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Relatos Ardientes

La mirada que apareció en aquel descampado a medianoche

Salí de la conferencia de diseño a las once y media de la noche. La sala estaba vacía y los pasillos del centro de convenciones, en el norte de la ciudad, parecían el set de una película mal iluminada. Cerré la chamarra hasta el cuello y caminé hacia la parada del camión, contando billetes mentalmente. Tenía ochenta pesos, no más.

Mi último camión había pasado hacía media hora. El segundo a último, si el conductor se acordaba de pasar, llegaría en cuarenta minutos.

Me senté en la parada con el celular muerto en el bolsillo y la mochila apretada contra el pecho. Llevaba puesta una sudadera gris, una falda negra que me cubría apenas hasta la mitad del muslo y unos tenis blancos que ya no eran blancos. Sin medias. Las piernas se me empezaron a poner de gallina.

Pasaron las doce.

A las doce y diez, un taxi color verde apagado salió de una calle lateral y avanzó despacio, como si me hubiera estado buscando a mí. Lo paré con la mano. La ventanilla bajó y un olor dulzón y espeso me golpeó la cara. Marihuana. Bastante.

—¿A dónde, hermosa? —preguntó el chofer.

Le dije la dirección. Un barrio del sur, casi en el cerro. Le mostré el billete arrugado que tenía en el bolsillo. Ochenta pesos. Nada más.

—Está lejos. A esta hora, cuatrocientos cincuenta.

—Te juro que te pago llegando. Le pido a mi tío y bajo.

—No, hermosa. Esa me la han hecho cinco veces este mes. Ya no caigo.

Iba a darme la vuelta cuando me sonrió, un poco torcido. Tenía como cincuenta años, una barba canosa que parecía pegada con cera y los ojos rojos hasta el fondo. Olía a humo viejo y a colonia barata.

—Súbete. Lo platicamos en el camino.

Mala decisión. Buena decisión. Todavía no lo sé.

Subí.

***

El interior olía a humedad y a hierba. Me ofreció el porro encendido sin mirarme, lo agarró entre dos dedos manchados de nicotina y me lo extendió por encima del freno de mano.

—Para que te relajes. Estás temblando.

No estaba temblando, pero le di una calada larga. Pensé que generaría confianza. Pensé muchas cosas estúpidas esa noche.

La hierba era fuerte. Más fuerte que cualquiera que hubiera probado en las fiestas de la universidad. A los dos minutos las luces del Periférico me parecían rayas de neón que se derretían sobre el parabrisas.

—Mira, hermosa —dijo el taxista. Se llamaba Rubén, lo leí en la credencial colgada del retrovisor—. Me caes bien. Te llevo gratis si tú me ayudas con algo en el camino. Tengo que parar a cargar gasolina y a hacer otra cosa, pero nada del otro mundo.

—Lo que sea con tal de llegar —dije, y me reí, sintiéndome poderosa por un segundo.

Uff. Lo que sea.

Rubén soltó una carcajada baja y se acomodó en el asiento. Bajó el cierre del pantalón sin dejar de manejar. La carretera estaba casi vacía.

—Aquí mero está el problema, hermosa. ¿Me ayudas?

Me dije, sin pensarlo demasiado, que era una mamada. Nada más una mamada y me ahorraba cuatrocientos cincuenta. No iba a ser la primera ni la última.

Me incliné sobre la palanca de velocidades y me lo metí en la boca. Lo tenía caliente y duro, con un olor a tabaco y a sudor que en otro contexto me habría dado asco. En ese momento, con la hierba haciéndome cosquillas en la nuca, me pareció hasta dulce.

Rubén condujo otros quince minutos así. Sentía la palanca de cambios chocarme la mejilla cada vez que metía tercera. Cuando ya estábamos sobre una recta larga, me apretó la nuca con la mano izquierda y me obligó a tragar todo. Se rió en silencio mientras lo hacía.

—Eres buena, hermosa. ¿Aprendiste con un papá rico?

No le contesté. Me limpié la comisura con el dorso de la mano y me incorporé. Por la ventanilla pasaban campos vacíos, postes de luz cada vez más separados, y un cartel rojo que decía «Salida a Tepojaco — 8 km».

***

—Voy a cargar gasolina —dijo.

Paramos en una gasolinera con un Oxxo encendido como un acuario. Rubén se bajó, metió la manguera y se metió a la tienda. Tardó como diez minutos. Salió con dos cervezas y una bolsa de papitas. Me extendió una cerveza.

—Tómate algo, hermosa. Falta poco.

Tomé. La cerveza estaba helada y me cayó como una bofetada limpia. Volvimos a la carretera. A los pocos minutos, Rubén se desvió por un camino de tierra que se metía entre matorrales secos. No había alumbrado. Solo los faros del taxi y, a lo lejos, otra luz que parecía estar parada en el costado.

—Aquí me bajo a hacer pis. ¿Vienes? Si no te aguantas, mejor abajo. La verdad, yo también voy.

Me di cuenta de que sí necesitaba. La cerveza, la hierba, los nervios. Bajé. Caminé un poco hacia el lado contrario al suyo, busqué unos pastos altos. Me bajé la ropa interior, me agaché y dejé que se me fuera todo de un solo chorro tibio sobre la tierra.

Cuando levanté la vista, dos faros se apagaron a unos treinta metros, sobre el mismo camino.

Adentro de ese coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.

***

Me subí la ropa interior a la carrera. Salí de los pastos y vi a Rubén apoyado contra el cofre del taxi, con la verga afuera y una sonrisa idiota. Me esperaba.

—Entonces, hermosa. ¿Cogemos o qué?

—No, Rubén. Eso no era el trato. La mamada y ya está.

—Mira. O te abres de piernas aquí, o te dejo. Y créeme, por aquí pasa gente fea a las dos de la mañana.

—No mames.

Volteé hacia el otro coche. Las luces seguían apagadas, pero adentro alguien se acomodó en el asiento del conductor. Un movimiento pequeño. El bulto de una cabeza.

—Hay alguien. En el coche de allá. Nos está mirando.

Rubén ni siquiera giró la cabeza. Sonrió más ancho.

—Que mire. Aquí nadie te conoce, hermosa. Y a mí no me importa que un buey se la jale viéndonos. Al contrario.

Esa frase me hizo algo. Algo raro.

Se me cayó el plan de pelear. Se me cayó el plan de huir. Sentí un calor en el estómago que no era el de la cerveza. Era otra cosa. Pensé en el hombre de la sombra, en lo poco que se vería desde allá y en lo mucho que se imaginaría.

—Quítate la ropa —dijo Rubén—. Despacio. Para que el de allá se acomode.

Y le hice caso.

Me bajé la sudadera por los hombros, primero un lado y después el otro. Después me la quité por la cabeza. La dejé sobre el cofre tibio del taxi. Me desabroché el sostén y lo colgué del retrovisor lateral. La brisa de mayo me erizó los pezones de inmediato.

Me bajé la falda hasta el suelo y la pisé para no perderla en la tierra. La ropa interior la dejé puesta. Rubén me la arrancó él mismo con un tirón seco.

A treinta metros, los faros del otro coche se encendieron por un segundo y se volvieron a apagar. Como un parpadeo. Como un aplauso.

—Te están saludando, hermosa —se rió Rubén—. Date la vuelta. Inclínate sobre el cofre.

Me incliné. Apoyé las palmas sobre la chapa caliente. El metal me quemaba un poco las manos, pero no me importó. Sentí a Rubén ponerse atrás, separarme con las dos manos, escupir y meterme de un solo empujón.

Grité. No de placer, todavía no. De sorpresa. De que estaba pasando. De que dejaba que pasara.

Empezó a moverse despacio, como si quisiera que el de allá midiera bien el ritmo. Las luces del otro coche se volvieron a encender, esta vez largas, sin apagarse. Nos iluminaba a media potencia, como si fuera un foco de escenario.

Pude verme las manos extendidas sobre el cofre verde del taxi. Las piernas separadas. Los pies clavados en la tierra. La sombra de Rubén pegada a la mía como una sola figura deforme.

Y atrás, perfectamente quieto detrás del parabrisas, el otro hombre.

Lo veía mover el codo. Un movimiento corto, regular. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Y entonces sí. Entonces empecé a gemir.

No fue un gemido fingido. Fue uno que se me escapó del estómago. Como si el ojo de aquel desconocido me sacara algo que Rubén, con todas sus embestidas, no me había podido sacar.

—Esa es mi niña —dijo Rubén, y me agarró del pelo. Me echó la cabeza hacia atrás para que el otro me viera la cara—. Mira al frente. No bajes la cabeza.

Obedecí. Mantuve los ojos en los faros encendidos. Imaginé al hombre del otro coche viéndome la boca abierta, el cuello tirante, los pechos rebotando contra el cofre. Imaginé la mano dura sobre la verga, los nudillos blancos, el ritmo cada vez más torpe.

—Más rápido, Rubén.

Lo dije yo. Yo.

Rubén soltó una risita y aceleró. Me agarraba las caderas con las dos manos y me clavaba contra el metal del coche cada vez con más fuerza. Sentía cada golpe subirme por la espalda hasta los dientes.

A treinta metros, el hombre del otro coche bajó la ventanilla. Vi el reflejo de un encendedor. Encendió un cigarro sin dejar de mirar. La punta naranja era el único punto fijo en toda la oscuridad.

Eso me terminó.

Me vine apretando los puños sobre el cofre, con un gemido largo que no parecía mío. Las rodillas me temblaron y casi me caigo. Rubén me sostuvo de la cintura y empujó dos veces más, profundo, antes de salirse y soltarme todo sobre la espalda baja.

Sentí lo caliente bajándome por la curva de la cadera, sobre el muslo, hasta la tierra.

—Mira al frente —repitió Rubén, jadeando—. Saluda.

Levanté una mano floja, sin pensar. La punta naranja del cigarro se movió, como si me devolviera el saludo.

Después, los faros del otro coche se apagaron de nuevo. Esta vez para siempre. No oí motor, no oí puerta. Cuando me incorporé del cofre y miré hacia allá, treinta metros más allá, el coche seguía ahí, oscuro. Pero no se movía. Como si quien estuviera adentro hubiera entrado en otro tipo de quietud.

***

Rubén me pasó mi sudadera, mi falda, mi sostén. Hizo un nudo con mi ropa interior y se la guardó en el bolsillo trasero del jean.

—Esto se queda conmigo —dijo—. Por si algún día quieres otro viaje gratis. Ya sabes cómo es.

Me subí al taxi sin discutirle. Lo dejé encender otro porro mientras retomaba la carretera. No hablamos en todo el resto del camino. Yo veía pasar los postes de luz por la ventanilla y sentía el frío del asiento contra la piel desnuda bajo la falda.

Pensé, todo el camino, en el hombre del cigarro.

Me pregunté si era un taxista igual que Rubén, un cómplice que estaba ahí esperando, o si era un desconocido cualquiera que se había encontrado con el regalo de su vida. La segunda opción me ponía más caliente. Mucho más caliente.

Llegamos a mi colonia a las dos y veinte. Rubén me dejó a una cuadra de mi casa, sin decir nada. Bajé. Le toqué el cofre con los nudillos, no sé por qué. Como si fuera mi taxi y no el de él.

***

Esa misma noche, antes de meterme a la cama, abrí mi diario. Hacía meses que no escribía nada. Apunté la fecha, la hora, el olor de la marihuana, la pisada de la falda sobre la tierra, la punta naranja del cigarro a treinta metros de distancia.

Sobre todo, apunté esa sensación. Esa cosa nueva.

Antes de aquella noche, cuando alguien me miraba en la calle, yo bajaba la vista y aceleraba el paso. Después de aquella noche, empecé a sostener la mirada. A veces, en el metro, me daba cuenta de que estaba abierta de piernas a propósito, calculando el ángulo. Otras veces, me acomodaba al lado de la ventanilla del autobús para que el del coche de al lado me viera entrar la mano debajo de la falda.

No volví a tomar otro taxi de Rubén. Pero pasé muchas noches preguntándome si volvería a salir de alguna conferencia, a alguna hora estúpida, con ochenta pesos en el bolsillo y un camión que no aparecía.

Y, sobre todo, preguntándome si el hombre del cigarro seguiría todavía por ahí, parqueado en algún descampado, esperando otro espectáculo.

A veces, cuando manejo de noche por el Periférico y veo un par de faros apagados al costado del camino, bajo la velocidad.

Por si acaso.

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Comentarios (5)

Beto_lectura

increible, de los mejores que lei este mes

NachoCba91

Quede con ganas de saber quien era el del coche. Por favor una segunda parte, no podes dejarnos asi!

SantiG92

me recordo a una noche en la ruta con mi novia... esa sensacion de saber que alguien te observa es una mezcla muy rara. excelente relato

Tadeo_R

buenisimo!!!

ValentinaK

Lo que mas me gusto fue la tension que fuiste construyendo. Se siente la noche, el silencio, esa mirada fija. Muy bien escrito

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