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Relatos Ardientes

La terraza desde donde nos miraban

Llevábamos ya varios veranos descubriendo que ese morbo nos venía bien a los dos. Lo de ser vistos, quiero decir. No es algo que cuentes en una sobremesa con la familia, pero entre nosotros era casi un secreto compartido que prendía cada vez que viajábamos. Aquel agosto en la costa levantina iba a confirmar de un golpe todo lo que sospechábamos.

Habíamos alquilado un apartamento con terraza sobre el mar. En las fotos parecía bonito; al llegar resultó mejor que las fotos. No había vecinos arriba. El piso de al lado estaba vacío. Y la barandilla daba directamente sobre la rompiente, con vistas abiertas hacia una pequeña colina coronada por tres chalets blancos.

El primer mediodía bajamos a comer al puerto. Dos cervezas con la paella, una botella de verdejo bien frío, y la sensación de que las vacaciones por fin empezaban. Subimos al apartamento con esa lentitud caliente del alcohol, y en lugar de echarnos la siesta salimos a la terraza con sendas tumbonas, dispuestos a no movernos hasta que cayera el sol.

Marta —así la llamo cuando estamos solos, aunque casi nadie usa ya su nombre completo— se había puesto un bikini negro que le marcaba la cintura. Cuarenta y muchos, pero el cuerpo le aguantaba muy bien. Las tetas, en particular, seguían siendo el orgullo de la familia. Le acaricié una por encima de la tela sin más intención que la del calor.

—Hay luz —murmuró ella sin abrir los ojos.

—No hay nadie —le contesté.

Le solté la lazada del cuello y la del centro. El triángulo de tela cayó hacia un lado y el pezón, ya despierto, se quedó al aire bajo el sol. Marta hizo el gesto de cubrirse, pero al ver que ninguna persiana se movía, dejó caer los brazos a los lados de la tumbona y respiró hondo.

Le pellizqué los pezones uno por uno hasta dejarlos como dos puntas duras. Su mano me buscó por encima del bañador y empezó a frotarme con calma, sin prisa, como si el plan fuera durar horas. Yo le solté el lazo lateral de la braga; ella levantó la cadera, y el bikini desapareció bajo la tumbona.

Bajé la mano hasta su pubis depilado, y el dedo entró sin esfuerzo. Estaba empapada. Lo saqué brillante y me lo llevé a la boca antes de volver a meterlo. Ese sabor a sal y a algo más mío me ponía siempre a cien.

—Quiero —dijo ella, y no hizo falta que terminara la frase.

Le saqué la polla del bañador y ella se giró de lado en la tumbona para alcanzarla con la boca. Se la metió entera, despacio, con los ojos cerrados, mientras yo seguía hundiéndole dos dedos entre los muslos. Entonces lo vi.

***

Fue solo un destello. Un cristal devolviendo el sol desde una de las terrazas de los chalets de la colina. Mantuve el ritmo y entrecerré los ojos. No era un cristal: eran unos prismáticos. Un tipo asomado a la baranda, sin camiseta, con los codos apoyados y los binoculares apuntando directamente hacia nosotros.

No le dije nada a Marta. Sabía que si se enteraba de golpe iba a tensarse y a querer entrar. Pero también sabía que la idea, una vez asentada, le iba a gustar tanto como a mí. Así que la hice cambiar de postura. La giré un poco hacia la barandilla, le abrí más las piernas, y me coloqué de manera que el mirón pudiera verle el coño abierto y a mis dedos entrando y saliendo. Marta, con la boca llena, gimió flojito.

Aceleré. Sus muslos empezaron a apretarme la mano, las caderas se le movían solas, y al primer empujón fuerte se le escapó un gemido más alto. El reflejo en la colina no se movía. El tipo seguía ahí, fijo, sin disimular siquiera. Yo no quise correrme todavía. Quería que ella se corriera primero, sabiendo —sin saberlo— que tenía público.

Cuando noté las primeras contracciones contra mis dedos, dejé de moverme y le acaricié el clítoris con la yema, despacio, mientras ella tragaba más profundo. Me corrí en su boca casi al mismo tiempo que ella se sacudía contra mi mano. Marta se quedó un rato lamiéndome con los ojos cerrados, sin enterarse todavía.

Luego se sentó, se apartó el pelo de la cara y miró alrededor. Yo no le dije nada. Pero le sugerí que nos quedáramos desnudos en la terraza, que hacía un calor de muerte. Aceptó. Durante toda la tarde, mientras ella leía con las gafas en la punta de la nariz y yo fingía dormir, el reflejo de los prismáticos siguió yendo y viniendo. No la miré una sola vez para no delatarme. Y aquello me mantuvo lentamente excitado el resto del día.

***

Al caer el sol propuse cenar fuera. Le pedí, como quien no quiere la cosa, que se pusiera el vestido azul claro y nada debajo. Marta se rio, hizo como que se ofendía, y luego salió del baño con el vestido puesto, sin sujetador, y un gesto en los ojos que ya prometía cosas.

Elegí un restaurante al que se subía por una escalera estrecha de piedra. Lo había visto al pasar y me pareció perfecto: cualquier persona ya sentada en la terraza interior tenía vista despejada de quien subía. La hice ir delante. A media escalera me incliné, le acaricié la pantorrilla y le subí la falda lo justo para que un señor que tomaba café arriba terminara mirándole el culo durante tres segundos largos. El hombre giró la cara hacia el mar haciendo como que nada.

—Eres un cerdo —me dijo Marta cuando me senté.

—Tú llevas el vestido —contesté.

Pedimos pescado y vino blanco. Le abrí las piernas por debajo del mantel y le puse la mano en el muslo. Al cabo de un rato la subí más. Estaba ya mojada de nuevo. Frente a nosotros, en otra mesa, un cincuentón cenaba solo con un libro a un lado. No leía. Nos miraba de reojo cada vez que Marta se reía. Yo la hice cruzar la pierna sobre la otra de manera que la falda quedara muy alta. Marta apoyó la nuca en el respaldo y dejó que el tipo terminara de cenar mirándola.

—No me cuesta tanto como creía —me susurró al oído antes del café.

—Ya hablaremos al volver —le dije.

***

Llegamos al apartamento ya entrada la noche. La luz del salón estaba encendida y daba directamente hacia la terraza, lo que la convertía en un escenario iluminado mirando hacia un patio de butacas oscuro: el mar y la roca de enfrente. Salimos con dos copas de vino. La besé apoyado en la barandilla, le bajé los tirantes del vestido y dejé que cayera sobre las baldosas. Quedó completamente desnuda contra la noche.

Me coloqué a su espalda. Ella se inclinó un poco hacia delante, con las manos en la barandilla, y entonces lo vio: en la roca de la izquierda había dos lamparillas de pescadores, dos puntos verdes, y otro punto más en la punta de cada caña. Estaban a tiro de piedra.

—Nos van a ver —murmuró.

—Ya nos están viendo —dije.

Esperé a que se apartara, pero no se apartó. Al contrario: me cogió las manos y se las llevó a los pechos, mirando fijamente hacia las luces. Le acaricié los pezones despacio, le besé el cuello, y bajé una mano hasta el pubis. Ella separó un poco más las piernas para que tuviera espacio. Cuando le rocé el clítoris se le escapó el primer gemido limpio de la noche.

Por detrás, ella me soltó el bañador con una mano sin mirar, como quien sabe muy bien lo que hace. Me sacó la polla y la metió entre sus nalgas. Empezó a moverse en círculos, apretándome con esos músculos del culo que siempre me han enloquecido. Yo seguía con los dedos abajo. En la roca, una de las lamparillas se movió. Cambió de orientación. Apuntó directamente a nuestra terraza.

—Nos enfocan —dijo ella, y la voz le tembló.

Lejos de retirarse, hizo lo contrario. Se dio la vuelta, se agachó, y sacó el culo y el coño por encima de la barandilla hacia el lado del mar. Me cogió la polla con las dos manos y se la metió en la boca enseñando todo lo demás hacia abajo. Yo me apoyé contra la pared del fondo, alucinado, mientras la otra lamparilla giraba para no perderse el espectáculo.

La levanté, la hice girar y la apoyé contra la barandilla mirando hacia los pescadores. Le abrí las piernas con la rodilla y entré por detrás de un solo empujón. Sus tetas se balancearon contra la baranda con cada embestida. Marta tenía los ojos cerrados pero la sonrisa muy abierta. Yo la follaba sabiendo que dos desconocidos a treinta metros estaban viendo cada movimiento.

Cuando noté que me iba a correr, me aparté. La senté en el banco de obra que rodea la terraza, le abrí las piernas y dejé que se subiera a horcajadas sobre mí mirando al mar. Empezó a cabalgar con la cara en alto, ofreciendo el pecho hacia las lamparillas. Se corrió con una sacudida larga, mordiéndose el labio para no gritar, y se quedó un instante quieta encima.

—Termina como antes —me pidió.

Se bajó, se arrodilló junto a la barandilla y volvió a sacar el culo hacia el mar mientras me la chupaba. Yo le sujeté la nuca y empujé suave hasta correrme dentro de su boca. Ella se tragó todo sin apartarse y, cuando se sacó la polla de la boca, se rio como hacía años que no se reía.

Y entonces, desde el otro lado de las rocas, llegó el grito perfectamente claro entre el ruido del agua:

—¡Graciaaaas! ¡Hasta mañanaaaa!

Nos quedamos los dos en silencio. Después Marta soltó la carcajada y se tapó la cara con las manos. Yo levanté la copa hacia las lamparillas, brindé al vacío, y nos metimos dentro abrazados todavía desnudos.

Aquel verano fue, sin duda, el más voyeur de todos los que llevamos juntos. Y sé que ella, cuando llegue el siguiente, ya está esperando que vuelva a pasar.

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Comentarios (4)

Roci_lectora

buenisimo!! me quede sin aliento leyendo

JuanC_Mdp

Por favor continuá esta historia, quedé con muchísimas ganas de saber qué pasa después. Se hizo corto!

NocheProfunda44

Me recordó a una noche de verano en la costa... uno nunca sabe quién puede estar mirando desde lejos. El morbo de saberlo es otro nivel

Valen_norte

Lo del destello de los prismáticos es un detalle genial. Ese giro inesperado me mató jaja

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