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Relatos Ardientes

Grabé a mi vecina con su profesor de baile

Cuando la familia Olivares se mudó a la casa de la esquina, el barrio entero estuvo dos semanas hablando del mismo tema. Don Hugo era un hombre rechoncho, bonachón, que trabajaba en la municipalidad y salía cada mañana con una carpeta de cuero gastada bajo el brazo. Volvía siempre cuando ya estaba oscuro, saludando con la mano levantada y una sonrisa cansada. Pero nadie en la cuadra hablaba de él.

De quien hablaban era de su mujer.

Se llamaba Mirta, aunque desde el primer día pidió que le dijeran Mira. Tenía cuarenta y pocos, dos hijos ya grandes, y un cuerpo que no se ajustaba a ninguna de esas dos cosas. Caminaba como si supiera exactamente dónde miraban los hombres y, cuando pasaba por la vereda con sus pantalones ajustados, cada padre del barrio fingía estar arreglando el portón o regando una planta para no perderse el momento. Mi viejo no era la excepción. Lo pillé más de una vez con la manguera mojándole los zapatos porque se le había olvidado para qué la había sacado.

—Está mirando a la nueva —decía mi madre desde la cocina, sin levantar la voz.

—Estoy regando —contestaba él.

—Estás regando los pies, Carlos.

Mateo, el hijo mayor de los Olivares, tenía mi edad. En pocos meses se hizo parte del grupo. Era un chico tranquilo, le gustaban las motos y los videojuegos viejos, y aprendí a estar en su casa sin mirar a su madre, lo cual era todo un ejercicio de disciplina. Su hermana Sofía era un año menor y se metió enseguida en el grupito de las chicas que se sentaban en la plaza a tomar gaseosa.

Todo cambió cuando Tomás llegó al barrio.

Tomás era primo de una familia que alquiló la casa amarilla, dos cuadras más allá. Era alto, delgado, de piel muy oscura, y siempre llevaba el cabello recogido en una colita corta. Trabajaba como bailarín y profesor de ritmos afro. Tenía una voz grave y reía despacio, como si supiera de antemano el final de cada chiste. A los pocos días de instalarse, mitad del barrio sabía cómo se movía cuando enseñaba un paso, y la otra mitad lo había visto por la noche tomando cerveza en la esquina con sus hermanas.

Mira fue la primera que se le acercó a saludarlo.

Yo estaba en la vereda, de espaldas a la pared del almacén, cuando los vi conversar. Ella se rió tres veces seguidas tocándole el brazo. Él levantó las cejas, le señaló su propia cintura, hizo un par de movimientos cortos y ella aplaudió bajito. Una semana después corrió la voz en el barrio: Mira había contratado a Tomás para clases particulares en su casa, tres tardes a la semana, mientras don Hugo trabajaba y los chicos estaban en el colegio.

***

La idea fue de Bruno.

Bruno vivía pegado a la casa de los Olivares y conocía el patio mejor que su propia mano. Sabía que la sala daba a una ventana que la madre de Mateo dejaba siempre entreabierta, escondida detrás de una buganvilia gruesa. Si uno se metía por el callejón, pasaba el alambre del medidor y se ponía en cuclillas atrás del arbusto, podía ver el living entero sin que lo vieran.

—¿Y si nos pillan? —pregunté la primera tarde, con el corazón apurado.

—Tranquilo, no nos van a pillar. Está sola con él. ¿Te creés que va a mirar la ventana?

No miró la ventana.

La música empezó a sonar a las cuatro y diez. Era un cajón, un par de palmas y una voz de mujer cantando bajito. Mira apareció primero, con una calza negra y una remera blanca atada en la cintura. Tomás vino después, descalzo, con una camiseta sin mangas. Se ubicaron en el centro del living y él levantó las manos como pidiendo paciencia.

—La cadera, primero la cadera —le dijo.

Le mostró un movimiento corto, casi imperceptible, un balanceo lateral. Ella lo intentó y se rió de su propio cuerpo.

—No te rías. Cerrá los ojos. Sentí el cajón.

Le apoyó las dos manos en la cintura. Suaves. Sin presión. Mira respiró hondo y empezó a moverse, esta vez sin reírse. La calza le dibujaba todo lo que el resto del barrio había imaginado durante meses. Bruno me clavó el codo en las costillas.

—Mirá eso.

Estaba mirándolo.

Tomás corrigió un par de veces más, siempre desde atrás, siempre con las manos en la cintura. Cuando ella protestó, riéndose, que se sentía torpe, él le respondió bajito:

—Estás aprendiendo. Tranquila.

La clase duró cuarenta minutos. Cuando terminó, ella le sirvió un vaso de jugo y conversaron sobre la cosecha del mango y el precio de la luz. Nada más. Nos fuimos por el callejón sin hablar, los dos con el cuello caliente.

***

Las clases siguieron tres veces por semana, y nosotros, dos. La rutina fue siempre la misma: cadera, manos en la cintura, correcciones suaves, vaso de jugo, conversación de barrio. Bruno juraba que algo iba a pasar. Yo, en el fondo, esperaba lo mismo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era que pasara cuando Bruno no estuviera.

Aquel martes su madre lo mandó a la casa de su tía en otra cuadra a llevar un encargo. Me dijo que no llegaba a tiempo, que mirara yo y le contara después con detalles. Le dije que sí porque me daba vergüenza decirle que no. La verdad era que ir solo me daba un tipo de miedo distinto, más callado.

Llegué al callejón a las cuatro menos cuarto. Pasé el medidor, me arrastré entre la buganvilia y me acomodé donde siempre, con las rodillas apoyadas sobre un cartón que habíamos dejado escondido detrás del arbusto. Saqué el celular del bolsillo, lo puse en silencio y lo guardé otra vez.

El cajón empezó a sonar a las cuatro y diez, puntual.

Mira entró primera. Esta vez no traía remera atada. Tenía una musculosa fina, blanca, sin sostén debajo. Se notaba. Tomás la siguió con los pies descalzos, como siempre, pero esta vez no levantó las manos pidiendo paciencia. Caminó directo hasta donde ella estaba y se paró atrás, pegado.

—Hoy vamos a hacer otra cosa —le dijo.

Le puso una mano abierta en el vientre y otra en la cadera. Empezó a moverse contra ella, despacio, marcando el ritmo con la pelvis. Mira no se rió. Apoyó las dos manos sobre las de él, las acomodó como si las quisiera mantener ahí, y dejó caer la cabeza hacia atrás contra su hombro.

Saqué el teléfono.

Lo levanté apenas, encajado entre dos ramas de la buganvilia, lo justo para que la cámara apuntara al living. Toqué el botón rojo. No respiré bien hasta que vi la luz parpadeando.

Tomás bajó la mano del vientre y le agarró un pecho por encima de la musculosa. Lo apretó dos veces, una despacio y otra firme. Mira soltó un suspiro que se oyó a través del vidrio. Yo escuché todo. Estaba a tres metros de ellos, y la ventana entreabierta dejaba pasar hasta los crujidos del piso de madera.

—¿Y los chicos? —preguntó él bajito.

—Salen a las seis. Hugo, mucho después.

—Vamos a aprovechar entonces.

Le bajó la musculosa hasta la cintura. Los pechos quedaron al aire, llenos, con los pezones oscuros y duros. Le mordió el lóbulo de la oreja y le bajó la calza con las dos manos, hasta las rodillas. Mira no se la sacó, se quedó así, atrapada en su propia ropa, mirando el techo como si pidiera permiso a algo que no estaba.

Tomás se arrodilló detrás. Le besó la curva baja de la espalda, el comienzo de las nalgas, y le abrió las piernas con un empujón suave de la rodilla. Ella se apoyó en el respaldo del sillón, con las dos manos abiertas, y bajó la cabeza. Yo estaba grabando todo. La pantalla del celular me temblaba en la mano.

Le pasó la lengua entre los muslos sin apuro. Mira respondió con un quejido largo, contenido, y se apretó un puño contra la boca para no gritar. Él siguió un buen rato, hasta que ella le pidió, casi a los gritos contenidos:

—Apurate. Apurate, por favor.

Tomás se levantó y se desabrochó el pantalón. La verga le saltó hacia afuera, larga y oscura. Se la acomodó con una mano y, sin avisar, se la metió de una sola embestida. Mira soltó un grito corto, ahogado contra su propio antebrazo. Las nalgas le saltaron contra la pelvis de él, una y otra vez, con el ruido seco de la piel contra la piel. El sillón se movía. La musculosa se le había bajado al suelo. Los pechos le rebotaban hacia adelante con cada empuje.

Yo no me movía. Tenía el celular en alto, la respiración cortada, y la sensación de que cualquier crujido me iba a delatar. La buganvilia me raspaba el brazo y no me importaba.

—Más fuerte —pidió ella.

Tomás la agarró del pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y obedeció. Las embestidas se volvieron rápidas, casi violentas. El sillón empezó a chirriar contra el piso. Mira gemía con la boca abierta, sin pudor, todavía aferrada al respaldo. Le miraba la cara desde mi ángulo: tenía los ojos cerrados y la boca floja, como si se hubiera olvidado de quién era.

—Acabate adentro —le dijo, cuando faltaba poco—. Acabate adentro, ya.

Él gruñó algo que no entendí, le agarró las dos caderas con fuerza y empujó dos veces más, secas, profundas. Después se quedó quieto, apretado contra ella, los dos respirando como si hubieran corrido tres cuadras enteras.

Cuando se separó, le quedó un hilo blanco resbalándole por la cara interna del muslo. Mira no se levantó enseguida. Apoyó la frente contra el respaldo del sillón un par de segundos, con una sonrisa rara que no era ni de placer ni de culpa. Era de quien acaba de comprobar que sí, que efectivamente puede.

—Andate. Mateo vuelve en una hora.

Tomás se subió el pantalón sin decir nada. Le besó el hombro desnudo, recogió las sandalias del piso y salió por la puerta de atrás como si fuera el plomero. La música seguía sonando.

***

Apagué el celular cuando ella se enderezó. Se quedó un rato mirando la ventana, fija, y por un segundo me convencí de que me había visto. No me había visto. Después subió las escaleras a darse una ducha. La canilla se abrió arriba y empezó a correr el agua.

Salí del callejón con las piernas dormidas. Caminé por el medio de la calle, sin mirar a nadie. El teléfono me pesaba en el bolsillo como si tuviera adentro algo vivo.

Cuando llegué a casa, mi viejo estaba regando la planta de la entrada. Otra vez la manguera mojándole los zapatos.

—¿Y? ¿Dónde andabas?

—Por ahí —contesté.

Subí a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me senté en la cama. El video duraba once minutos y cuarenta y dos segundos. Lo miré una sola vez, hasta el final, sin sonido. Después me quedé un buen rato pensando, con el pulgar quieto sobre la pantalla.

No se lo voy a mostrar a Bruno.

Eso lo decidí enseguida. Bruno no iba a saber callarse, y la mitad del barrio iba a enterarse antes del fin de semana. Mira me caía bien, en el fondo, aunque nunca hubiera hablado con ella más que para saludarla. Don Hugo no me caía mal tampoco.

Pero borrarlo, tampoco podía. No todavía.

Lo guardé en una carpeta sin nombre, escondida dentro de otra carpeta. Apagué la pantalla. Y cuando esa noche pasé caminando frente a la casa de los Olivares, vi a Mira en el balcón regando los geranios. Levantó la mano para saludarme, sonriente, como siempre.

Le devolví el saludo. Y no dije una sola palabra.

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