Volví un día antes y la encontré en nuestra cama
Mi nombre da igual. Lo que importa es lo que viví aquel jueves de octubre, al volver antes de lo previsto de una gira con la filarmónica de Sevilla. Soy pianista. Llevo casi dos décadas saltando de una sala a otra interpretando partituras que me sé de memoria desde los veinte años. Esa semana habíamos cerrado dos conciertos en Granada y la dirección decidió suspender la tercera función por una avería en el escenario. Así que, en lugar de pasar la noche en un hotel mediocre, decidí coger el último tren y regresar a casa para abrazar a mi mujer.
Camila es lo que más quiero en este mundo. La conocí en una librería del centro, hace catorce años, y desde entonces no he sentido la necesidad de mirar a otra. Es de carácter dulce, un poco más rellenita de lo que la moda exige, lleva gafas de pasta gruesa porque las lentillas le irritan los ojos, y tiene un piercing discreto en la aleta de la nariz que se hizo el verano que cumplió treinta. Suele vestir con vaqueros holgados, jerséis grandes y zapatillas viejas, como si quisiera disculparse por tener un cuerpo que siempre llama la atención.
Somos una pareja fiel. Por lo menos eso creía yo. Nunca le había puesto los cuernos, ni se me había pasado por la cabeza, y daba por hecho que ella sentía lo mismo. La amo con esa intensidad mansa que llega después de los primeros años, cuando ya no hace falta demostrar nada y el otro forma parte del paisaje íntimo de tu vida.
Por todo eso, decidí no avisarla. Saqué el billete sin escribirle, me bajé del tren a las seis y media, y caminé las cuatro manzanas que separan la estación de nuestro piso con una sonrisa boba pegada en la cara. Llevaba en el bolsillo una caja pequeña con dos pendientes de plata que había comprado en una tienda artesanal de Granada, y pensaba dejarlos sobre la almohada antes de que ella entrara en la habitación.
Cuando metí la llave en la cerradura, noté algo que no terminé de procesar: las persianas del salón estaban medio bajadas. Camila las dejaba siempre del todo arriba durante el día, manía suya. Pero pensé que tal vez se había echado una siesta, o que el sol le había dado en la cara mientras leía. Entré sin hacer ruido para no despertarla.
El recibidor estaba a oscuras. En el suelo, junto al perchero, había unos zapatos de hombre que no eran míos. Marrones, viejos, con la suela gastada por un lado. Me agaché para mirarlos como si verlos de cerca fuera a darles otro significado, pero seguían siendo unos zapatos ajenos en mi casa.
Avancé por el pasillo. La ropa empezó a aparecer en el suelo igual que las migas de un cuento que prefieres no terminar. Un pantalón vaquero arrugado contra la pared. Una camisa de cuadros. Más allá, una camiseta interior blanca. Y, casi llegando al dormitorio, las bragas rosas que le había regalado a Camila por su cumpleaños, hacía dos meses.
El corazón empezó a martillearme las costillas con tanta fuerza que pensé que iban a oírlo desde dentro. Una música tenue salía de la habitación —Debussy, de los discos viejos que poníamos los domingos por la mañana— y, por debajo de la música, susurros. Voces. Una risa de mi mujer que reconocí al instante, esa risa baja que sólo le sale cuando se siente deseada.
No podía estar pasando.
Tragué saliva y di un paso más. La puerta del dormitorio estaba entornada. La rendija no abriría más de cinco centímetros, pero era suficiente. Pegué la cara al marco, conteniendo la respiración, y miré.
Camila estaba encima de un hombre. Desnuda. Con las gafas puestas todavía, como si no se las hubiera quitado por costumbre. Tenía las manos apoyadas en el pecho de él y se movía con una lentitud que yo no le había visto nunca, una cadencia profunda, como si lo estuviera ordeñando con las caderas. El hombre era mucho mayor que ella. Cincuenta y tantos, calvo, con el vello del pecho gris. Le había agarrado los pechos con las dos manos y los apretaba mientras le lamía un pezón. Camila echaba la cabeza hacia atrás cada vez que la lengua de él subía hasta el cuello.
Sentí dolor. Un dolor seco, físico, como si me hubieran metido una cuchara en el estómago y removieran. Pensé en empujar la puerta, en gritar, en romperle la cara a aquel desconocido. Pensé en darme la vuelta y volver al tren. Pensé que se me iba a parar el corazón en mitad del pasillo.
Y entonces noté otra cosa.
Estaba duro. Tan duro que el pantalón me apretaba. Era una erección que no había pedido, que no entendía, que me dio vergüenza incluso conmigo mismo. Pero ahí estaba, real, latiendo entre las piernas mientras seguía mirando cómo mi mujer le daba a otro hombre lo que llevaba meses sin darme a mí con tanta entrega.
Algo se rompió dentro y, a la vez, algo se encendió.
Retrocedí un paso para no hacer ruido y, todavía en el pasillo, me desabroché el cinturón. Me bajé los pantalones hasta los tobillos. Me bajé el bóxer. Y empecé a tocarme.
¿Qué estás haciendo? Métete dentro. Pégale. Llévatela. Cualquier cosa menos esto.
Pero la mano no me obedecía. La mano subía y bajaba sola, despacio, mientras los ojos volvían a la rendija como si fueran imanes.
Camila había cambiado de postura. Ahora estaba de espaldas a la puerta, a cuatro patas sobre el colchón. El hombre se había puesto detrás. Le agarraba el culo con las dos manos y se lo separaba para mirarlo bien, con una calma que parecía propiedad, antes de empujar. Vi el tatuaje pequeño que mi mujer se hizo en el sacro el verano que nos casamos —un pájaro mínimo, casi un trazo— y vi cómo él lo recorría con el pulgar mientras la penetraba.
Camila gimió. Un gemido largo, ronco, sin freno. Yo me mordí la lengua para no hacer lo mismo en el pasillo.
—Tomás, así, así —dijo ella.
Oír el nombre fue como recibir una segunda hostia, porque significaba que aquel hombre no era una sombra accidental, sino alguien con un nombre que mi mujer pronunciaba con confianza, con cariño, con costumbre.
Él no respondió. Aceleró. La cama empezó a golpear la pared con un ritmo que conocía de memoria, porque era el ritmo con el que se le movía a ella el cuerpo cuando estaba a punto de correrse. Lo supe antes que ellos.
Camila se desmoronó hacia delante, con la cara contra el colchón, y empezó a temblar. El hombre se hundió hasta el fondo, soltó un gruñido animal y se quedó quieto, agarrado a sus caderas como si la fuera a partir.
Yo me corrí a la vez. Sin tocarme ya, casi, sólo apretando los dientes y reteniéndome contra la pared. Salió a chorros sobre el parquet del pasillo, y tuve que morderme el puño para no soltar un grito.
***
Pensé que se terminaría ahí, que se separarían, que oiría a Camila ir al baño y tendría que decidir si entraba en la habitación o me escapaba escaleras abajo. Pero no.
Ella se incorporó y lo besó en la boca con una ternura que me dolió más que todo lo anterior. No fue un beso de fin de polvo. Fue un beso de costumbre. De semanas, de meses, de tardes acumuladas mientras yo estaba de gira interpretando a Mozart en provincias.
Después bajó por su pecho con la lengua. Le mordió la barriga con esa suavidad que conmigo usaba sólo cuando quería pedirme algo. Y siguió bajando, hasta que se metió en la boca lo que el hombre tenía entre las piernas, que ya estaba flácido, y empezó a despertarlo otra vez con una paciencia de quien no tiene prisa.
Yo seguía en el pasillo, con los pantalones por los tobillos y la espalda contra la pared, mirando.
La polla del tal Tomás creció en su boca poco a poco hasta hacerse casi el doble de grande que la mía. No lo digo con resentimiento, ya no me quedaba sitio para más resentimiento. Lo digo porque fue lo que vi, y porque verlo me volvió a poner duro a una velocidad que no creía posible a mis cuarenta y dos años.
—Tomás, cariño, ¿otra vez? —oí preguntar a Camila, riéndose contra él.
—Otra vez —dijo él, con una voz grave que hizo que se me erizara la nuca—. Y en tu boca, si te dejas.
—Me dejo —dijo ella.
Volví a tocarme. Esta vez sin esconderlo, sin pelearme con la mano. Mirando.
Camila se lo trabajó despacio, con los dos pechos apoyados en el muslo del hombre, las gafas todavía puestas, los ojos cerrados. Cuando él empezó a gemir más fuerte y a sujetarle la nuca, ella ni siquiera apartó la cara. Se lo tragó todo, hasta la última descarga, y se quedó un rato así, con la mejilla contra su vientre, sonriendo como si acabara de salir del agua del mar.
Yo me corrí por segunda vez, esta vez sin apenas semen, sin apenas fuerza, sólo con un espasmo seco que me dejó las rodillas blandas y la frente apoyada contra la madera del marco.
***
No sé cuánto tiempo estuve apoyado en aquella pared del pasillo después. Cinco minutos. Diez. Los suficientes para oír cómo se reían, cómo ella le pedía que se quedara un rato más, cómo él decía que tenía que irse antes de que yo volviera al día siguiente. Mi nombre dicho por un desconocido. Mi nombre como una amenaza lejana en mi propia casa.
Me subí los pantalones. Limpié el suelo con un calcetín que dejé hecho una bola dentro de mi propia maleta. Salí del piso con el mismo sigilo con el que había entrado, cerré la puerta como si nunca hubiera ocurrido, y caminé hasta una cafetería que está dos calles más allá. Pedí un café que no me bebí. Estuve allí dos horas, mirando la pared.
A las nueve de la noche volví a casa, esta vez con el ruido normal de la llave, con el «hola» normal en el pasillo, con el beso normal en la mejilla de Camila, que olía recién duchada y a esa colonia que se pone los días que sale a tomar algo con sus amigas. Le dije que se había suspendido el último concierto, que era una sorpresa, que la había echado de menos. Ella me abrazó muy fuerte y me dijo que también, y yo le devolví el abrazo sin temblar, lo cual me sorprendió incluso a mí.
Esa noche, en la cama, no le dije nada. Me coloqué detrás de ella, le pasé el brazo por la cintura, y dejé que se durmiera. Mientras se le iba calmando la respiración, fui imaginando lo que iba a decirle al día siguiente. No iba a gritarle. No iba a echarla. No iba a dejar a Tomás fuera tampoco, porque ahora formaba parte del cuadro, lo quisiera o no.
Iba a decirle que la había visto. Que se me había puesto dura. Que me había corrido dos veces en el pasillo de nuestra casa mirando cómo otro hombre la disfrutaba como ella se merecía. Y que la próxima vez, cuando lo invitara, me avisara antes. Porque ya no quería estar detrás de la puerta.
Quiero estar dentro de la habitación.