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Relatos Ardientes

Aquella mañana mi vecino me espió desde el balcón

El último fin de semana de mayo entró en Valencia con una bofetada de aire caliente. Yo, que en verano duermo siempre desnuda, me desperté antes de las siete con la sábana enredada en los tobillos y la piel pegajosa. No había forma de volver a dormir. Por la ventana abierta entraba esa luz gris azulada de las primeras horas, y a lo lejos se oía un autobús, una persiana, el principio del día.

Me levanté de mala gana y agarré la bata corta de algodón que dejo colgada detrás de la puerta del dormitorio. Es una prenda fina, color crema, que solo uso en casa cuando hace calor. Apenas me llega a la mitad del muslo. No me la abroché. Para qué, si vivo sola.

Mi piso tiene una terraza generosa que da a un patio interior amplio, rodeado de otros bloques. A esa hora suele estar desierta. Salí descalza, con los pies todavía calientes por la cama, y respiré el primer aire fresco del día. Olía a tierra mojada porque la noche anterior había regado las plantas. Había sobrevivido un macetero entero de albahaca y eso, por algún motivo, me puso de buen humor.

Como soy incapaz de estar quieta, en lugar de sentarme y disfrutar el silencio me puse a quitar las hierbas que habían crecido alrededor de los geranios. Después arreglé las jardineras, recogí dos hojas secas y barrí un rincón. Todo esto inclinada, agachada, de rodillas en las baldosas. La bata se me abría a cada movimiento y yo no le prestaba atención: el patio estaba vacío, los vecinos dormían, la mañana era mía.

Lo que no me imaginaba era que en el cuarto piso del bloque de enfrente había alguien despierto. Lo vi por casualidad, cuando me erguí para colocar una maceta en alto. Una silueta apoyada contra la baranda de un balcón, inmóvil. Llevaba ahí no sabía cuánto tiempo. El reflejo del cristal me impedía verle la cara, pero la posición no engañaba: estaba mirándome a mí.

Me quedé un segundo paralizada con la maceta entre las manos. Luego, en lugar de cerrarme la bata y meterme en casa como dictaría el sentido común, hice una cosa muy rara: seguí trabajando como si no hubiera notado nada. No fue una decisión meditada. Fue un impulso. Algo en el pecho que me dijo «sigue».

Volví a agacharme. Estaba quitando malas hierbas de un rincón y, esta vez, era plenamente consciente de la postura que ofrecía. Mi bata, abierta, no cubría absolutamente nada por detrás. Imaginé lo que estaría viendo aquel desconocido: mis nalgas desnudas al aire, los muslos separados para mantener el equilibrio, la línea de la espalda inclinada hacia delante. Sentí un cosquilleo en la nuca y un calor que no venía del sol.

Repasé mentalmente todo lo que había hecho desde que había salido a la terraza. Lo del macetero alto, con los brazos estirados y la bata levantándose. Las rodillas en el suelo arreglando las flores, completamente abierta hacia él. Las inclinaciones para recoger las hojas. Cada movimiento, en realidad, había sido una invitación, aunque yo no lo supiera hasta ese momento.

El sol empezaba a calentar el suelo. Me dije que era hora de entrar a refrescarme y prepararme para tomar el sol como tenía planeado. Entré sin mirar hacia el bloque de enfrente, pero sintiendo todavía la presencia en la espalda.

Bajo el chorro de la ducha, no pude evitarlo. Pensé en él. En sus ojos, en su silueta inmóvil, en lo que habría sentido al verme. Me dejé caer el agua tibia sobre los pechos, sobre el vientre, y me toqué un momento, solo lo justo para confirmar lo que ya sabía: que aquello me había puesto.

***

Me puse un bikini que solo uso en casa: dos triángulos negros y una tanga muy baja. Es la pieza con menos tela que tengo. La compré por aburrimiento en unas rebajas y nunca había salido con ella a la calle. Para la terraza, sin embargo, era perfecta.

Me preparé un vaso de zumo de naranja recién exprimido, agarré la novela que estaba leyendo y unas gafas de sol grandes, de pasta oscura, de esas que tapan media cara. Volví a la terraza haciendo creer que no miraba al frente. De reojo comprobé que el balcón estaba vacío.

Me dio una punzada de decepción. Tan rápido. Me había construido toda una película en la ducha y, al subir el telón, no había público. Me coloqué en la hamaca pensando que quizá había exagerado, que quizá ni siquiera había habido nadie y todo era mi cabeza inventando.

Me eché crema solar en las piernas con desgana, abrí el libro y a las dos páginas ya tenía los párpados pesados. Me quedé dormida sin darme cuenta, con el calor subiéndome desde el cemento, con el rumor del patio entrando y saliendo de mi cabeza.

Me despertó un cosquilleo en el omóplato: la piel pidiendo cambio de posición. Me incorporé un poco, todavía aturdida, y giré la cabeza hacia el bloque de enfrente. Y ahí estaba otra vez.

Sentí cómo el corazón me daba un golpe, uno solo, fuerte, como cuando algo te pilla por sorpresa pero en realidad lo estabas esperando. Tras las gafas oscuras podía mirarlo sin disimular. Era un chico joven, de unos veinte años a lo sumo, moreno de piel, delgado pero con los hombros marcados. Llevaba solo un short blanco muy ajustado y nada más. Estaba en su balcón, de pie, con las manos apoyadas en la baranda, mirándome.

Decidí darle la vuelta a la situación. Me tumbé boca abajo y, fingiendo el gesto rutinario de cualquiera que toma el sol, me desabroché la parte de arriba del bikini. La tela cayó a un lado de la hamaca. Mis pechos quedaron aplastados contra la toalla, ocultos a su mirada, pero la sola idea de que él estuviera esperando a que me diera la vuelta me hizo apretar los muslos.

Esperé un rato así, sintiendo el sol calentándome la espalda, dejando que la anticipación creciera. A la curiosidad de él se sumaba ahora la mía. ¿Hasta dónde se quedaría? ¿Hasta dónde me atrevería yo?

Por fin me di la vuelta lentamente, con un movimiento perezoso de quien no se da cuenta de nada. Quedé boca arriba, los pechos al aire, los brazos por encima de la cabeza. Aprovechando las gafas, lo miré de lleno.

Seguía ahí. Inmóvil. Y juraría que tragó saliva.

***

Hace falta más crema, pensé.

Era una excusa absurda, pero servía. Cogí el bote de protector y dejé caer una buena cantidad de leche blanca entre mis pechos. Empecé a esparcirla con las dos manos, despacio, dibujando círculos. Cuando se acabó la prisa de la crema, lo que quedaron fueron caricias. Me detuve más de lo necesario en los pezones, que se endurecieron solos, como si supieran que tenían a alguien delante.

El sol caía exactamente sobre la hamaca. Sentí los rayos atravesando la piel y la brisa rozándome la punta de los pechos. Cualquiera que pasara por ahí habría pensado que era una imagen idílica de domingo, una mujer cuidándose en su terraza. Solo yo —y él— sabíamos lo que estaba pasando de verdad.

Mis ojos no perdían un solo movimiento suyo. Lo vi llevarse una mano a la entrepierna y sobarla por encima del short. El bulto era inconfundible. Estaba excitado. Mucho.

Una sonrisa se me escapó sin pedir permiso. Me la borré rápido, no fuera él a darse cuenta de que yo estaba viéndolo todo a través de los cristales oscuros. La regla del juego era no romper la ficción. Yo seguía dormida, distraída, ajena. Él seguía siendo un mirón impune.

Cogí más crema y me la repartí por los muslos. Empecé por las rodillas y subí, despacio, masajeando cada centímetro. Cuando llegué a la parte alta, separé un poco las piernas. No mucho. Lo justo. Mis dedos rozaron el borde de la tanga negra, dudaron un segundo y volvieron a bajar por la cara interna del muslo.

Esa caricia, hecha para mí pero ofrecida a él, me cortó la respiración. Estaba completamente empapada bajo la tela. Hacía meses, años quizá, que no me sentía así por algo tan tonto. Por una mirada.

Levanté la vista. Él tenía la mano metida dentro del short. Veía el movimiento del antebrazo perfectamente. Se estaba masturbando ahí, en su balcón, a las once de la mañana de un domingo, mirándome a mí.

Mi primera reacción fue de pánico. Quise levantarme y meterme en casa. La segunda, más lenta, fue otra: quédate, aguanta, mira.

***

Me incorporé despacio, fingiendo que iba a por algo. Volví a casa con los pechos al aire, las gafas puestas, la tanga marcando la humedad. Me serví un vaso de agua fría en la cocina y, mientras la bebía, me bajé un instante la tanga para sentirme con los dedos. Estaba tan mojada que me asusté de mí misma.

Volví a la terraza. Él seguía ahí, algo más recompuesto, las manos sobre la baranda, pero el short todavía lo delataba. No iba a marcharse hasta el final. Y yo tampoco.

Me incliné con todo el descaro del mundo para dejar el vaso en la mesita auxiliar. La tanga, mínima, no cubría nada. Le ofrecí una vista perfecta de la curva de las nalgas, separadas lo justo. Aguanté la postura un segundo más de lo necesario y, cuando me incorporé, me coloqué de cara al patio, frente a él, con las manos en la cintura.

Por un momento nos miramos, los dos sabiéndolo. Las gafas seguían ahí, pero el cuerpo ya no fingía. Mis pezones, duros. Su bulto, evidente. El aire, espeso.

Me tumbé otra vez en la hamaca. La brisa volvió a acariciarme los pechos desnudos y yo cerré los ojos un instante. Recordé un verano en una cala salvaje del sur, en el que pasé tres días sin ponerme nada encima. Recordé esa sensación de libertad total, de cuerpo respirando sin ropa que lo apretara. Me pareció absurdo, en ese momento, mantener puesta la única prenda que me quedaba.

Me deshice de la tanga con un movimiento simple. La dejé caer al lado de la hamaca y me quedé completamente desnuda al sol. La brisa me recorrió entera, fría sobre la humedad, y se me erizó la piel.

No miré inmediatamente. Le di unos segundos para procesar lo que estaba viendo. Cuando por fin levanté la vista hacia su balcón, lo encontré ya con la verga fuera del short, en la mano, masturbándose abiertamente. No quedaba ya ningún disimulo, ni en él ni en mí.

Lo observé sin parpadear, con las piernas ligeramente separadas, ofreciéndole lo que él me estaba ofreciendo a mí. No nos tocamos. No nos hablamos. No nos cruzamos en el portal del edificio. Pero durante esos minutos compartimos algo que probablemente ninguno de los dos olvidará.

Lo vi correrse contra la baranda de su balcón. Vi el espasmo en los hombros, la cabeza echada hacia atrás, la respiración entrecortada incluso desde la distancia. Y después, lentamente, lo vi recomponerse, mirar una última vez hacia mí y desaparecer por la puerta corredera.

Me quedé un rato largo ahí, desnuda, con el sol cayendo a plomo y el cuerpo todavía vibrando. Cuando por fin entré en casa, me metí directa a la ducha. Bajo el agua fría terminé yo también lo que había empezado, con los dedos donde no había dejado que llegaran los suyos, recordando cada uno de sus gestos.

Esa tarde no fui capaz de salir al patio. Tampoco al día siguiente. Pero el lunes por la mañana, ya con la ciudad despierta y normal, me asomé al balcón con un café en la mano. Su balcón estaba vacío. Las persianas, bajadas.

Lo que sí encontré, sobre la baranda del mío, fue una hoja seca que no recuerdo haber dejado allí. Probablemente la trajo el viento.

O quizá no.

Y con esa duda, que es la mejor parte del juego, los dejo hasta el próximo relato.

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Comentarios (4)

NadiaM77

Que morboso, me encantoooo!!! Tremendo relato.

chica_curiosa

Me recordó a algo que me pasó el verano pasado con un vecino de la playa jaja, nunca lo habia pensado de este lado.

Mili_BA

Por favor seguí con esto!!! Necesito saber que paso despues.

CineAmante

Lo que más me gustó es la decision que toma en ese momento. Ese giro lo hace diferente a otros relatos del estilo.

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