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Relatos Ardientes

El desconocido que no dejó de mirarme en la playa

Habían pasado cuatro o cinco días desde aquella tarde de playa con Lucía, y entre nosotras las cosas seguían raras. No habíamos vuelto a quedar. Solo nos cruzábamos algún mensaje suelto, breve, como tanteando si seguíamos en el mismo lugar. La situación me daba vergüenza, así que decidí darle margen y esperar a que ella misma diera el primer paso si quería.

Aquella mañana me aburría sola en casa. Las tareas ya estaban hechas y mi papá llevaba turnos largos en la planta, no volvía hasta entrada la noche. Me senté en el sofá con un vaso de limonada y, sin proponérmelo, terminé repasando en mi cabeza lo que había ocurrido aquella tarde con Lucía. Por qué se nos había ido de las manos. Cuándo había sido el punto exacto.

Llegué a una conclusión: todo empezó a torcerse cuando me quité la parte de arriba del bikini y noté, de pronto, que media playa me miraba. Esa sensación de ser el centro, de notar deseos ajenos clavados en la piel, me había encendido más que cualquier otra cosa.

Y como no tenía con quién pasar el día, se me ocurrió una idea inquietante: volver a la playa. Esta vez sin Lucía. Sin nadie.

A eso de las doce pasaba el bus que tomaba siempre para ir al instituto en Sabanagrande. Esta vez lo cogí en sentido contrario, hacia la última parada, una caleta pequeña que llamaban Punta Mareva. No era la mejor playa de la zona —la de Cabo Tinto le ganaba sin discusión—, pero quedaba lejos de cualquiera que me conociera, y eso ese día era exactamente lo que buscaba.

El sol pegaba fuerte cuando me bajé del autobús. Las gafas oscuras habían sido un acierto. Sentí la brisa del mar trepándome por las piernas: llevaba un vestido de algodón ligero, sandalias y poco más. En la mochila cargaba el bikini azul, una toalla y el bote de protector. Nada que me anclara a nadie.

La playa no estaba llena, pese al calor. Podría haberme acomodado en la franja más alejada del agua, libre de testigos. Pero no quería estar libre de testigos. Bajé hasta cerca de la orilla, donde había algo más de movimiento, y estiré la toalla. Mientras me acomodaba, miré de reojo a quiénes tenía cerca: a la derecha, una pareja de ancianos bajo una sombrilla; a la izquierda, un grupo de chicos jóvenes que reían y se pasaban una pelota; detrás, otra pareja, los dos rondando los treinta; y delante, hasta la orilla, solo agua y algunos bañistas dispersos.

Saqué el tanga del bikini y empecé el ritual sin desnudarme. Me lo subí por las piernas, primero hasta las rodillas, luego hasta donde lo cubría el vestido, y de un movimiento rápido lo acomodé en la cintura. Sabía perfectamente que durante ese segundo, si alguien miraba, vería fugazmente lo que había debajo del vestido. Lo hice más despacio de lo que necesitaba. Después, sin pudor, bajé los tirantes y dejé caer el vestido al suelo. En topless. Otra vez.

La piel se me erizó al sentir la brisa directa, y enseguida noté las miradas. No me hizo falta confirmar: las sentí en los hombros, en los costados, en el ombligo. Por puro morbo, levanté la vista. Todos giraron a tiempo, fingiendo mirar al horizonte. Decoro de playa.

Saqué el protector. Eché un buen chorro en la palma izquierda y con la derecha empecé a esparcirlo. Empecé por los tobillos, subí por las pantorrillas, los muslos. La crema estaba fría y mi piel ardía. Cuando llegué a los muslos, sentí que la mano podía haberse detenido ahí, pero no me apuré: bordeé el contorno hasta los glúteos y me entretuve más de la cuenta amasándolos, sabiendo que cada movimiento alimentaba la imagen que algunos se estaban llevando.

Pasé al torso. Volqué un chorro generoso entre los pechos y, con las dos manos, lo extendí. Me detuve en los pezones con paciencia exagerada, deslicé los dedos por debajo y volví a subir, como si fuera un masaje y no una crema solar. Terminé por los brazos casi por compromiso, porque ya había logrado lo que quería: el aire denso de la playa estaba lleno de mí.

***

Me tumbé boca abajo, con las piernas hacia el mar y el culo apuntando al cielo. Necesitaba calmarme un poco antes de meterme al agua. El estruendo de las olas no alcanzaba a tapar las voces que venían desde atrás: la pareja de los treinta había empezado a discutir.

—Siempre que venimos tienes que dar la nota, eh —dijo ella, conteniendo la voz.

—¿De qué hablas ahora?

—No te hagas el bobo. Solo te falta limpiarte la baba.

—Empezamos otra vez.

—Es que no le quitas el ojo de encima a esa cría. Eres un cerdo.

—Son cosas tuyas. Estás obsesionada.

—¿Obsesionada? ¿Tú de qué vas?

—Tranquilízate.

—Mira, estoy cansada de ti y de cómo me tratas. Me voy.

—Si esperas que te ruegue que te quedes, te equivocas.

—Vete a la mierda. Y no me llames.

La oí levantarse, recoger algo y alejarse pisando fuerte. No me atreví a girarme en ese instante. Tenía la cara medio escondida en la toalla y el pulso un poco acelerado: parte de aquello había sido por mí, y los dos lo sabíamos.

Esperé unos minutos. Cuando levanté la cabeza, busqué con la mirada a aquel hombre del que había escuchado todo sin querer. Estaba recostado sobre los codos, sin parecer demasiado afectado por el escándalo. Treinta y pocos. Le faltaba pelo arriba y le sobraba en el pecho y en los brazos. Aun así, se notaba que se cuidaba: no le sobraba un kilo. Justo cuando creí que podía mirarlo sin riesgo, él se giró, se levantó las gafas y me guiñó un ojo.

No supe por qué, pero antes de darle la espalda y caminar hacia el agua, le mandé un beso. Y me reí sola del descaro, como si no fuera yo quien acababa de hacerlo.

***

Me metí en el mar y nadé unos minutos. No tardé en darme cuenta de que él había abandonado la toalla y avanzaba hacia la orilla. No giré la cabeza. Seguí dejando que las olas me empujaran como si no me importara, sabiendo perfectamente lo que estaba pasando. Cuando él llegó, se colocó a mi lado, mirando al horizonte. Yo, de espaldas a él, mirando hacia la arena.

—Hola, chica.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—No eres muy habladora. ¿Te comieron la lengua?

—Aquí la tengo, mírala —dije, sacándola entre los labios.

—Ya veo. ¿Y cómo es que estás sola en la playa?

—Me apetecía venir. Y vine.

—Me parece perfecto. Así me gustan: decididas. Que no esperen a que el novio las traiga.

—Es que el mío no está. Se fue con sus padres unos días.

—¿Te dejó sola?

—Eso parece.

—Pues vaya idiota. Si fueras mía no me alejaba de ti ni un momento.

—Pues tampoco se te ve muy fiel cuando tu chica se acaba de ir gritando.

—Nos oíste, ¿no? La pobre tiene los nervios de punta.

—No pude evitarlo.

—Entonces también oíste por qué empezó.

—No, eso no —mentí, porque quería oírlo de su boca.

—Me pilló mirándote más de la cuenta.

—¿Ah sí?

—No se lo tomó muy bien.

—¿Y ella siempre acaba volviendo?

—Siempre —dijo, sin dudar—. Soy yo el único que la pone a gozar como le gusta. Por eso cuando otra me llama la atención, se descontrola.

—Vaya seguridad. ¿Y qué te llamó la atención exactamente?

—¿De verdad lo preguntas? Después del espectáculo del protector solar. O de ir por ahí sin nada debajo del vestido.

—¿Y no puedo? El sol quema.

—Quema, sí. Pero no como tú lo hiciste.

—No era mi intención.

—No te creo. Tienes pinta de que te gusta calentar a la gente. ¿O me equivoco?

—Oye, cuidado con lo que dices.

—No te lo tomes a mal. Es lo que eres. No te avergüences.

—¿Y te parece normal hablar así?

—A las que son como tú se les habla así. En el fondo os pone.

Tenía razón. La rabia que se me había encendido un segundo antes se mezclaba con otra cosa más espesa, más caliente. Y él lo sabía.

—Tu silencio te delata. Seguro estás empapada, y no por el agua de mar.

No le contesté. No hizo falta.

—Tranquila, yo también lo estoy. Por tu culpa. Si me hubieras visto cuando te ponías la crema.

—No me habría importado verlo —dije al fin, decidiéndome por completo.

—Pues mira.

Llevaba un bañador tipo short, holgado. Con apartar la tela hacia un lado fue suficiente: la sacó casi sin esfuerzo. No era larga, pero nunca había visto una así de gruesa. La punta apuntaba al cielo con el peso de algo que llevaba rato esperando.

***

—Aquí no —le dije, mirando hacia los lados—. Volvamos a la toalla.

De camino me di cuenta de que los chicos jóvenes habían abandonado su sitio para irse a jugar a la pista de la entrada. El viejo dormitaba bajo la sombrilla y su mujer estaba absorta en una revista. El campo estaba más despejado de lo que parecía.

—Siento que el sol me quemó la espalda —le dije, tendiéndome boca abajo—. Ahí no me alcancé.

—Yo te ayudo. Sería una lástima que te quemaras.

Lo sentí sentarse, dejándome las piernas entre las suyas. Echó protector en sus manos y empezó a masajearme la espalda. Sin tirante alguno que estorbara, deslizaba las palmas con calma, dibujando ochos sobre la piel.

—Esta zona ya está. Pero los hombros también te has quemado, deja que te eche aquí.

Se recolocó. Quedó casi sobre mí, muy cerca del trasero. Mientras esparcía la crema en los hombros, hacía un balanceo apenas perceptible con la cadera y me restregaba el miembro por encima del tanga. Si alguien nos miraba con atención, podía pensar que estábamos haciendo algo más que crema solar.

—Cuidado, que nos van a ver los de al lado.

—El viejo duerme. Su mujer no levanta la vista de la revista.

—Termina rápido, anda.

—Casi estoy. Solo que necesito un poco más de crema.

—Yo te paso el bote.

—No hace falta, ya tengo aquí el mío.

—¿Cómo vas a tener el bote si lo estoy viendo aquí mismo, junto a mi moch…?

Giré la cabeza y lo vi: se había vuelto a sacar la polla por un lateral del bañador y se la estaba meneando encima de mí. La otra mano me amasaba el culo, separando con descaro el hilo del tanga. Me sonrió al verme mirarle y, a los pocos segundos, empezó a vaciarse sobre mi espalda. Cálido, espeso. Nada que ver con el protector.

—Verás cómo esta crema te cuida mejor.

Empezó a esparcir su corrida con la palma, desde la parte baja de la espalda hasta los hombros, como si de verdad estuviera repartiendo loción. Yo no dije nada. Mi silencio era su permiso, y los dos lo sabíamos.

—Me fascina tu culo, perrita.

Mientras lo decía, me lo seguía toqueteando. Apartó el hilo del tanga y coló los dedos por la raja, bajando lentamente hasta el final, hasta el centro mojado de mi sexo. Un escalofrío me cruzó entera.

—Sabía que esto te ponía. Estás empapada.

Se llevó los dedos a la boca, sin prisa.

—Estás muy rica. Te comería ahora mismo.

—Hazlo.

—Ven conmigo.

***

Me levantó del brazo y echó a andar hacia la salida de la playa. Había una caseta de madera que servía de lavabo público, escondida entre los pinos. Miró a ambos lados y, al ver el camino libre, me arrastró dentro y echó el pestillo.

Me sujetó por la nuca y me inclinó sobre el inodoro. Me agarré de la cisterna y arqueé la espalda, el culo en pompa hacia él. Me bajó el tanga hasta los tobillos. Se arrodilló detrás de mí y acercó la boca. Empezó a devorarme con un hambre que me hizo temblar las piernas. La lengua no dejaba un solo rincón sin recorrer.

—Joder, qué rica eres —dijo, recuperando el aire, y volvió a sumergirse.

—Sigue, por favor… no pares.

Lo que se me venía encima no podía detenerlo. Un chorro caliente salió de mí y le empapó la cara, el cuello, parte del pecho.

—Hostia, mira cómo me has puesto. Eres una perra.

Se incorporó y me lanzó un azote en cada nalga. Sonaron limpios. Intenté enderezarme por instinto, pero su mano volvió a clavarme la nuca contra la cisterna.

—Quieta. Aún no he acabado contigo.

Oí caer el bañador al suelo. Yo me terminé de quitar el tanga, apartándolo con el pie, y abrí más las piernas. Sentí cómo se pegaba a mí y cómo me rozaba la entrada con el glande. La movía arriba y abajo, sin meterla, dejándome al borde.

—Métemela ya, joder.

—Pídelo bien. Como la perrita que eres.

—Por favor… hazme tu perrita.

Empezó a entrar. Despacio, abriéndome. Nunca había tenido algo tan grueso dentro, y el cuerpo me costaba ceder.

—Qué estrecha eres. ¿Te duele?

—Un poco. No pares.

—No iba a parar.

Entró del todo y se quedó así unos segundos, sintiéndome. Luego empezó a salir y a entrar otra vez, con un ritmo que pronto subió. Cada embestida me llenaba de una forma que no recordaba. Las manos en la cadera me sujetaban firme y marcaban el compás.

—Yo no soy tu papi, perrita. Pero qué suerte tiene él de verte este culo todos los días por casa.

El cuerpo se me había adaptado, pero cada empuje era una sensación nueva. Iba a correrme otra vez. Mis gemidos se hicieron más fuertes, descontrolados.

—Calla. Que nos van a oír.

Me agarró del pelo y me arqueó hacia atrás. Con la otra mano me tapó la boca. La postura cerró un poco mis piernas y, según él, lo apretaba todo aún más. Cuando me corrí por segunda vez, me sostuvo entera contra su pecho.

—Ahora te toca a ti.

Se apartó, se sentó en el inodoro con las piernas abiertas, la polla apuntando al techo, latente. Me subí encima y la guie con la mano. Empecé a saltar despacio sobre él. Pronto los muslos me ardían del esfuerzo. Plas, plas, plas. Su boca buscó mis pechos: me lamió un pezón, lo metió entero, lo mordió suave. Mi cuerpo no dejaba de soltar líquido, y cada vez que me dejaba caer, se oía un chop húmedo.

—Me tienes a punto. ¿Dónde quieres?

—En los pechos. Córrete en mis pechos.

Apuré el ritmo para terminar yo también. Cuando lo conseguí, me levanté y me dejé caer de rodillas frente a él. Se puso de pie y empezó a meneársela. La tenía hinchada como nunca, mojada de mí, con las venas marcadas. Me costó no metérmela en la boca antes de tiempo, pero no llegué: empezó a correrse sobre mi torso. Me sorprendió la cantidad para alguien que ya había soltado hacía nada. Esta vez fui yo la que se esparció el semen por la piel, sin dejar de mirarlo, mordiéndome el labio.

—Nunca había visto una perrita como tú.

Lo agarré por los muslos, me acerqué y le metí la polla a medio bajar en la boca. Le di un par de chupadas lentas. La saqué limpia. El sabor de él y el mío se mezclaron sobre mi lengua.

—Pues sí que estoy rica.

—Lo estás. Mucho.

Salimos de la caseta como si nada. Nos dimos un beso largo en la puerta. Intercambiamos teléfonos. Después de eso me lancé al agua un rato para enjuagarme, recogí la mochila a toda prisa y corrí hasta la parada para no perder el último bus.

Como podéis imaginar, no fue la última vez que lo vi.

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Comentarios (4)

RodrigoPlayas

Tremendo relato!! me tenia con el corazon acelerado de principio a fin

ValentinaR

Segunda parte por favor!! quede con muchas ganas de saber como siguio todo

Carla_SFe

Me encanto como narraste la tension del momento, esa sensacion de ser observada la describis perfectamente. Sigue escribiendo!

un_lector_curioso

Muy bueno, aunque me quedo pensando si el final era el esperado o habia otro posible... jaja igual genial

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