Espié a mi mujer con el pintor desde la oficina
El zumbido del aire acondicionado mantenía la sala en unos asépticos veintidós grados, pero Mateo sentía una gota de sudor frío bajándole por la columna. A su alrededor, el tecleo de los compañeros y el chasquido lejano de la impresora componían la banda sonora de cualquier martes por la tarde. Nadie sospechaba que, en la esquina inferior derecha de su pantalla, oculta tras una hoja de cálculo a medio rellenar, se desarrollaba una escena doméstica cargada de electricidad.
A doce kilómetros de allí, la luz oblicua entraba por los ventanales del salón de su casa. Sofía estaba de pie en el centro de la habitación. Mateo ajustó el contraste de la ventana de video. La cámara, una esfera negra del tamaño de una nuez disimulada entre los libros de la estantería, ofrecía una panorámica nítida.
Ella sabía exactamente dónde estaba la lente. No la miró de frente, pero Mateo conocía ese rictus diminuto en la comisura de su boca: era su sonrisa de travesura, la señal de que el juego ya había empezado.
Llevaba una camiseta de algodón blanco, de esas que parecen inofensivas hasta que la luz incide en el ángulo adecuado. Le quedaba dos tallas grande, cayendo con la fluidez líquida de la tela barata bien planchada. Mateo sabía, porque lo habían hablado entre susurros la noche anterior, que debajo no había nada que le sujetara el pecho. La ausencia de sujetador convertía cada paso en una pequeña danza de fricción y gravedad.
En la pantalla apareció el pintor. Un hombre joven, de hombros anchos manchados de yeso, que arrastraba con cuidado una escalera de aluminio para no rayar el parquet. Tendría unos treinta y pocos, el pelo cortado a navaja, los antebrazos venosos de quien lleva años cargando cubos.
Mateo se inclinó hacia la pantalla. Tenía la boca seca.
—¿Le molesta si muevo el sofá un poco, señora? —La voz llegó por el micrófono ambiental con un leve retraso metálico.
—No, claro. Ponte cómodo —respondió Sofía. Sonó aterciopelada, con esa cadencia lenta que reservaba para los minutos previos a la intimidad.
Ella se acercó a la ventana, fingiendo interés en las cortinas, pero calculando el contraluz con la precisión de quien lo ha ensayado. El sol de las tres de la tarde le golpeó de lleno en la espalda. En el monitor, la camiseta blanca se volvió de pronto translúcida: una neblina de algodón que apenas insinuaba la silueta oscura de la cintura y la curva de las caderas.
Mateo vio cómo el pintor, subido al segundo peldaño con la espátula en la mano, se quedaba paralizado. Fue una fracción de segundo en la que la herramienta quedó suspendida en el aire. El hombre tragó saliva; el movimiento de la nuez fue visible incluso en la resolución de la cámara.
Sofía se giró despacio. Llevaba una falda corta de tela ligera y, debajo, Mateo sabía que solo existía una mínima expresión de encaje: una tanga de hilo color carmesí que él mismo le había regalado dos cumpleaños atrás.
—Hace mucho calor hoy, ¿verdad? —dijo ella, abanicándose con la mano. El gesto, en apariencia inocente, desplazó el escote de la camiseta hacia un lado y dejó al descubierto el hombro dorado y el nacimiento del pecho izquierdo.
Mateo sintió una presión rara en el centro del esternón, una mezcla de celos primitivos y excitación voraz. Era el dueño del secreto. El director invisible de una obra de teatro prohibida. Ver cómo otro hombre luchaba por mantener la compostura frente a la belleza descarada de su mujer le otorgaba una sensación de poder embriagadora.
Está jugando para mí. Solo para mí.
—Sí... sí, está pesado el día —balbuceó el pintor, devolviendo la vista a la pared con un esfuerzo casi doloroso. Se concentró en una grieta del yeso como si fuera lo más fascinante del mundo, pero la grieta no le iba a salvar.
Sofía caminó hacia la cocina, saliendo del plano. Mateo cambió rápidamente a la cámara del pasillo con un clic nervioso del ratón. La vio abrir la nevera. No se agachó doblando las rodillas, como cualquier persona razonable. Se inclinó hacia adelante con las piernas rectas, alargando el cuello para buscar una botella en el estante inferior.
La falda subió peligrosamente.
Mateo apretó los dientes para no emitir ningún sonido. La pantalla mostraba un fragmento de muslo, la curva del glúteo y, durante un segundo eterno, el destello rojo del encaje. En la oficina, sin poder evitarlo, se aflojó el nudo de la corbata. La respiración se le había vuelto densa. Imaginó el aroma exacto de la casa a esa hora: el olor acre de la pintura fresca, el polvo de la obra y, por encima de todo, el perfume floral de Sofía, ese jazmín nocturno que siempre se ponía detrás de las orejas y en el hueco de las rodillas.
***
Sofía regresó al salón con dos vasos de agua helada. El pintor seguía arriba, sobre la escalera. Ella se acercó al pie de la estructura de aluminio y le extendió el vaso hacia arriba con el brazo estirado.
—Toma. Tienes que estar muerto de sed.
El pintor tuvo que mirar hacia abajo. La perspectiva era implacable. Desde su altura, la holgura de la camiseta debía ofrecer una vista vertiginosa: un abismo de piel desnuda sin barreras, los dos pechos suaves colgando libres bajo la tela blanca. El hombre tomó el vaso con la mano temblorosa, y sus dedos rozaron sin querer los de ella.
—Gracias —dijo él, con la voz tan ronca que sonó a otra persona.
Sofía no se retiró. Se quedó al pie de la escalera, bebiendo su propia agua con calma estudiada. Una gota escapó de sus labios y resbaló por la barbilla, bajó por el cuello y desapareció en el valle entre los pechos, bajo la tela blanca. Mateo vio cómo los ojos del pintor seguían la trayectoria de esa gota con una avidez que ya no intentaba disimular.
Sofía aguantó un segundo de más. Luego, sin levantar la voz ni cambiar de postura, alzó la mirada y la fijó directamente en la cámara de la estantería. Mateo sintió un escalofrío como si la hubiera mirado a los ojos en persona. Ella se mordió el labio inferior, le sostuvo la mirada y, con un movimiento mínimo, se ajustó la falda sin necesidad alguna, sabiendo que él estaba al otro lado, devorando cada píxel.
El teléfono del trabajo vibró sobre el escritorio y le rompió el trance. Era un mensaje de ella. Solo dos palabras.
«¿Estás mirando?».
Mateo tecleó con dedos torpes. Le latía el pulso en las sienes, en la garganta, en lugares donde uno no debería notarse el pulso.
«No puedo dejar de hacerlo. No te detengas».
Sofía leyó el mensaje en su propio teléfono. Sonrió de medio lado, dejó el vaso en una mesa auxiliar y se estiró perezosamente, arqueando la espalda como una gata al sol. La camiseta tiró hacia arriba, despegándose de la cadera y dejando ver dos dedos de piel sobre el ombligo.
***
Lo que vino después no estaba en el guion, ni siquiera en el guion implícito que tenían ellos dos. Sofía cogió un trapo del aparador, lo mojó en el grifo y volvió al salón con él en la mano. Sin pedir permiso, se subió al primer peldaño de la escalera, justo debajo del pintor.
—Te queda un goterón aquí, en el lateral —dijo, señalando con el dedo una mancha de pintura que había caído sobre el rodapié—. Déjame.
El hombre se hizo a un lado, tieso como un palo. Para ayudarla a alcanzar la mancha, tuvo que pegar la espalda contra los peldaños altos. La maniobra dejó a Sofía con el cuerpo entre sus piernas, agachada hacia el zócalo, el trapo en la mano. Desde la cámara, Mateo veía la espalda recta de su mujer, el arco perfecto de su trasero alzado y, sobre todo, la cara descompuesta del pintor mirando un punto fijo en la pared opuesta como si rezara.
Sofía no se daba prisa. Frotaba el rodapié con movimientos lentos y circulares. Cada vez que el brazo se le tensaba, la camiseta se le subía un poco más por la espalda.
—Disculpa —dijo ella al final, sin disculparse en absoluto—. Es que no soporto las cosas a medio hacer.
Bajó del peldaño, le tendió el trapo al hombre y volvió a su sitio en el centro del salón. El pintor tardó tres segundos en acordarse de cómo se sujetaba una espátula.
Mateo, en la oficina, había dejado de respirar. Cuando volvió a hacerlo fue de golpe, ruidosamente, y un compañero de la mesa de al lado levantó la cabeza.
—¿Todo bien, tío? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí, sí —respondió Mateo, minimizando la ventana en una décima de segundo—. Reflujo. Se me ha repetido el café.
El compañero se encogió de hombros y volvió a lo suyo. Mateo restauró la ventana con una mano que ya temblaba sin remedio. Sofía seguía allí, recorriendo el salón descalza, fingiendo escoger un libro de la estantería que estaba exactamente al lado de la cámara. Pasó tan cerca de la lente que durante un instante Mateo solo vio una pared blanca de algodón, el latido suave de su respiración a través de la tela, el contorno de un pezón endurecido por el aire fresco de la nevera reciente.
Y luego volvió a alejarse.
***
El pintor terminó la primera mano alrededor de las cinco. Bajó de la escalera, recogió el plástico del suelo, guardó los rodillos y se despidió diciendo que volvería al día siguiente para la segunda capa. Sofía lo acompañó hasta la puerta. Lo último que vio Mateo, antes de que ella saliera del encuadre, fue la mano del hombre dudando un segundo de más al estrecharle la suya, los dedos cerrándose despacio, casi pidiendo permiso para no soltarla.
Después, silencio.
Mateo se quedó mirando el salón vacío en la pantalla durante un minuto entero. El sol había bajado de ángulo y ahora pintaba el parquet de un naranja largo. Sintió un cansancio raro, de los que vienen después de un susto, y a la vez una claridad nueva, como si alguien hubiera limpiado los cristales del mundo.
Su teléfono vibró una última vez.
«Mañana se queda hasta las siete. Te lo cuento por la noche, en la cama, con detalles».
Mateo apagó la pantalla del monitor, cerró la pestaña del navegador y miró el reloj. Le quedaban dos horas largas hasta poder salir de allí. Dos horas durante las cuales tendría que disimular lo evidente, contestar correos absurdos sobre presupuestos y fingir que el día había sido como cualquier otro.
Como cualquier otro.
Sonrió hacia el teclado. La pared, al final, no iba a ser lo único que terminaría subiendo de temperatura en aquella casa. Y él, a diez metros de la fotocopiadora, era el único que lo sabía.