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Relatos Ardientes

El placer de que nos vieran en la playa nudista

Llevábamos casi un año hablando de ese viaje. No un viaje cualquiera: uno para nosotros solos, sin teléfonos encendidos a las once de la noche, sin compromisos de fin de semana, sin excusas. Valeria lo mencionaba cada vez que se sentía atrapada entre el trabajo y las rutinas de siempre, y yo lo prometía con la seguridad de quien sabe que va a cumplir. Tardamos más de lo que debíamos, pero cuando por fin lo hicimos, lo hicimos bien.

Ella tiene veintinueve años y lleva todo ese tiempo sabiendo exactamente cómo moverse para que yo no pueda dejar de mirarla. Piernas largas y bien torneadas, unas caderas que se balancean de forma natural cuando camina, un culo pronunciado que cualquier tela termina siguiendo. Sus tetas son pequeñas, de pezones oscuros y duros que se marcan bajo cualquier ropa ligera. Un coño depilado al ras que aprendí a reconocer con la yema de los dedos en la oscuridad. Una mujer que no necesita esforzarse para ser la más llamativa de cualquier lugar al que entre.

Lo de la playa nudista fue idea mía. Hacía meses que tenía guardada la dirección de un lugar en la costa norte: un sitio al que solo se llegaba por un camino de tierra, lejos de los hoteles de cinco pisos y los chiringuitos con música a todo volumen. Zona de uso nudista, sin vigilancia moralista, gente que iba a follar a la vista si se le antojaba y a nadie le importaba. Le planteé el plan una noche mientras cenábamos, sin rodeos. Valeria escuchó, se mordió el labio inferior un segundo y dijo que sí.

Salimos un viernes antes del amanecer. Hicimos la mitad del recorrido ese día y nos detuvimos en Punta Dorada, una ciudad portuaria con calles empedradas y un malecón que olía a salitre. Reservé el hotel por internet: habitación con vista al mar, cama doble, aire acondicionado que funcionaba. Básico pero suficiente para lo que teníamos en mente.

Esa tarde, mientras Valeria deshacía la maleta, le dije algo que llevaba tiempo queriendo decirle con todas las letras.

—Este viaje es tuyo —le dije—. Completamente tuyo. Haz lo que quieras, como quieras, cuando quieras. Sin límites y sin que yo proteste nada.

Me miró con esa expresión suya de quien calcula si hay trampa. No la había.

—¿Nada? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Si quiero abrirme de piernas delante de un desconocido tampoco protestás?

—Nada —repetí—. Quiero verte hacer lo que se te antoje.

Se pasó la lengua por los dientes y volvió a lo suyo con la maleta, pero se le había marcado una sonrisa que no se le fue en todo el rato.

A las nueve de la noche bajamos a cenar. Valeria apareció desde el baño con un vestido ajustado de color verde oscuro que le llegaba a mitad del muslo. Ceñido por todas partes, con la tela tensándose sobre su culo con cada paso que daba. Cuando se dio la vuelta para buscar el bolso, noté que la línea de la ropa interior no marcaba bajo la tela. No había ninguna línea.

—¿Llevas ropa interior? —pregunté.

—No —dijo sin mirarse al espejo, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Me pareció que no hacía falta.

—¿Nada arriba tampoco? —insistí.

Se bajó un poco el escote y me mostró un pezón oscuro y erizado por un segundo antes de acomodarse la tela otra vez.

—Nada arriba tampoco.

Salimos a la calle y encontramos un restaurante en la segunda planta de un edificio colonial, con una escalera de piedra estrecha que subía desde la entrada. Le indiqué que fuera primero. Mientras subía, el vestido se le tensó con cada escalón y el borde empezó a trepar lentamente por la parte trasera de sus muslos, dejando ver más y más de ese culo que yo conocía de memoria pero que desde ese ángulo parecía de otra persona. En uno de los escalones el vestido subió lo suficiente para que se le viera un instante la raja del coño, rosada y sin un solo pelo, brillando bajo la luz amarillenta del pasillo. Detrás de nosotros había tres hombres esperando mesa. Los tres dejaron de hablar al mismo tiempo. Uno tragó saliva tan fuerte que lo oí desde arriba.

Me senté frente a ella con ese conocimiento silencioso entre los dos: ella sabía que yo había visto lo que había pasado en la escalera, y ninguno de los dos mencionó nada mientras pedíamos la carta. Pedimos vino. El restaurante se fue llenando poco a poco. Dos hombres de la mesa de al lado miraban hacia donde estábamos con más frecuencia de la necesaria, fingiendo conversaciones que claramente no requerían tanto girar la cabeza hacia nuestra dirección. En algún momento Valeria se recostó contra el respaldo, separó las rodillas bajo la mesa y cruzó las piernas muy despacio. La tela del vestido se le acomodó en el regazo con la deliberación de quien sabe exactamente qué acaba de mostrar y a quién.

—¿Los viste cuando subíamos? —me preguntó entre el primer y el segundo plato.

—Vi todo —dije—. Se te subió hasta arriba. Se te vio el coño entero un segundo.

—¿Y? —inclinó la cabeza ligeramente.

—Y me gustó más de lo que debería —admití—. La tengo dura desde entonces.

Sonrió. Bebió un sorbo largo de vino y lo dejó a medias sobre la mesa. Bajo el mantel su pie descalzo subió por la parte interna de mi pantalón hasta encontrar el bulto y presionar con la planta, calibrando lo que había ahí abajo. No cambió la expresión. Siguió comiendo con la otra mano como si nada. No volvimos a hablar del tema en toda la cena, pero lo que no se dijo ocupó cada minuto que quedaba.

De vuelta en el hotel no encendí la luz grande. La lámpara de la mesita proyectaba una sombra cálida sobre la cama blanca. La empujé contra la ventana abierta sin quitarle el vestido primero, con sus manos apoyadas en el cristal y el ruido sordo del puerto entrando desde abajo. Le subí la falda de un tirón hasta la cintura y ahí estaba: el culo desnudo, la raja del coño ya brillando de humedad entre los muslos, las piernas separadas por instinto. Le pasé dos dedos por la vulva de abajo hacia arriba, despacio, y salieron empapados. Los estuve viendo un segundo a contraluz antes de metérselos en la boca. Ella me los chupó con los ojos cerrados, apretando la lengua contra las yemas.

—¿Así es como te pusieron los tres de la escalera? —le pregunté al oído.

—Así —dijo, y se movió hacia atrás buscándome.

Me bajé los pantalones hasta las rodillas, me agarré la polla y le froté la punta arriba y abajo entre los labios del coño, sin meterla todavía. Ella empujó las caderas hacia atrás, impaciente, y cuando por fin la clavé entera de una embestida soltó un gemido corto y grave contra el cristal. Me quedé quieto un segundo dentro de ella, sintiendo cómo se ajustaba alrededor de mi verga, y después empecé a follármela con embestidas largas y hondas, agarrándole las caderas para que no se me escapara del ángulo. Sus tetas pequeñas se aplastaban contra el cristal y los pezones dejaban un rastro de vaho cuando ella se apartaba entre golpe y golpe.

—Más fuerte —dijo, y me arqueó la espalda para recibirme mejor.

Le agarré un mechón de pelo por la nuca y tiré. Le clavé la polla hasta el fondo con todo el peso, una vez, dos, tres, hasta que sus nalgas rebotaron contra mi pelvis con un sonido húmedo que se oía por encima del mar. Le pasé una mano por delante, la bajé por el vientre y le busqué el clítoris con el dedo del medio, describiendo círculos apretados mientras seguía embistiéndola contra el vidrio.

—Ahí, ahí, ahí —repitió—, no pares.

Sentí cómo el coño se le cerraba a golpes alrededor de mi verga, empujando y soltando, y ella dejó de aguantarse. Se corrió con los ojos cerrados y la frente pegada al cristal, temblando en oleadas cortas que me apretaron tanto que me arrastraron. Le vacié la corrida dentro con tres estocadas más, agarrada por las caderas, viendo cómo el semen se me escurría por su muslo mientras salía. Terminamos los dos de pie frente a esa ventana, con la ciudad encendida al fondo. Si alguien miraba desde el edificio de enfrente, que mirara. Ella se giró, se agachó a limpiar con la lengua lo que quedaba en la punta de mi polla, y recién ahí se dejó caer en la cama.

***

Al día siguiente llegamos a Las Rocas Blancas, el pequeño pueblo costero donde estaba el hostal que había reservado. Cuatro habitaciones, una terraza con hamacas y una propietaria de unos sesenta años que nos dio la llave sin preguntar nada. Perfecto.

La playa nudista quedaba a treinta minutos a pie por un sendero de arena que bordeaba los acantilados. Antes de salir, Valeria se cambió en la habitación con la puerta entornada. Eligió el bikini de hilo que yo le había comprado semanas antes y que todavía no había estrenado: la parte de arriba con el mínimo de tela para cubrir los pezones, la parte de abajo apenas un triángulo del tamaño de una palma sostenido por dos cordones que se anudaban en las caderas. Se miró en el espejo del armario, ajustó una tira, se ahuecó el triángulo con dos dedos para que apenas cubriera la raja del coño y asintió sin decir nada.

Caminamos por la playa pública primero, cerca de la orilla, donde había familias con sombrillas y gente jugando en el agua. Valeria caminaba sin prisa, con esa forma suya de moverse que siempre me ha parecido completamente inconsciente y al mismo tiempo perfectamente calculada: la cadera oscilando de un lado al otro, los pies hundiéndose apenas en la arena mojada, la espalda recta. Al cabo de unos minutos noté que el bikini se había corrido hacia un lado, dejando ver el borde externo de su coño perfectamente depilado, los labios rosados apretados uno contra el otro. Ella no se detuvo. No hizo ningún gesto para acomodarlo.

Seguimos caminando así, con el bikini corrido y ella totalmente al tanto de lo que mostraba. Dos hombres que estaban tumbados en la arena levantaron la cabeza cuando pasamos. Uno de ellos se incorporó sobre los codos con la mano encima del bulto del bañador. Otro que estaba de pie cerca del agua se giró lentamente para seguirnos con la mirada hasta que nos alejamos lo suficiente.

—El bikini —le dije en voz baja.

—Ya sé —respondió, sin bajar la mirada ni aflojar el paso—. Que miren.

Me quedé medio paso por detrás. Quería ver lo mismo que ellos estaban viendo.

Llegamos a la zona de rocas que marcaba el inicio del área nudista. Había una decena de personas esparcidas: algunos solos con un libro, una pareja tumbada en silencio, dos mujeres que conversaban en voz baja. Nadie prestó atención especial a nuestra llegada. Nos alejamos hacia el extremo más resguardado de esa franja, donde unos matorrales bajos que crecían desde el acantilado formaban un recodo natural que daba la sensación de estar solos sin estarlo del todo. Esa imprecisión era parte de todo.

Valeria extendió la toalla en la arena y se quitó la parte de arriba del bikini sin ningún drama. Después tiró de los cordones de la cadera y el triángulo de abajo cayó junto al otro pedazo. Quedó completamente desnuda en dos segundos, con los pezones oscuros ya duros de puro aire y el coño rasurado abierto al sol. Se tumbó boca arriba, separó las rodillas apenas lo justo para que quedara claro que no le importaba lo que se viera desde el lado, cerró los ojos y dejó que el sol le cayera directo sobre las tetas. Yo la observaba desde mi toalla pensando en lo mucho que me gustaba ese contraste: la aparente calma de su cuerpo tendido en la arena contra todo lo que yo sabía que estaba pasando dentro de ella.

A los pocos minutos se pasó una mano lenta por el vientre, se untó los dedos con un poco de crema solar y bajó hasta el pubis. Se acarició sin apuro, abriéndose los labios del coño con dos dedos como si fuera parte de la rutina de bronceado, esparciendo la crema por la vulva a la vista de quien quisiera mirar. El hombre del libro, treinta metros más allá, ya no fingía leer.

Estuvo así quizás veinte minutos. El calor iba en aumento. En algún momento abrió los ojos, me miró directamente y dijo, sin ningún preámbulo:

—Quiero chupártela acá afuera. Ahora.

No pregunté nada. Me senté en la toalla con las piernas abiertas y esperé.

Se arrodilló delante de mí en la arena, entre mis piernas, y me bajó el bañador con pausa. Cuando me tomó en la boca, el mar siguió sonando igual de lejos, las gaviotas siguieron volando en círculos y en algún lugar detrás de nosotros alguien pasó una página de su libro. El mundo no se detuvo. Solo nosotros dejamos de movernos un instante y luego empezamos a movernos diferente.

Empezó con la lengua plana, larga, desde la base hasta la punta, lamiéndome como si estuviera derritiendo un helado. Después se metió el glande entero en la boca y jugó con la lengua contra el frenillo, ese punto en el que sabe que me hace apretar los dientes. Bajó lento, muy lento, tragándome de a poco hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta, y ahí se quedó un segundo, respirando por la nariz, con los ojos húmedos levantados hacia mí. Luego empezó a subir y bajar la cabeza a un ritmo tranquilo, chupando con la boca cerrada, la mano derecha bombeándome la base con saliva y la izquierda sopesándome los huevos. Cada tanto se separaba un momento, escupía un hilo de saliva sobre la punta para que todo quedara resbaloso, y volvía a metérsela hasta atrás.

Su lengua subía y bajaba con una calma que me resultaba casi insoportable. Sin apuro. Como si tuviéramos toda la tarde. Y era verdad: teníamos toda la tarde. La brisa salada, la arena cálida bajo sus rodillas, el sol en mi cara, su boca alrededor de mí, el sonido húmedo y descarado que hacía al tragarme entera: era una suma que no necesitaba ningún ingrediente más. Me concentré en la sensación, en el sonido del agua, en el peso del sol sobre los hombros, y en el hecho de que cualquiera que pasara por allí podía ver exactamente lo que estábamos haciendo.

Con la mano libre me estiré y le busqué el coño por detrás. Estaba empapada. Le metí dos dedos y sentí cómo apretaba alrededor mientras seguía chupándome. Empezó a moverse contra mi mano al mismo ritmo con que se movía sobre mi polla, gimiendo con la boca llena, mandándome vibraciones por toda la verga. Le puse la otra mano en la nuca y la guié un poco más adentro. Ella no protestó. Todo lo contrario: aceleró.

—Voy a acabar —le avisé.

Levantó los ojos sin sacársela de la boca y no se movió. Me clavé la última embestida en su garganta y me vacié dentro, en cuatro chorros largos que le sentí tragar uno detrás del otro. Cuando terminó, se quedó con la punta entre los labios un rato, chupando el resto sin desperdiciar una gota, y recién ahí me soltó con un beso húmedo en el glande.

Cuando terminó, ella levantó la cabeza, me miró un segundo con una expresión que no era exactamente una sonrisa pero se le parecía mucho, y se levantó a buscar agua de la mochila con la corrida todavía brillándole en la comisura de los labios.

—¿Había alguien mirando? —preguntó con el mismo tono con que hubiera preguntado la hora.

Me giré despacio. A unos treinta metros, el hombre que había estado solo con su libro lo tenía cerrado sobre las rodillas y los ojos fijos en nuestra dirección. Y otra cosa: tenía la mano dentro del bañador y no se molestaba en disimularlo.

—Sí —dije—. Y se está haciendo una paja mirándonos.

Ella tomó un sorbo largo de agua, se pasó el pulgar por la comisura para limpiarse lo que le había quedado y se lo chupó. Volvió a tumbarse, esta vez con las piernas más abiertas que antes, un brazo doblado bajo la nuca y el otro descansando sobre el vientre. No dijo nada más. Pero había una curva ligera en la comisura de sus labios que no había estado ahí antes, y sus dedos volvieron a bajarle hacia el coño mientras el otro terminaba lo suyo en la distancia.

***

Más tarde nos metimos al mar. El agua estaba fría al principio y luego perfecta. Nadamos un poco y nos quedamos de pie en la zona donde el fondo llegaba a la cintura, lo suficientemente lejos de la orilla para que nadie viera con claridad lo que había debajo de la superficie.

Valeria se acercó nadando, se me colgó del cuello y me rodeó la cintura con las piernas por debajo del agua. La sostuve por el culo, una nalga en cada mano, sintiéndola pesar menos por la flotación. Me buscó con la mano bajo el agua, me agarró la polla ya medio dura y se la guió sola hasta la entrada del coño. Empujó las caderas y me la metió entera de una, con un suspiro que le salió pegado a mi oreja.

—Nadie va a ver nada —murmuró—. Follame así, despacio.

Nos movimos con el ritmo lento del oleaje, meciéndonos uno contra el otro más que empujándonos. Ella subía y bajaba unos centímetros cada vez que una ola nos empujaba, y era el agua la que nos follaba a los dos. Sus tetas duras de frío me rozaban el pecho a cada movimiento. Le mordí el cuello con suavidad y ella soltó una risita corta.

El sol ya bajaba un poco y la luz en la superficie del agua era de ese color anaranjado que solo dura unos minutos. Al cabo de un rato me la saqué antes de acabar y ella se rió por lo bajo.

—Esta noche —dijo—. Acá no. Guardátela para más tarde.

Nos quedamos en el agua un rato más, con ella colgada de mí y mi polla dura rozándole el muslo, hasta que el frío empezó a hacerse notar. En la orilla, algunas de las personas que habían estado tumbadas ya recogían sus cosas. Salimos, nos secamos en silencio y Valeria se puso la camiseta que traía en la mochila, sin nada debajo, con los pezones marcándose contra la tela mojada. Me gusta ese silencio que existe entre dos personas que no necesitan explicarse lo que acaba de pasar porque ambas saben exactamente lo que fue y lo que valió.

En el camino de vuelta al hostal, mientras el sendero bordeaba el acantilado con el mar abajo a la derecha y el sol tocando el horizonte, ella me tomó la mano y la apretó una sola vez. No dijo nada. Era su forma de decir que había sido exactamente lo que quería.

Esa noche cumplí la promesa que le había hecho en Punta Dorada: la noche fue completamente suya. Hicimos lo que ella quiso, como ella quiso, el tiempo que ella quiso. Me hizo tumbarme boca arriba en la cama y se me sentó encima de la cara sin preguntar, apoyando las rodillas a los lados de mi cabeza y bajando el coño hasta mi boca. Le comí el coño hasta que se corrió apretándome la cabeza con los muslos, gimiendo hacia el techo. Después se dio la vuelta, se agachó y estuvo un rato largo lamiéndome los huevos y la verga hasta ponérmela otra vez a punto. Se montó encima cabalgándome de frente, con las manos apoyadas en mi pecho, y se folló ella misma a su ritmo, subiendo y bajando con los ojos cerrados, mordiéndose el labio, apretándome el coño alrededor cuando encontraba el ángulo que le gustaba. Le agarré las caderas, se las guié un poco más rápido, y ella se dejó llevar hasta correrse encima mío por segunda vez, temblando entera. Sin salir de dentro me giró sobre ella, se enganchó los tobillos en la parte baja de mi espalda y me pidió que la vaciara ahí, y eso hice: le clavé la polla hasta el fondo hasta que descargué dentro por segunda vez en el día, con la frente pegada a la suya.

Cuando terminamos y el cuarto quedó en silencio y la brisa entraba por la ventana abierta, me quedé mirando el techo pensando que hay muy pocas experiencias en la vida que valgan tanto como quitarle capas a alguien hasta encontrar lo que quiere de verdad, y dárselo sin preguntar dos veces.

Al día siguiente había más playa, más sol y más de lo mismo. Pero eso es otra historia.

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Comentarios(9)

Walter

increible relato!!! me tuvo pegado hasta el final sin poder parar

Claudia_BA

Por favor continuá, justo cuando queria saber que pasaba despues se cortó. Muy bueno

playadesierta

Me recordó unas vacaciones que tuve hace años, jaja. Muy bien escrito, se siente real

PabloMdp

Lo que mas me gusto es como van construyendo la tension sin apurarse. No hace falta ser explicito para que el lector entienda todo. Ojalá haya una segunda parte.

MiriamOsorno

jaja el detalle de que caminó mas despacio me mató, eso lo dice todo

NadiaV

Hay continuacion? quedé con muchas ganas de saber como sigue la historia

SolyteMar

buenisimo!! sigan subiendo cosas así

Marcos_Rdz

Que bien escrito. Se nota que quien lo escribio disfrutó tanto como yo al leerlo. Gracias

RobertoOK

excelente, de los mejores que lei últimamente en esta pagina

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