Lo vi tocarse desde su auto y no pude moverme
Lo primero que llamaba la atención de Camila era, paradójicamente, lo poco que llamaba la atención. Vivía en un barrio donde todos se conocían y, sin embargo, ella conseguía atravesar la cuadra de ida y vuelta sin que nadie levantara la mirada. Tenía veinticuatro años, el pelo castaño recogido siempre en una cola baja, y una ropa que parecía elegida para no ser elegida: jeans rectos, camisetas grises, zapatillas blancas que ya no eran tan blancas.
Si seguís leyendo es porque seguro conocés a alguna así. Una mujer sin color, según los ojos del vecindario. Una mujer apagada, según el almacenero. Una mujer invisible, según los míos.
Camila prefería las tardes nubladas, los domingos lentos, las caminatas en el momento exacto en que el sol cae y todo el mundo enciende las luces interiores. Pocos entendían sus rarezas. A los veinticuatro años, decían, una mujer debería estar saliendo, conociendo gente, vistiéndose para que la miraran. Ella se vestía para que no la miraran. Era distinto, y nadie quería entenderlo.
Su simpleza de afuera contrastaba con la complejidad que tenía adentro. A Camila no le gustaban los hombres jóvenes, atléticos, perfumados. Le gustaban los descuidados: los de barriga blanda, los de pelo escaso y entrecano, los de manos grandes y uñas con grasa metida en los pliegues. Le gustaba el olor a sudor honesto, el tono soez, las palabras dichas sin filtros y con saliva en las comisuras.
A unos metros de su casa había un taller mecánico. Tres o cuatro hombres pasaban el día ahí, fumando en la vereda, tomando mate en un termo abollado, gritándole cosas a las chicas que pasaban. A Camila no le decían nada. Camila era invisible. Pero ella sí los miraba. Le encantaba, sobre todo, ver cómo desnudaban con la vista a las otras: a las que iban en pollera corta, a las que bajaban del colectivo apuradas, a las que se hacían las distraídas. Ver esa mirada lasciva dirigida a otro cuerpo era lo que la metía en el juego.
Era una forma de voyerismo al revés. Ella no miraba el sexo: miraba el deseo de los hombres. Y eso, en su cabeza, le pertenecía solo a ella.
***
Una tarde gris de jueves, después de pasarse media hora dudando si salía o no, agarró las llaves del auto y manejó al supermercado. Le quedaba a quince minutos, era el más cercano y, sobre todo, el menos transitado un día de semana a esa hora.
Iba sin maquillaje, como siempre, pero ese día había elegido por algún motivo unas medias de red color piel debajo de los jeans, una pieza secreta que solo ella sabía. Era su pequeño gesto de rebelión privada: una capa erótica oculta bajo la ropa más anodina del barrio. Caminaba con el roce constante del nylon contra los muslos, y cada paso le recordaba que adentro de esa mujer aburrida había otra mujer esperando.
El supermercado estaba casi vacío. Recorrió las góndolas con el carrito a medio llenar, sin apuro. Fue en el pasillo de cuidado personal donde lo vio.
Un hombre que no pertenecía a ese pasillo. Un hombre con la panza colgando sobre el cinturón, la camisa abierta hasta el segundo botón, el pelo gris y ralo pegado al cráneo por el sudor. Le hablaba a la promotora de cremas, una chica de veintipocos con uniforme ajustado, y le hablaba con una voz nerviosa, salivosa, una voz que se atropellaba en cada frase.
—Y este, ¿es bueno para la piel grasa? —decía él, sosteniendo el frasco con dos dedos como si fuera un objeto demasiado delicado para sus manos.
—Es para todo tipo de piel —respondía la chica, los ojos fijos en el folleto, evitando la trampa.
Camila se quedó parada al final del pasillo, fingiendo leer la etiqueta de un champú que no pensaba comprar.
Lo miraba a él. No a la promotora.
Le miraba la nuca enrojecida, las manos que se movían demasiado, el bulto que se le marcaba en el pantalón gastado, ese pantalón que había sido negro hace mucho y que ahora era de un gris cansado, como el cielo. Cuando él se dio cuenta de que la chica no le iba a dar nada, se rascó el cuello y se retiró arrastrando los pies hacia el otro extremo del pasillo.
Camila quedó sola con él. Bueno, no sola. A diez metros de distancia. En línea recta.
Vio cómo el hombre se apoyó contra la góndola del fondo, miró a ambos lados, y empezó a frotarse el bulto por encima de la tela. Sin abrirse el pantalón. Sin disimulo. Mirando todavía hacia donde había estado la promotora, como si pudiera atraparla con la vista a través de los productos apilados.
Camila se quedó dura. No de miedo. De algo distinto.
Tengo que irme. Tengo que dejar el carrito acá e irme.
No se fue. Se quedó tan fija en aquella escena que no se dio cuenta de que él, en algún momento, dejó de mirar hacia donde había estado la promotora y empezó a mirarla a ella. Cuando sus miradas se cruzaron, él se sobresaltó, dejó caer la mano y salió caminando rápido por el pasillo del fondo, casi tropezándose con una pila de canastos.
Ella esperó tres segundos. Después fue tras él.
***
Lo siguió durante varios pasillos. Lo perdió en la zona de los lácteos. Pasó dos veces por la panadería, una por la fiambrería, y nada. El rastro de aquel olor a transpiración mezclado con desodorante barato se había evaporado entre las heladeras.
Resignada, terminó las compras con la vulva latiendo contra la costura del jean, los muslos apretados, cada paso recordándole que tenía las medias de red mojadas. Pagó sin mirar a la cajera. Salió al estacionamiento con la bolsa colgando del brazo y el corazón golpeándole arriba del pecho.
Y entonces lo vio.
Estaba en el auto contiguo al suyo. Un Renault viejo, color crema sucia, con un espejo retrovisor sostenido con cinta adhesiva. Lo vio porque la puerta del conductor estaba apenas entreabierta y dentro del auto la cabina estaba iluminada por el sol de la tarde que entraba en diagonal.
Tenía los pantalones bajados hasta la rodilla. Y la mano se le movía rápido, rápido, rápido.
Camila se quedó parada con la bolsa en la mano. Él la vio. Pegó un salto. Trató de subirse el pantalón de un tirón, se le enganchó el cierre, se golpeó la rodilla contra el volante. Intentó arrancar el auto. La carcacha hizo el ruido de un motor que no quiere despertarse y se quedó muerta. Lo intentó tres veces más. Nada.
Camila subió a su auto, despacio. No arrancó. Cerró la puerta y se quedó mirándolo a través del parabrisas, sin parpadear, con la bolsa todavía a sus pies.
Él miró hacia el costado. Y entendió.
Entendió porque escuchó el ruido. Era un ruido inconfundible, un chapoteo húmedo, ese sonido que hace algo que entra y sale de un cuerpo empapado. Camila había sacado del bolsillo de la guantera uno de los juguetes que llevaba siempre, un cilindro de silicona suave, y lo estaba metiendo y sacando entre las piernas con los jeans desabrochados hasta los muslos.
El hombre dejó de intentar arrancar el auto. La erección que había empezado a aflojarse volvió. Se quedó mirándola como si nunca hubiera visto a una mujer en su vida.
***
Camila se levantó la camiseta hasta arriba de los hombros. Después, sin desabrochar el sostén, simplemente arqueó la tela hacia arriba y le mostró los pechos. No eran pequeños. Tenía los pezones tan tensos que casi le dolía. La areola, oscura y ancha, le ocupaba más espacio del que correspondería para una mujer de veinticuatro sin hijos.
Se llevó un pezón a la boca, lo lamió, lo soltó con un golpe suave. Pasó la otra mano por entre las piernas, la sacó brillante, la usó para humedecer el otro pecho. Lamió ese también. Después se metió los dos pezones al mismo tiempo, apretándose los pechos hacia adentro, y miró al hombre del Renault como si lo estuviera retando.
Él se había vuelto a bajar el pantalón sin ningún disimulo. Tenía la mano en una velocidad imposible. La boca abierta. Los ojos clavados en el parabrisas de Camila como si fuera una pantalla de cine y ella, la única función del día.
El parabrisas de Camila se manchó con un chorro fino cuando ella se vino. Un chorro tibio, casi ridículo si no hubiera sido por la expresión que tenía mientras se mordía el labio inferior y se hundía el juguete contra el hueso del pubis.
El hombre del Renault eyaculó tres segundos después, con un gemido ronco que ella adivinó más que escuchó. Le saltó el semen sobre el volante, sobre la mano, sobre el pantalón ya manchado por el sol y los años.
Los dos quedaron quietos. Respirando. Cada uno en su auto, separados por dos centímetros de chapa y un mundo entero.
***
Después de un rato largo, él bajó la ventanilla. Camila bajó la suya.
—¿Tenés un papel? —preguntó él. Tenía la voz menos ensalivada ahora. Casi una voz normal. La voz de un hombre cualquiera pidiendo cualquier cosa.
Camila buscó en la guantera. Encontró un ticket viejo del estacionamiento. Arrancó un trozo, anotó un número, lo dobló por la mitad, lo tiró por la ventana. El papelito cayó en el regazo del hombre, justo entre el cierre todavía abierto del pantalón.
Él lo agarró con dos dedos, lo miró, anotó el suyo en el reverso con una lapicera Bic mordida. Lo tiró de vuelta. Cayó en el asiento del acompañante de Camila.
No cruzaron una palabra más. No hizo falta.
Camila guardó el papel doblado en el bolsillo del jean, al lado de la pierna que todavía tenía la media de red mojada. Arrancó el auto, esta vez sin problemas. Salió del estacionamiento despacio, mirándolo por el espejo retrovisor.
El hombre del Renault seguía sin poder arrancar.
***
Manejó hasta su casa con la radio apagada. Las bolsas del súper en el asiento de atrás, el juguete todavía húmedo en la guantera, las medias de red empapadas pegándole a los muslos en cada curva.
Lo que más le había gustado, pensó mientras subía las escaleras de su edificio, no había sido el orgasmo. Tampoco haberlo mirado a él. Había sido la mirada que él le había devuelto. Esa mirada de hombre descuidado, mayor, con el aliento corto, mirándola a ella como si ella fuera el único milagro de la tarde.
Camila no era invisible. Camila había decidido ser invisible. Y eso era una forma de poder que la gente del barrio no entendía y nunca iba a entender.
Esa noche, antes de dormirse, miró el papel doblado sobre la mesa de luz. Había un número de teléfono escrito con una letra temblorosa, una letra que se notaba que no escribía a mano hacía años.
Iba a haber un segundo encuentro. Lo supo desde el momento exacto en que el papel cayó en su regazo. La pregunta era nada más cuánto tiempo iba a esperar antes de marcarlo.
Esperó tres días.
Pero esa es otra historia.