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Relatos Ardientes

El desconocido que me sorprendió en la playa nudista

Llegué a Cala Bermeja a media mañana, con el motor del coche todavía caliente y la cabeza llena de cosas que quería dejar atrás. Era la primera vez que pisaba una playa nudista y lo había decidido tres días antes, frente al espejo, después de quitarme la camiseta y mirarme el cuerpo como si fuera el de otra persona.

No buscaba aventura. Buscaba ausencia. Ausencia de tela, de filtros, de miradas conocidas, de la mujer que era para los demás. Quería un día en el que mi piel no tuviera que pedirle permiso a nadie.

El sendero bajaba zigzagueando entre pinos. El aire olía a resina y a sal, y cada vez que pasaba bajo una rama se me erizaban los hombros. Cuando salí al claro, la arena se abrió delante de mí: clara, casi blanca, salpicada de toallas y cuerpos que ya no se ocultaban. Me quedé quieta unos segundos, con la mochila colgando del hombro, intentando que el corazón se acostumbrara a lo evidente.

Caminé hacia el extremo este, donde unas rocas oscuras formaban un rincón resguardado. No estaba completamente sola: a unos veinte metros una pareja leía en silencio, y más allá un hombre se aplicaba crema en los hombros con esa lentitud que solo se tiene cuando no se piensa en nada. Me bastó. Quería separación, no aislamiento. Quería el espacio justo para creer que nadie me miraba, y la posibilidad de que alguien me mirase igual.

Extendí la toalla. Me quité el pareo. Me bajé la parte de arriba del bikini con dos gestos rápidos, antes de pensarlo, y enseguida el resto. La piel se me erizó pese al sol. Llevaba años sin estar desnuda al aire libre, y la sensación era la de cruzar un umbral hacia un lado de mí misma que había mantenido cerrado a propósito.

Me acosté boca arriba. Cerré los ojos.

—Ya está —me dije, casi sin abrir la boca.

El mar sonaba bajo, constante. Una gaviota chilló a lo lejos. Sentí cómo el sol me apretaba los párpados y cómo la brisa pasaba entre mis muslos como una caricia leve, casi tímida. Respiré hondo y me concentré en lo que tenía debajo: la toalla áspera contra los omóplatos, el peso del cuerpo hundiéndose en la arena, los pezones endureciéndose por el contacto del viento.

Soy esto. Solo esto. Y no le debo una explicación a nadie.

Me lo repetí varias veces, como una oración silenciosa, hasta que el tiempo se ablandó y dejé de contar minutos. Pasaron quizá veinte. Y entonces, sin querer, empezó.

Subí la mano por el vientre, despacio. Me rocé los pechos. Me apreté un pezón entre el pulgar y el índice, solo para comprobar cómo respondía mi cuerpo cuando nadie le decía cómo debía ser. La respuesta llegó enseguida: un cosquilleo tibio que bajaba por el centro y se quedaba ahí, esperando.

No miré alrededor. No me importaba si alguien me veía. O quizá sí me importaba, pero al revés de como me había importado siempre. Quería que alguien lo notara. Quería ser eso para un desconocido: una mujer sola, desnuda, tocándose en una cala olvidada al final de un sendero entre pinos.

Bajé la mano. Crucé el ombligo. Llegué.

Empecé con dos dedos, despacio, dibujando círculos pequeños. La humedad llegó antes que el placer. Me mordí el labio inferior y abrí un poco las rodillas, casi sin querer, como si el cuerpo supiera mejor que yo lo que estaba pidiendo.

Y entonces lo sentí.

No fue una mano. No fue una sombra. Fue otra cosa: una respiración que no era la mía, cercana, caliente, justo entre mis muslos. Antes de que pudiera abrir los ojos, una lengua me tocó.

Fue precisa. Fue larga. Subió desde abajo hasta el clítoris con una lentitud que no admitía duda, como si llevara horas memorizando el recorrido. Mi cuerpo entero se contrajo, no por rechazo, sino por la sorpresa de que algo así pudiera estar ocurriéndome de verdad.

Abrí los ojos.

Era él. Lo había visto antes, paseando por la orilla. Treinta y pico, el pelo oscuro mojado del baño, los hombros marcados, una cicatriz fina sobre la ceja izquierda. Me había cruzado la mirada dos veces durante la mañana. La segunda vez yo le había sonreído sin querer, y él había seguido caminando como si no se hubiera dado cuenta.

Estaba arrodillado en la arena, entre mis piernas, con la cabeza inclinada sobre mi sexo. No se movió cuando lo descubrí. Me miró desde abajo, la boca todavía pegada a mí, y se quedó así un segundo, esperando una señal.

—¿Qué… haces? —susurré, y la voz me salió temblando, sin enfado, sin orden.

Levantó apenas la cara. Tenía los labios brillantes y los ojos muy quietos.

—Te vi —dijo, en voz muy baja, ronca—. Te vi tocarte, y supe que si no lo hacía iba a arrepentirme toda la vida.

—No puedes…

—Dilo en serio y paro.

No lo dije.

Lo miré dos segundos más. Detrás de él, el sol partía el cielo en dos. Más allá, la pareja seguía leyendo, ajena. O quizá no tan ajena. Quizá lo veían todo y no decían nada porque allí, en ese rincón, las reglas eran otras.

—No pares —dije, casi sin voz.

Y volvió.

Esta vez sin la cautela del principio. Me sujetó los muslos por dentro con las dos manos, los apartó un poco más y enterró la boca en mí como si tuviera permiso desde siempre. La lengua se movía con un orden que parecía ensayado: subía, rodeaba, presionaba, y volvía a bajar. Cada vez que pasaba sobre el clítoris dejaba escapar de mi garganta un sonido que no reconocía como mío.

Mi cabeza cayó hacia atrás. Vi el cielo del revés. Sentí la arena debajo de la nuca, los granos pegados a la piel sudada, el calor concentrándose en un punto que él parecía haber encontrado sin mapa.

—Dios —murmuré—. Dios, dios…

No me contestó. Estaba ocupado.

Le hundí los dedos en el pelo. Lo tenía más espeso de lo que había imaginado, áspero por la sal. Lo agarré sin pensar, como si fuera a escaparse, como si necesitara recordarle dónde tenía que estar. Él entendió. Aumentó el ritmo. Empezó a usar la lengua plana, ancha, lamiéndome con todo el músculo, sin pausa, y de vez en cuando se detenía a chuparme el clítoris con una succión corta y exacta que me hacía levantar las caderas de la toalla.

Sentí una mano subir hasta mi pecho. Me apretó un pezón. No con violencia, con propiedad. Como si supiera que en ese momento eso era exactamente lo que me faltaba.

—Sigue —pedí, sin reconocerme—. Sigue, por favor…

Habló contra mí, y el aire de las palabras me llegó por dentro como una vibración nueva.

—Llevo veinte minutos pensando en hacerte esto.

—Veinte minutos…

—Desde que te bajaste el pareo. Te miré una vez. No volví a mirar a nadie más en toda la mañana.

Subió la cabeza un segundo, apenas para tomar aire, y vi su cara mojada de mí. Tenía la expresión de un hombre que estaba haciendo justo lo que había venido a hacer. Sin culpa. Sin teatro. Solo concentrado en una tarea que se había impuesto él solo, como si fuera lo único importante del día.

—¿Te molesta que hable? —preguntó.

—No.

—Bien. Porque no pienso callarme.

Y volvió a bajar.

—Estás tan abierta… tan caliente… —me dijo entre lamidas—. Llevas la sal del mar y el sabor tuyo. No me lo voy a olvidar nunca.

Empecé a temblar. No era un temblor controlado. Era ese temblor que sube desde los pies, que te recorre las piernas, que te avisa con tiempo y con miedo. Iba a venirme. Iba a venirme delante de la pareja que leía, del hombre que se ponía crema, y de cualquier otra persona que estuviera mirando desde detrás de unas gafas oscuras sin que yo lo supiera.

—Me… me voy a…

—Hazlo —dijo él, sin parar—. Encima de mí. Aquí mismo.

Y me solté.

Fue largo. Fue ruidoso. Fue un orgasmo que empezó en un punto y se abrió hacia los lados, hacia las puntas de los dedos, hacia los talones, hacia un sitio dentro del pecho que no recordaba haber tenido despierto. Arqueé la espalda. Apreté los muslos contra su cara y él los mantuvo abiertos a la fuerza, sin dejar de lamerme, alargando cada onda hasta que se me escapó la garganta entera en un sonido que el mar se llevó enseguida.

Cuando empecé a bajar, él aflojó. La lengua se hizo más suave, más lenta, casi cariñosa. Me besó los labios de abajo. Me besó el muslo, en el interior, una vez, dos. Apoyó la frente contra mi vientre y respiró.

Yo respiré también. Por primera vez en mucho rato.

—Tranquila —susurró—. Tranquila.

No estaba intranquila. Estaba vacía y llena al mismo tiempo, deshecha, contenta de una manera que no me había sentido contenta en años. Le pasé la mano por la nuca, despacio. Él dejó que lo hiciera.

Después se incorporó.

No intentó nada más. No me pidió mi número, no me preguntó cómo me llamaba, no quiso quedarse. Se quedó arrodillado un momento, mirándome, con esa media sonrisa torcida de los hombres que saben exactamente lo que acaban de hacer. Estaba duro, eso lo vi, pero no lo usó como argumento. No me empujó la cara hacia él. No me cobró nada.

—Gracias —dijo.

Me reí. Una risa baja, sorprendida.

—¿Gracias?

—Gracias por no decirme que parara.

Se levantó. Se sacudió la arena de las rodillas. Caminó hasta la orilla y se metió en el mar sin mirar atrás. Lo vi nadar unos metros, con brazadas tranquilas, y luego perderse en la curva de la cala.

Me quedé un rato más sobre la toalla, desnuda, con los muslos todavía abiertos, mirando el cielo. No me tapé. Nadie se acercó. La pareja seguía leyendo. El hombre de la crema había desaparecido. Una gaviota volvió a chillar.

Pensé en mi vida, brevemente. En las cosas que decía que era. En las cosas que decían los demás que era. Pensé en lo que acababa de pasar y en cómo iba a contarlo, si es que llegaba a contarlo alguna vez, y a quién.

A nadie, decidí.

Cerré los ojos.

***

Cuando los volví a abrir, el sol estaba un poco más bajo. La piel me ardía. Me incorporé despacio, recogí la toalla, sacudí la arena de los bordes. Me puse el pareo sin ponerme el bikini debajo. Quería caminar así, conmigo, todo el camino hasta el coche.

Subí el sendero entre los pinos. Olía otra vez a resina.

A medio camino me crucé con un grupo que bajaba: tres mujeres, un hombre, risas, neveras de playa. Una de ellas me sonrió, una sonrisa de complicidad que yo no le había pedido. Se la devolví igual.

Llegué al coche. Me senté con las piernas todavía pegajosas, con la sal seca en la espalda y el pelo lleno de arena. Encendí el motor. No bajé las ventanillas.

Mientras conducía de vuelta, me di cuenta de una cosa que no esperaba. No estaba pensando en él. No estaba pensando en su boca, ni en lo que me había dicho, ni en si volvería a encontrarlo alguna vez. Estaba pensando en mí. En la mujer que se había bajado el pareo. En la mujer que había abierto las rodillas un dedo más. En la mujer que había susurrado «no pares».

Esa mujer venía conmigo en el coche.

Esa mujer iba a quedarse.

Y la próxima vez que bajara a Cala Bermeja, sabía perfectamente lo que iba a hacer.

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Comentarios (1)

Romi_nocturna

me dejo sin palabras... que relato mas ardiente!!

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