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Relatos Ardientes

La vecina que sabía que yo la espiaba

Llevaba casi dos años viviendo en ese edificio antes de fijarme en ella. No fue amor a primera vista ni nada parecido. Fue una tarde de octubre, yo estaba en el balcón fumando sin ganas, y ella apareció con un cesto de ropa mojada. Me quedé mirando porque no tenía otra cosa que mirar. Así empezó todo.

Era una mujer de unos treinta y tantos años, morena, de caderas anchas que sus faldas cortas no intentaban disimular. Casada, según deduje por el hombre que salía cada mañana con maletín y gesto de quien tiene prisa. Era el tipo de marido que no repara en lo que tiene en casa. Yo, desde el piso de enfrente, en el balcón del tercero izquierda, sí reparaba. Reparaba en todo.

El edificio tenía un patio interior estrecho que actuaba como amplificador de sonidos y ángulos de visión. Desde mi balcón podía ver su tendedero casi a la misma altura que el mío. El patio, con sus cuatro metros escasos de ancho, no ofrecía demasiada privacidad a quien no la buscaba activamente. Ella no la buscaba. O al menos eso parecía.

Empecé a reorganizar mis mañanas. El café, el periódico en papel que seguía comprando por costumbre, y la espera. No salía a las mismas horas siempre. A veces aparecía a media mañana con el cesto al brazo; otras, después del mediodía, con la misma ropa que había llevado puesta el día anterior. Pero siempre aparecía. Y yo siempre encontraba una razón para estar en el balcón.

Sus faldas cortas eran lo que más me llamaba la atención. Cuando se agachaba a recoger una prenda del suelo o a revolver el cesto buscando algo, la tela se subía lo suficiente para dejar ver la parte inferior de sus bragas. Siempre blancas. Siempre bien ajustadas. Guardé ese detalle en algún rincón de la memoria donde los recuerdos se mezclan con las fantasías sin que uno sepa muy bien cómo deshacer el nudo.

Me construí un mapa de su cuerpo a base de atisbos y ángulos favorables. Sabía cómo se movía cuando se inclinaba hacia delante, conocía la forma exacta de sus caderas bajo la ropa, sabía que no usaba sujetador en las tardes de calor porque podía verlo cuando levantaba los brazos para llegar a los tendederos más altos. Era un conocimiento íntimo y completamente unilateral. Ella no sabía nada de mí. O eso creía yo.

Hubo un momento, a los tres o cuatro meses de haber empezado mi observación silenciosa, en que me pareció que ella me miraba. Fue un instante apenas: giró la cabeza en mi dirección mientras extendía una sábana blanca, y sus ojos se detuvieron en el punto exacto donde yo estaba apoyado en la barandilla. No me escondí. Ella tampoco desvió la mirada de golpe. Se quedó quieta un segundo y luego siguió con lo suyo, como si no hubiera pasado nada.

Después de ese día, seguí yendo al balcón a la misma hora. Pero algo había cambiado, aunque no habría sabido decir exactamente qué.

El julio de ese año fue excepcional. Las temperaturas superaron los treinta y ocho grados durante más de una semana, y la ciudad entera reducía el movimiento al mínimo. Yo estaba en el balcón con un bañador y un vaso de agua que se calentaba antes de que terminara de beberlo, cuando la escuché llegar al patio.

Tardé un segundo en entender lo que veía.

No traía cesto de ropa. Llevaba solo unas bragas de encaje blanco, pequeñas, con un lazo diminuto en la cintura. Nada más. Se acomodó en la hamaca de plástico que tenía apoyada contra la pared del patio, se reclinó con los brazos detrás de la cabeza y cerró los ojos. Los muslos apenas separados. El sol de las dos de la tarde le daba de lleno.

Me quedé inmóvil.

Era la primera vez en meses que la veía sin el pretexto del tendedero, sin el ritual que le daba a la situación una apariencia de normalidad. Esto era distinto. Esto era, si no me engañaba a mí mismo, deliberado.

Bajé la vista hacia su vientre. El encaje dejaba entrever la forma de lo que cubría. Podía ver la suave presión de la tela y el modo en que los muslos, apenas entreabiertos, dejaban un triángulo de sombra que mi imaginación completaba sin esfuerzo. Sentí el calor de una manera que no tenía absolutamente nada que ver con la temperatura del día.

Mi bañador se quedó pequeño en cuestión de segundos.

No sé en qué momento exacto perdí el control. Recuerdo que estaba apoyado en la barandilla intentando mantener algún tipo de compostura, cuando me di cuenta de que tenía una erección completamente visible y que ella me miraba. No con sorpresa. Con algo que se parecía mucho a la satisfacción de quien confirma algo que ya sabía de antemano.

No hizo nada inmediatamente. Me sostuvo la mirada durante lo que me pareció un minuto entero. Después, despacio, con la calma de alguien que ha tomado una decisión y no piensa echarse atrás, llevó una mano hacia el centro de sus bragas. No con urgencia ni dramatismo. Con la misma tranquilidad con la que tendía la ropa los martes por la mañana.

Sus dedos empezaron a moverse sobre el encaje. Podía ver el movimiento desde donde estaba, pequeño pero inconfundible. Abrió un poco más los muslos. No desvió los ojos de mí.

Yo hice lo único que podía hacer. Saqué mi polla del bañador y la tomé en la mano. No hubo decisión consciente. Fue simplemente lo que pasó, como si el resto del raciocinio se hubiera desconectado y solo quedara eso: ella, yo, el patio de cuatro metros entre los dos, el sol de julio aplastando el aire quieto.

Apenas tardé dos minutos. La tensión acumulada de meses de mañanas con café frío y tardes de espera estalló de golpe, sin aviso previo, con una intensidad que me dejó doblado sobre la barandilla. Cuando levanté la vista, ella seguía en la hamaca. Seguía mirándome.

Se deslizó las bragas por las piernas con un movimiento lento, casi coreografiado. Las dejó caer al suelo del patio. Se giró de espaldas, y durante un momento largo me mostró unas nalgas perfectas bajo el sol de julio, la piel ligeramente enrojecida por el calor, la curva entre la cintura y las caderas que yo había intuido tantas veces sin poder verificar. Después se volvió hacia mí.

Tenía los muslos completamente abiertos. La mano volvió a su sitio, esta vez sin la tela de por medio. La distancia entre nuestros balcones no era grande, pero tampoco pequeña. Aun así, podía ver suficiente. Los pequeños temblores que la recorrían de vez en cuando. El movimiento rítmico de sus dedos. El modo en que su espalda se arqueaba ligeramente cada pocos segundos.

Cuando terminó, lo supe porque se quedó completamente quieta y echó la cabeza hacia atrás. Duró apenas un momento. Luego, sin prisa, se levantó, recogió las bragas del suelo del patio, y sin mirarme una segunda vez, entró en su apartamento. La puerta se cerró con suavidad.

***

Esa misma tarde, al caer el sol, empecé a escuchar el ascensor más veces de lo habitual. Subía, bajaba, volvía a subir. Me asomé a la ventana y vi el camión aparcado en doble fila en la calle, con las puertas traseras abiertas de par en par. Dos hombres cargaban cajas y muebles envueltos en plástico transparente. Ella supervisaba desde la acera, con una bolsa de viaje al hombro y el pelo recogido en una coleta baja.

Me puse unos zapatos y bajé, sin tener claro por qué. Para cuando llegué a la calle, el camión ya estaba casi lleno. La vi bajo el farol de la esquina. Su marido estaba a tres metros, hablando por teléfono con gesto apresurado, ajeno a todo lo demás. Nos miramos.

Fue un segundo, no más. Ni sonrisa, ni gesto, ni movimiento de ninguno de los dos. Solo los ojos. Los de ella eran oscuros, del color exacto que tienen las cosas cuando ya es tarde para ellas. No dijeron nada que yo pudiera traducir en palabras, pero tampoco necesitaban hacerlo.

Ella levantó la mano despacio y me lanzó un beso desde la acera, con la misma calma con la que había hecho todo lo demás. Después se dio media vuelta y fue hacia el camión. Yo entré al portal.

Cuando abrí la puerta de mi apartamento, había un sobre en el suelo. Blanco, rectangular, sin remitente, sin sello. Lo recogí y lo abrí allí mismo, en el umbral, con la llave todavía en la mano.

Era una nota corta. Cuatro líneas escritas a mano con letra pequeña y regular, sin florituras ni adornos.

No voy a reproducir aquí lo que ponía. Lo que sí puedo decir es que era directa, sin rodeos, y que respondía a preguntas que yo nunca había formulado en voz alta. Puedo decir también que si hubiera encontrado ese sobre antes de aquella tarde de julio, habría actuado de manera diferente. Mucho más diferente.

Pero no lo encontré antes. Lo encontré después, cuando el camión ya había doblado la esquina y el farol de la calle iluminaba un trozo de acera completamente vacío.

Guardé el sobre en el cajón de la mesita de noche. Sigue ahí.

A veces, cuando el calor del verano aprieta y el patio interior se llena de ese silencio pesado que solo existe a las dos de la tarde, pienso en ella. La nueva inquilina del tercero apenas usa el tendedero. No hay hamacas en el patio. No hay nada que mirar.

Hay noches en que me pregunto si lo que pasó entre nosotros necesitaba palabras para ser real. Si el hecho de que nunca habláramos, nunca nos saludáramos en el ascensor con algo más que un gesto mínimo, le quitó peso a lo que fue o, al contrario, se lo añadió. Siempre llego a la misma conclusión. Lo que no se nombra, a veces pesa más que todo lo demás.

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Comentarios (4)

RubenCordoba

Increible relato!! me dejo pensando un buen rato

Nico_Rdz

por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi. Muy bueno en serio

MarcosC_ba

Me recordo a algo que me paso de joven con una vecina. Ese tipo de cosas te quedan grabadas para siempre. Muy bien escrito.

Clara_nocturna

Lo lei de un tiron, eso dice todo!!!

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