Las cámaras del cine lo vieron todo aquella noche
El divorcio se filtró por la oficina como se filtra el café derramado: lento al principio, imparable después. A las dos semanas ya nadie fingía no saberlo, y a las tres me llovían las invitaciones. Cervezas, cenas, cumpleaños. Yo no buscaba nada serio —tenía dos hijos y un cansancio acumulado que no se curaba con un fin de semana—, pero salir un rato me sacaba la cabeza de los papeles del juzgado.
Mi familia me sostuvo desde el primer día. Mi madre se quedaba con los chicos cuando avisaba que llegaba tarde, mis hermanas me preguntaban cómo iba todo sin la mirada de pena que ponía el resto. Esa red invisible me daba permiso para volver a sentir que tenía treinta y cuatro años y no cincuenta y cinco.
Por entonces empezaba algo con Mateo, un compañero del piso de arriba. Habíamos coincidido en alguna reunión y, después de la primera cerveza fuera del horario, una cosa llevó a la otra. No le había prometido nada, ni él a mí. Lo nuestro era cómodo, y el sexo —el sexo era bueno, muy bueno.
El jueves me crucé con un cartel del estreno de una película que llevaba meses esperando. Le mandé un mensaje sin pensarlo: «¿Vamos mañana?». Tardó tres minutos en responder: «Voy a sacar entradas. Y de paso, ¿te apetece quedarnos en un hotel y entrar al trabajo desde allí?». Le contesté con un emoji que no necesita explicación.
Le avisé a mi madre que no dormía en casa. Ni una pregunta, solo un «pasalo bien». Metí en el bolso ropa para el día siguiente y me dediqué a la parte que más me gustaba: elegir qué ponerme.
Saqué un vestido rojo corto, de los que reservaba para ocasiones que valieran la pena. Le sumé un abrigo largo —ya entraba el frío— y unas botas hasta la rodilla. Por debajo, lencería del mismo tono. Cuando me miré al espejo me gusté, y eso no me pasaba seguido en los últimos meses.
Estaba terminando de maquillarme cuando vibró el celular. Mateo otra vez. «Una idea: vení sin corpiño. Quiero verte sin nada debajo del vestido». Me reí sola en el baño. A los treinta y cuatro una ya no anda sin sostén por la calle, pero lo pensé treinta segundos y me decidí. El abrigo iba a tapar la mayor parte del trayecto. Que se llevara la sorpresa cuando me lo abriera dentro del coche.
Me cerré el abrigo hasta arriba y bajé al portal. El de seguridad, que siempre me saludaba con un «buenas noches, señora», abrió los ojos esa vez. Yo no me había dado cuenta de nada hasta que sentí el aire frío golpearme en el pecho y vi cómo se le iban los ojos al escote del abrigo. Mis pezones, sin red de contención, se habían marcado por su cuenta. Me sentí estúpidamente expuesta y al mismo tiempo poderosa, y le devolví el saludo con una sonrisa que no le solía dar.
Mateo paró el coche en la puerta. Subí, me solté el cinturón del abrigo a propósito y dejé que se abriera un poco. Le bastó un segundo para entender. Bajó la mirada a mis pechos, apretó el volante, soltó una risa baja.
—Estás loca —dijo.
—Vos lo pediste.
En el estacionamiento del cine me apretó un pezón por encima de la tela, como quien confirma que lo que vio era real, y me dio una palmada en el culo antes de empujar la puerta de cristal del centro comercial.
***
El cine estaba reventado. Estreno, jueves, descuento. Me mandó a la fila del kiosco mientras él peleaba con la cola de las entradas. Volvió con cara larga: las funciones de la película que queríamos ver estaban agotadas hasta tarde. Me ofreció una alternativa, una de acción que ni él ni yo teníamos ganas de ver, y aceptamos porque ya estábamos ahí y porque la noche tenía otros planes igualmente atractivos.
—Pedí lugares arriba del todo —me dijo cuando salimos del kiosco con un balde de pochoclos que ninguno iba a comer.
—¿Para qué? —pregunté con tono inocente.
—Adiviná.
La sala estaba casi vacía. Doce personas como mucho, repartidas en una nube dispersa cerca de la pantalla. Nuestra fila estaba desierta, y las dos de adelante también. Subimos los escalones en penumbra y nos acomodamos contra la pared, en el rincón más oscuro que la sala podía ofrecer.
Empezaron los avisos. Empezó la película. A los diez minutos ya sabía que no iba a recordar el argumento. La mano de Mateo se había instalado en mi muslo y subía cada vez un par de centímetros, lo justo para que yo me obligara a respirar más hondo.
Me besó. Primero con calma, después con la urgencia que conocía y que me desarmaba. Cuando me besó el cuello, justo debajo de la oreja, dejé caer la cabeza contra el respaldo. Sabía dónde apretar. Me bajé yo misma la parte de arriba del vestido y le ofrecí los pechos. La oscuridad y la pantalla parpadeante hacían que cada vez que él levantaba la cabeza yo viera solo un brillo en los ojos, no la cara entera.
—No hagas ruido —murmuró.
Como respuesta, le subí la mano por debajo del vestido. Me apartó la tanga con un dedo y entró a buscar lo que sabía que ya estaba esperando. Mordí el respaldo del asiento de adelante para no soltar un sonido cuando me metió dos dedos de golpe. Empezó despacio. Aceleró cuando sintió que se me cerraba el cuerpo entero alrededor de su mano.
Me vine en silencio, o casi. Un soplido apretado entre los dientes, una sacudida que él tuvo que sostenerme contra el respaldo para que no se notara desde lejos.
***
Y entonces apareció la linterna.
Una chica del cine subió las escaleras con paso lento, revisando butacas. Tuve dos segundos para reaccionar: tiré del abrigo, me tapé los pechos, fingí estar absorta en la pantalla. Mateo levantó las dos manos a la vista, como diciendo «mirá, nada raro acá». La luz nos barrió, se detuvo un momento, siguió de largo. La chica se quedó parada al final de la escalera, sacó el celular y mandó un mensaje. Después se fue.
Me quedé tiesa unos segundos. El corazón me golpeaba en la garganta. Pero el subidón no se iba, al contrario: la sensación de haber estado a un parpadeo de que nos descubrieran me había puesto más caliente todavía.
Le bajé el cierre del pantalón apenas se cerró la puerta de la sala. Lo tenía durísimo. Lo saqué, le di unas vueltas con la mano, escupí discretamente y se lo metí en la boca. Se le escapó un gemido que ahogó con el puño en la boca. Le pasé la lengua por el largo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Me voy a venir —avisó.
Me incorporé y me subí encima de él, dándole la espalda. Bajo el ruido de la película —explosiones, gritos, motores— me corrí la tanga a un lado y bajé con cuidado hasta sentarme entera sobre él. Estaba tan empapada que entró todo de una sola vez. Me tapé la boca con la mano. Empecé a moverme arriba y abajo, despacio, atenta a cualquier sombra que se acercara por las escaleras.
Me agarró las caderas. Me clavó los dedos. Sentí cómo todo el cuerpo se le tensaba debajo y cómo me llenaba con varios empujones cortos, sin animarse a moverse demasiado. Me quedé unos segundos sentada, sin moverme, los ojos en la pantalla. Cualquiera que mirara desde otra butaca habría visto solo a dos espectadores muy juntos.
Me bajé. Me limpié con la mano, abrí las piernas en mi asiento y me terminé de acomodar la tanga. Subí el vestido de arriba, y al pasarme la tela por encima los pezones quedaron marcados de nuevo, duros. Me apoyé sobre su pecho. Él me acariciaba uno con el pulgar mientras la película —recién entonces lo noté— seguía contando una historia de la que yo no había seguido una sola línea.
***
Las luces se prendieron antes de los créditos. Bajamos las escaleras de la mano. En la salida había dos empleados con carros de limpieza, esperando para entrar a recoger. Uno me sonrió y dijo:
—Espero que hayan disfrutado la función.
El otro, sin levantar la vista de la basura, agregó:
—Estos dos sí que la disfrutaron.
Los dos se rieron. Yo me quedé clavada en el escalón. No entendía. Mateo abrió la boca para preguntar, pero un tercer empleado que pasaba por al lado, más joven, nos lo aclaró sin mala intención.
—Las cámaras —dijo, casi en susurro—. Hay una en cada sala. Visión nocturna. Se ve todo. Tranquilos, no es la primera vez, hoy fue noche tranquila.
Lo dijo con la naturalidad de quien comenta el clima. Después se subió al carrito y entró a recoger.
Yo me puse roja hasta la raíz del pelo. Mateo se rio con ganas, primero solo y después conmigo, porque no podía hacer otra cosa. Salimos de la sala con la vergüenza ardiéndome en la cara y, debajo de la vergüenza, algo más raro, algo que no me animaba a nombrar: la idea de que alguien, alguna vez, ya nos había visto. Que mientras yo me venía mordiéndome la mano, había habido ojos detrás de un monitor mirando todo lo que pasaba.
Y no me sentía mal. Sentía un calor distinto.
—¿Estás enojada? —me preguntó cuando llegamos a las escaleras mecánicas.
—No —dije—. Me invitás unos tragos y se me pasa.
—Hecho.
Antes de subirnos a la escalera me agarró del codo y me hizo girar.
—Sacate el abrigo.
—¿Estás loco?
—Sacátelo. Si nos vieron en cámara, qué te importa que te vean ahora.
Lo miré. Había una lógica perversa y exacta en lo que me decía. Me quité el abrigo, despacio, y se lo dejé en el brazo. El vestido rojo, los pezones marcados, el pelo despeinado de cualquier manera. Caminamos abrazados hasta el bar, y en cada vidriera que pasábamos yo aprovechaba para mirarme de reojo y comprobar que sí, que era yo, y que esa noche había empezado a ser otra persona o, quizás, había empezado a parecerse de verdad a la que siempre fui.