Me dejé ver por el jardinero del vecino
Volví a casa de mis padres con la piel todavía caliente por el sol y arena pegada en las corvas. Había pasado la tarde entera tirada boca abajo en la playa, escuchando el rumor de la gente y dejando que el calor me cocinara despacio. En algún momento me desaté el bikini para que no me quedara la marca y, aunque no me quité la parte de arriba del todo, sentir el aire libre contra los pechos me había puesto en un estado raro, como si llevara un secreto dentro del cuerpo.
En el colectivo de vuelta ya estaba pensando en lo que iba a hacer apenas cruzara la puerta. La idea era simple: tirarme en la cama tal cual estaba, con bikini y arena, cerrar los ojos y terminar yo misma lo que el sol había empezado.
Mis padres no estaban. Casi nunca están. La casa es grande, silenciosa, y cuando vengo a quedarme unos días siento que tengo permiso para hacer cualquier cosa entre esas paredes.
Entré por el portón del fondo y entonces lo vi.
Del otro lado de la cerca, un hombre cortaba el pasto del jardín del vecino. No era don Esteban, el dueño de la casa, que ya pasa los ochenta. Era alguien más joven, contratado quizá para esa tarde. Calculé que rondaría los cincuenta y cinco. Tenía la espalda ancha, una camisa de jean arremangada hasta los codos y el pelo entrecano pegado a la frente por la transpiración.
Me quedé mirándolo desde el fondo del patio, agachada detrás de un naranjo, como si yo fuera la que espiaba y no al revés. Sentí cómo se me apretaba algo en el estómago. No sé explicarlo bien. Me gusta que me miren. Me pone más caliente que cualquier caricia el saber que alguien me observa cuando estoy en mi mundo.
Tenía que hacerlo. No iba a perdonarme dejar pasar esa oportunidad.
***
Subí a mi cuarto, me solté el pelo, me até un pareo de gasa transparente sobre el bikini —de esos que en realidad no tapan nada, solo dibujan— y bajé descalza con una excusa armada en la cabeza.
El plan era torpe pero efectivo: ponerme a regar el cantero del frente, justo del lado que daba a la cerca, y dejar que el resto sucediera.
Abrí la canilla. El chorro salió fuerte. Me incliné a propósito sobre las plantas, sabiendo que el pareo dejaba ver la curva de la cola enmarcada por la tira fina del bikini. Sentí el sol en la espalda y, después, sentí otra cosa: la mirada del hombre clavada en mí como un dedo tibio.
No levanté la cabeza enseguida. Lo dejé mirar. Lo dejé mirar mientras regaba un jazmín que ni siquiera necesitaba agua, mientras se me corría una gota de sudor entre los pechos y otra me bajaba por la nuca. Mi cuerpo no es espectacular —los pechos chicos, firmes, los pezones siempre duros—, pero esa tarde, bajo esa luz, me sentí una diosa de barrio.
Cuando por fin alcé la vista, él estaba detenido en la mitad de un movimiento, con la cortadora todavía vibrando contra su pierna. No disimuló. Me miró a los ojos un segundo, después a la boca, después al escote, después más abajo. Le sonreí apenas y levanté la mano para saludarlo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Él levantó la suya, despacio.
Entonces fue cuando vi el bulto en el jean. No era discreto. Estaba duro como una piedra y tensaba la tela de una manera que me hizo morderme el labio para no reírme. Lo había logrado en menos de cinco minutos.
***
Decidí prolongarlo. Seguí regando, fingiendo distracción. Apunté mal a propósito y dejé que el chorro me mojara el vientre, la cintura, los muslos. El bikini se me oscureció con el agua, los pezones se marcaron todavía más bajo la tela. Le pasé la manguera por encima de la cabeza al jazmín y me eché un poco en la cara, riéndome sola, como una nena haciendo una travesura.
Él ya no fingía cortar nada. La cortadora estaba apagada en el suelo. Estaba parado al borde del cantero de su lado, con las dos manos colgando, mirándome con la boca entreabierta.
Me solté el nudo del pareo y dejé que cayera al pasto.
Quedé en bikini, mojada, brillando. Me agaché despacio para juntar el trapito, sabiendo lo que veía él desde su ángulo. Me incorporé sin apuro, le sostuve la mirada otra vez y, sin decir nada, me di vuelta y entré a la casa.
***
Mi cuarto da justo al patio trasero del vecino. La ventana es grande, baja, con un marco de madera blanca. Hay una cerca de alambre entre las dos propiedades y un cantero con plantas crecidas, pero desde ese ángulo, si las cortinas están abiertas, se ve todo el interior. Lo había comprobado de chica, cuando me cambiaba a oscuras por las dudas.
Esa tarde no quería oscuras. Quería luz, mucha luz.
Abrí las cortinas de un tirón, como quien sube el telón de un teatro. Me paré frente a la ventana y esperé. Tardó cinco, quizá diez segundos en aparecer detrás de la planta grande de su lado, medio escondido, pero ya con la bragueta abierta y la mano adentro.
Nos miramos.
No puedo creer que esté haciendo esto.
Pero sí podía. Y lo hice.
Empecé despacio. Me llevé las dos manos a los pezones por encima del bikini y los pellizqué a través de la tela mojada. Eché la cabeza hacia atrás como si nadie me estuviera viendo, y al mismo tiempo asegurándome de que él viera cada gesto. Bajé una mano por el vientre, dibujé un círculo alrededor del ombligo, seguí más abajo, presioné por encima del bikini y ahí ya estaba todo empapado, no solo de la manguera.
Me desaté el corpiño con una mano sola y lo dejé caer al piso. Mis pechos quedaron al aire, los pezones tan duros que dolían un poco. Volví a tocármelos, los apreté entre el índice y el pulgar, los giré, y mientras tanto le sostenía la mirada al hombre del otro lado de la cerca, que ahora se la masturbaba con un ritmo lento, sin apuro, como si estuviera saboreando un postre que no se iba a repetir nunca.
***
Me bajé la parte de abajo del bikini de un tirón y la tiré hacia un costado. Quedé desnuda en el medio del cuarto, con la luz de la tarde entrando de costado y partiéndome el cuerpo en dos. Caminé hasta la cama sin dejar de mirarlo. Me subí en cuatro patas, de frente a la ventana, con la cabeza apoyada en la almohada y la cola alzada hacia él.
Desde ese ángulo tenía vista directa. Todo expuesto. Nada que adivinar.
Bajé una mano entre las piernas. Me toqué con dos dedos, despacio primero, sintiendo lo mojada que estaba, lo abierta, lo lista. Me palmeé con la mano abierta. Solté un quejido contra la almohada y el quejido me sorprendió a mí misma, porque no me lo había permitido. Me palmeé otra vez. Después metí dos dedos.
El hombre se acercó más a la cerca. Estaba ya casi pegado al alambre, escondido apenas por una rama, y la mano se le movía rápido. Vi su cara crispada, los ojos fijos, los labios apretados.
Yo gritaba bajito contra la almohada, con la cara aplastada, sin poder parar. Metía y sacaba los dedos, después los subía al clítoris en círculos cerrados, después volvía a metérmelos. Pensé por un instante en cómo sería si saltara la cerca, si entrara por la puerta de atrás, si me agarrara desde atrás justo así, en cuatro, sin preguntar nada. La idea me cruzó por el cuerpo entero como una corriente y me hizo arquearme.
El orgasmo me agarró fuerte, largo, ondulado. Las piernas me temblaron tanto que me caí de costado sobre la cama, todavía con los dedos adentro, todavía mirándolo de reojo a través del cabello que me tapaba media cara.
Lo vi terminar a él un instante después. Una mueca rara, callada, casi triste. Después bajó la cabeza, se acomodó la ropa con las dos manos y volvió a su cortadora sin levantar la vista.
***
Me quedé un rato así, tirada de costado, escuchando mi propia respiración bajar. La piel me hervía. El cuello me transpiraba contra la almohada. Tenía esa sensación que viene después, esa rara mezcla de saciedad y de vergüenza ajena, como si la que había hecho todo eso fuera otra y yo solo la hubiera mirado.
Me levanté despacio. Caminé hasta la ventana, desnuda todavía, y cerré las cortinas con un movimiento tranquilo. Del otro lado escuché otra vez el zumbido de la cortadora arrancando.
Me fui al baño, abrí la ducha y me metí debajo del agua tibia. La arena de la playa se me fue por el desagüe en remolinos. Me lavé el pelo dos veces, sin pensar en nada, solo sintiendo cómo el agua me corría por la espalda.
Cuando salí, me puse una remera vieja sin nada debajo y bajé a la cocina a tomar algo frío. Por la ventana del living vi al hombre cargando la cortadora en la caja de una camioneta vieja. Manejó hasta la esquina, dobló y desapareció.
Nunca volví a verlo. No sé si don Esteban lo contrató de nuevo, no sé si trabajaba por toda la zona, no sé ni cómo se llamaba. Para mí siempre va a ser eso: un hombre detrás de una cerca, una mirada que no se apartó, una tarde de verano en la que me dejé ver y disfruté como nunca.
A veces, cuando vuelvo de la playa con la piel ardiendo, me asomo a esa ventana del cuarto y miro el patio de al lado. Está vacío, prolijo, sin nadie. Y aun así, algo en el cuerpo se me aprieta.