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Relatos Ardientes

La morena del café guardaba un secreto entre las piernas

En internet puedes encontrar cualquier cosa si sabes lo que buscas. Y a veces, aunque no lo busques, te encuentra a ti. Empiezas pinchando un vídeo, luego otro, y otro más. Al principio hay cosas que te echan para atrás, pero de tanto mirar, tus gustos se van moviendo de sitio sin que te des cuenta.

Supongo que eso fue lo que me pasó. No me explico de otra forma por qué me ponía tan cachondo viendo transexuales, sobre todo cuando lo hacían entre ellas. Ves los rasgos de una mujer, los pechos, las caderas, y de repente aparece una polla enorme donde no la esperabas. Será esa sensualidad femenina manejando un miembro que no debería estar ahí. El cerebro se queda sin saber qué hacer con tanta información que no le cuadra.

Así que sigues mirando por curiosidad y, sin enterarte, ya te ha atrapado. Y la obsesión llega a un punto en el que empiezas a buscarlas en la vida real. Te preguntas si aquella mujer de piernas largas, sentada en la terraza con sus amigas, esconde un secreto bajo la falda. Yo me lo preguntaba muchas veces, hasta que ocurrió lo que voy a contar.

***

Casi cada tarde iba a leer en la tablet a una cafetería a un par de calles de mi casa. De vez en cuando coincidía con un grupo de tres amigas, aunque nunca pasábamos de cruzarnos la mirada. Yo me enfrascaba en la lectura y desconectaba del resto del mundo.

Aquella tarde llegaron como siempre. Les dediqué una media sonrisa de reconocimiento mientras se sentaban en la mesa de enfrente, y volví al libro. Pero se reían demasiado fuerte y no había manera de concentrarse. Cada poco echaba una mirada disimulada, y al final terminé prestándoles más atención a ellas que a la pantalla.

Era una tarde templada de finales de verano y las tres iban muy ligeras de ropa. Una llevaba un vestido estampado casi transparente con un buen escote. La rubia del grupo vestía unos shorts mínimos y un top ceñido. Y la tercera, una morena con el pelo larguísimo, llevaba unos vaqueros ajustados y una camiseta blanca por la que se le marcaban los pezones. Estaban tan metidas en su risa que no parecían notar mis vistazos. O eso creía yo. Sin querer, agudicé el oído.

—La otra noche me tiré al tío que me tiraba los tejos en el gimnasio —dijo la rubia—. El bajito ese.

—¿En serio? Pero si parecía un enano. Cachas, pero enano.

—¿Y aguantó en la cama? —preguntó la morena.

—Largo no fue, pero lo hicimos dos veces. Además, teníais que haber visto el paquete que se gastaba. Mirad. —Sacó el móvil del bolso y se lo enseñó a las otras dos.

—Hostia… —soltó la del vestido.

La morena se rió.

—Pues sí que te la metió torcida.

Las tres estallaron en carcajadas, tanto que un par de clientes se giraron. Bajaron la voz, pero yo seguía oyéndolas igual. Alcancé a ver de reojo la pantalla: una polla grande y curvada ocupaba todo el móvil. Sin querer se me escapó un «joder» en voz baja, y bajé la vista a mi tablet, rojo como un tomate, rezando para que no me hubieran oído.

—El caso es que tuve dos orgasmos —continuó la rubia—. Me llegaba a sitios raros.

—Será por eso —apuntó la del vestido.

—Claro que es por eso —dijo la morena—. Estáis acostumbradas a que os la claven hasta el fondo, cuando toda la gracia está en la entrada y alrededor.

—Anda, Lucía, no te las des de experta, que ya sabemos de qué pie cojeas. —Y le guiñó un ojo.

La morena, que se llamaba Lucía, se rió.

—Cuando quieras follamos y lo compruebas.

—En tus sueños, lista —contestó la rubia—. Tú no te me acercas con esa cosa tuya.

No pude evitar fijarme en el énfasis. Le di un sorbo al café.

—Porque no lo has probado. ¿Qué más te da una polla que otra?

Me atraganté con el café de forma aparatosa, soltando unas gotas y tosiendo como un imbécil. Las tres vieron el numerito y se rieron por lo bajo. Yo clavé la vista en la tablet con la cara ardiendo, fracasando por completo en mi intento de disimular.

—Mira que sois liantas —dijo la del vestido.

Ya no podía atender a nada. El cerebro se me había quedado congelado, en parte por el ridículo y en parte por lo que acababa de oír. ¿Lo había dicho en serio? ¿Era trans? No me cuadraba: tenía un buen pecho, aunque eso hoy en día no significa nada. ¿Cómo se esconde una polla en unos vaqueros tan ajustados? No dejaba de darle vueltas. Lucía era alta, llevaba unos botines de tacón y estaba sentada con las piernas cruzadas. Y, por si fuera poco, empecé a imaginarme cómo la tendría.

En un momento dado, la del vestido se inclinó hacia la rubia y le susurró algo.

—¿Qué cotilleáis? —preguntó Lucía. La rubia le murmuró al oído.

—¿En serio? —Y al decirlo me miró. Lo sé porque me pilló a mí mirándola a ella. Sonrió de medio lado. Intenté devolverle una sonrisa tímida y volví a esconder la cabeza en la pantalla.

Las oí cuchichear de nuevo, con risitas intercaladas. Estaba clarísimo: me habían cazado. Me quedé petrificado y no volví a levantar la vista. Diez minutos se me hicieron horas.

***

Finalmente se levantaron y empezaron a despedirse, pero para mi horror Lucía se volvió a sentar: aún le quedaba bebida en la copa. Sacó el móvil y estuvo un buen rato mirándolo sin hacerme el menor caso. Cuando por fin apuró el último trago y se puso de pie, respiré aliviado. Hasta que oí sus tacones acercarse a mi mesa.

—Sí que te gusta leer —me dijo.

La miré y me quedé en blanco, sin saber qué responder.

—Venga, no te hagas el despistado. Mi amiga te ha visto mirarme cada dos por tres. ¿Puedo sentarme?

Conseguí articular un «claro».

—Tranquilo, hombre, que no has hecho nada malo. Ni que hubieras robado un banco.

—Yo… lo siento, no quería ser un maleducado.

—No pasa nada. Hoy nos hemos desfasado un poco. Hacía tiempo que no nos juntábamos las tres. A Marina la han hecho jefa de la tienda donde trabaja.

—Me alegro —contesté—. ¿Quién es Marina?

Se rió.

—Perdona. Marina es la del vestido, la que te ha pillado con las manos en la masa. ¿Puedo preguntarte por qué me estabas echando el ojo?

—Yo…

—Es más, sé que ha sido justo después de que te atragantaras con el café, cuando le solté cierto comentario a mi amiga. Lo has tenido que oír seguro.

—Una vez más, lo siento. No quise escuchar. No me concentraba con tantas risas.

—Ya, ya. Que te he dicho que no pasa nada. Pero dime: ¿qué oíste exactamente para tirar el café?

—Bueno, igual no lo entendí bien. Seguro que fue un malentendido.

—¿Un malentendido con qué? ¿Acaso creías que tengo polla?

—Yo…

—Tú qué.

No sabía si me estaba intimidando o jugando conmigo.

—Mírame bien —dijo—. En serio, no te cortes. ¿Dónde crees que podría esconder una polla con estos pantalones?

—No… no lo sé.

Se rió descaradamente, se acercó a mi oído y me susurró:

—Me estoy quedando contigo. La verdad es que tengo una bien hermosa.

Mi cerebro explotó. Tenía que ser una broma. De tanto ver porno te crees que las trans solo existen en la pantalla; no te imaginas encontrarte a una tan tranquilamente en la cola del café. Ella vio cómo se me desconectaba la cara.

—A ver, reacciona. ¿Siempre eres así de tímido? Te cuesta seguirme el ritmo, pero no te preocupes, estoy acostumbrada. Imagino que tienes la cabeza llena de preguntas, así que hablemos claro. Sí, tengo polla, como tú supongo. Y me la machaco tanto como tú. Me gustan las mujeres, en general, pero siempre hay excepciones. Dime dos cosas: cómo te llamas y si te pongo cachondo.

Desde luego no se andaba con rodeos. Tenía que espabilar o quedaría como un cretino.

—Perdona. Soy Adrián. Y, la verdad… —la observé mejor ahora que la tenía cerca—, no voy a mentir: estás muy buena.

—Eso está mejor. ¿Ves qué fácil es hablando claro? Por cierto, a mí también me pareces atractivo. De hecho, coincidimos las tres.

—¿En serio?

—Marina fue la primera que te echó el ojo. Era ella la que insistía en venir aquí, pero le da apuro decirte nada. Si oyeras las guarradas que querría hacer contigo… —Soltó una risita—. Creo que haríais buena pareja.

—Vaya…

—Pero volvamos a lo nuestro. Cuando me dijo que no parabas de mirarme, me puse un poco cachonda. Y eso, en mi situación, no me conviene mucho. Voy al grano: vives cerca, ¿verdad? ¿Y si me invitas a tu casa y charlamos más tranquilos?

—Desde luego, directa eres un rato —le dije.

Hice como que me lo pensaba, pero la verdad es que yo también me estaba calentando con la situación, y la curiosidad por ver adónde llevaba todo aquello me podía.

—De acuerdo —dije—. Vivo aquí al lado. Espero que te guste la cerveza o el whisky, no tengo otra cosa.

—Las dos —respondió sonriendo—. ¡Vamos!

***

Vivía en un sexto piso de un barrio tranquilo, a las afueras. Hasta hacía unos meses compartía piso, pero mis compañeros se mudaron por trabajo y me había quedado solo. Teníamos toda la intimidad del mundo.

Lucía se dejó caer en el sofá mientras yo iba a la cocina a servir dos whiskys con hielo. Cuando volví, se había quitado los botines y estaba recostada como en su casa. Le di la copa y me senté a su lado.

—¡Uf, qué descanso! Y qué sofá más cómodo. Estos botines son casi nuevos y me estaban matando.

—Ponte a gusto. Vivo solo, nadie nos va a molestar.

—Mírate, jugando en casa te creces, ¿eh? —dijo con picardía.

—Me siento más cómodo, sí.

—Brindemos por eso. —Chocamos los vasos y bebimos—. Ahora que estamos en confianza, te confieso una cosa: en realidad Marina me pidió que te tanteara. Le cuesta encontrar tíos decentes, así que a veces me manda de avanzadilla. Como soy directa y no me corto, los caló en un plis. Muchos, en cuanto les suelto mi secreto, salen corriendo hacia ella. Pero este es distinto. Vamos a divertirnos un poco. Cuéntame con pelos y señales qué le harías en la cama. Se lo iré contando por el móvil.

—Caray… Tenéis montado un buen plan.

—Ni te lo imaginas. Somos amigas desde niñas, nos compenetramos perfecto. Venga, ¿qué le harías?

—Pues… la cogería del culo, la atraería hacia mí y la besaría. La apretaría contra mi cuerpo y le besaría el cuello.

—Genial, se lo mando. —Lucía empezó a teclear—. ¿Qué más?

—Me pondría detrás de ella, le tocaría los pechos mientras le beso el cuello, y bajaría una mano para acariciarle el coño por encima de las braguitas.

—Con esto se va a poner a cien, ya lo verás. —Apenas terminó de escribir, sonó un tono de mensaje: un suspiro de mujer—. ¡Tenía razón! Está disparada. Espera, sigue escribiendo… Dice que metería la mano en tus calzoncillos y te acariciaría la polla. Y pregunta cómo la tienes.

Me quedé sin palabras, pero empezaba a ponerme muy cachondo.

—¿Y bien? —insistió Lucía—. ¿Cómo la tienes?

—Pues… tamaño normal, gordita. —De repente volvió a sonar el móvil—. Esta Marina…

Me enseñó la pantalla. No se le veía la cara, solo unos pechos enormes que se apretaba con las manos.

—Dice que te la comería entera para ponértela dura. —Me miró fijamente—. Vamos, Adrián, no la decepciones, que te veo sudando a chorros. ¿Por qué no le mandas una foto de tu cosita? —Y mientras lo decía deslizó un pie hasta mi entrepierna y me frotó por encima del pantalón, que ya empezaba a animarse.

Di un respingo, no me lo esperaba.

—No seas gallina. —Se inclinó sobre mí—. Venga, bájate los pantalones, que te saco la foto. —Sin ningún pudor, empezó a masajearme el bulto con la mano—. Yo también tengo curiosidad por ver cómo la tienes.

Mi polla despertaba, y ella lo notaba.

—Ya se anima, ¿eh? Así me gusta. Quítatelos.

No había escapatoria. Me bajé los pantalones y me quedé en calzoncillos, marcando un buen bulto.

—Ohh, sí. Pero los calzoncillos también —dijo, y se la veía cada vez más caliente.

Dudé, pero acabé quitándomelos, y enseguida me senté por puro pudor.

—Vas a hacer que me enfade. ¡Relájate, hombre! Mira. —Me enseñó otra vez la foto de los pechos de Marina—. No la hagas esperar. Recuéstate y empieza a tocarte. Tienes que tenerla bien dura para que ella la disfrute.

***

Le hice caso. Tenía razón: había que relajarse y disfrutar. Me medio tumbé en el sofá y empecé a masturbarme.

—Eso es. Agárrala fuerte. Enséñale lo que tienes para ella.

Por mucho que lo intentaba, no terminaba de crecer, y eso que no estaba ni a medio gas. Lucía se dio cuenta.

—¿Quieres una ayudita?

Sin esperar respuesta, me apartó la mano, me agarró la polla con la suya y empezó a masturbarme despacio.

—Tienes una polla bonita. A ver hasta dónde crece. —Con la otra mano me masajeaba los testículos. Perdí el control de la situación y me dejé llevar—. Casi me da pena que Marina no sea la primera en probarla… —Y de pronto, sin avisar, se la metió en la boca.

La tuvo dentro un buen rato, jugando con la lengua, antes de sacarla.

—Perdona, no me he podido contener. Mmm, qué dura se ha puesto. Creo que es hora de la foto.

Cogió el móvil, le hizo una foto a mi miembro y se la mandó. Marina no perdía el tiempo: mientras tanto había enviado una foto abriéndose el coño con los dedos.

—Verás cómo se pone con la tuya —dijo Lucía. Y no se equivocó. El siguiente mensaje decía que la quería dentro, que la embistiera como una bestia. Luego mandó otra foto metiéndose un consolador.

Yo había dejado de tocarme mientras ella seguía escribiendo.

—¡Joder, Marina! —soltó.

—¿Qué pasa?

—Que está muy salida. Quiere una foto tuya corriéndote sobre mis tetas, para imaginarse que te corres encima de ella.

—¡La hostia! —se me escapó.

—¿Sabes qué, Adrián? Yo ya no puedo más. Me estoy poniendo muy cachonda con todo esto.

Se quitó la camiseta y el sujetador y liberó un par de pechos espectaculares. No sé cómo va lo de las operaciones y las hormonas, pero el resultado era impecable. Y no se detuvo ahí: se desabrochó el pantalón y empezó a bajárselo.

—¿Sabes lo que estoy sufriendo por no poder empalmarme yo también?

Hasta ese momento casi se me había olvidado, pero ahí estaba: una trans, que además me había comido la polla. Su cuerpo era esbelto, de piel muy blanca, y aquellas piernas no se acababan nunca. Se quedó frente a mí con unas braguitas negras.

Se sentó a horcajadas sobre mí.

—Cómeme las tetas. Vamos.

Me rodeó con los brazos y me hundí en sus pechos, besándolos y apretándolos. Si eran de operación, no sabría distinguirlo. La agarré del trasero mientras le chupaba los pezones, y ella no se quedó quieta: tenía una mano en mi polla, subiendo y bajando al mismo ritmo con el que se mecía sobre mí, como si estuviéramos follando.

—Mmmm, sí. Me pones a mil. No pares… y no te asustes —me dijo.

—¿Por qué…?

No terminó la frase. Yo ya lo notaba vagamente: un bultito en mi vientre que se movía a través de sus braguitas. Di un pequeño sobresalto.

—No pares… sigue comiéndome las tetas, por favor.

No podía dejar de hacerlo, me encantaban. Pero no podía dejar de pensar en lo que despertaba ahí abajo, cada vez más grande. Lucía empezó a frotar su entrepierna contra la mía y la cosa se hizo evidente. Me cogió las manos, me las apretó contra sus pechos y, al mirar abajo, no me quedó duda: la punta de su polla asomaba por fuera de la tela.

Las cartas estaban sobre la mesa. Nos estábamos restregando las pollas. Siguió así hasta que la suya alcanzó un tamaño considerable. Entonces se detuvo.

—La notas, ¿verdad?

Algo aturdido, respondí que sí.

—¿Y tienes algún problema con eso?

—La verdad es que es nuevo para mí. Pero confieso que he visto porno trans. Nunca pensé que me vería en esta situación, y mucho menos sabiendo qué hacer.

—Uf, me quitas un peso de encima. Así que te gusta el porno trans, ¿eh?

—Una cosa es pajearme con eso y otra tener a una trans delante.

—Siempre hay una primera vez. Déjame ayudarte. Espero no decepcionarte.

***

Se apartó y nos sentamos uno al lado del otro.

—No le quites ojo —dijo mientras se bajaba las braguitas—. ¿Te la esperabas así?

Tenía una buena polla, hay que reconocerlo. Seguía sin entender cómo escondía todo aquello. Empezó a masajeársela despacio con la mano derecha mientras con la izquierda hacía lo mismo con la mía.

—No sé qué decir… Ahh… —se me escapó un gemido.

—No hace falta decir nada. Solo disfruta y olvídate de las etiquetas. Sé que te gustan las mujeres, no hay más que ver cómo te ha puesto Marina. Pero está claro que te gusta más de un tipo. La vida no es blanco o negro. Déjate llevar.

Siguió masajeando las dos hasta que me cogió la mano y me la puso en su miembro, guiándola arriba y abajo.

—Mmm, me gusta. Si te ayuda a soltarte, te dejo comerme las tetas.

No vi por qué no. Le chupé el pezón izquierdo, le di besos y algún mordisco mientras ella conducía mi mano.

—Ahhh… sigue así… pero ahora tú solo. —Y retiró su mano de encima de la mía.

Con el ritmo ya marcado, me encontré masturbándola mientras le comía un pecho.

—Así… lo haces muy bien… Ohh… —gimió.

No pensaba con demasiada claridad, pero estaba claro que a ella le gustaba, así que seguí. Al poco noté que su polla había crecido tanto que me costaba abarcar todo el recorrido, y se había puesto dura como una piedra. Apreté un poco más y aumenté el ritmo. Ella seguía con la mía, pero de forma errática, parándose a ratos y suspirando cada vez más fuerte.

—Le estás cogiendo el truco. Me encanta… No quiero que pares, pero vamos a probar otra cosa. Confía en mí.

Me pidió que me tumbara y volvió a subirse encima, no sin antes darle unos cuantos lametones a mi polla.

—Perdona, no me he podido resistir. Me encanta comerla, pero hoy jugaremos de otra manera. Tranquilo, no sufrirás. —Soltó una risita.

A esas alturas a mí ya me daba todo igual. Ella estaba encima de mí, con la polla tiesa junto a la mía. Las agarró con las dos manos y empezó a frotar una contra la otra. No sabría describir aquello. Nunca había cruzado mi polla con otra, y ahí estaba, contra la de Lucía, que ya era incluso más grande que la mía: rondaría los veinte centímetros, muy ancha de la base.

—¿Te gusta sentir nuestras pollas juntas, Adrián?

—No puedo decir que no —admití. Y era verdad. No sabría explicar por qué, pero verla encima de mí, con esos pechos y restregando nuestros miembros, me excitaba muchísimo.

Siguió un buen rato hasta que me pasó el testigo.

—Ahora tú. Pero prepárate. Quiero que te corras conmigo.

No titubeé. Estaba tan excitado que solo quería ver cómo terminaba aquello. Pensé en las veces que me había corrido viendo cómo se corrían las trans en la pantalla. Esa explosión, esos chorros interminables. ¿Cuánto se correría Lucía?

Agarré las dos pollas como pude y empecé a frotarlas. Era como sostener un solo miembro enorme, pero había algo cómplice en mover ambas a la vez. Mi glande rozaba el suyo y nuestras pieles subían y bajaban al unísono.

—No pares, Adrián, dale más fuerte. Te avisaré cuando me corra, te lo prometo. Tú aguanta… quiero correrme contigo… ahhh…

Lucía soltaba pequeños jadeos. Subí el ritmo. A veces apretaba solo la suya y la masturbaba a toda velocidad para igualarnos, pero quería que llegara cuanto antes, así que volvía a juntarlas.

—No pares, por favor. Me encanta el calor de tu polla contra la mía. Haz que nos corramos…

Su excitación se me contagió y froté con más ganas. A mí no me faltaba mucho. Por suerte, a ella tampoco.

—¡Como pares ahora te la corto, estoy a punto! —gritó.

Aquello me encendió todavía más y empecé a soltar pequeños gritos yo también. Tenía la mano al límite cuando la oí:

—Me voy a correr… ¡me corro!

—¡Yo también, Lucía!

Gritamos a la vez. Mi mano no se detenía cuando empezaron a brotar chorros de ella, con una fuerza increíble; uno me llegó hasta el cuello. No sabría decir quién llegó antes. Nuestros fluidos se juntaron en charquitos sobre mi estómago y era imposible distinguir de quién era cada uno. A Lucía le sacudieron unos espasmos de placer hasta que se dejó caer sobre mí, extasiada.

Nos quedamos un buen rato en silencio, resoplando, hasta que ella arrancó:

—No ha estado mal, ¿verdad? De hecho, ha estado de fábula. Marina se lo pierde. —Se calló de golpe—. ¡Hostia, Marina! Me he olvidado por completo de ella.

Cogió el móvil corriendo.

—Bueno… parece que ella tampoco se ha aburrido. —Me lo enseñó: varias fotos suyas con el consolador, la última de su sexo hinchado y húmedo—. Ha perdido el turno de probar tu polla, aunque no creo que le importe mucho. Y a ti, ¿qué te ha parecido la experiencia?

—Extraña… y excitante a la vez. ¿Te gustaría quedar otro día? —me atreví a decir.

—Te lo iba a proponer yo. Lo he pasado muy bien contigo. Tengo ganas de ver qué más sabes hacer.

—Me encantaría volver a verte correr así, Lucía.

—¡Uf, no me calientes! Dejémoslo para otra ocasión. Aún queda mucho por descubrir. Y que sepas que ya le he echado el ojo a ese culito tuyo. —Y se rió como una loca.

Tragué saliva. No sabía si estaba preparado para tanto, pero la idea de que me follara me puso a mil.

—Tranquilo, paso a paso —dijo aún riendo—. Es hora de irme.

Nos vestimos y nos despedimos con un beso y un último magreo por encima de la ropa. Quedamos para el fin de semana siguiente. Y la verdad, no aguanto las ganas.

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