Mi secreto de Nochevieja bajo el vestido negro
Hola. Es la primera vez que me animo a contar algo mío de verdad, así que empiezo por lo básico para que se hagan una idea. Tengo veintiuno, soy morena, de piel canela, no soy delgada y tampoco soy lo que llamarían voluptuosa de busto; lo mío siempre estuvo más abajo, en unas caderas que se notan al caminar y en un culo que ocupa lugar, redondo, pesado, de esos que rebotan al caminar y se marcan bajo cualquier tela. Eso, y una curiosidad mal disimulada que me ha metido en varias rarezas. Como la de aquella Nochevieja.
Para entender lo que pasó esa noche hay que retroceder un poco. Crecí en los años en que internet era casi un territorio libre, sin filtros familiares ni nadie revisando lo que tecleaba en mi vieja tablet. Las miniaturas de los videos de YouTube ya eran un anzuelo: tetas prometidas en la portada, títulos ridículos, y al final un youtuber gritando sobre cualquier tontería. Yo me quedaba con una sensación rara en el cuerpo, un calor incómodo entre las piernas, el coño palpitando bajo la ropa interior, que se iba tan rápido como había llegado. La frustración fue lo que me terminó empujando, una tarde cualquiera, a escribir las dos palabras que me parecieron las más prohibidas del mundo.
«Chicas desnudas.»
Lo que apareció me cambió la cabeza. No por el morbo de ver cuerpos ajenos, sino por algo que tardé en saber explicar: a mí no me calentaba mirar a esas mujeres con las tetas al aire y el coño depilado abierto de par en par. Lo que me calentaba era imaginarme dentro de ellas, ocupando ese lugar, sintiendo lo que ellas parecían sentir cuando se desnudaban frente a una cámara o ante alguien que no debía verlas. La diferencia importa. Yo no quería mirar; quería ser mirada, con las piernas abiertas, con el coño mojado a la vista, aunque entonces no supiera nombrar esa fantasía.
La primera vez que me toqué fue sentada sobre la tapa del retrete del baño chico de mi casa anterior. Crucé las piernas con fuerza, apreté los muslos hasta que el clítoris me latió contra la costura del pantalón, hasta que algo se calentó por dentro y me asusté tanto que dejé de hacerlo. Igual volvía. Volvía cada dos o tres días con la excusa más boba que se me ocurriera, y cada vez aguantaba un poco más antes de pararme. Fue mi primera disciplina secreta.
Pronto las búsquedas en la tablet escalaron. Pasé de «chicas desnudas» a «mujeres bailando desnudas», y de ahí a «mujeres tocándose el coño», y de ahí a la que terminó marcándome: «mujeres desnudas en público». Veía a aquellas chicas levantarse la falda en una estación de tren vacía sin bragas debajo, atravesar un parque en topless a las cinco de la mañana con las tetas al aire, sentarse con las piernas bien abiertas en un banco de plaza de provincia donde no pasaba nadie, mostrando el coño rosado como si nada. Yo me imaginaba en su lugar. Aprendí a frotarme bien por encima del clítoris, en círculos lentos, sin meter dedos. Tenía miedo de hacerme daño y, sobre todo, miedo de perder por mi cuenta algo que en mi cabeza valía mucho.
Soy del tipo de persona que, cuando se propone algo, no descansa hasta hacerlo. Y después de meses de mirar videos de chicas atreviéndose en la calle, en algún momento entendí que mirarlos no me iba a alcanzar. Que necesitaba probar. Aunque fuera una versión chiquita, de patio trasero, sin público real. La oportunidad apareció con la Nochevieja.
***
Esa tarde me arreglé como cualquier otra hija de su madre se arregla para la cena familiar. Vestido negro con detalles dorados en las mangas, escote recatado, largo cuatro dedos por encima de la rodilla. Maquillaje suave. Pendientes que mi tía me había regalado dos navidades antes. La casa anfitriona de la fiesta era la de mis abuelos, a menos de un metro de la mía; en mi viejo barrio todas las puertas daban a la misma calle estrecha y todos los vecinos se conocían. La mitad de mi familia ya estaba allí, calentándose con vino antes de la medianoche.
Yo, que sigo siendo bastante introvertida, me quedé hasta último momento en la sala de mi propia casa. Mi madre me había avisado: en cuanto te llame, cruzas. Mientras tanto, todo era penumbra. Solo dos luces de la calle estaban encendidas, las de siempre, las que parpadeaban un poco. Mis vecinos eran famosos por ser tacaños con la electricidad y esa noche eso jugó a mi favor.
El plan no era exactamente un plan. Era más bien un cosquilleo entre las piernas, una idea que se me había metido entre las costillas y bajaba directo al coño y no se iba. Pensé en aquella chica del video que se paseaba bajo un vestido idéntico al mío sin nada debajo, con el culo desnudo bajo la tela. Pensé en las veces que me había prometido que algún día me animaría. Pensé en que esa noche, por una rara conjunción de cosas, tenía a toda mi familia a un metro de distancia y, al mismo tiempo, completamente fuera de mi casa.
Apagué las luces de la sala.
Detrás de mi casa había un solar techado que llamábamos «el galpón», una mezcla de cochera y depósito, y al fondo el viejo taller de carpintería de mi abuelo Hernán, abandonado desde hacía años. El galpón daba a la calle, pero estaba parcialmente cubierto por una pared a media altura, y la ventana de la vecina más cercana, la señora Lidia, estaba tapada por un jazmín que llevaba creciendo desde antes de que yo naciera. Si alguien quería verme, tendría que esforzarse mucho. Y aun así, una parte de mí quería que alguien se esforzara, que alguien pegara la cara al vidrio para verme el coño de cerca.
Crucé descalza el patio de servicio para no hacer ruido. El piso estaba helado. Cuando llegué al galpón, arrastré una mecedora vieja de mimbre hasta el centro y la dejé mirando hacia la calle, hacia la oscuridad. Después, parada al lado del asiento, hice lo que llevaba semanas ensayando en la cabeza.
Levanté la falda del vestido. Me bajé las bragas hasta los tobillos con las dos manos, sintiendo cómo el algodón se despegaba del coño con un tironcito húmedo —ya estaba mojada, mucho antes de tocarme—, las saqué, y las escondí dentro del sostén, contra el lado izquierdo del pecho, donde casi no se notaba el bulto. Antes de bajar el vestido, me pasé dos dedos por los labios del coño, despacio, solo para confirmar lo que ya sabía: estaba empapada, los pelitos del pubis pegados a la piel, el clítoris hinchado como una perla dura. El vestido cayó otra vez en su lugar y, por un segundo, no pasó nada. Al segundo siguiente sí. La tela tibia rozándome el coño desnudo, sin nada entre medio, resbalando entre las nalgas al menor movimiento, fue una corriente que me llegó hasta la nuca. Me reí sola, con esa risa nerviosa de cuando una hace una travesura.
Caminé por el galpón con la calma fingida de quien sale a ver el jardín. Le di una vuelta entera. Cada paso me recordaba que abajo no había nada: los muslos se rozaban entre sí, resbaladizos por mis propios flujos, y la tela del vestido se me pegaba a la raja del culo con cada zancada. Me detuve cerca de la puerta, donde la luz de la calle entraba en un haz delgado, y me levanté el vestido por detrás hasta dejar las nalgas al aire. El frío de enero me erizó la piel y me arrancó un suspiro. Con la mano libre me abrí una nalga, despacio, exponiendo también el ojete y la raja mojada del coño hacia la calle. Si la señora Lidia hubiera salido al patio en ese momento, lo único que habría visto entre las enredaderas eran dos curvas oscuras moviéndose despacio y, en el medio, un brillo húmedo que me delataba. Me gustó imaginarla mirando, la boca abierta, la mano metida bajo la falda. Me gustó más imaginar que no lo hacía y que igual yo seguía ahí, exhibiéndome con el culo abierto para una calle vacía.
Como dije, soy de las que terminan lo que empiezan. Fingí dejar caer algo y me agaché a recogerlo sin doblar las rodillas, ofreciendo todo lo que tenía a una audiencia inexistente: el culo bien arriba, las piernas rectas y separadas, el coño colgando entre los muslos, hinchado y goteando. Me quedé así unos segundos de más, moviendo apenas las caderas de un lado a otro, como si le ofreciera la vista a alguien parado detrás, como si me estuviera pidiendo permiso para clavármela. Me sentí ridícula y poderosa al mismo tiempo.
Esto es lo que ellas sienten, pensé. Esto es lo que querían que yo entendiera.
Volví a la mecedora. Me senté con el vestido todavía bajado, fingiendo recato dos segundos más, como si el público que no existía mereciera un poco de teatro. Y después, despacio, fui levantando la falda hasta los muslos. Hasta las caderas. Hasta la cintura. Hasta dejar el coño expuesto, abierto al aire frío del galpón, los labios inflamados brillando en la penumbra. Olía a madera vieja del taller del abuelo, a polvo, a fin de año, y ahora también a mi propio sexo, ese olor tibio y agrio que se me escapaba entre las piernas.
Estaba mojada. Más mojada de lo que jamás había estado tocándome en el baño. Un hilo se me escurría entre las nalgas y le manchaba el mimbre a la mecedora. No era el frío, no era el alcohol —no había bebido nada todavía—; era la combinación exacta de saber dónde estaba mi familia y saber dónde estaba yo, con el coño al aire libre a cuarenta metros de mi tío, de mi madre, de mis primos brindando con champán barato. Levanté los pies del piso y los apoyé sobre los apoyabrazos de la mecedora, abriendo las piernas como una ofrenda barata, el coño rosado abierto por completo, los labios interiores separándose solos por lo empapada que estaba. Con dos dedos me abrí más todavía, mostrándome a la nada, mostrándome el agujero brillante por donde nunca había entrado nadie. Si alguien venía a buscarme a mi casa, vería primero la sala vacía y oscura. Tendría que doblar a la derecha, llegar al patio, asomarse al galpón. Eso me daba, como mucho, treinta segundos. Tiempo de sobra.
Empecé con el clítoris, como siempre. Dos dedos, círculos pequeños, presión justa. Sentí cómo el botoncito se hinchaba bajo la yema, cada vez más duro, cada vez más resbaladizo. La diferencia esta vez no estaba en lo que hacía sino en dónde lo hacía. Cada crujido de la mecedora era un riesgo nuevo. Cada ladrido lejano de un perro me hacía contener la respiración y, en lugar de pararme, me hacía moverme más rápido, apretando el clítoris entre el índice y el mayor, tironeándomelo apenas. Con la mano libre me subí el escote y me saqué una teta por arriba del vestido; el pezón se me puso duro al segundo, dolorosamente contraído por el frío. Me lo pellizqué fuerte, con las uñas, hasta que un ramalazo me bajó directo al coño y sentí cómo una gota nueva se me escapaba y rodaba hasta el ojete.
Bajé los dedos hasta la entrada del coño. Nunca había metido nada, pero esa noche podía. Esa noche todo estaba autorizado. Apoyé la punta del dedo medio en el agujero, empapado y resbaladizo, y empujé apenas. La carne cedió un poquito, caliente, apretada, y me arrancó un gemido bajo que tuve que sofocar contra el hombro. Metí solo hasta la primera falange, y aun así sentí las paredes internas cerrándose alrededor del dedo, palpitando con cada latido. Lo saqué, empapado, brillante, y volví al clítoris con esa humedad extra, embadurnándolo, resbalando por encima como si tuviera lubricante.
Cerré los ojos y, para llevarme al borde, me imaginé que alguien sí me estaba mirando. No alguien concreto. Una sombra. Un vecino curioso con la bragueta abierta y la polla en la mano, dándose golpes lentos detrás del jazmín. Un desconocido parado del otro lado de la reja, conteniendo el aire para no delatarse, chorreando en el pantalón por lo que estaba viendo: una piba de veintiuno abierta de piernas en una mecedora, la teta afuera, dos dedos hundidos hasta la mitad, el coño chapoteando en su propio jugo. Me imaginé que se decidía. Que empujaba la reja despacio, que cruzaba el galpón sin hacer ruido, que se me paraba entre las piernas y me clavaba la verga hasta el fondo sin decir una palabra, tapándome la boca con la mano para que no gritara y me delatara ante la familia.
La fantasía me deshizo. Sentí el orgasmo subir desde los pies, tensar los muslos, cerrarme el estómago. Acabé sin hacer ruido, mordiéndome el labio hasta sentir sabor a sangre para no soltar el grito que me trepaba por la garganta. Fue corto y feroz, una sacudida que me hizo apretar las piernas alrededor de mi propia mano, el coño contrayéndose en oleadas alrededor del dedo que todavía tenía metido, echando afuera un chorrito tibio que me mojó la palma y goteó al piso del galpón. Me quedé así medio minuto, con los pies todavía en los apoyabrazos y el coño expuesto y palpitando, la teta afuera, los dedos brillantes de flujo, escuchando mi corazón y los ruidos lejanos de la casa de mis abuelos: la música, una risa que reconocí como la de mi tío, alguien que abría una botella.
***
Cuando logré moverme, lo primero que pensé fue en mi madre. En que en cualquier momento iba a llamarme a los gritos desde la puerta. Bajé los pies, me metí la teta otra vez adentro del vestido —el pezón todavía duro rasgando la tela—, me alisé la falda, saqué las bragas del sostén y me las puse otra vez con manos torpes. El elástico me marcó la cintura al estirarlo, y sentí cómo el algodón se pegaba al instante contra el coño empapado, chupándose todo el flujo, tibio, pegajoso, como si me estuviera guardando la prueba entre las piernas. Devolví la mecedora a su rincón, revisé que no hubiera dejado una mancha en el mimbre, prendí solo la luz del fondo del galpón para que pareciera que había bajado a buscar algo, y crucé la casa en silencio hasta la sala.
Justo cuando me senté en el sillón, escuché la voz de mi madre desde la puerta de la calle.
—¡Camila! ¡Ven, que ya nos sentamos!
Camila no es mi nombre, pero los voy a llamar así de acá en adelante. Por las dudas.
Crucé a la fiesta como si nada, con las bragas cada vez más empapadas y el olor a coño subiéndome por debajo del vestido, seguro de que en cualquier momento alguien lo iba a notar. Brindé a las doce. Comí. Bailé un par de canciones con mi prima, apretándome contra ella lo suficiente para sentir cómo el roce me despertaba otra vez el clítoris hinchado. Nadie notó que yo no era la misma persona que había salido de casa una hora antes. Nadie podía notarlo. Pero yo, cada vez que cambiaba el peso de una pierna a la otra, sentía la prueba: las bragas un poco más húmedas de lo razonable, el elástico marcándome la carne, y un calor entre los muslos que no se había apagado del todo, un latido persistente en el coño que me acompañó toda la noche.
Esa fue mi primera experiencia exhibicionista, si se le puede llamar así a algo que pasó frente a una calle vacía. Para mí cuenta, y mucho. Porque fue la primera vez que entendí, en el cuerpo y no en una pantalla, que lo que a mí me gustaba no era mirar: era ser mirada con el coño abierto, con las tetas afuera, con los dedos hundidos en mí misma. Aunque la única que me mirara, esa noche, fuera yo misma desde adentro, escondida detrás de los ojos, observándome hacer lo que durante años había imaginado.
De aquella Nochevieja viene todo lo que pasó después, pero esa parte —si se animan a leerla— se las cuento otro día.