Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi vecino dejaba las cortinas abiertas para que mirara

Soy Camila, tengo veintisiete años y trabajo desde casa como traductora freelance. Vivo sola en un dúplex de un barrio tranquilo, de esos donde los árboles tapan medio cielo y los vecinos se saludan sin conocerse del todo. Tengo un cuerpo que llama la atención cuando salgo a correr —no presumo, simplemente lo noto en cómo me miran— y un novio que vive en otra ciudad y me visita un fin de semana al mes. El resto del tiempo somos yo, mi laptop y mi sillón favorito junto a la ventana.

Esa ventana es la culpable de todo. Si no la hubiera abierto aquella tarde de febrero, si no hubiera arrastrado el sillón buscando una corriente de aire, nunca habría descubierto que el chef que vive enfrente —Damián, según los carteles del restaurante que sale en su Instagram— tenía una vida nocturna que merecía ser vista.

La primera vez fue un accidente, lo juro. Hacía un calor pegajoso, de esos que se meten debajo de la ropa y no dejan dormir. Empujé el sillón hasta pegarlo al ventanal, llevé un tazón de uvas heladas y me acomodé con los pies sobre el taburete azul que mi abuela me regaló cuando me mudé. La televisión la dejé en una serie cualquiera, más como ruido que como entretenimiento.

Un movimiento al otro lado de la calle me hizo girar la cabeza. La casa de Damián tiene una ventana en el segundo piso que, por alguna casualidad de la geometría urbana, queda exactamente alineada con la mía. Es la única perspectiva desde la que se ve dentro de su recámara —los árboles del jardín tapan todo lo demás—. Y yo, sin saberlo, me había sentado en el palco.

Lo vi de espaldas, desnudo, sosteniéndole las caderas a una mujer arrodillada en la cama. Cerré las cortinas de golpe, con la cara ardiendo. Cinco minutos después estaba mirando otra vez por una rendija, sintiendo cómo el corazón se me iba bajando hasta instalárseme entre las piernas. Ese día descubrí dos cosas: que mi vecino tenía un cuerpo que valía la pena estudiar, y que yo cargaba una curiosidad que no sabía que tenía.

***

Pasaron los meses y mi sillón nunca volvió a su lugar original. Ahora vive pegado al ventanal y lo he convertido en mi pequeño teatro privado. La rutina es casi siempre la misma: cerca de las ocho de la noche, Damián abre la puerta de su casa con camisa blanca y mangas arremangadas, recibe a la mujer en turno con una sonrisa que parece ensayada y le pasa la mano por la espalda baja al hacerla entrar. Un rato después empiezan a llegar olores de cocina por la calle —él cocina para todas, es parte del ritual—. Y más tarde, casi siempre alrededor de las once, se encienden las luces de la recámara.

Cada noche es distinta. Algunas llegan vestidas como para una boda y se desnudan despacio, con coreografía. Otras aparecen con jeans y mochila y se arrancan la ropa con prisa. He visto rubias, morenas y pelirrojas; mujeres de mi edad y otras que le duplican los años; esposas con anillo que se lo quitan cuando él se los toca; parejas en las que el marido se queda sentado en una silla del rincón mientras Damián se ocupa de su mujer. Hay disfraces, cuerdas, juguetes que ni sabía que existían. La mayoría del tiempo el control lo lleva él, pero alguna que otra noche es ella la que lo monta y le marca el ritmo.

Yo me he aprendido a mí misma en ese sillón. Empecé con la mano por encima del short, casi sin atreverme, y terminé comprando un juguete que ahora vive en el cojín de al lado, listo y cargado para cuando la cosa se ponga seria. Las primeras veces me ponía nerviosa que alguien pasara por la acera y me viera —vivo en planta baja y las cortinas son finas—. Después descubrí que el riesgo de ser descubierta era exactamente la mitad del placer.

Sé que él sabe. Es imposible que no sepa. Deja las persianas abiertas demasiadas noches seguidas como para que sea casualidad, y a veces, justo antes de empezar, mira hacia mi ventana y sonríe.

***

Una tarde de jueves la cosa salió mal para los dos. La chica que llegó esa noche se fue a los veinte minutos, sin despedirse, dando un portazo y subiéndose a un coche que la esperaba con el motor encendido. Yo me había puesto el short más corto que tengo, el juguete estaba listo y de pronto me encontré con el escenario vacío. La frustración fue ridícula. Tan ridícula que me cambié, me puse mallas y tenis, y salí a correr para quemar la calentura que se me había atragantado.

Corrí sin rumbo por las calles arboladas del barrio, intentando no pensar en lo que no había pasado. A los veinte minutos las piernas me empezaron a temblar y me apoyé contra un tronco, jadeando, con las manos en las rodillas.

—¿Estás bien? Parece que te vas a desmayar.

No tuve que darme la vuelta. Esa voz la había escuchado mil veces filtrándose por la ventana abierta, dándole instrucciones a alguna mujer que respondía con gemidos. Me giré despacio.

Damián estaba ahí, sudado, con una playera negra pegada al pecho y los tatuajes de los antebrazos brillando bajo el sol bajo de la tarde. Tenía la respiración agitada y los ojos clavados en los míos como si estuviera decidiendo algo.

—Estoy bien —dije—. Solo me falta condición.

—Parece que a ninguno de los dos le funcionó el plan de hoy.

Sentí el rubor subiéndome por el cuello.

—¿De qué hablas?

—Tenía algo organizado para esta noche. Pensé que mi público favorito ya estaría en su butaca.

Quería que me tragara la tierra.

Llevaba meses fingiendo que él no sabía, fingiendo que yo no sabía que él sabía, sosteniendo un pacto de silencio sin firmar. Y de pronto lo decía en voz alta, en mitad de una calle, los dos vestidos de deporte.

—No sé de qué me hablas —insistí, pero la voz me salió temblorosa.

Dio un paso hacia mí. Olía a sudor y a una colonia cítrica que no había olido nunca, porque la distancia entre nuestras ventanas no transmitía olores.

—Camila, llevo meses dejando las persianas abiertas por ti. ¿Quieres que sigamos fingiendo o quieres que hablemos como adultos?

***

Hablamos como adultos. Casi una hora, sentados en un banco a la sombra, mientras a mí se me secaba el sudor y se me humedecía todo lo demás. Me explicó cómo funciona lo suyo: que no cobra nada, que la mayoría de las mujeres llegan recomendadas por otras, que algunos maridos lo prefieren a un desconocido cualquiera porque sabe escuchar y porque las trata bien. Me mostró un perfil en una red para adultos donde subía algunos videos —siempre con el rostro tapado, siempre con permiso de las protagonistas—. Lo contó todo sin presumir, como quien describe un trabajo más que una proeza.

Y al final me hizo la pregunta.

—¿Quieres ser tú la del próximo sábado?

Le dije que sí antes de pensarlo. Después, ya en casa, me senté en el sillón de la ventana y me pregunté qué carajo acababa de hacer.

Los días siguientes los pasé entre el pánico y la ansiedad. Mi novio me llamó dos veces y le mentí dos veces, con una facilidad que me asustó. Vi los videos del perfil que Damián me había pasado. Eran mujeres seguras de sí mismas, mujeres que sabían exactamente qué querían y lo pedían sin maquillarlo. Quise ser una de ellas. Quise ser, sobre todo, la que mirara la habitación desde adentro y no desde la ventana de enfrente.

***

El sábado a las dos de la tarde toqué su puerta con la mano temblando. Me había puesto un vestido de un solo hombro, ropa interior de seda color vino, sandalias de tacón con las uñas pintadas del mismo tono. Me sentía disfrazada de la mujer que quería ser esa noche.

Damián abrió con camisa blanca, mangas arremangadas hasta el codo y un chaleco azul oscuro. Sonreí sin querer.

—Pasa.

La sala estaba en penumbra. Olía a algo dulce —canela, mantequilla, manzana, no supe bien— y tenía música de jazz a bajo volumen. Llevé la mano a su antebrazo y recorrí uno de los tatuajes con la yema del dedo. Eran rayas y curvas que parecían el dibujo de una onda de audio.

—¿Qué significan?

—Son frases. Cosas que me dijeron en momentos especiales. Las grabo, las paso a un programa que las convierte en este dibujo y me las tatúo.

—¿Puedo escuchar una?

Acercó el teléfono al primer tatuaje, abrió una aplicación y de pronto se oyó la voz de una mujer pidiéndole algo en susurros, casi llorando de placer. Sentí el calor instalándoseme abajo. Otra voz, otro tatuaje. Otra mujer diciéndole que era la primera vez que sentía algo así. Otro más. Cada raya en su piel era una frase que alguien le había dicho desnuda.

—Grábame algo a mí —dije, sorprendiéndome de mi propio atrevimiento—. Grábame esto: llevo meses mirándote desde mi ventana y ahora quiero que me mires tú a mí.

Fue la primera vez que lo vi perder el control.

***

Olvidamos la cena. Me llevó al centro de la sala y me vendó los ojos con una bufanda de seda que olía a su perfume. La oscuridad me obligó a escuchar todo: el roce del chaleco al caer, el clic de su cinturón, su respiración cada vez más entrecortada contra mi cuello. Sus manos me bajaron el vestido por los hombros, despacio, deteniéndose en cada centímetro de piel nueva como si la estuviera memorizando.

—Tienes la piel ardiendo —murmuró.

—Tú la has prendido.

Me besó el cuello, me mordió el hombro, me lamió el lóbulo de la oreja. Para cuando me quitó la venda, yo estaba en ropa interior y él en pantalón y camisa abierta, con el pecho desnudo y los tatuajes corriendo por los brazos como ríos. Le desabotoné lo que le quedaba puesto con las manos torpes y le bajé el pantalón de un tirón. Me arrodillé sin pensarlo y le agarré las nalgas para empujármelo a la boca.

Hizo una foto. Después dejó el teléfono y me levantó en peso.

***

Me llevó al sofá ancho del rincón y me terminó de desnudar despacio, oliéndome la ropa interior antes de dejarla caer en el suelo. Me besó por todos lados, me lamió rincones que yo no sabía que eran sensibles, me llevó hasta el borde y me dejó ahí colgando hasta que casi le supliqué. Cuando por fin entró, mis piernas estaban sobre sus hombros y la primera embestida me llegó tan profunda que se me escapó un sonido que no reconocí como mío.

—Mírame —me dijo.

Lo miré. Y mientras lo veía moverse encima de mí, mientras le clavaba las uñas en la espalda y se me iba la cabeza hacia atrás, pensé en mi sillón al otro lado de la calle, en mi ventana cerrada por primera vez en meses, en la versión de mí misma que llevaba todo el verano mirando esa misma escena desde lejos. Ahora era yo la que estaba dentro del cuadro.

Me hizo terminar tres veces antes de terminar él, fuera de mí, sobre mi vientre y mis pechos, con un gemido ronco que ninguna ventana podría haber transmitido bien.

***

Después, mientras me pasaba un paño tibio por la piel, me ofreció una trufa de chocolate amargo. La dejé deshacer en la boca y dejé que me besara con el sabor mezclado entre los dos.

Caminamos desnudos hasta su habitación. Damián abrió la ventana —esa ventana, la que llevaba meses observando—. Desde ahí se veía perfecto mi sillón vacío, mi cortina descorrida, el taburete azul de mi abuela.

—Esta es la vista que tengo cuando estoy aquí —dijo—. Llevo meses mirándote yo también.

Me reí. Lo empujé contra el colchón. Le susurré al oído algo que no pienso transcribir aquí, pero que va a terminar tatuado en su brazo. Y esta vez fui yo la que llevó el ritmo.

Esta noche, cuando vuelva a mi casa, voy a dejar las cortinas abiertas. A ver quién mira a quién.

Valora este relato

Comentarios (3)

SebaMdq

de lo mejor que lei ultimamente, sin dudas!!!

PlayeroNocturno

necesito saber como siguio despues de eso. Por favor una segunda parte!!

Vikinga_Sur

me recordo algo que me paso hace años con un vecino, juro que no invento. Esto le pasa a mas gente de la que cree jaja.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.