La noche que mi mujer salió con sus amigas
Me llamo Marcos. Llevo siete años casado con Carolina, una mujer extraordinaria. A los cuarenta y dos años conserva un cuerpo que muchas veinteañeras envidiarían: caderas redondas y firmes, una cintura que se curva como una invitación silenciosa, todo en un metro y medio de pura tentación. Nuestra relación es tan común como cualquier otra. Ella nunca fue muy fiestera; yo, con los años, me convertí en un tipo de sillón los fines de semana, partidos de fútbol y consola con los amigos. Soy celoso, pero confío en ella. O confiaba.
Hace un par de años nuestra relación se tensó hasta el límite. Hicimos terapia con una psicóloga que ella usó como ultimátum y que a mí me obligó a cumplir. La conclusión de aquella mujer fue clara: necesitábamos vida fuera del matrimonio, espacios separados, oxígeno. Desde entonces, Carolina retomó las salidas con sus amigas de toda la vida, todas casadas, todas con la misma necesidad de cortar la rutina cada cierto número de semanas. Cenaban, tomaban algo y volvían temprano. Ella casi nunca bebía. Solo recordaba una vez, en los tiempos de novios, en la que se puso borracha y se volvió graciosa y descarada conmigo.
Lo que voy a contar fue otra de esas excepciones.
Esa noche me envió la ubicación por WhatsApp, supongo que para avisarme de que estaba cerca de casa. Debajo, una frase incomprensible que ni el corrector ortográfico del móvil había podido enderezar. Me sorprendió. Carolina no se dejaba llevar nunca. Supuse que venía muy borracha y me quedé esperando. Eran las tres de la mañana y todavía no había llegado.
Me levanté de la cama para beber agua. Pensé en asomarme al balcón por si la veía bajar de un taxi, pero al pasar por la cocina escuché unos gemidos lejanos. Abrí la ventana del patio interior y los sonidos se volvieron más nítidos. Venían del piso de al lado, del vecino. Desde allí no veía nada por culpa de la perspectiva, así que me metí en el baño principal, que tiene un ventanuco que da justo enfrente del salón de ese hombre.
Casi se me paró el corazón.
La ventana de su habitación estaba abierta, la luz apagada, pero la puerta interior estaba descorrida y el salón al fondo brillaba como un escenario. Y en ese escenario, sobre el sofá, estaba mi mujer. Completamente desnuda. Boca arriba, con las piernas abiertas en una uve obscena. Encima de ella, el vecino. Desnudo también, sudado, con los músculos brillándole como los de un animal en plena cacería.
Bajé la mirada hasta su entrepierna y se me secó la boca. La penetraba con una verga que se veía enorme desde la distancia, gruesa, oscura, venosa, como un mástil de carne que entraba y salía de ella con una cadencia hipnótica.
No fui capaz de apartar los ojos. Volví corriendo a por el móvil para hacer zoom con la cámara. Lo confirmé: aquello mediría más de veinte centímetros y era considerablemente más grueso que lo mío. Algo se me rompió por dentro y, al mismo tiempo, se me puso dura. No quiero justificarlo, pero verla así, abierta, llena, era como una película pornográfica en directo. Cada vez que él retrocedía, los labios de ella se estiraban alrededor de aquel calibre, y al volver a hundirse, se desfondaba hasta el límite. La rabia me quemaba el pecho como ácido y, a la vez, el deseo me empujaba a seguir mirando.
Carolina parecía otra. Tenía la cara contraída de placer, los ojos perdidos, la boca abierta. Soltaba unos gemidos agudos y rotos que jamás le había escuchado en nuestra cama. El alcohol la había soltado por completo. El cabrón del vecino sabía perfectamente quién era; nos cruzábamos en el ascensor a diario. Lo sabía y se la estaba follando con todas las ganas.
El sonido era lo peor. Las palmadas de su pelvis contra las caderas de ella, plaf, plaf, plaf, mezcladas con sus gritos cada vez más altos, sonaban por todo el patio interior como una ópera vergonzosa que cualquier vecino podría escuchar.
Estuvo dándole así casi veinte minutos. Cuando ya no aguantó más, lo vi tensarse y vaciarse dentro de ella sin condón, descargando todo lo que tenía en el coño de mi mujer. Cuando se la sacó, hice zoom otra vez. La había dejado abierta, hinchada, chorreante, con su semen blanco resbalándole por las nalgas como si la marcara.
***
El tipo no tardó ni cinco minutos en volver a empalmarse. La giró sobre el sofá y la puso a cuatro patas como pudo. La agarró por la cintura y se hundió en ella otra vez, ahora con más fuerza, soltándole azotes que le dejaban la piel roja al instante. Las nalgas de Carolina rebotaban contra él, y ella arqueaba la espalda buscando recibirlo más profundo. Se ofrecía. Se ofrecía como nunca se había ofrecido conmigo.
Mientras la embestía, alargó el brazo y cogió el móvil de ella de la mesita del salón. Sin dejar de penetrarla, sin que ella se diera ni cuenta, empezó a grabarla o a sacarle fotos. Después de varios minutos más a ese ritmo brutal, volvió a venirse dentro. Le abrió las nalgas con las dos manos, esta vez para grabarle el coño abierto goteando, y entonces ella giró la cabeza y se dio cuenta del teléfono.
Le dijo algo. Por sus gestos parecía pedirle que parase, que dejara el móvil. Él no le hizo caso. Le sonrió y ella terminó sonriendo también. Acto seguido, él la hizo arrodillarse y le metió la verga en la boca mientras seguía grabando. Y Carolina, mi Carolina, se la tragó con una cara que yo no le había visto en quince años: los labios hinchados, los ojos entrecerrados, la garganta abriéndose entre arcadas mientras él le hablaba muy bajo, demasiado lejos para que yo entendiera nada.
Al hijo de puta se le volvió a poner dura. Apoyó el móvil en un cenicero, encuadrándola perfectamente, y le indicó que se subiera al respaldo del sofá. La colocó tumbada con las piernas plegadas contra los hombros, en uve cerrada, expuesta del todo. Se hundió en ella de una sola embestida.
Esta vez Carolina no apretó los dientes. La cara se le relajó en una expresión de placer puro. Se fundieron en un beso largo mientras él se movía dentro de ella muy lento, mirándola fijo a un palmo de distancia, hasta que aceleró el ritmo, la golpeó contra el sofá una y otra vez y le hizo poner los ojos en blanco en un orgasmo que parecía no acabar nunca.
No se conformó con correrse dentro otra vez. Se incorporó, se sentó a horcajadas sobre su pecho y descargó entre sus tetas, salpicándole también la cara. Después le masajeó el semen por encima como si la estuviera embadurnando, le frotó los pezones, las mejillas, la barbilla, hasta dejarla brillando. Carolina, roja como un hierro al rojo, se dejó hacer.
***
Eran casi las cinco de la mañana cuando lo vi ayudarla a vestirse. Me fui directo a la cama, desorientado, con las piernas temblándome y sin saber por dónde respirar. Me metí bajo las sábanas y me hice el dormido. Pocos minutos después escuché la cerradura. El corazón se me disparó más todavía que cuando la había descubierto abierta de piernas. Necesitaba inspirar fuerte y no podía permitírmelo.
Carolina ni siquiera fue capaz de pasar por la ducha. Le bastó con quitarse la ropa, ponerse un camisón sin abrochar los botones y meterse en la cama con la torpeza de quien solo quiere desplomarse. Se durmió en cuestión de segundos.
Yo no pegué ojo. Aguanté tumbado, escuchando su respiración, sintiendo en la nariz un olor denso y ajeno, mezcla de sexo y de otro hombre. Con los primeros rayos de sol me incorporé un poco y le miré entre las piernas. La tenía irritada, enrojecida, todavía hinchada. Me incliné sobre ella y ni siquiera se inmutó.
Lo que ocurrió después no sé si tiene perdón. Recordar la escena de la noche, recordar cómo había disfrutado, cómo se había abandonado, me había puesto duro otra vez. Era una excitación rara, mezclada con rabia, con celos, con un amor terco que se negaba a apagarse. Verla en otra clave, como una hembra capaz de abrirse así para un desconocido, me retorció algo por dentro.
Me coloqué encima y la penetré. Resbalaba sin esfuerzo, todavía húmeda por dentro de los restos de la noche. Ella soltó un gemido leve, abrió los ojos un segundo y los cerró de nuevo, como si estuviera soñando. Cuando estuve a punto de terminar, me la saqué y, exactamente como había hecho el vecino, me corrí entre sus tetas. Le froté mi semen contra la piel, le abotoné el camisón y me fui a la cocina.
***
Mientras se calentaba el café, me acordé del móvil. Los vídeos, las fotos. Dejé la cafetera a medias y fui a por su bolso. Me temblaba el pulso. Lo saqué, le puse el dedo encima del lector y se desbloqueó. En la galería tenía unos quince archivos nuevos entre fotos y vídeos. No abrí ninguno. Me los reenvié a mi propio correo electrónico y borré la traza del envío. Después revisé WhatsApp, mensajes y llamadas. Quería saber si había quedado con él, si le había mandado algo, si todo aquello había sido planeado. No encontré nada. Solo charlas con sus amigas y aquel último mensaje confuso para mí, a las tres de la mañana. Aquello, por raro que parezca, me alivió. Parecía haber sido fortuito. Una borrachera. Un golpe de mala suerte. Quise creerlo.
Devolví el móvil al bolso y volví a la cocina.
***
A media mañana Carolina apareció en el pasillo con cara de resaca brutal. Me dijo que no recordaba nada, ni cómo había vuelto a casa, y la noté inquieta. Imagino que sentiría el coño dolorido, ese tipo de molestia que el cuerpo guarda como un secreto. Pero no parecía estar disimulando. Estaba realmente perdida, abrumada por unas sensaciones físicas que no terminaba de explicarse. Se metió en la ducha sin más preguntas, al menos hacia mí.
No se me ocurrió borrar los archivos del móvil. Por la forma en que ella había reaccionado, parecía no recordar nada, y el vecino, en cambio, recordaba todo. Antes o después usaría aquellas imágenes para volver a verla, para chantajearla o, simplemente, para soltarle un comentario en la escalera que la dejara en shock.
Pensé en borrarlos yo mismo, pero ya había bloqueado el móvil otra vez y no quería despertar sospechas pidiéndole que me lo abriera. Opté por lo más fácil: dejarlo donde estaba y esperar.
Mientras ella se duchaba y la casa se llenaba de un silencio espeso, descubrí algo nuevo en mí. Una mezcla de rabia, de amor retorcido y de excitación enferma me tenía atrapado. Ya no veía a Carolina como mi esposa fiel. La veía como una hembra capaz de cualquier cosa, una mujer con un lado oprimido que el alcohol y aquel vecino habían sacado de su jaula. No sabía qué hacer con ese descubrimiento. No sabía si encararla y soltarle la verdad, o esperar a ver hasta dónde llegaba ese hombre y, sobre todo, hasta dónde llegaba ella.
Pensé en el catalizador. En cómo una sola noche había bastado para destapar algo que llevaba años dormido. Y, mientras el agua de la ducha seguía cayendo del otro lado de la pared, supe que el alcohol había sido la excusa, no la causa. Que dentro de aquella mujer dulce que dormía a mi lado todas las noches vivía una desconocida hambrienta a la que yo nunca había sabido alimentar.
Continuará…