El voyeur silencioso que se quedó en las dunas
Esa mañana el cielo tenía ese color gris indeciso que lo mismo se convierte en sol que en nubes. Andrés y yo llevábamos semanas sin salir juntos, sin un momento para nosotros dos, y cuando propuso ir a la playa nudista que tanto nos gustaba, no dudé ni un segundo. No era el día ideal, con esa brisa fría que levantaba arena, pero era nuestro día.
La playa en cuestión es un rincón que pocas personas conocen bien. Tiene unas dunas altas que se van cerrando hacia el mar, con matas de carrizo entre los montículos que crean pequeñas cámaras de arena privadas. Nosotros la descubrimos hace tres años y desde entonces es nuestra escapada favorita cuando necesitamos estar solos de verdad.
Llegamos y estaba completamente desierta. Lo supe nada más doblar el camino de tierra que bajaba desde el aparcamiento: ni sombrillas, ni rastros de toallas, ni voces. Solo la arena, el viento y ese olor a salitre que me relaja desde pequeña. Me quité la ropa sin pensarlo. Andrés hizo lo mismo. Extendimos las toallas en un tramo llano, cerca de una duna que nos cubría del viento por el norte.
Durante un rato fue simplemente eso: sol escaso, arena tibia bajo las toallas, y el ruido rítmico del mar. Andrés estaba tumbado boca arriba con los ojos cerrados y yo me apoyé de costado mirándolo. Tiene esa calma que me descoloca, esa forma de existir en silencio sin necesitar nada más. Empecé a trazarle el pecho con un dedo. Él sonrió sin abrir los ojos.
—Creía que habías venido a tomar el sol —dijo.
—Estoy tomando el sol.
—Eso que estás haciendo no es tomar el sol.
Le pasé la palma abierta por el estómago y bajé despacio. Sin prisa. Disfrutando del camino. Cuando llegué a donde llegué, ya estaba respondiendo.
—Está bien —admitió—. Esto tampoco es exactamente tomar el sol.
Me reí. Me puse de rodillas a su lado y seguí con la mano, con calma, sin apuro. El viento traía arena fina que se pegaba en los brazos y Andrés la miraba como si no importara nada en el mundo excepto lo que yo estaba haciendo.
Llevábamos así unos minutos cuando lo vi.
Venía caminando por la línea de la orilla, desnudo como correspondía, a paso tranquilo. Tendría unos cincuenta y tantos años, complexión media, el pelo entrecano. No miraba el mar. Miraba hacia nosotros.
No aceleré ni frené. Seguí exactamente como estaba. Andrés todavía tenía los ojos cerrados.
El hombre pasó a unos diez metros, giró levemente la cabeza al pasar y siguió de largo sin detenerse. Discreto. De los que respetan las normas no escritas de estos sitios: mirar está bien, parar a observar sin permiso no.
Andrés abrió un ojo.
—¿Ha pasado alguien?
—Un señor. Ya se fue.
—¿Y tú seguiste?
—Claro que seguí.
Eso lo despertó del todo. Me miró con esa expresión que conozco bien y me tendió la mano. Me tumbé a su lado y lo dejé besarme el cuello, el hombro, la clavícula. Sus manos sabían exactamente adónde ir y cómo llegar.
***
El hombre volvió a pasar. Esta vez a unos seis metros. No miró de refilón: miró directamente, un par de segundos, y continuó.
—Tenemos admiradores —le dije a Andrés contra el cuello.
—¿Te molesta?
Lo pensé un momento. La respuesta honesta era que no. La respuesta más honesta era que me había encendido.
—Para nada —dije—. Pero tú sigue.
Andrés siguió. Y yo dejé de preocuparme por cualquier cosa que no fuera lo que sentía en ese momento: su boca bajando por mi pecho, su mano abierta en mi cadera, la arena cálida en la espalda. Me puse boca arriba y miré el cielo gris. El viento había amainado un poco.
El hombre pasó por tercera vez. Se paró. No a diez metros, no a seis: a tres. Se sentó en la arena con las rodillas dobladas y nos miró sin disimulo, sin moverse, con las manos quietas sobre las piernas. Correcto hasta ese punto.
Andrés levantó la vista y lo evaluó un segundo.
—Oye —le dije al hombre—, si quieres mirar puedes quedarte, pero si viene alguien avisas.
El hombre asintió con la cabeza.
—Ningún problema. Seguid vosotros.
Su voz era tranquila. Educada, incluso. No parecía el tipo de persona que haría nada que no se le pidiera.
***
Lo que pasó a continuación fue raro y excitante al mismo tiempo. Saber que alguien te está mirando con esa atención quieta y respetuosa cambia las cosas. Cambia cómo te mueves. Cambia cuánto prestas atención a cada detalle. Andrés lo entendió sin que yo dijera nada porque me conoce bien: notó cómo me puse, y él también se puso.
Seguimos así un rato largo, con el hombre sentado en silencio a pocos metros. Yo tenía la cabeza en el regazo de Andrés, que me acariciaba el pelo. Aparentemente tranquilos. En realidad, completamente al borde.
Fue el ruido lo que lo cortó todo.
Una moto, lejos todavía, pero inconfundible. El sonido del motor rebotando entre las dunas. Los tres nos alertamos al mismo tiempo.
El hombre se puso de pie.
—Escuchad —dijo—, unos treinta metros hacia el norte hay una hondonada entre los carrizos. Profunda, cerrada por tres lados. Allí estaréis mucho más tranquilos.
Lo miré un momento. Andrés me miró a mí.
Recogimos las toallas.
***
La hondonada era exactamente como la había descrito: un hueco alargado en la arena, bordeado por cañas por tres lados, con una apertura estrecha orientada hacia el sur. El suelo era arena fina y limpia. Tiramos las toallas dentro, Andrés se tumbó y yo me arrodillé a su lado.
El hombre llegó un momento después y se instaló en la entrada, de cara al exterior, mirando hacia afuera. Guardián y espectador al mismo tiempo. No se metió. No preguntó nada. Ocupó el único espacio que tenía lógica ocupar.
Empecé despacio. Andrés tenía la mano en mi pelo pero no me guiaba: me dejaba ir al ritmo que yo quisiera. El hombre, desde la entrada, giró la cabeza lo justo para vernos de perfil.
Cuando Andrés me subió hacia él y me puse encima, el hombre se desplazó ligeramente para quedar enfrente. No de cerca, no invadiendo: a la distancia justa para ver con claridad. Lo vi de reojo cuando me coloqué: tenía la mano en su propio cuerpo, moviéndola despacio, sin hacer teatro de ello.
Me monté sobre Andrés de cara al hombre.
No lo hice pensando en él, exactamente. Lo hice porque era lo que me pedía el cuerpo en ese momento, y ese momento incluía su mirada. Las dos cosas coexistían sin estorbarse.
Andrés tenía las manos en mis caderas. Yo tenía las manos en su pecho. Me moví despacio al principio, sintiendo cada centímetro, luego más rápido cuando el cuerpo lo pidió. El hombre miraba sin moverse, con esa atención sostenida que resulta diferente al manoseo con los ojos que a veces ves en ciertos sitios.
Me giré. Puse las manos en la arena y me incliné hacia delante para que Andrés pudiera moverse desde abajo. Desde esa postura el hombre quedaba justo enfrente de mí, y cada vez que yo bajaba la cabeza entre los brazos y la levantaba, lo veía ahí, quieto, concentrado.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté. No sé por qué lo pregunté. Salió solo.
—Mucho —respondió. Una sola palabra, sin exagerar.
Eso me bastó.
***
Andrés me giró de nuevo. Me puse de espaldas en la toalla y lo dejé encima. Lo miraba a él, pero era consciente del hombre en la entrada, de que nos observaba a los dos desde ese ángulo. Andrés se movía con intención, con calma, con esa concentración que tiene cuando está completamente dentro del momento. Yo también estaba completamente dentro del momento.
Sentía la arena fría bajo los talones, el peso de Andrés encima, el ritmo que habíamos encontrado. El hombre en la entrada no hacía ruido pero tampoco fingía no estar. Esa honestidad tenía algo que lo hacía más excitante que cualquier otra cosa.
Cuando noté que Andrés se acercaba al límite, le dije al oído:
—Quiero que te corras en mi boca. Quiero que él lo vea.
Andrés se separó sin decir nada. Me arrodillé frente a él. Lo tomé con la mano y con la boca de forma alternada, sin prisa, llevándolo exactamente donde quería llevarlo. El hombre, desde la entrada, tenía ahora la mano moviéndose de forma más visible. Seguía sin hacer ruido, seguía sin moverse de su sitio.
Cuando Andrés se corrió fue abundante y fue en mi boca, como yo quería. Me quedé un momento sin tragar, sintiendo el peso de ello, y luego lo tragué despacio mientras lo miraba a los ojos. Después me limpié la comisura con el dedo.
El hombre tenía el cuello rojo.
Me volví hacia él.
—Parece que te quedaste a medias —le dije.
Sonrió, levemente incómodo por primera vez en toda la tarde.
—No os preocupéis. Ha sido un placer de todas formas.
—No me refiero a eso.
Me levanté y me acerqué. Me arrodillé frente a él en la arena. Andrés estaba detrás de mí, observando en silencio.
Tomé al hombre con la mano y empecé a moverla. Él se tensó un segundo, como si no se lo esperara del todo a pesar de lo que llevábamos haciendo desde la última hora, y luego exhaló despacio y se relajó. No tardó. Literalmente no tardó nada: quince segundos, quizás veinte, un sonido aspirado casi imperceptible, y se corrió en la arena entre sus pies.
Se sentó hacia atrás, apoyado en los codos, con los ojos cerrados.
—Dios —dijo en voz baja.
***
Nos limpiamos con la toalla de reserva que siempre llevamos. Recogimos el resto en silencio, con esa calma que se instala cuando todo ha ido exactamente bien. El hombre seguía sentado, recuperándose todavía.
Cuando nos levantamos para irnos, Andrés le tendió la mano. El hombre se la estrechó, algo sorprendido por el gesto.
—Gracias por vigilar —dijo Andrés.
—Gracias a vosotros —respondió el hombre—. En muchos años viniendo a esta playa, nunca me había pasado nada parecido.
Sonreí y me colgué la bolsa al hombro.
—La próxima vez llega antes —le dije.
Y nos fuimos por el mismo camino de arena, con el sol saliendo al fin entre las nubes, calentando las espaldas.