La piscina de Carolina y el bañador que olvidé
Carolina volvía a invitarme a su casa de campo. Llevaba más de un año mudada a esa parcela diminuta en las afueras, con sus dos perros, sus tres gatos y un huerto que ella decía mantener «por terapia». Le bastaba para no echar de menos la ciudad, ni los bares, ni mucho menos a los hombres.
A sus treinta y seis seguía estando espectacular, aunque hubiese cancelado el gimnasio el día que firmó la hipoteca. La casa la obligaba a moverse, y la genética le había regalado un pecho generoso, copa C, con una forma redonda que desafiaba la lógica. Era una mujer agradable, inteligente, atractiva, y aun así había desinstalado todas las aplicaciones de citas el verano anterior con un alivio que daba envidia.
Lo nuestro era una amistad rara. Cuando bebía dos copas se le iban los ojos a mi entrepierna sin disimulo. Comentaba el bulto, alargaba la mano si la situación lo permitía y luego fingía que no había pasado nada. La fantasía perfecta para un exhibicionista como yo, que disfrutaba más de su mirada descarada que de la mitad de mis encuentros reales.
Sabía que aceptar la invitación significaba bañarme desnudo. Era una coreografía que repetíamos cada verano. Cargué dos litros de sangría en el coche, un par de toallas, y conduje hasta su parcela con el plan claro: piscina por la tarde, barbacoa por la noche y Beatriz, la otra amiga de la pandilla, sumándose a la cena.
Carolina me recibió en la puerta con una camiseta de tirantes vieja, ceñida, que le marcaba los pezones y le hacía un escote inmoral. Era la misma camiseta de hacía tres años, cuando todavía no estaba acostumbrado a verla así. La reconocí enseguida.
—¿Esa camiseta otra vez? —dije, sin disimular la mirada.
—Es comodísima. Y estamos en confianza, ¿no?
—Estamos en confianza, pero te sigues pareciendo a una invitación.
Se rió, sirvió la primera sangría y nos sentamos bajo la pérgola. Mis ojos iban y venían entre su escote y su sonrisa. Cada trago me la imaginaba aparcando el rabo entre esas tetas, y cada vez que ella se inclinaba para coger la jarra, la imaginación se iba más arriba.
—Tío, Dani, me las has visto un millón de veces, ¿no te aburres?
—Soy un hombre, Caro. Los hombres no nos aburrimos de las tetas. Solo los gays.
—Jajaja. Nunca entenderé esa fascinación.
—Ni yo, pero la tenemos. Y tú lo sabes, porque si te pones esa camiseta es porque te gusta provocarla.
—Jamás reconoceré eso ante un juez.
Dio un trago largo y me miró por encima del vaso. Lo que estaba claro era que ya había empezado el juego. Mi entrepierna lo notaba; cada palabra suya la invocaba un poco más. Tras la segunda jarra, anuncié la siguiente fase.
—Voy preparando lo del baño.
—Vale. Yo me cambio en mi cuarto. Me he comprado un bikini nuevo y quiero estrenarlo contigo. Me da vergüenza llevarlo en playas con gente, así que te utilizo de ensayo.
—Ay, no me digas que te has rendido a los tangas.
—Sí. Todas mis amigas los llevan, y dicen que las marcas blancas son cosa del pasado.
—Bienvenida al siglo veintiuno.
Mientras ella desaparecía por el pasillo, yo abrí mi bolsa y aparenté buscar el bañador. Removí cuatro porquerías, farfullé un par de quejas en voz baja y esperé. Cuando salió, llevaba un bikini verde botella. La parte de arriba apenas contenía sus pechos; la parte de abajo era literalmente un hilo.
—Joder, Caro, has pasado del culote de abuela al tanga monástico —solté.
—Era el único color que me gustaba, pero solo lo había en este corte.
—No me quejo. Date la vuelta.
Giró sobre sí misma con una mezcla de coquetería y vergüenza. Su culo respingón se movió frente a mí como si llevara meses esperándolo. No pude resistirme: le di un cachete suave, más bocado que palmada, y aproveché para tocárselo.
—¡Manos largas! —chilló, riéndose.
—Imposible no caer.
—¿Y tú? ¿Vas a buscar el bañador o no?
—Juraría que lo había metido. Pero no aparece.
—Qué casualidad. Ya tienes excusa para enseñar tu juguete.
—Tendrás que prestarme uno de los tuyos viejos.
—Jajaja, venga. Espera.
Fue a por la prenda mientras yo me deleitaba con la vista de su culo balanceándose. Me apreté el bulto por encima del pantalón; el alcohol me ayudaba a tenerlo gordo enseguida, y supe que en cinco minutos iba a estar de cara a ella con todo a la vista. Volvió con un bikini de braga clásica que, evidentemente, no me iba a entrar ni de lejos.
—Toma, prueba.
Me planté delante de ella. Me quité primero la camiseta, sin prisa, exhibiendo el torso y dándole tiempo a anticipar el resto. Después fui bajándome el pantalón y los calzoncillos a la vez, mirándola fijamente. Cuando el rabo salió, ya estaba más que crecido.
—¿Pero ya estás así, Dani? —dijo Carolina, sin desviar los ojos—. No me extraña que ningún bikini te quepa.
—La sangría, las tetas, el tanga… No soy de piedra.
—No, pero tu amigo casi.
Intenté embutirme el bikini femenino para darle el espectáculo completo. Los huevos se salían por un lado, la polla por el otro. Carolina se partía de risa.
—Para, para. Que si esa braga no te entra de normal, imagínate con eso así.
—A la mierda. Desnudo, pues.
Me quedé de pie, a media asta, dejando que me mirara con calma. Cuando se relamió, supe que el plan estaba funcionando.
—Pues si tú vas así, yo no voy a ir con la parte de arriba.
Se desató el sujetador del bikini y sus pechos quedaron libres. Tenían una forma redonda, casi imposible para alguien que nunca había pasado por el quirófano. Los pezones estaban erectos, un detalle que su discurso de «paso de los hombres» no terminaba de explicar.
—Venga, al agua —dijo, fingiendo prisa—. Que nos viene bien a los dos.
—Te sigo.
—No. Tú delante. Ahora me toca mirar a mí.
Caminé hacia la piscina sintiendo sus ojos clavados en mi espalda y en lo de más abajo. A mitad de camino me agarró el culo con descaro.
—¡Eh, manos largas!
—No he podido contenerme —imitó mi voz.
El agua estaba fresca, un alivio momentáneo para mi medio empalme. Aun así, ver a Carolina flotar con los pezones apuntando al cielo me mantenía en un estado de cachondez constante. Nadamos un rato, hablando de tonterías, mientras la tarde se ponía dorada. Hasta que recordé un detalle absurdo.
—Joder, no me he echado crema.
—Cierto. Yo tampoco.
Eran las seis. En agosto, a esa hora, el sol todavía castigaba. Salí del agua y empecé a secarme con énfasis en la entrepierna, esperando despertarla de nuevo. Carolina, por su parte, se agachó a buscar el bote en su bolso. Su culo respingón quedó a la altura de mis ojos, sus tetas colgaban con un balanceo que me revivió en dos segundos.
Me embadurné de cara a ella, ofreciéndole el rabo otra vez. Ella se untaba los brazos y los pechos sin disimulo, mirándomelo como si fuera el primero que veía en su vida.
—He estado con varios hombres, Dani, pero nunca había visto a uno mantenerla así dentro del agua.
—Es la sangría. Y tus tetas. No ayudan.
—Eres imposible.
—Oye, ponme en la espalda, no llego.
—Voy.
Me dio la vuelta y empezó a extender la crema desde los hombros. Bajó con calma por la espalda, los riñones y, sin pedir permiso, siguió por las nalgas.
—Ahí, ahí, que no se me queme.
—Cuidado, que no queremos llamar a urgencias. Oye, la tienes durísima, ¿eh?
—Y el culo.
Su mano izquierda me palpaba el trasero apretando. La derecha bajó por delante y me agarró el rabo con fuerza. La verdad es que la tenía pidiendo asfalto.
—Mmmm. La polla, definitivamente, más dura.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Me solté de su mano, me di la vuelta y dejé el rabo a escasos centímetros de su cara. Sus ojos lo seguían como un imán.
—Madre mía qué mango. Anda, ponme tú a mí.
Le extendí la crema por la espalda y el culo imitando su misma frase, y cuando terminé le pasé las manos por los pechos. Mi rabo encontró su sitio entre sus nalgas, encajado, sobresaliendo por la parte superior porque no había manera de que cupiera entero.
Estaba salido, borracho a medias y muy cerca de saltarme un código no escrito. Una amiga de toda la vida no era para clavársela por puro impulso, pero Carolina llevaba meses, quizá años, sin acercarse a una polla. Y la mía la tenía obsesionada desde el día que nos conocimos.
Me separé antes de cometer el error de bajar la guardia.
—Listo. Tetas protegidas.
—Eres un cabrón, Dani. No hagas eso, que llevo demasiado tiempo sin echar un clavo.
—¿Echarte crema? Qué exagerada.
—Que si no fuera porque somos amigos…
Se giró. Sus pezones seguían tiesos. Sus ojos volvieron a mi rabo con un hambre que casi se podía tocar.
—Te gustaría chuparlo, ¿verdad?
—Eres un hijo de puta.
—¿O prefieres que te folle contra esa silla? Me la has puesto muy gorda. Es lo menos que puedo hacer por ti.
No se movió. Le cogí la mano y la puse sobre mi rabo. Empezó a masturbarme lentamente, apretando.
—¿La tengo dura?
—Pfff…
—Pues anda. Nadie se va a enterar. Aún queda hasta que llegue Beatriz.
Se mordió el labio. Tres segundos de duda y se arrodilló en el césped, abrió la boca y la miró con devoción.
—Ni una palabra de esto.
—Será nuestro secreto.
Y empezó a chupar como si llevara semanas en abstinencia, que probablemente fuera el caso. Se la metía entera, gemía, se retiraba para lamerme los huevos, volvía a tragarla. Cogió el vaso de sangría que tenía al lado, dio un trago largo y siguió. La saliva fría y el alcohol me erizaron la piel. Con la otra mano se frotaba el coño por encima del tanga.
—Joder, Caro. Tenías hambre, ¿eh?
No me contestó. Sacaba la lengua, se golpeaba la cara con la punta del rabo, se la metía hasta el fondo y volvía a sacarla. Estuvo así varios minutos. Si no hubiese llevado dos jarras de sangría encima, me habría vaciado los huevos en su boca enseguida.
—Se me cansa la boca. Es enorme.
—Pues levántate. Me la has chupado como una profesional, y como tal te voy a follar.
Se incorporó, se apoyó contra el respaldo de la silla y me ofreció el culo. Le aparté el hilo del tanga. Estaba empapada de cintura para abajo. Cuando empecé a meterla, gimió hasta quedarse sin aire.
—Joder, joder, joder, despacio, despacio.
—Tranquila, ya entra.
—Aaaah, es enorme, cuida.
Bombeé despacio para que se acostumbrase. Su humedad me daba margen para aguantar más rato del que esperaba. Le agarré el pelo, tiré ligeramente hacia atrás y le mordí el hombro.
—No sabes la de veces que he fantaseado con esto.
Le di un azote en la nalga izquierda. Ella respondió con un gemido grave, los ojos cerrados, una sonrisa de placer. Cuando sentí que su cuerpo cedía del todo, aceleré. El sonido de carne contra carne empezó a rebotar contra la valla del jardín. Si había vecinos detrás, se estaban enterando del verano de Carolina.
La agarré del cuello con la mano abierta, sin apretar, solo para acompañar el ritmo. Cada embestida la traía de vuelta hacia mí. Le azoté las nalgas hasta dejárselas rojas y ella no protestó: gemía, agarraba el respaldo de la silla y movía las caderas para encontrarme.
—¡Aaaah! ¡Aaaaah! ¡Aaaaaaah!
Era ruidosa. No sé en qué orgasmo iba cuando empezó a arquear la espalda, pero al sentir cómo se le tensaban las piernas me solté yo también. Tenía el DIU, lo sabía, así que no tuve que retirarme. En el último embate, Carolina chilló como una posesa.
—¡AAAAAAH! ¡AAAAAAAH! ¡JODEEER!
Un chorro caliente saltó de su entrepierna y empapó el suelo, mi pierna, todo. Squirt, el primero de su vida, según supe después. Me derramé dentro de ella casi al mismo tiempo, mordiéndole la espalda mientras notaba mis propios espasmos. La sostuve con las dos manos hasta que dejó de temblar.
***
Me senté en la silla de al lado, todavía goteando. Carolina se dejó caer de costado sobre el césped, con la cara desencajada y una sonrisa estúpida. Le aplaudí.
—Olé tu coño, Caro. Nunca mejor dicho. Has puesto el jardín perdido.
—Es… es la primera vez en mi vida. Te lo juro.
—¿En serio?
Asintió con la cabeza, sin poder hablar.
—¿Ha sido intenso?
—Aún me dura.
Fui a por la fregona y un cubo. Mientras lo limpiaba todo, ella seguía tirada, mirando el cielo. Me confesó que Andrés la tenía pequeña, Tomás normalita y ninguno de sus follamigos había llegado nunca a ese punto.
—Igual es cuestión de calibre —dije.
—Calibre y de saber. Casi me cambias los intestinos de sitio.
—Servicio completo. Sequía finalizada con gratificación incluida.
—Hostia puta. He tenido tres orgasmos seguidos. No paraban.
—Eso pasa cuando el reparto es bueno.
De repente cayó en la cuenta de algo más serio. Lo vi en sus ojos antes de que abriera la boca.
—Dani, tú tienes novia.
—Sí. Y una relación abierta. Lo sabe, ella también se acuesta con otros. Hemos firmado un pacto de paz hace años.
—Joder. Yo no lo entendería.
—Cada pareja tiene sus reglas.
—Pero… no quiero que esto cambie nada entre nosotros.
—¿Por qué tendría que cambiar?
—No sé. Los amigos no follan.
—Tengo amigas con las que de tanto en tanto echamos un clavo y nadie se enamora. A veces es solo apetito, no es nada más.
—¿Y nadie se pilla?
—No. Suele pasarles como a ti, llevan tiempo sin nadie y quieren un rabo concreto, sin discursos.
—Vale.
Asintió con la cabeza, todavía dudando. Nos metimos al agua de nuevo. Aún quedaban un par de horas hasta que llegara Beatriz, y nosotros flotábamos relajados, ligeramente borrachos, mientras los perros nos observaban desde la sombra.
Al cabo de un rato, Carolina apoyó la espalda contra el borde de la piscina y me lanzó una mirada que ya conocía.
—Nunca lo he hecho dentro del agua.
—Eso se puede arreglar.
Me acerqué, le quité lo que quedaba del tanga y la senté en el bordillo. Le abrí las piernas y me hundí en su sexo con la boca. Le comí el coño sin prisa; ella gemía mientras me agarraba el pelo, las tetas asomándose por encima del agua. Volví a meterme dentro de ella con calma, sosteniéndola por la cintura, ella enrollándome las piernas alrededor. Lo hicimos lento, mirándonos a los ojos, hasta que se corrió otra vez y yo terminé apretándola contra el borde.
Cuando salimos del agua, la luz ya empezaba a bajar. Beatriz llegaría en cuarenta minutos. Carolina sonreía sin decir nada mientras encendía la barbacoa. Su tanga colgaba todavía mojado sobre la silla, y yo me preguntaba cuántos veranos más nos quedaban como amigos.