La ventana sin cortinas del piso de enfrente
Me mudé a ese piso por accidente. El anterior inquilino había dejado todo a medias y el alquiler bajó casi un cuarto. Estaba en la sexta planta, daba al patio interior de una manzana antigua del centro, y las ventanas miraban directamente a otro bloque idéntico al otro lado, a no más de quince metros de distancia. Ese era el problema, según el casero. La mayoría de la gente prefería luz, vistas, vecindad lejana. A mí me daba igual. Yo trabajaba de noche y dormía de día, y lo último que quería era un piso luminoso.
Tardé tres semanas en notarla.
Era jueves, o quizás miércoles. Estaba fumando en el balcón a eso de las once de la noche, con la luz de mi salón apagada para que el humo no entrase. Levanté la vista por inercia, sin buscar nada, y la vi cruzar el rectángulo iluminado del piso de enfrente. Iba completamente desnuda.
No fue una escena de un segundo. Caminaba despacio, con las manos a los lados, como si paseara. Tenía el pelo recogido en lo alto y el cuerpo iluminado de espaldas por una lámpara amarilla. Cruzó de izquierda a derecha y desapareció por una puerta interior. La ventana quedó vacía, brillando como una pantalla apagada.
Apreté el cigarrillo entre los dedos hasta que me quemó. No me había movido. Ni siquiera había respirado, creo. Sentí la polla endurecerse contra la tela del pantalón, un tirón inmediato y bruto, como si el cuerpo hubiese entendido antes que la cabeza qué acababa de ver.
Esperé. Pasaron diez, quince minutos. Volvió a aparecer, esta vez con una taza en la mano. Se quedó de pie frente a la ventana, sopló sobre el borde de la taza y bebió un sorbo. Miraba hacia abajo, hacia la calle, hacia ningún sitio en particular. Tenía las tetas pesadas, blancas en la luz amarilla, los pezones oscuros y grandes marcados contra el cristal, y un triángulo espeso de vello oscuro entre las piernas que me obligó a apartar la vista un instante para tragar saliva. Se me puso la boca seca imaginando ese coño de cerca, la carne recogida entre el vello, cómo olería, cómo sabría.
Esa noche no dormí. Me la meneé dos veces antes de las tres de la mañana, la primera de pie en la cocina apoyado en la encimera, con la imagen fresca de sus tetas balanceándose mientras se movía, la segunda tumbado en la cama, escupiéndome en la mano y bombeándome la polla despacio, alargándolo, imaginándome que ella estaba de rodillas mamándomela. Me corrí sobre el vientre con un gruñido apretado entre los dientes. Me levanté tres o cuatro veces más a comprobar si la luz seguía encendida. Lo estaba. A las cinco de la mañana, cuando empezó a clarear, alguien apagó la lámpara desde dentro y la ventana se hundió en penumbra.
Al día siguiente compré una silla.
Esto suena ridículo, ya lo sé. Pero hasta entonces yo no usaba el balcón más que para fumar de pie, y necesitaba algo que me permitiera estar quieto sin que se viera mi silueta. Una silla baja, oscura, plegable. La coloqué detrás del marco interior, en la sombra que proyectaba la jamba. Desde fuera, desde su piso, era imposible verme. Lo comprobé varias veces, encendiendo y apagando luces, asomándome y apartándome.
A las once de la noche siguiente ya estaba sentado allí.
No apareció hasta cerca de la una. Vino con una bata corta, se sirvió algo de beber y se sentó en el sofá frente a la ventana. Encendió la televisión. Estuvo así media hora, con las piernas cruzadas, sin nada interesante para mí. Yo empezaba a pensar que la noche anterior había sido un golpe de suerte y que no se repetiría.
Entonces se levantó y se quitó la bata.
Lo hizo sin teatralidad, como quien se quita un abrigo en casa. La dejó caer sobre el sofá y se acercó a la ventana. No corrió las cortinas. Apoyó la mano en el cristal, miró durante un segundo hacia abajo, y volvió a girarse hacia el interior. Esa noche estuvo desnuda durante casi una hora. La vi acariciarse las tetas distraídamente mientras cambiaba de canal, pellizcarse un pezón entre el pulgar y el índice hasta ponerlo tieso, dejar caer la mano entre las piernas y quedarse así, con los dedos rozándose el coño sin metérselos, casi como un gesto inconsciente. Yo tenía la polla fuera del pantalón antes de darme cuenta, dura y palpitante en la mano, y me la fui pelando despacio, siguiendo el ritmo de sus dedos, corriéndome en el pañuelo cuando ella se llevó dos dedos a la boca y los chupó. No me moví de la silla, ni cuando me dolió la espalda, ni cuando se me durmió la pierna izquierda.
A la mañana siguiente, en el bar de la esquina, mientras pedía un café, me sorprendí buscando su cara entre las clientas. Como si fuera a reconocerla. Como si pudiera reconocerla. Solo la había visto en silueta, a través de un cristal y de quince metros de aire. Pero la búsqueda fue automática. Una parte de mí ya pensaba en ella como en una conocida.
A partir de la tercera noche entendí que no era una coincidencia.
Ella aparecía siempre en torno a la misma hora, entre las once y las doce. Encendía dos lámparas: una en el techo, otra de pie junto a la ventana. La de pie estaba claramente fuera de sitio. Si lo que quería era leer, debería haberla colocado del otro lado del sofá. Estaba puesta para iluminarla a ella. Para que se la viera.
Después venía un ritual. Se quitaba la ropa, sin prisa, de pie en mitad del salón. A veces caminaba un rato por el piso —yo no podía verla del todo cuando se metía en la cocina o en el pasillo, pero su sombra se movía detrás de las puertas entreabiertas—. Después volvía al salón y se quedaba ahí, en mi campo visual, hasta pasada la una.
Aprendí a reconocerla. Aprendí que se rascaba el hombro derecho cuando estaba distraída. Que tenía un lunar pequeño justo debajo de la teta izquierda. Que solía leer con la cabeza ladeada, mordiéndose el labio inferior. Que cuando se levantaba para servirse otra copa lo hacía mirando hacia mi balcón un instante, sin enfocarme, sin saber que yo estaba ahí. O eso pensaba.
Una noche, la quinta o la sexta, hice lo que estaba evitando hacer.
Me bajé los pantalones en la silla. Me saqué la polla, ya dura y goteando en la punta, y me la agarré con la mano derecha. Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas abiertas hacia un lado, leyendo. Empecé despacio, apretando bien el capullo con el pulgar y el índice, subiendo y bajando el prepucio en pases largos. Me escupí en la palma y volví a agarrarla, y esta vez me la pelé más rápido, con el puño cerrado hasta la base, imaginándome que ella dejaba el libro, se acercaba a la ventana, se pasaba la lengua por los labios y me llamaba con el dedo. Imaginándome que subía la escalera, entraba en mi salón, se arrodillaba entre mis piernas y se metía la polla en la boca hasta la garganta. Me corrí en menos de tres minutos, con un espasmo violento que me dobló hacia adelante, la corrida saltando en dos chorros gruesos sobre el suelo del balcón. Me limpié con una toalla que había dejado bajo la silla y me quedé sin moverme, respirando despacio, con un calor extraño en la nuca. Una mezcla de vergüenza y de algo más oscuro, más placentero. La sensación de haber cruzado una línea sin que nadie me hubiese mirado cruzarla.
Excepto que sí me había mirado.
***
Lo entendí dos noches después.
Ella estaba sentada en la encimera de la cocina —desde mi balcón se veía a través de la puerta de doble hoja, una de esas cocinas americanas que dan al salón—. Bebía algo, vino blanco, supongo, en una copa estrecha. Tenía las piernas separadas, una mano apoyada en la rodilla, la otra sosteniendo la copa. La luz le pegaba en la teta izquierda y le dejaba la otra en sombra. El coño abierto entre los muslos, brillante bajo el fluorescente de la cocina, con los labios carnosos separados lo justo para que se le adivinara el rosa del interior.
De pronto bajó la mano de la rodilla y se acarició el muslo. Lento, hacia arriba, hasta el pliegue de la ingle. Se detuvo. Volvió a bajar. Volvió a subir. Esta vez no se detuvo. Metió los dedos entre los labios del coño y empezó a frotarse el clítoris en círculos pequeños, sin dejar de mirar hacia el frente. Vi cómo se le tensaba el vientre, cómo la mano de la copa temblaba un instante, cómo la boca se le entreabría.
Y luego giró la cabeza hacia la ventana.
No fue un gesto vago. Giró la cabeza con intención, despacio, con dos dedos todavía metidos en el coño, y clavó los ojos en mi balcón.
A esa distancia y con esa luz, no podía verme. Lo sabía. Yo estaba en la sombra, detrás del marco, y mi silla quedaba un palmo más atrás. Lo había comprobado mil veces. Pero igualmente me quedé inmóvil, con el corazón golpeando contra las costillas como un animal encerrado y la polla dolorosamente dura dentro del pantalón.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apenas un movimiento en la comisura del labio. Después se sacó los dedos del coño, se los llevó a la boca y los chupó uno a uno, sin dejar de mirar hacia mí. Se bajó de la encimera, dejó la copa sobre el mármol, caminó hasta la ventana y apoyó las dos manos en el cristal. Las tetas aplastadas contra el vidrio, los pezones duros como piedras, la respiración empañando el cristal por dentro. Estuvo así diez segundos. Tal vez quince. Mirando hacia mí.
Y entonces volvió al sofá y siguió leyendo, como si no hubiese pasado nada.
***
A partir de esa noche, todo cambió.
No corrí a mudarme, no dejé de mirar, no hice ninguna de las cosas que habría hecho un hombre cuerdo. Hice exactamente lo contrario. Aprendí a esperarla con más cuidado, a mirar mejor, a sostener la respiración cuando ella se acercaba al cristal. Me sacaba la polla en cuanto la veía entrar en el salón y no me la volvía a guardar hasta que apagaba la luz.
Y ella, ella empezó a darme más cosas para mirar.
Una noche se sentó en el sofá con un vibrador. Uno grande, negro, con la punta gruesa y brillante. Se recostó contra los cojines, abrió las piernas de par en par apoyando los pies en la mesa baja, y se lo pasó primero por las tetas, girándolo alrededor de los pezones hasta ponerlos tan duros que se le marcaban desde mi balcón. Después lo bajó por el vientre y se lo llevó al coño. Se lo pasó por encima, sin metérselo, restregándoselo entre los labios, arqueándose. Cuando por fin se lo metió, lo hizo de golpe, entero, y vi cómo se le escapaba la boca en un gemido que no oí pero que casi pude sentir en el pecho. Empezó a follarse con él, primero despacio, sacándolo casi entero y volviéndoselo a meter hasta el fondo, después más rápido, con la mano libre agarrándose una teta y pellizcándose el pezón. Cambió de postura: se puso de rodillas sobre el sofá, de espaldas a la ventana, y siguió metiéndoselo desde atrás, ofreciéndome el culo redondo y blanco separado por sus propias manos. Yo me estaba pelando la polla al mismo ritmo, mordiéndome la lengua para no gemir en alto, y me corrí antes que ella, un chorro largo y espeso que me manchó los muslos y el suelo. Ella tardó largo rato, mucho más de lo que yo había aguantado nunca, dejándose ir y volviendo y dejándose ir otra vez. Cuando terminó se quedó quieta sobre los cojines, boca arriba, con las piernas todavía abiertas y el vibrador brillante entre los muslos, la teta subiendo y bajando con la respiración, la mano todavía entre las piernas. Después se levantó, caminó hasta la ventana desnuda y sudorosa y apoyó la frente en el cristal. Esa noche no sonrió. Cerró los ojos. Y se quedó así un rato, como si descansara contra mí.
Otra noche se acercó a la ventana, levantó dos dedos y los puso sobre el cristal. Los movió despacio, con un gesto exacto, imitando la forma en que abriría un coño para mí, o en que una boca chuparía una polla. Después se metió esos mismos dos dedos en la boca, los sacó brillantes de saliva y bajó la mano hasta su coño, restregándose el clítoris muy despacio contra el cristal, con las tetas aplastadas contra el vidrio y los ojos cerrados. Yo no me moví. No abrí mi ventana. No encendí ninguna luz. Pero me pelé la polla en silencio hasta correrme dos veces seguidas, la segunda casi seca, con el capullo tan sensible que casi me dolía. Sentí en la garganta esa sensación de quien recibe un mensaje en un idioma que ha entendido por primera vez.
Otra noche, no apareció. Estuve hasta las cuatro de la mañana en la silla, fumando, esperando, convencido de que algo le había pasado. Apareció a la noche siguiente, con un vestido negro corto. Se quedó frente a la ventana, mirándome —si era a mí, no podía estar seguro, pero quería creer que sí—, y muy despacio se desabrochó los botones del vestido, uno a uno. Debajo no llevaba nada. Cuando terminó, dejó caer el vestido a sus pies y se quedó desnuda, con las dos manos a los lados, sin moverse. Como si dijera: «¿Querías esto? Aquí lo tienes.» Después se dio la vuelta, se agachó lentamente doblándose por la cintura, con las piernas rectas, y me enseñó el culo abierto y el coño rosado brillando entre los muslos. Se quedó así un rato largo, moviendo las caderas apenas, ofreciéndose. Yo me corrí sin tocarme casi, con dos pases rápidos de la mano.
***
No sé cómo va a terminar.
Han pasado dos meses. No he hablado con ella. No conozco su nombre, ni el de la calle donde está su portal —aunque podría averiguarlo en cinco minutos, si quisiera—, ni a qué se dedica. Sé que cena tarde, que duerme con la lámpara encendida, que tiene un gato negro que cruza el alféizar a veces y la mira como me mira ella a mí. Sé que prefiere el vino blanco al tinto y que lee novelas, no revistas. Sé que el martes pasado lloró en el sofá sin que yo supiese por qué, y que esa noche no se desnudó.
Lo que no sé es qué espera ella.
Algunas noches imagino que un día encontraré una nota bajo mi puerta. Que tocará el timbre del portal con un nombre cualquiera y subirá y se sentará en mi sofá y dirá: «Llevo dos meses esperándote.» Y que después se arrodillará entre mis piernas, me sacará la polla del pantalón y me la mamará hasta el fondo, con la lengua girando alrededor del capullo, mirándome desde abajo con los mismos ojos con que me miraba a través del cristal. Otras noches pienso que eso lo arruinaría todo. Que lo nuestro vive exactamente en esa distancia, en ese cristal de quince metros que nos separa y nos une. Que si la tocara, dejaríamos de ser los dos lo que somos: ella la mujer mirada, yo el hombre que mira. Y volveríamos a ser dos desconocidos torpes en una cocina pequeña.
Hay un momento, cada noche, en el que ella se acerca a la ventana antes de apagar la lámpara. Apoya la mano derecha en el cristal, justo a la altura de la teta. Mira hacia mi balcón. Y se queda así un segundo, dos, tres, antes de moverse.
Yo levanto la mano. Aprieto la palma contra el aire, contra la noche, contra la idea de su cristal. Es ridículo y ella no puede verme. Pero algunas noches juraría que sonríe justo en ese momento, antes de apagar la luz.
Después la ventana se queda oscura y la calle vuelve a respirar.
Y yo me siento en la sombra, en mi silla baja, con la polla todavía dura en la mano y la corrida secándose en el suelo, y espero al día siguiente.