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Relatos Ardientes

Me desnudé para él sin que supiera que nos miraban

Pasaron casi dos semanas desde aquella tarde que les conté en el relato anterior. Para entonces ya había quedado en persona con Camila, y la conexión entre nosotras había crecido más rápido de lo que esperaba. Salimos solas un par de veces, hablamos durante horas y, entre risas y vino tinto, terminamos compartiendo más de un beso largo en la mesa de algún bar de barrio.

Camila tenía esa costumbre de proponer juegos. Pequeños desafíos que nos lanzábamos para empujar los límites poco a poco, una llave que abría puertas que ninguna de las dos se animaba a tocar sola. Esa semana me lanzó el suyo: quería que le enseñara mi cuerpo a Sebastián, el chico del gimnasio que llevaba meses tirándome indirectas. Por la forma en que él me miraba cuando nos cruzábamos en la zona de pesas, no hacía falta ser muy astuta para saber que yo le gustaba.

—Es una oportunidad perfecta —me dijo Camila—. Lo cuentas después, lo escribes, y, sobre todo, lo disfrutas. Porque a ti cada vez te gusta más sentir esa mirada ajena, ¿o me lo vas a negar?

No se lo negué. Le dije que aceptaba el reto.

Unos días antes le había mencionado a Sebastián que pasaría el fin de semana fuera. Mateo y yo teníamos ese viernes libre y nos habíamos prometido dos noches frente al mar, en un hotelito tranquilo de la costa. Camila no podía venir, así que iríamos los dos solos. Lo importante para el reto era el pretexto. Le pedí a Sebastián que me ayudara a elegir un par de trajes de baño. Lo planteé como una broma entre amigos, pero a él se le iluminaron los ojos. Quedamos en pasar por una tienda al salir del gimnasio al día siguiente.

Cuando estuvimos frente al mostrador, sacamos varios modelos. La idea era llevarme dos: uno con corte tanga, atrevido para la primera tarde, y otro bikini más discreto, por si el ánimo cambiaba el segundo día. Él se inclinaba siempre por los más pequeños y yo elegía los conservadores. Entré al probador con los dos finalistas y, después de pagar, le pedí que me llevara a casa.

—Te invito un batido de proteína —le dije—. Sé que se te acabó la tuya.

No lo pensó dos veces.

Llegamos a un departamento vacío. Mateo estaba en casa de Camila, lo sabía porque ella misma me había escrito hacía media hora. Era el momento exacto que había planeado. Acomodé el teléfono detrás de un libro grueso en la repisa de la sala, en un ángulo que cubría toda la habitación, y abrí una videollamada con Camila. Aceptó al primer tono. Sebastián no notó nada. Le pedí que preparara los dos vasos en la cocina mientras yo subía a probarme la tanga.

Me desnudé deprisa en mi cuarto, con el corazón a mil. Me até las cintas del bra al cuello y me ajusté la tanga roja frente al espejo. No era un hilo dental: era algo a medio camino, de tela lisa, que dejaba la mayor parte de mis nalgas a la vista pero por delante cubría lo justo. La parte de arriba eran dos copas pequeñas sujetas con tiras finas. Me gustó lo que vi en el reflejo. No era vulgar, era sexy, y supe enseguida que sería mi favorito para la primera tarde de playa.

Aquí vamos, pensé, y bajé las escaleras con el otro traje en la mano y un nudo apretado en el estómago.

Sebastián me esperaba al pie de la escalera con los dos vasos en alto. Cuando me vio aparecer, se le notó la sacudida. Abrió mucho los ojos, tragó saliva, y soltó una frase entre admiración y descaro.

—Te queda perfecto. Has adelgazado, se te ve precioso. Este es el que tienes que usar, sin duda.

Di una vuelta lenta. No solo para que él lo apreciara: sobre todo para que Camila y Mateo me vieran bien desde el celular escondido. Sentí su mirada pegada a mis piernas, a la curva baja de la espalda, a las marcas blandas que la tela me dejaba en las caderas. Alcancé a distinguir el bulto que se le empezaba a marcar en el pantalón del chándal, esa hinchazón espesa que se le venía hacia adelante y que él intentaba tapar acomodándose el vaso a la altura de la entrepierna.

—Lástima que no pueda meterme en la maleta e ir contigo —bromeó.

Nos reímos. Después él bajó el tono, como si fuera a darme un consejo serio.

—Solo una cosa: si no quieres mostrar de más, vas a tener que cuidarte. Se te marcan los pezones.

Bajé la vista. Era cierto. La tela fina me ceñía y no había forma de disimularlo. Me encogí de hombros.

—Es que aquí hace frío. En la playa va a hacer calor, no se va a notar.

—Pero yo te conozco —dijo él, casi en un susurro—. Y los tienes duros.

—Bueno, tú no se lo vas a contar a nadie, ¿verdad?

Me reí, sintiendo el rubor en las orejas. Él negó con la cabeza, jurando discreción con una sonrisa que decía justo lo contrario. Después soltó una broma para romper el momento y me pidió que me probara el otro modelo.

***

Él estaba en el borde de la cocina y yo en la sala. Apenas tres metros nos separaban. Mi habitación quedaba un piso arriba, así que decidí hacer la prueba ahí mismo.

—Me cambio aquí, así no subo de nuevo.

—Como quieras, es tu casa.

Sebastián se acercó con los vasos en la mano y se sentó en el sillón, justo frente a mí. Le di la espalda al principio, como un gesto de pudor falso, y me deshice del bra. Después dejé caer la tanga al suelo, arrastrándola lentamente por mis muslos hasta dejarla como un charquito rojo en la alfombra. Me giré hacia él completamente desnuda, sosteniéndole la mirada un segundo más de lo necesario. El cuarto se llenó de un silencio espeso. Sentí sus ojos recorrerme entera, sin disimulo, tragando saliva cada vez que bajaban de mis tetas al triángulo oscuro entre mis piernas. Supe que del otro lado del celular Camila estaba conteniendo la respiración, y probablemente ya tenía la mano metida entre los muslos de Mateo.

—Siempre pensé que estarías depilada del todo —dijo él, con una sonrisa torcida, sin poder despegar los ojos de mi coño.

Solté una carcajada y negué con la cabeza. Abrí un poco las piernas, apenas lo justo para que él viera cómo el vello se abría en dos y dejaba entrever los labios rosados, ya un poco brillantes de humedad.

—Me gustan mis vellos. Tienen su gracia. Y a algunos les gusta cómo se pega la lengua ahí, ¿sabías?

Se le escapó un jadeo bajo, casi ronco. Vi cómo se le hinchaba la polla contra la tela del pantalón, un bulto grueso y bien marcado, la punta empujando hacia arriba. Se acomodó en el sillón, apretando los muslos, y la verga se le movió sola bajo la ropa.

—Yo lo prefiero limpio —consiguió decir—. Pero es tu cuerpo, tú mandas. Y con esa vista, tú mandas lo que quieras.

Mientras seguía hablando, me pellizqué sin querer un pezón entre dos dedos, como acomodándomelo, y él se mordió el labio de abajo. Después me deslicé el calzón negro del bikini por las piernas y lo subí despacio, dándole tiempo a que se le grabara todo: los muslos, la curva del culo cuando me agaché, los pezones colgando cuando me incliné hacia adelante. Me puse de pie, ajusté la tela en la cadera y me coloqué la parte de arriba. Cuando le di el frente, él volvió a clavar la vista en mi pecho.

—Tienes razón con lo del frío —dijo—. Otra vez los tienes duros.

—No me digas más, ya lo sé.

Me ajusté el bra y dimos los dos un veredicto: el rojo era el ganador para la primera tarde. El bikini negro quedaba para la segunda. Caso cerrado.

—Voy a cambiarme arriba. ¿Me subes mi vaso?

Asintió y subió detrás de mí. Sentí su mirada en mis nalgas todo el camino, como una mano caliente que no terminaba de tocarme. Contoneé las caderas de más, sabiendo que a cada peldaño se le movía la polla debajo del pantalón. Entramos al cuarto y, sin más rodeos, me solté todo. Quedé desnuda frente a él una vez más, sin moverme, esperando que reaccionara. Él se quedó parado con el vaso extendido, pero la otra mano se le fue sola al bulto y se lo acomodó de arriba abajo, como si le pesara. Lo tomé con las dos manos y empecé a beber. La leche estaba helada y sentí cómo la piel se me erizaba entera. Mis pezones se endurecieron aún más, se pusieron largos, rojos, apuntando hacia él como dos dedos duros.

—Tienes los pezones muy bonitos —dijo, sin desviar la vista—. Se me haría agua la boca chupándotelos.

—Cállate —contesté, jugando, pero sin taparme.

Le sostuve la mirada mientras me pasaba un cubito de leche fría por un pezón, hasta que se me puso tan duro que empezó a doler. Después me llevé el dedo a la boca y lo chupé despacio, saboreándolo. Él soltó el aire por la nariz, casi un resoplido. Vi cómo se apretaba la polla con la palma, disimulando poco. La tenía dura, gorda, curvada hacia arriba dentro del pantalón, tan tensa que se le marcaba hasta el glande contra la tela.

—Me estás matando —murmuró.

—Aguanta un poco. Todavía no vas a morirte.

Dejé el vaso a medias y me cubrí con una blusa negra, sin sujetador. La tela fina se ajustó a mi cuerpo y dejó marcadas las puntas, dos protuberancias oscuras que le decían todo. Me puse una bombacha cómoda y un pants suave. Sebastián volvió a recorrerme con los ojos, esta vez más despacio.

—Estaría bien que algún amigo viniera al viaje —le tiré, mientras terminaba el batido—. Si Mateo se aburre de mí, al menos tendría con quién tomarse una cerveza en la orilla.

Él entendió la indirecta enseguida.

—Si quieres, pago lo mío y voy. Hotel aparte, todo de mi bolsillo. Solo necesito que se lo avises a Mateo y listo.

—Lo voy a pensar. Mateo es tranquilo, no le va a molestar.

Salimos del cuarto y, mientras lo acompañaba a la puerta, repitió la oferta. Le aseguré que se la comentaría a mi pareja, aunque sabía perfectamente que Mateo estaba escuchando cada palabra a través del celular escondido en la sala.

***

Cuando llegamos a la calle, Sebastián se detuvo antes de meterse al auto.

—¿Por qué hiciste eso? —me preguntó, sin acusación pero sin disimulo tampoco.

—No es nada malo —contesté, encogiéndome de hombros—. Te tengo confianza, te considero un amigo. Entre amigos no pasa nada.

—¿Entonces no lo malinterprete?

—No. Solo quería que tú también confiaras en mí. Listo.

Pareció más tranquilo. Se inclinó para darme un beso rápido en la mejilla y, justo en ese instante, sentí cómo me apretó suavemente un pezón con dos dedos por encima de la blusa. Después bajó la mano y me rozó el otro, pellizcándolo apenas, hasta arrancarme un jadeo que no supe disimular.

—¿Por qué siempre hacen lo mismo los hombres? —solté, riéndome casi sin querer, con las piernas apretadas.

—No me iba a quedar con las ganas. Y si te sirve de algo, me voy con la verga durísima. Voy a tener que hacerme una paja apenas llegue a casa, pensándote.

—Pues piensa bien. Y no te olvides ningún detalle.

Se subió al auto y arrancó. Entré a la casa con la respiración alterada, cerré la puerta de un empujón y corrí a buscar el celular. La cámara seguía encendida. Camila y Mateo no estaban callados precisamente. La pantalla los mostraba en la cama, ella encima de él, con las tetas al aire y la melena cayéndole sobre la cara. Mateo la sostenía por las caderas y la guiaba sin prisa, con esa misma seguridad lenta con la que me coge a mí cuando no hay testigos. Se le veía la polla entrando y saliendo del coño de Camila, mojada, brillante, con los labios de mi amiga estirados alrededor del tronco cada vez que ella bajaba hasta el fondo.

—Ay, qué rica la tienes —gemía Camila, aplastándose las tetas contra el pecho de él—. Me llenas todo, Mateo, me llenas entera.

—Móntame más fuerte —gruñó él, dándole una palmada en una nalga—. Así, cabalgándomela como una perra.

Camila obedeció. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de él, y empezó a subir y bajar con más rabia. Se le sacudían las tetas, el culo le chocaba contra los muslos de Mateo, y cada golpe hacía un ruido húmedo que se escuchaba clarito por el altavoz. Él le clavaba los dedos en las caderas y la empujaba hacia abajo, ensartándola hasta el fondo. Se le veía el pubis mojado de Camila brillar cada vez que se levantaba, la polla de Mateo saliendo entera antes de volver a hundírsele.

Subí a mi cuarto con el teléfono apretado en la mano, ya con la bombacha empapada. Me dejé caer en la cama, me arranqué el pants y la ropa interior de un tirón, abrí las piernas y me llevé dos dedos al coño. Estaba tan mojada que se deslizaron solos. Me froté el clítoris en círculos, apretando fuerte, viendo cómo Camila se venía sobre Mateo, con esos gemidos agudos que ella hace cuando ya no puede más.

—Ay, me corro, me corro, me corro —chillaba en la pantalla, arqueada, con los pezones parados.

Me metí dos dedos y empecé a bombearme al mismo ritmo que ella cabalgaba a mi novio. Imaginé la polla de Sebastián, cómo se le marcaba dura contra el pantalón, cómo me la habría metido si yo hubiera dado un paso más. Imaginé sus manos apretándome las tetas, su boca chupándome los pezones fríos, su verga entrándome por atrás mientras yo lamía las tetas de Camila. Me metí un tercer dedo, empujando fuerte, sintiendo cómo el coño me apretaba alrededor y cómo se me escapaba el líquido por los muslos hasta las sábanas.

En la pantalla, Mateo agarró a Camila del pelo y la tumbó de espaldas. Se le montó encima, le abrió las piernas de par en par y se la clavó de una sola estocada. Camila soltó un grito grave. Él empezó a follársela a un ritmo brutal, marcándole el coño con cada envión, los huevos golpeándole el culo, la cama rechinando. Yo me froté el clítoris más rápido, con la palma abierta, mientras con la otra mano me pellizcaba los pezones uno y otro. Veía la espalda tensa de Mateo, sus nalgas apretándose cada vez que se hundía en Camila, y ella con las uñas clavadas en los omóplatos de él.

—Métemela toda, cógeme, cógeme, no pares —le pedía Camila, mordiéndose los labios—. Que ella te vea, que ella lo vea todo.

Cuando ella aceleró el ritmo empujando la cadera contra la de él, Mateo soltó un quejido grave, se enterró hasta el fondo y supe que se estaba viniendo dentro de mi amiga. Se le vio el culo contraerse, los muslos tensarse, y ella soltó otro gemido largo cuando la sintió llenarla. Yo me vine casi al mismo tiempo, mordiéndome el brazo para no gritar, con las piernas temblándome y el coño escurriéndose en un chorro tibio sobre las sábanas. Me quedé jadeando, con los dedos todavía adentro, apretándome despacio para alargar los últimos espasmos.

Y yo todavía con el sabor de la tarde en la boca, pensé, con el pezón pellizcado aún ardiéndome y el olor a Sebastián pegado en la memoria.

Cuando terminaron, Camila se acomodó el pelo, sonriente, con las tetas todavía coloradas y un hilo espeso de semen escurriéndole por la cara interna del muslo. Se acercó a la cámara y me señaló.

—Reto cumplido, mi amor. Y déjame decirte que estás para comerte. Yo también me vine mirándote a ti, no solo por Mateo.

Mateo, todavía con la voz ronca, se acercó al teléfono. Se le veía la polla a medio bajar, brillante, con restos blancos en la punta.

—Mañana nos vemos en la oficina. Y mejor dile a Sebastián que sí, que se venga al viaje. Yo me encargo del resto. Me gusta la idea de mirarte mientras otro te la mete.

Camila le pegó un codazo cariñoso, se pasó dos dedos entre las piernas y se los llevó a la boca, chupándoselos con los ojos clavados en la cámara.

—Ojalá pudiera ir yo también. Pero ya que no se puede, aprovechen. Te doy permiso para armar un trío con los dos —dijo, riendo—. ¿O te lo tengo que pedir por escrito? Quiero fotos, quiero videos, quiero que me cuentes cómo se siente tenerlos a los dos encima al mismo tiempo, uno por delante y otro por detrás.

Solté una carcajada nerviosa, todavía con los dedos pegajosos entre las piernas. Corté la llamada, pero la idea quedó dando vueltas dentro de mi cabeza como una mosca atrapada: Sebastián con la polla afuera, Mateo mirándome, las manos de los dos encima de mí al mismo tiempo. Me acaricié las sábanas mojadas, sintiendo todavía el peso de la tarde sobre mi cuerpo, el repaso de los dos pares de ojos invisibles, el pellizco discreto en la puerta y ese bulto grueso que se le marcaba a Sebastián cuando me miró desnuda.

Tal vez, a punto de cumplir treinta y cinco, ya era hora de mi primer trío.

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Comentarios(7)

MikelPaz

buenísimo!! sigue escribiendo así

ElTurbio77

Por favor segunda parte, quede con muchas ganas de mas

PedroK_78

Como describís esa tension entre volver y no volver es genial, me tuvo enganchado desde la primera línea

Juanmedina

Me recordó algo que me pasó a mi, esa sensacion de ir a algún lado sabiendo que no deberías y sin poder evitarlo. Muy real.

RobertoBA

excelente!!!

EnriqueNoc

Arrancar así, sin muchas explicaciones, directo al momento. Bien escrito.

LucioRo

hay continuacion? porque me dejo con ganas de saber que pasa despues

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