Eso bastó para que Camila y Renata recuperaran un pedacito de lucidez. Se separaron, se rieron alto, se subieron lo que quedaba de bikinis y corrieron a alcanzar a las otras. Camila volteó antes de cruzar al hotel vecino.
—¡Mañana le seguimos! —gritó, sosteniendo a Renata por la cintura para que no se cayera.
No le seguimos al día siguiente. La playa siempre tiene segundas oportunidades que nunca llegan. Pero la primera fue suficiente.
***
Lucía y yo entramos directo a la regadera de la habitación. El agua tibia me devolvió la noción del cuerpo. Nos enjabonamos despacio, sin hablar. Cada tanto nos mirábamos y se nos escapaba una sonrisa. Habíamos perdido la reservación del japonés. Tampoco me importó. Comeríamos algo del buffet o, en su defecto, una rebanada de pizza en la cafetería de veinticuatro horas.
Lucía se tumbó en el centro de la cama y abrió las piernas con esa tranquilidad que ya no necesita explicaciones.
—Ahora, flaco, me coges solo a mí —dijo con la voz baja—. Quiero un orgasmo claro y fuerte. Y después tu pito va a mi boca y no lo suelto hasta que me la llenes.
Y eso fue exactamente lo que sucedió.