Me dejé ver desnudo por la costurera del barrio
A doña Lucrecia la había cruzado varias veces por el barrio antes de que se me ocurriera lo de la ropa. Una mujer chaparra, morena, de unos cincuenta años mal llevados, con la cara cansada de quien ya vio demasiado, pero con un cuerpo que se negaba a ceder. Caderas anchas, cintura todavía marcada, y un pecho enorme que parecía haber escapado a la gravedad por pura terquedad.
La primera vez que la vi de cerca fue un domingo a media mañana. Yo bajaba con la bolsa de basura, medio dormido, en chanclas. Ella subía con la suya por el otro lado del pasaje. Llevaba puesta una blusa blanca, fina, sin nada debajo. El sol pegaba justo de frente y la tela se le transparentaba sin disimulo. Le vi los pezones marcados, oscuros, gruesos, apuntándome como dos botones que alguien se hubiera olvidado de abrochar.
No me saludó. Yo tampoco supe qué decir. Pero esa imagen se me quedó pegada toda la semana.
El pretexto vino solo. Me había comprado tres playeras nuevas en una promoción de fin de temporada, y un par de pants jogger que me venían un par de tallas grandes. Soy delgado, y no me gusta la ropa holgada. Pregunté en la tienda de la esquina si conocían a alguien que ajustara prendas, y la señora del mostrador, sin pensarlo, me mandó a la casa del fondo del pasaje.
—Toca el zaguán azul, doña Lucrecia te lo arregla bien y no cobra caro.
El zaguán azul era el de ella. Por supuesto que era el de ella.
Pasé los días siguientes pensando en cómo iba a presentarme. No era solo llevar la ropa. Era una oportunidad de devolverle, sin que ella lo supiera del todo, el favor que me había hecho aquella mañana con la blusa transparente. Yo no tengo la voz para coquetear, ni la cara, ni la confianza. Pero tengo veintipico de años, soy flaco, los tatuajes me cruzan el costado, y sé exactamente cómo me queda un pans gris cuando no llevo nada debajo.
El sábado siguiente, a media tarde, me preparé con calma. Me bañé largo, me afeité, me unté crema. Elegí una playera blanca, corta, que apenas me llegaba a la cintura. Y el pans gris jogger, el más entallado que tengo, sin calzoncillos. La tela suave por dentro, la verga libre, y ese tono de gris que delata cualquier sombra.
Antes de tocar el zaguán me pasé un par de minutos en la banqueta, con la mano metida en el bolsillo, acomodándomela. Le di un par de tirones suaves, lo suficiente para que la sangre se animara. La sentí engordar contra el muslo. No estaba dura, pero ya no estaba tranquila. La acomodé hacia un costado, donde sabía que iba a marcarse mejor, y respiré hondo.
Toqué.
—Buenas tardes, joven, ¿qué se le ofrece?
Doña Lucrecia me abrió con un trapo en la mano y los lentes apoyados en la punta de la nariz. Tardó dos segundos en mirarme a la cara. Los otros dos los pasó mirándome el bulto. Yo ya estaba contándolos. Cuando alzó la vista, le sonreí como si no me hubiera dado cuenta.
—Vengo porque me dijeron que arregla ropa. Me compré unas cosas y me quedan holgadas.
—Pásele, pásele. A ver qué trae.
***
La sala olía a tela nueva y a café recalentado. En el centro, una mesa larga con su máquina de coser, dos canastas de hilos y un maniquí sin cabeza que parecía mirarme desde el rincón. Ella se sentó en su silla de trabajo, frente a la máquina, y me señaló una silla de plástico al otro lado.
—Saque lo que trajo, mijo. Si quiere se prueba aquí mismo. Si le da pena, ahí está el baño, o el cuarto de al lado.
—Aquí mismo no hay problema, doña.
Saqué la primera playera de la bolsa. Antes de ponérmela, me quité la que llevaba. Lo hice despacio. Crucé los brazos, agarré la tela por el dobladillo, y la subí en cámara lenta. La playera era ligera, casi transparente, y al pasarla por encima de mi cara tardé más de lo necesario en sacármela del todo. Por la trama, alcanzaba a ver su silueta sentada frente a mí, quieta. No se movía. Solo miraba.
Cuando por fin la dejé caer al respaldo de la silla, me quedé un par de segundos así, con los brazos a los costados, el torso desnudo, la respiración tranquila. Soy flaco, lo sé, pero los músculos se me marcan, y el tatuaje del costado izquierdo siempre llama la atención. Doña Lucrecia se humedeció los labios sin darse cuenta. La verga, dentro del pans gris, dio una sacudida que casi se notó.
Me puse la primera playera nueva. Le dije que la quería más entallada en el brazo y en la cintura. Ella se levantó y se acercó. Olía a jabón de tocador y a algo más, algo cálido y casero. Sus dedos pequeños empezaron a pellizcar la tela en mis costados, primero con cuidado, después con más soltura.
—Aquí lo agarro, aquí también. Y el brazo se lo subo un dedo, ¿le parece?
Asentí. Mientras me medía, yo estaba parado con la cadera ligeramente echada hacia adelante. La verga, semidura, empujaba la tela del pans hacia ella sin disimulo. Doña Lucrecia tenía los ojos a la altura justa. Cada vez que se inclinaba a tomar una medida en la cintura, su cara pasaba a centímetros de mi bulto. Una vez se quedó quieta más tiempo del necesario, fingiendo que tenía que volver a medir, y noté cómo tragaba saliva.
—Joven, está usted muy delgado —dijo, con la voz un poco más ronca de lo que la había escuchado al abrir—. Hay que ajustar bastante.
—Lo que sea necesario, doña.
Hicimos lo mismo con la segunda playera, y con la tercera. Yo me cambiaba ahí, en medio de la sala, sin pudor, y entre prenda y prenda dejaba pasar más segundos de los necesarios con el torso desnudo. Ella seguía hablando de costuras, de pespuntes, de cómo le iba a meter la pinza en la espalda, pero su mirada se le iba constantemente al pans, y cada vez tardaba más en volver a mi cara.
***
Quedaban los dos pants para ajustar el ruedo y la cintura. Para esos sí me pidió que me cambiara aparte.
—Métase a mi cuarto, mijo. Yo aquí termino con esta costura. Es por respeto, ¿eh?, no se sienta apenado.
La habitación quedaba a tres pasos, sin puerta. Una cortina de tela liviana, abierta a un lado. Adentro, una cama tendida con una colcha tejida, una cómoda de madera oscura, y, sobre el respaldo de la cama, un espejo grande, ovalado, inclinado un poco hacia abajo. Ese espejo apuntaba justo hacia la entrada del cuarto. Desde su silla, frente a la máquina, ella podía ver cualquier reflejo que se moviera ahí dentro.
Lo entendí al instante.
Entré, dejé la ropa sobre la colcha y me senté en el borde de la cama para quitarme los tenis. Lo hice de espaldas a la cortina, calculando. Por el espejo veía el rectángulo de la sala, y al fondo, la espalda encorvada de doña Lucrecia frente a la máquina. La máquina no zumbaba. Estaba quieta, como ella.
Me puse de pie y empecé a bajarme el pans gris. Lo dejé caer hasta las rodillas. La verga salió de un brinco, semihinchada, brillante en la punta. Me pasé el pulgar por el glande, recogí la gota que ya asomaba y la esparcí despacio por la cabeza. Sentí el escalofrío subirme por la espalda. Estaba desnudo, en el cuarto de una mujer a la que apenas conocía, y a tres metros ella estaba fingiendo coser para no perderse el reflejo.
Empecé a tocarme.
Lento, primero. La mano cerrada flojita, deslizándose hasta la base, apretando ahí un segundo, y volviendo a subir. La verga me crecía con cada pasada. La sentía latir contra la palma, gruesa, dura, con la vena del lado izquierdo hinchada hasta parecer una cuerda. Cerré los ojos un momento y la imaginé a ella tal como la había visto el domingo del basurero: con la blusa blanca, los pezones marcados, esos pechos enormes balanceándose si se inclinaba.
Abrí los ojos y miré el espejo. En el reflejo, doña Lucrecia ya no fingía nada. Tenía la cabeza ligeramente girada, los lentes en la mano, y estaba mirando directo hacia el cuarto. Hacia mí. La pillé. Ella se dio cuenta de que la había pillado, y, en lugar de bajar la vista, se quedó quieta un par de segundos más. Apretó los labios. Después agarró un trozo de tela y se puso a doblarlo, sin convicción.
—Válgame —la escuché murmurar, casi para ella sola—. Ave María.
Me moví un poco para que el reflejo me agarrara de tres cuartos. Quería que viera bien la mano subiendo y bajando. Le dediqué un par de jaloneos largos, lentos, marcando el ritmo, soltando un suspiro que ella no podía no haber escuchado. Tenía las piernas apretadas entre sí, las rodillas juntas. La silla de ella crujió.
No me corrí. Estaba demasiado excitado para dejarlo terminar ahí. Me limpié con un kleenex que tenía en el bolsillo del pans, me puse el otro pants y salí del cuarto haciéndome el tranquilo.
***
Doña Lucrecia tenía las mejillas encendidas. Cuando me acerqué, no levantó la vista de inmediato. Estuvo unos segundos buscando un alfiler que ya tenía en la mano. Por fin se paró frente a mí.
—A ver, párese derecho.
El pants nuevo todavía me quedaba ancho, pero adentro mi verga seguía hinchada, dura, marcada como un poste contra la tela. Ella tomó la cinta métrica y empezó a medirme la cintura. Sus manos temblaban un poco. Cuando bajó a medirme la cadera, pasó la cinta por delante, justo encima del bulto. Sentí su pulgar rozarme, dos veces, tres veces. No eran descuidos.
—Disculpe, joven —dijo en voz baja—. Le tengo que apretar aquí.
—No se preocupe, doña. Estoy cómodo.
Ella levantó la cara, me miró fijo un segundo y dejó escapar una media sonrisa. Era la primera vez que me sonreía así. No era la sonrisa de la costurera amable del fondo del pasaje. Era otra cosa. La cara de alguien a quien acaban de mover algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Para el último pants, me pidió que entrara otra vez al cuarto. Esta vez no fingí.
Entré, me planté frente al espejo en diagonal, y dejé caer el pants sin disimulo. Crucé los brazos detrás de la nuca, dejándola colgar dura, pesada, apuntándole. Lo hice mirando el espejo, sosteniendo el reflejo de sus ojos sin parpadear. Ella, esta vez, no fingió que cosía. Apoyó los codos en la mesa, se quitó los lentes del todo, y miró. Miró un largo rato.
—Doña —dije, sin moverme—, ¿cuándo paso por la ropa?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, le tembló la voz.
—El miércoles, mijo. Pase el miércoles después de comer.
—Aquí estaré.
Me puse el pants nuevo despacio, sin esconderme. Salí del cuarto vestido, le pagué un adelanto, y al despedirme le di la mano. Ella me la apretó un segundo más de lo normal. Tenía la palma caliente.
***
Salí del zaguán azul temblando. No de miedo. De adrenalina pura. Caminé hasta mi casa con las piernas flojas y la verga todavía punzando dentro del pants. En cuanto cerré la puerta de mi cuarto, me bajé todo y me terminé de una. Cuatro tirones, no más. Acabé contra la pared, imaginándomela a ella todavía sentada en su silla, con los lentes en la mano y la respiración entrecortada. Imaginándomela también, después, cuando yo me fuera, levantándose y metiéndose al baño un rato largo.
El miércoles paso por mi ropa. Y ya tengo otras dos prendas reservadas para llevarle la semana siguiente. Una camisa que pienso pedir más ceñida del pecho, y unos boxers que voy a jurar que me quedan grandes.
A doña Lucrecia, creo, no le va a molestar nada de eso.