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Relatos Ardientes

Esa madrugada en silencio con su primo al lado

El puente largo lo había planeado durante semanas. Tres días seguidos con Camila en mi departamento, con la puerta cerrada y el teléfono en silencio. Ya había comprado vino, ropa interior que sabía que le iba a quedar bien, y hasta un par de películas que prometían ponernos a tono. Su excusa con los padres ya estaba armada: se quedaba en casa de una amiga del trabajo. Todo encajaba.

Entonces sonó el teléfono el jueves por la noche.

—Mi prima Sofía nos invitó a Tequisquiapan —me dijo Camila con esa voz cantarina que ponía cuando ya había aceptado algo sin consultarme—. Se acaban de mudar y quieren estrenar la casa con familia.

Tragué saliva. Sentí cómo se me caían tres días de planes en cámara lenta. No dije nada que sonara a queja, porque su familia era de las que no se discuten, pero por dentro me estaba muriendo. Llevaba días imaginándomela a ella en la cocina solo con una camisa mía, y de pronto me veía aguantando charlas de sobremesa con tíos a los que apenas conocía.

—Está bien —le contesté—. Vamos.

—Te lo voy a recompensar —me susurró ella, riéndose por el auricular—. Confía.

***

El plan se complicó más todavía. Para salir temprano el sábado por la carretera y evitar el tráfico del puente, los tíos de Camila propusieron que durmiera en su casa la noche del viernes. Vivían cerca del eje de Insurgentes Sur, a tiro de piedra de la salida hacia el sur. Yo, que vivía por el centro, habría perdido dos horas en cruzar la ciudad esa madrugada. Acepté con la mejor cara que pude poner.

Llegué a su casa al caer la tarde. La tía me recibió con tortas de pierna y agua de jamaica, el tío con preguntas sobre mi trabajo, y Camila con una sonrisa que decía «aguanta, aguanta». Los dos primos varones andaban por ahí, el mayor metido en su cuarto con la novia por videollamada y el menor, Mateo, viendo televisión con la pierna colgando del sillón.

A las once me cayó la realidad encima como un balde. La casa no era grande. La hermana mayor, casada, ya no vivía ahí, pero quedaban demasiados cuerpos para muy pocas camas. La tía hizo cuentas en voz alta como si fuera un Tetris doméstico.

—Ustedes dos pueden quedarse en la cama de nosotros, que es la más amplia —dijo—. Y Mateo se acuesta al otro extremo. Caben los tres sin tocarse, es una king.

Camila y yo nos miramos. Yo asentí con cara de buen yerno. Por dentro estaba calculando algo muy distinto.

***

Nos acostamos vestidos, los tres. La idea era levantarnos a las cinco y media y salir disparados. Mateo se metió bajo las cobijas con sus pants y una sudadera gris, se acomodó pegado a la pared y a los diez minutos respiraba pesado, con esa cadencia tranquila de quien se duerme sin esfuerzo. Camila quedó en medio. Yo, del lado del pasillo.

La oscuridad de la habitación era casi total. Solo entraba un hilo de luz de la calle por la rendija de la persiana. Olía a sábanas recién lavadas y al perfume que Camila se había puesto antes de venir. Cerré los ojos. Conté hasta cien. No me dormí.

Tenía la verga dura desde hacía dos horas. La tela del pantalón me apretaba, y cada vez que intentaba acomodarme rozaba a Camila por debajo de las cobijas. Aproveché un movimiento más amplio para sacarme el elástico hacia abajo, lo justo para liberarme. Lo hice sin pensar. Pensé en la cara que pondría la tía si entrara con un vaso de agua, y la sola idea, lejos de calmarme, me puso peor.

Pasaron los minutos. Mateo seguía con esa respiración honda, casi un ronquido leve. La casa estaba en silencio. Camila respiraba bajito a mi lado, pero yo no sabía si estaba dormida o fingía.

Decidí averiguarlo.

***

Le pasé el dorso de la mano por la cadera, por encima del pantalón, despacio. No se movió. Lo hice otra vez, más arriba. Entonces sentí que se giraba apenas, lo justo para acercarme su oreja a los labios.

—Estás loco —susurró, y al mismo tiempo me agarró la muñeca para meterme la mano debajo de su blusa.

El pecho ya lo tenía caliente. El pezón se le puso duro contra la yema de mis dedos en cuestión de segundos. Yo aguantaba la respiración, no por excitación, sino por miedo a que cualquier sonido alertara a Mateo. Camila bajó la otra mano y me tocó la verga directamente, sin rodeos, agarrándola con la palma entera. Me quedé quieto. Ella también.

—Está afuera —murmuró, con una risita ahogada en mi cuello.

—No podía más.

—Papi…

Era una sola palabra y la dijo tan bajo que más que escucharla, la sentí en la piel. Me cerró los dedos alrededor y empezó a masturbarme con un ritmo lento, contenido, como si cada movimiento pudiera delatarnos. La sábana se levantaba apenas. Yo le metí la mano por dentro del pantalón, le bajé un poco el elástico y le encontré el vello púbico, y abajo, ya muy abajo, lo que sabía que iba a encontrar: estaba completamente mojada.

Le metí dos dedos. Ella mordió la almohada.

***

El silencio era lo más difícil. Cualquier crujido de la cama era un riesgo. Aprendimos a respirar en compás, a movernos por milímetros. Yo bajaba la cabeza bajo las cobijas para chuparle los pezones, uno y otro, con cuidado de no jalar la sábana de golpe. Ella me hundía los dedos en el pelo y me apretaba la cabeza contra su pecho como pidiéndome más. Cuando subía la cabeza otra vez, le besaba el cuello en la curva donde lo tenía caliente, y la sentía temblar.

Mateo se removió.

Nos quedamos congelados. Ni una respiración. Pasaron diez, veinte, treinta segundos. Mateo se acomodó, soltó un suspiro largo y volvió a la cadencia pesada de antes. Camila me clavó las uñas en el antebrazo y se rio sin sonido, pegada a mi cuello.

—Casi me da algo —murmuró.

—Si paramos ahora, me muero.

—No vamos a parar.

Era una frase peligrosa y los dos lo sabíamos. La adrenalina me estaba pegando una corriente eléctrica que no había sentido nunca con ella. La estaba viendo apenas, en penumbras, y se veía más hermosa que en mis mejores noches en el departamento. Tenía los ojos abiertos, las pupilas grandes, el labio inferior mordido. No pestañeaba.

***

—Date la vuelta —le dije al oído.

Le tomó diez segundos hacerlo. Diez segundos de moverse como si la cama fuera de hojas secas, de coordinar la respiración con la mía para que cada cambio de peso pareciera natural. Cuando quedó de espaldas a mí, en cuchara, le bajé el pantalón apenas lo justo para descubrirle las nalgas. Me pegué a ella. Sentí el calor de su piel contra mi verga antes de entrar.

Entré despacio. Centímetro por centímetro. Ella inhaló y soltó el aire como si llevara toda la noche aguantándolo. Su cuerpo me recibió con esa humedad que ya conocía, pero esa noche se sintió distinto, como si todo le pasara más fuerte por la simple razón de que no podía gritar.

Me quedé adentro, quieto, los dos respirando contra la almohada. Mateo seguía dormido. Lo oíamos. A medio metro escaso de nosotros, su sudadera subía y bajaba con cada respiración, y nosotros estábamos cogiendo a su lado sin que él lo sospechara.

Empecé a moverme. Muy poco. Apenas un balanceo de cadera, un ir y venir mínimo que igual era suficiente. Ella echó la mano hacia atrás y me clavó los dedos en el muslo, como diciendo «sigue así, no más fuerte». Yo le pasé la mano por delante y le tapé la boca con tres dedos. Ella me los chupó, los humedeció con saliva, y se los llevé a los pezones. Le di vueltas alrededor del derecho, lento, sintiendo cómo se le ponía cada vez más duro.

—No puedo callarme —me dijo en un hilo de voz.

—Si haces ruido…

—Ya sé.

Le besé la nuca. Le mordí el lóbulo de la oreja. Aceleré apenas un poco. Ella apretó las piernas y todo su cuerpo se cerró sobre mí como una trampa caliente. Yo seguía moviéndome, milimétrico, mirando por encima de su hombro a la espalda de Mateo, que no se movía, que no se enteraba de nada.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Pudo haber sido un minuto, pudieron ser veinte. La noción del tiempo se rompió en pedazos. Solo recuerdo que de pronto sentí que ella se ponía rígida, que se tapaba la boca sola con la almohada y que se apretó contra mí con una fuerza que no le había sentido nunca. Se vino así, en silencio, mordiendo la tela, con todo el cuerpo temblando como si pasara una corriente.

Yo aguanté unos segundos más, los necesarios para soltar lo que tenía adentro. La jalé hacia mí, le clavé los dedos en la cadera, y me vacié dentro de ella sin sacarla, sin moverme apenas, con los dientes apretados para no soltar un solo sonido. Fue largo. Cada espasmo me sacudía y cada espasmo era una orden silenciosa de no respirar fuerte.

Quedamos así, pegados, durante minutos. Mateo se volvió a remover. Esta vez no nos asustó. Lo escuchamos acomodarse, suspirar, seguir durmiendo, y nosotros dos quietos como dos estatuas que se habían acabado de ganar la noche más loca del año.

***

Me salí despacio. Ella se acomodó la ropa con movimientos pequeños, controlados. No me dijo nada. Solo me buscó la mano y me la apretó con fuerza, dos veces, como si me diera las gracias en clave.

Yo me subí el pantalón y la abracé desde atrás. Su olor estaba mezclado con el mío. Sentí que respiraba más tranquila, más lenta, y que se iba durmiendo así, contra mi pecho. La oí decir algo bajito, pero ya no le entendí. Le di un beso en el hombro y cerré los ojos.

Mateo seguía roncando.

***

A las cinco y media sonó el despertador. Los dos nos levantamos como si nada hubiera pasado. Camila pasó por delante de Mateo, que estaba bostezando entre las cobijas, y le dijo buenos días con la voz más normal del mundo. Yo no fui capaz. Le hice un gesto con la cabeza y me metí al baño antes de que se me notara la sonrisa.

El viaje a Tequisquiapan fue un trance feliz. Camila y yo cruzamos miradas todo el camino. En cada curva yo me acordaba de la cama, de Mateo a un palmo, del silencio que tuvimos que inventar. Sofía y Rodrigo nos recibieron en la casa nueva con desayuno y planes para todo el día. Camila se portó encantadora con su prima. Yo, igual.

Por dentro yo seguía allá, en esa habitación, contando el tiempo entre las respiraciones de un chico de veintidós años que nunca supo lo que pasó a su lado.

***

Dos meses después, Camila me llamó de noche, sin avisar, con la voz rara.

—Vienes ya —me dijo.

Fui. La encontré sentada en el sillón, con una prueba de embarazo en la mano y los ojos brillantes. No supe si reír o asustarme. Hicimos las cuentas dos veces, y dos veces nos dio la misma fecha: aquella madrugada en la casa de sus tíos.

—Mateo va a ser tío sin saber por qué —dijo ella, riéndose por fin, y me abrazó tan fuerte que sentí que me iba a quebrar.

Y ahí, en el sillón, los dos solos, sin nadie que pudiera oírnos por primera vez en mucho tiempo, le besé el pelo y entendí que aquella noche, por más loca, por más imprudente, había sido nuestra noche.

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Comentarios (5)

ElMiron_BA

Tremendo relato. Me tense leyendolo y eso que solo es texto jaja, bien ahi

NocheSinSueño_77

Me quede con ganas de mas, justo cuando se ponia bueno termino. Necesito una segunda parte por favor!!

MarisolK

Me recordo a algo que me paso de chica en una reunion familiar. Ese miedo de que alguien se despierte es inigualable jajaja

Rolo_03

excelente!!!

LauraNC

Lo de las tres de la madrugada me mato. La tension se siente desde el principio hasta el final, muy bien narrado

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