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Relatos Ardientes

La pareja que se exhibió para mí en la cafetería

Después de comer suelo salir a caminar un rato. Cuando vuelvo, me tomo un café en una cafetería que hay cerca de mi casa y hojeo el periódico por encima para enterarme de las últimas noticias. Ayer el día estaba feo, con un viento que molestaba bastante, así que decidí tomarme el café dentro, tranquilo.

En la parte delantera del local había mucha gente. Como me apetecía estar a solas, me fui al fondo, donde tienen una sala de desahogo que casi nadie conoce. Me acomodé en una esquina y abrí el diario.

Al levantar la vista mientras pasaba la hoja, vi una pareja al final de la sala que se estaba comiendo a besos. Aprovechaban la intimidad relativa del rincón para intercambiar toda clase de caricias. Ella para él, él para ella. Me detuve un instante a contemplar la escena. Fue reconfortante comprobar que todavía quedaban jóvenes con ganas de disfrutarse en vivo, sin la pantalla de por medio.

En un par de minutos se habían terminado una ración de patatas. Ahora ella estaba con un helado, dándole unas lamidas a la cucharilla que resultaban demasiado sugerentes para ser casuales. Se la metía bien adentro, cerraba la boca hasta deformar los labios y luego tiraba despacio, poniendo unas caras como si saboreara un trozo de cielo.

Qué manera de comerse un helado, pensé, y volví al periódico fingiendo desinterés.

A esa hora había calma, aunque varias mesas cercanas las ocupaban chicos y chicas de su edad merendando. La muchacha se percató de mi presencia y avisó a su pareja. Él no le hizo caso y siguió metiéndole la mano por debajo del suéter de punto. Ella se acomodó y se entregó otra vez a los besos.

No es que me guste ir de mirón por la vida, pero mientras se enfría el café no tengo nada mejor que hacer, así que los observaba con disimulo. Los dos eran muy jóvenes, supuse que estudiantes sin un lugar propio donde estar a solas, y con muchas ganas de pasarlo bien.

La chica le dijo algo al oído y él se rio. Después se giró hacia mí con una mirada desafiante, la sostuvo un segundo y terminó sonriendo de medio lado. Era una especie de señal. Volvió la atención a su novio, retomó los besos, y por debajo de la mesa empezó un pequeño espectáculo dedicado a mí.

Poco a poco, aparentando que era algo involuntario, fue separando las rodillas. Empecé a ver la cara interna de sus muslos y, al final, la línea de su ropa interior. Me llamó la atención aquel ofrecimiento inesperado y sentí curiosidad por saber hasta dónde pensaba llegar. El ángulo no me dejaba ver bien, así que saqué el celular y encendí la cámara, como quien revisa un mensaje. En la pantalla se distinguían las rodillas desnudas y la entrepierna.

La mano del chico se movía bajo la falda, tocándola. En cuanto la retiró, ella siguió por su cuenta, acariciándose por encima de la tela. Había visto que yo estaba pendiente de cada gesto. No le dijo nada a él y continuó, clavándome la mirada, como diciendo: «puedo hacerme esto aquí mismo, delante de ti y rodeada de gente».

Traté de mantener la compostura. No quería que nadie notara nuestro asunto. Me gustaba el morbo que se había generado, me gustaba ver cómo disfrutaba de aquel masaje íntimo y, sobre todo, las caras que ponía.

Qué descarada me ha salido, pensé. Unos minutos antes no lo habría imaginado, y ahora era capaz de tocarse en público con dedicatoria incluida. Bajó otra vez la mano. Instantes después su cara cambió: cerró los ojos, se mordió los labios y ladeó la cabeza, anunciando que sus caricias estaban dando fruto.

Vaya calentón que llevaban los dos.

Entró más gente y eso los interrumpió. Decidieron irse. Ella me dedicó una última mirada enigmática a modo de despedida. Yo hice lo propio poco después: se había acabado el entretenimiento y no tenía sentido seguir allí. Al salir, pasé por delante de los baños. El chico esperaba fuera a que su novia terminara. Era mi oportunidad.

***

—Hola, ¿tienes un momento? Creo que tengo algo que te puede interesar.

—¿Qué dices? No te conozco de nada. ¿De qué vas? —me contestó con un tono áspero.

—He visto que tienes un problema y creo que podría ayudarte.

—¿Problema? Yo no tengo ningún problema.

—¿Te gustaría tener un lugar cómodo e íntimo donde llevar a tu chica? Yo podría conseguírtelo. ¿Te interesa?

—Me interesa… pero eso, ¿cómo sería? ¿Habría que pagar? No tengo dinero, ¿sabes? ¿Tú qué sacas? No va a ser gratis, ¿verdad?

—Tengo un apartamento amueblado vacío aquí cerca. Se fue el inquilino y, mientras vuelvo a alquilarlo, lo tendré sin usar.

—Vale. Me interesa. ¿Y qué me costaría? No tengo mucha plata.

—Nada. Es gratis. No me tienes que dar nada. Lo único que pido es ir con ustedes y que dejen la puerta del dormitorio abierta.

—Sí, hombre. Para que tú hagas de mirón mientras lo hacemos, ¿no?

—Exacto. Solo eso. Antes los estuve observando y no parecía importarles demasiado. Yo diría que les gustó sentir cómo los miraba. Sobre todo a ella.

En ese momento se abrió la puerta del baño y salió la chica con una sonrisa enorme y los labios recién pintados. Después del besuqueo había aprovechado para retocarse, y volvía con un rojo intenso que daba gusto mirar.

El chico la apartó a un lado y le explicó mi propuesta en voz baja. Se miraron como queriendo consultar una opinión sin decir palabra. Ella me examinó de arriba abajo y le preguntó algo. Nicolás se lo aclaró. Ninguno de los dos veía clara la oferta y la discutieron unos instantes. Al final vinieron los dos de la mano y Nicolás, tras mirar a su novia, me dijo:

—Estamos de acuerdo… con una condición: nosotros dejamos la puerta abierta, pero tú no entras en la habitación. Si te parece bien, nos gustaría ir ahora mismo. ¿Vamos?

—Estupendo. Yo soy Esteban. ¿Cómo se llaman ustedes?

—Ella es Renata y yo, Nicolás —dijo el chico con su novia abrazada al brazo.

Renata sonrió emocionada. Le había gustado la idea de hacerlo en una cama de verdad, con su novio, y que alguien se calentara mirándolos. Era una aventura que ni siquiera se le había ocurrido imaginar.

***

Al ser un piso de alquiler, el apartamento resultaba algo frío. Solo tenía los muebles básicos, sin detalles personales. Aun así, contaba con todo lo necesario para un buen encuentro: un dormitorio amplio, con una balconada por la que entraba mucha luz y, en el centro, una gran cama de matrimonio.

Renata y Nicolás estaban encantados. Por fin tenían un sitio decente para darle rienda suelta a su calentura. Miraron alrededor, se miraron entre ellos imaginando lo que vendría, y al final se volvieron hacia mí.

—El sitio es perfecto… ahora, si no te importa, queremos estar solos.

—Por supuesto, por supuesto. Disfruten mucho, que a eso vinieron. Yo me retiro.

Antes de que terminara de salir ya se habían fundido en un beso. Los dejé a solas, pero la curiosidad pudo conmigo y me quedé mirando desde el pasillo, justo en el ángulo que la puerta abierta me regalaba.

Se quitaron la ropa a toda prisa, cada uno la suya, como en una competencia por ver quién se desnudaba primero. Nicolás ganó. Se echó sobre la cama, completamente desnudo, esperando a que ella terminara. Renata se tomó algo más de tiempo. En ropa interior, se detuvo un instante para girar la cabeza hacia la puerta. Apenas podía verme, y eso pareció tranquilizarla.

Entonces improvisó unos breves movimientos de baile que su novio recibió encantado, aunque yo habría jurado que estaban dedicados a mí. Antes de ir hacia la cama, se dio una vuelta completa sobre sí misma. Se había quitado el sostén y solo le quedaba la tanga, así que pude ver su cuerpo entero. Levantó las manos sobre la cabeza y los pechos quedaron proyectados hacia delante, firmes. Al girar descubrí que tenía mucho más detrás de lo que esperaba: la tela se perdía entre sus nalgas redondas.

—Ven aquí… ¿no ves cómo estoy? —la apremió él.

Su mirada voló otra vez hacia la puerta para confirmar que yo seguía allí. Después, con un par de pasos juguetones, se plantó junto a su novio y empezó la fiesta.

Con la impaciencia de las primeras veces y una pasión desbordada, los dos se lanzaron a la conquista: besos, apretones, caricias sin pausa. No había tiempo que perder. Nicolás le chupaba los pechos sin parar y le metía la mano entre las piernas, moviéndola adelante y atrás con más entusiasmo que técnica.

Renata, por su parte, le había agarrado el sexo y se lo acariciaba como si no hubiera mañana. Era sexo puro y directo, sin sofisticación, entre dos jóvenes cuyo principal capital eran sus cuerpos y unas ganas tremendas. Aun así, resultaba hermoso ver cómo la naturaleza se abría paso a pesar de las distracciones tecnológicas que rodean a la gente de su edad.

Nicolás consideró que había llegado el momento. Se puso encima, en la clásica postura del misionero, e intentó entrar. Ella se quejó, algo no iba bien. Había que probar otra vez. Renata lo ayudó: puso la mano entre los dos cuerpos y dirigió el pene hacia su sexo. El chico empujó una y otra vez hasta lograr la penetración. Después vino un vaivén descontrolado, todo nervio y nada de ritmo.

Nadie nace enseñado, pensé desde el pasillo. Hay que practicar, y sobre todo prestar atención a lo que siente la pareja. Quizás, cuando terminaran, les ofrecería mis servicios como asesor, con prácticas incluidas.

Nicolás se corrió antes de lo deseado. Vi que ella quedaba un poco decepcionada con una experiencia que prometía tanto. Pero no se dio por vencida. Se pegó a su chico y lo acarició con paciencia, decidida a ponerlo de nuevo en órbita para alcanzar su propio orgasmo.

Renata era preciosa, con cara de muñeca y un cuerpo muy bien dotado. Y, además, persistente. Se notaba que le gustaba conseguir lo que se proponía, y aquello lo iba a lograr sin demasiado esfuerzo. En pocos minutos tenía a Nicolás otra vez listo para un segundo asalto.

Esta vez sí. Renata llegó al final que buscaba y se dejó ir con un gemido largo que se oyó hasta el pasillo.

Llegado ese punto abandoné mi puesto de observación para dejar que se quedaran a gusto, comentando la jugada si les apetecía.

***

Los esperé tranquilo en el salón. Quince minutos más tarde aparecieron los dos vestidos, listos para irse, con la sonrisa ancha de quien sale satisfecho.

—Nosotros nos vamos. Gracias por todo. Si quieres, podemos quedar otro día, aquí estuvimos genial —dijo el chico, haciendo de portavoz.

—Cuando ustedes quieran. Para mí fue un placer poder ofrecerles esta oportunidad y que la disfrutaran. Ah, por cierto… el video quedó muy bien. Lo pueden guardar de recuerdo.

—¿Cómo dices? ¿Qué video? ¡No me jodas, nos has grabado! —saltó él, malhumorado, ante la cara de espanto de Renata.

—Tranquilo, no pasa nada, es para ustedes. Te dejaste el celular aquí encima y con él los grabé un poco. Si no lo quieres, lo borras y listo. Es solo un recuerdo de su primera vez en este lugar. Está únicamente en su teléfono.

—A ver, trae. Devuélveme el celular —me dijo, todavía alterado.

Renata me miró con preocupación, no se lo esperaba. Se abrazó al brazo de su novio y los dos se pusieron a mirar lo que había grabado. De la tensión inicial pasaron a una sonrisa leve, intercambiando miradas de aprobación, regodeándose con las imágenes de la pequeña pantalla. Pasaron un par de minutos así, hasta que recordaron que seguían en mi apartamento y que yo estaba allí.

—Vale, no importa… pero nos lo tenías que haber avisado. ¡Que sea la última vez! —dijo él, autoritario, logrando la aprobación de su novia—. Esto es cosa nuestra y de nadie más —añadió, olvidando que en el trato habíamos acordado que yo podía mirar.

—Está bien, así lo haré la próxima vez. Porque van a repetir, ¿no? —pregunté, convencido de la respuesta.

Renata sonrió de oreja a oreja y Nicolás levantó la mano para chocarla conmigo y sellar el acuerdo. Estoy seguro de que volverán. Y de que, muy pronto, podré formar parte de alguna de sus aventuras.

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Comentarios (5)

MiradorSilencioso

Que morbo tan rico... me quede pegado hasta la ultima linea jaja

GustoDeLeer

Increible!! Espero que hayas vuelto a esa cafetería al dia siguiente. Parte 2 por favor!

NachoCba93

Me recordo a algo parecido que me paso en un bar hace unos años, nada tan elaborado pero esa tension de no saber si es real o si te lo estas imaginando... igual de intensa. Muy buen relato.

ValeriaRdP

Lo que mas me gusto es como va subiendo la tension de a poco, sin apuro. Eso es lo que diferencia un buen relato de voyerismo de uno mediocre. Muy bien narrado, se siente real.

SRomero_45

Buenisimo. Una pregunta: ¿volviste a ver a esa pareja despues? Porque yo en tu lugar volveria al dia siguiente jajaja

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