Lo que dejé que mirasen aquel sábado en la playa
Despertamos molidos, pero habíamos dormido de un tirón. Por delante quedaba otro día de los que no se olvidan. La noche anterior habíamos cruzado una línea, y los dos sabíamos que ese sábado íbamos a cruzar otras.
Decidimos no alejarnos demasiado del centro para tener cerca dónde comer. La playa estaba medio vacía cuando llegamos. Yo apenas había metido bañadores en la maleta: la consigna del viaje era llevar la ropa más provocativa posible, y esa regla, como casi todo desde el viernes, la dictaba ella.
Extendimos las toallas y Daniela hurgó en su bolso. Sacó un tanga azul, diminuto, de una tela tan fina que apenas era una sugerencia, y me lo dejó sobre el pecho sin decir nada.
—No pensarás que me voy a poner eso aquí, delante de todo el mundo —dije.
—Te lo vas a poner. Y te lo vas a quitar cuando yo te lo ordene.
Me lo puse. La situación me ponía tanto que me costó acomodar la erección dentro de aquel triángulo de tela. Ella, mientras tanto, se había quitado el suyo para enfundarse uno negro que era poco más que un hilo sobre su culo. Se lo había regalado yo hacía meses y casi nunca aceptaba usarlo. Que lo eligiera esa mañana era una declaración: el juego subía de nivel.
Me pidió que le pusiera crema en la espalda con la excusa de que no llegaba bien. No escatimé ni un rincón, y al deslizar los dedos por el borde de la tela noté que ya estaba húmeda. Esto no va a quedar aquí, pensé.
***
Pasó un rato y no paraba de repetir que me iba a quemar. La verdad es que empezaba a sentir el ardor en la piel. Ella jugaba con el bote de crema entre las manos, girándolo despacio, como quien decide algo. A unos diez metros había una pareja de chicos. Los dos llevaban tangas; uno estaba claramente esculpido en el gimnasio, todo músculo y bronceado. Se acercó y le preguntó a Daniela si le prestaba un poco de crema, que se la habían olvidado. Ella, por supuesto, accedió.
Cuando volvió a devolver el bote, comentó que yo iba a terminar con la espalda achicharrada. Daniela respondió que ya me había avisado.
—¿Quieres que te ponga un poco? —me preguntó él.
—No, gracias —dije, sorprendido.
—Sí, sí, ponle —cortó ella. No había margen para negarse: la orden venía de mi ama.
Se sentó a horcajadas sobre mi espalda caliente y empezó a frotar la crema con fuerza. Sus manos eran grandes, seguras.
—Ya tienes el culito rojo —dijo, bajando la voz.
—Ya —contesté, completamente cortado.
Se empleó a fondo, y en algún momento deslizó un dedo untado por el borde de mi tanga, presionando justo donde no debía. Di un respingo y, sin pensarlo, levanté las caderas hacia aquel desconocido. Daniela observaba con una media sonrisa, sin perder detalle.
—Date la vuelta —ordenó él.
—No hace falta —respondí, asustado.
—No te hagas el tímido ahora.
Daniela me guiñó un ojo. Me giré. Él dejó caer un chorro frío de crema sobre mi pecho y empezó a jugar con mis pezones con la punta de los dedos. Yo cerraba los ojos para que no se me notara lo cachondo que estaba, pero era imposible: la polla había saltado del tanga minúsculo y ahí estaba, a la vista de quien quisiera mirar. Y lo cierto es que medio mundo miraba.
Cuando empezó a acariciarla abiertamente, Daniela intervino fingiendo celos.
—Ya es suficiente, que me estás poniendo celosa.
—Ahora te toca a ti, preciosa —contestó él.
—Eso ya me gusta más —sonrió ella.
Se tumbó boca abajo y dejó que él, empalmado sin disimulo, frotara su erección contra su culo mientras le repartía crema por la espalda. Le preguntó si le gustaba mi mujer. Él dijo que tenía un culo precioso, pero que prefería el mío. Ella se dio la vuelta antes de que se lo pidiera, y él le manoseó los pechos a placer, delante de mí, sin prisa. Yo no sabía si aquello me confundía o me encendía. Probablemente las dos cosas.
Cuando el chico volvió a su toalla, Daniela se acercó y me susurró al oído algo que todavía me retumba. Me dijo que su jueguito me había puesto a mil, que era hora del paseo. Yo seguía duro y no había forma de disimularlo dentro de aquella tela.
—Espera a que baje —le pedí.
—Eres un exhibicionista, no me vengas con excusas. Levántate.
No le bastaba con haberme expuesto ante aquella pareja; ahora quería pasearme delante de toda la playa. Le encantaba presumir de mí y que todos supieran que era solo suyo.
***
Buscamos un sitio cerca, comimos algo ligero y volvimos a tumbarnos por la tarde. El sol, el calor, una cerveza de más y el recuerdo de la mañana nos dejaron dormidos sobre las toallas. Desperté empalmado, boca arriba, con la polla fuera del bañador. Ella seguía durmiendo. Decidí hacerme el dormido y dejar que la viera quien pasara. La tarde caía despacio y, sin saberlo todavía, se acercaba mi turno.
Antes del viaje yo había reservado algo como sorpresa: un masaje en pareja. Nos encantan los masajes y me apetecía compartir esa experiencia con ella. Había encontrado un salón que anunciaba un masaje tántrico para dos, con un aviso bien claro de que no incluía sexo. Era caro y duraba dos horas, pero me pareció una buena oportunidad. Cuando se lo conté, en el hotel, le brillaron los ojos.
La cita era a las ocho, así que tendríamos tiempo de volver a cambiarnos y cenar después. Nos vestimos cómodos tras la ducha, porque yo llevaba la espalda algo quemada de tanta tontería.
El local estaba decorado con motivos orientales, con buen gusto. Nos recibió una señora de mediana edad, muy amable, que nos explicó que sería un masaje integral e insistió, otra vez, en que no habría sexo de ningún tipo. Si en algún momento nos sentíamos incómodos, bastaba con decirlo.
Pasamos a una sala con dos camillas. Había velas repartidas, una luz tenue, un aroma a sándalo. Los dos estábamos algo nerviosos; nunca habíamos hecho algo así. A los pocos minutos entró una chica de aspecto sudamericano, bajita, de curvas generosas, embutida en una especie de mono blanco ceñido. No llevaba sujetador. Nos tendió unos tangas de papel y nos pidió que nos tumbáramos boca abajo. Ojalá me toque ella, pensé.
Corrió unas cortinas entre las dos camillas, dejando un hueco para que pudiéramos vernos. Empezó por mis pies. Lo que yo no veía era que, al otro lado, había llegado el masajista de Daniela: un hombre alto y fornido, vestido con mallas y una camiseta blanca ajustada. Yo había dado por hecho que serían dos chicas. Me equivoqué.
La chica tenía buenas manos, aceite tibio, y se notaba que ponía ganas. Fue subiendo por mis piernas, saltó la zona del culo y siguió por la espalda hasta la nuca. Después se acercó y me susurró que, si no me importaba, me quitaría el tanga para evitar roces, porque me veía la piel irritada. No quise ni imaginar las manos de aquel hombre sobre el culo de mi mujer. Me bastaba con ver su cara de felicidad al otro lado de la cortina.
Se empleó a fondo. Sentí cómo un dedo se demoraba justo en el centro, y luego un cojín bajo la cadera que me levantaba el culo. Notó mi erección y tiró de ella hacia atrás, liberando el glande. Sus manos estaban calientes, y yo, durísimo.
Al rato apartó la cortina del todo. Daniela también tenía el culo en pompa. Nos pidieron que nos diéramos la vuelta y retiraron los cojines. Yo estaba empalmado y excitado; ella, por su cara, también.
***
El hombre se había quitado la camiseta y las mallas le marcaban un buen bulto. La chica se había quedado en tanga, con unos pechos perfectos. Entonces intercambiaron las camillas. Él empezó a echarme aceite caliente por las piernas, y a pesar del calor un escalofrío me recorrió hasta la punta. Cerré los ojos deseando que la tierra me tragara. O quizá no. Por suerte saltó la zona central y jugó un poco con mis pezones hasta dejarme otra vez al límite.
Nos hicieron girar de nuevo y encajar la cara en el hueco de la camilla. Un masaje en la cabeza, después la espalda con energía, y por fin el culo, sin reservas. Tras bajar por las piernas, una pausa. Y entonces lo noté sentarse sobre mí. Sentí claramente su polla, dura, contra mi piel. Nunca había experimentado ese calor de otro hombre así. Daniela siempre me decía cuánto la excitaba notarme empalmado contra ella; en ese momento lo entendí del todo. Deslizó su erección por la raja de mi culo y tropezó con la mía. La suya era más grande, y eso que yo no me quejo. Habían dicho que no habría sexo, y faltaba muy poco para que esa frase dejara de significar nada.
Llevábamos más de una hora y media de masaje. Los cuatro desnudos. Estaba clarísimo que a Daniela también le gustaba. Él se bajó de mi camilla y volvieron a cambiar de sitio. Cuando levanté la cabeza, vi cómo aquel hombre, desnudo y empalmado, se acomodaba sobre mi mujer.
Cerré los ojos. La chica deslizó otra vez el cojín bajo mi cadera y empezó a jugar con mi polla. Noté algo distinto, una lengua tibia recorriendo mi piel irritada, y después una mamada lenta, perfecta. Como siga así, me corro, pensé. Pero se detuvo para introducir un dedo, luego otro. Yo estaba entregado, sin un gramo de resistencia.
Volví a levantar la cabeza y vi al hombre frotando su erección contra el culo de Daniela. Era una imagen de película porno. Me habría encantado grabarlo para verlo después con ella. No parecía real, y precisamente por eso no quería que terminara nunca. Pero terminó. Nos dijeron que nos dejaban solos por si queríamos rematar el masaje a nuestra manera, y que luego podíamos ducharnos.
Decidimos guardarlo para la noche. Nos duchamos, nos vestimos y volvimos al hotel, calientes y relajados a partes iguales.
***
Cenamos con hambre y apuramos una botella de tinto. Subimos a cambiarnos y elegí para ella un vestido fino y ajustado, sin ropa interior, que dibujaba su figura y dejaba adivinar la punta de los pezones. Yo me puse un pantalón blanco y un jersey calado por el que se transparentaba un piercing falso en el pezón. Ya no quedaba duda: me había convertido en un exhibicionista de manual.
En la calle propuse caminar para bajar la cena. Íbamos abrazados como dos adolescentes, metiéndonos mano a la menor ocasión. Pasamos junto a un sex-shop y, entre bromas, entramos a buscar algún juguete para rematar la noche. El encargado se ofreció a ayudarnos; declinamos. Tenían modelos muy atrevidos. Volvió a acercarse y nos dijo que, si queríamos, podíamos pasar a probarnos la ropa al fondo. Elegimos para ella un mono de cuero falso con transparencias, medias de rejilla y unas botas de tacón altísimo. Para mí, un disfraz de policía. Daniela se quedó jugando con un arnés que terminaba en una polla parecida a la mía. Se acercó a mi oído.
—Hoy te voy a follar como a ti te gusta.
No supe qué contestar. Esa misma mañana había paseado por una playa repleta con un tanga transparente; por la tarde, otro hombre había restregado su polla contra mi culo y una desconocida me había metido dos dedos sin que yo opusiera resistencia. A esas alturas, poco podía sorprenderme.
Pasamos a probarnos los disfraces por una puerta del fondo. El encargado dijo que cualquier cuarto estaba libre, que no había nadie. Tras la puerta se abría un pasillo rojo lleno de habitaciones. Entramos en una y nos cambiamos. Ella salió espectacular y desafiante; yo, de policía, con la porra de juguete en la mano. Agarró un pequeño látigo y me dijo que era su esclavo y que iba a castigarme.
Estábamos metiéndonos en el papel cuando oímos ruidos en el cuarto contiguo. Abrimos una especie de ventanuco y descubrimos que era un cristal espejado. Al otro lado, dos hombres desnudos. Nosotros los veíamos a ellos, pero ellos no nos veían. Uno estaba sentado en una mesa, con las piernas abiertas, y el otro se la chupaba. La escena nos encendió de golpe. Empezamos a comernos la boca, a desnudarnos. Ellos seguían a lo suyo y nosotros, de pie, también.
De pronto, un destello en la pared de enfrente: se había abierto otra ventana como la nuestra, en el lado donde solo veíamos un espejo. Estaba claro que ahora alguien nos observaba a nosotros. En un segundo pasamos de espectadores a actores. Lejos de cortarnos, nos dio un morbo brutal. Estábamos demasiado calientes para parar.
La agarré del pelo y la llevé contra esa pared. Le pegué los pechos al espejo y empecé a follarla por detrás. Se corrió conmigo dentro, sabiendo que al otro lado alguien se masturbaba con el espectáculo. Se giró exhausta y me miró con una sonrisa peligrosa.
—Esta me la vas a pagar muy cara, ya verás.
Sonó a amenaza, pero de las que excitan. Nos vestimos, pagamos y volvimos al hotel, ahora sí, a dormir. En su bolsa viajaba aquel arnés que prometía noches por venir. Mañana, más y mejor.