La nueva conquista de mi mujer en el galpón abandonado
Después del castigo que se había llevado Carolina y de la humillación que me había tocado a mí por mirar sin intervenir, decidimos bajar la intensidad un tiempo. El trabajo y los estudios nos exigían concentración total y necesitábamos despejarnos. Nos refugiamos en lo cotidiano: cenas tranquilas, alguna sesión de masajes, salidas al cine, la vida normal de un matrimonio que de normal tenía bastante poco puertas adentro.
Manteníamos contacto con Mauricio cada tanto, pero el galpón abandonado de la zona sur se nos había vuelto casi una adicción. No siempre terminaba con Carolina cogiendo con alguno de ellos. A veces íbamos solo a charlar, a jugar a las cartas con Damián y Bruno, a tomarnos una cerveza tibia mientras Marcos contaba alguna historia vieja de cuando trabajaba en el puerto. Era como visitar a un amigo, con la diferencia de que ese amigo vivía entre escombros y a veces se animaba a más.
Ese sábado teníamos el fin de semana libre. La jefa de enfermeras nos había soltado la correa, algo poco profesional pero que agradecíamos. Pasamos el día encerrados viendo series. La cosa empezó cuando se hizo de noche y Carolina sacó la bolsa donde guardaba la ropa que pedíamos por internet.
Yo nunca describo mi atuendo porque siempre es lo mismo: bermuda y remera. Pero a ella le gustaba estrenar algo cada vez. Esa noche se decidió por un top tubo negro completamente transparente, donde los pechos se le adivinaban con todo detalle, una pollera mínima del mismo material y una tanga hilo apenas más gruesa que un cordón. Tacos finos negros. Iba vestida de puta, no había otra palabra. Para salir de casa se puso un buzo mío que le tapaba todo, pero apenas arrancó el auto se lo sacó.
Esa vez me bajé yo a comprar las gaseosas y unos sándwiches para ellos. Estacioné en la cuadra de Damián y Bruno, donde siempre. Cuando Carolina se bajó del auto, a los dos casi se les caen los ojos.
—Increíble —dijo Bruno—. ¿Cómo hacés para salir de tu casa así?
—Con buzo, ya lo saben —contestó ella, encogiéndose de hombros.
Damián la agarró de la mano y la hizo girar despacio, como en un baile de salón. Después le preguntó si esa noche les traía algo además de su culo. Carolina sacó lo que yo había comprado en otro lado y se lo entregó.
Caminamos hasta donde estaba Marcos, que era el punto de reunión habitual. Nos acomodamos un poco hacia adentro para no quedar tan expuestos a la calle, aunque esa vez nos quedamos cerca del borde. Mientras ellos comían, saqué un mazo de cartas y empezamos a jugar al veintiuno. Un rato después, otro grupo a media cuadra silbó hacia donde estábamos. Carolina se levantó.
—Ya vuelvo —dijo, y se fue caminando con esos tacos como si la calle de tierra fuera una pasarela.
Desde donde estábamos escuchaba sus risas. La estaban cortejando, supuse, o cargándola. Carolina tenía la habilidad de llevarse bien con todos: fama de puta, pero respetada. Cuando miré, uno de los tipos la había hecho girar igual que Damián, y ella le seguía el juego con un bailecito.
—Tu mujer sabe ganarse al público —dijo Damián, sirviéndose otra carta.
—Es un privilegio tenerla todos los días —contesté, presumiendo.
Marcos se rio.
—Tenés razón, pero lo bueno es que ese culo es bien sociable.
Me hizo gracia. Me habían devuelto la cargada. Después se escuchó el típico «¡beso, beso!» del otro grupo, y la vi darle un piquito en los labios al más viejo antes de volver caminando hacia nosotros.
—Son incorregibles —dijo riéndose, sacudiendo la cabeza.
—Vestida así, cualquiera se tienta —agregó Bruno.
—Si no, mirá —dijo Marcos, bajándose un poco la bermuda y mostrando la erección ya bien marcada.
—¿Tanto te puso verme, Marcos? —contestó Carolina.
Buscó con la mirada el colchón viejo que estaba contra la pared y caminó hasta ahí. Se puso en cuatro y levantó apenas el culo.
—¿Qué tal así? —preguntó por encima del hombro.
Los tres nos quedamos congelados. Yo me había enterado en ese mismo instante de que se había salido de casa con el plug metido. Lo primero que vimos fue el corazón violeta brillando entre la tela del hilo, y después el destello del metal cuando se movió. Toda la noche con eso adentro: en el auto, mientras yo manejaba sin saber nada, mientras compraba las gaseosas. Tenía la boca seca.
Bruno fue el primero en moverse. Le sacó el top de un tirón, después la pollera, y el hilo se lo rompió directamente para arrancárselo. Le besó la espalda desde la nuca hasta la base, le mordió una nalga y se acomodó atrás para hacerle un oral mientras con la mano le movía el plug en círculos. Carolina gimió con la cara contra el colchón.
Bruno la lamía mientras tiraba y empujaba el plug, hasta que ella estuvo tan mojada que se veía brillar a la luz del foco amarillo de la calle. Entonces se acomodó, le apoyó la verga entre los labios y empujó despacio hasta meterla toda. Carolina dejó escapar un suspiro largo. Bruno empezó a moverse, alternando ritmos, a veces hundiéndose lo más profundo que podía.
Le agarró el cuello con una mano y la levantó para besarle la nuca.
—Me encanta tu pija —le dijo ella.
—Ya sé que te encanta. Y más me encanta a mí cogerte mientras los demás miran.
—Es lo que hacen las putas.
Bruno aumentó la velocidad. Le habló al oído otra vez.
—Quiero que tu marido vea cómo te reviento el culo.
—Y que todos puedan hacerlo —contestó ella.
Bruno sacó el plug despacio y se lo acercó a la boca.
—Tomá, sostené esto —le dijo, y Carolina abrió la boca como si fuera una mamadera.
Después se acomodó contra el ano dilatado y empujó. Entró sin resistencia, ayudado por la humedad y por la preparación previa del plug. Empezó a embestir con fuerza. Yo veía el ano abierto cada vez que sacaba la verga del todo y volvía a meterla. Carolina hacía sonidos ahogados con el plug entre los dientes.
Cambiaron de posición. Bruno se acostó y ella se sentó encima, dándole la espalda, calzándose esa verga con una calma estudiada. Después empezó a saltar. Bruno tenía las manos en sus caderas y la mandíbula tensa, claramente aguantándose para no terminar. Era hermoso verla así, sabiendo que todavía quedaban tres más.
A los pocos minutos Bruno le pidió que se diera vuelta. Volvió a metérsela por atrás solo para terminar adentro, y enseguida le quitó el plug de la boca y se lo volvió a colocar, sellando el semen. Carolina giró y le hizo una mamada corta, casi de despedida.
Mientras tanto yo tenía la verga afuera, masturbándome despacio para no acabar antes de tiempo.
Marcos y Damián no quisieron esperar más y se acercaron al mismo tiempo. Mientras Marcos la penetraba por atrás, Damián le metía la verga en la boca. En un momento, Marcos tiró del pelo de Carolina y dijo:
—A ver qué desastre nos dejó este otro.
Sacó el plug y ella otra vez se lo metió en la boca. Sin avisar, Marcos le clavó la verga en el culo. Apenas se quejó: estaba demasiado dilatada. Marcos era de los que van a lo suyo, no le importaba el ritmo del otro. Le dio nalgadas, le habló sucio, le repitió varias veces lo puta que era.
—Así nos tenés que entregar el culo siempre —le dijo.
—Si no, ya sabés, toca otra cosa —agregó, en tono de burla.
Damián, mientras tanto, le manoseaba los pechos. Como tenía el plug en la boca, ella lo masturbaba con la mano. Hacía lo que podía. Marcos terminó rápido por la velocidad con la que la cogía, y enseguida le volvió a meter el plug.
Era el turno de Damián. Sorpresivamente le dio un descanso. Carolina estaba bañada en sudor, con las nalgas coloradas, respirando agitada. Le pasé una botella de agua sin decir nada. Tomó un trago largo y me dio un beso corto en la boca.
Damián repitió el ritual: sacó el plug, se lo puso a ella en la boca, una palmada fuerte y la penetró por atrás. Iba más calmo. Cada vez que se retiraba se veía la verga blanca, mezclando lo de los otros dos. Cuando terminó, atrapó con su misma verga lo que salía y le hizo girar la cara.
—Date vuelta, putita.
Carolina vio la verga llena del semen de los tres y la chupó hasta dejarla limpia, sin que se lo pidieran.
—Sos una guarra —le dijo Damián, riéndose—. Ya sabemos lo que te gusta tragar. Quién sabe qué más, también.
Después de eso, Carolina se quedó acostada de costado en el colchón, recuperándose. Le seguía saliendo semen del culo, que resbalaba lento por la nalga hasta manchar la tela. Bruno se había ido a alguna parte. Marcos y Damián tomaban agua. Yo también.
Cuando recuperó algo de aire, Carolina se levantó completamente desnuda, sacó del bolso una toallita húmeda y se limpió la cara y las partes íntimas. Se retocó el maquillaje con un espejito chiquito. Después caminó hasta el borde de la calle, así como estaba, para tomar aire fresco. Inmediatamente los otros grupos del fondo de la cuadra empezaron a silbarle y a tirarle besos. Volvió caminando despacio, con una sonrisa.
Se sentó en las piernas de Marcos, que ya se había vestido con sus harapos. Era la única desnuda. Estábamos charlando de cualquier cosa cuando Bruno volvió, y no venía solo.
Traía con él a un chico muy joven. Se llamaba Tomás y, según supimos después, le faltaban dos semanas para cumplir diecinueve.
Cuando llegaron hubo un momento raro de miradas cruzadas. Tomás miraba a Carolina, Carolina miraba a Tomás, yo miraba a Tomás, Bruno miraba a Carolina, Damián miraba a Bruno, Marcos miraba a Carolina, que seguía mirando a Tomás.
—Bueno —dijo Bruno—, ¿esto es concurso de miradas o qué?
Nos reímos todos. Fue el alivio cómico que necesitábamos. Pero la pregunta seguía flotando entre Carolina y yo: ¿quién era ese pibe?
Tomás, evidentemente, no podía dejar de mirarla. Era lógico: estaba desnuda sentada en las piernas de Marcos, con las marcas rojas todavía vivas en las nalgas.
—Vení, sentate al lado de esta belleza —le dijo Marcos.
El chico se sentó en un cajón de plástico, medio incómodo.
—Te presento a Carolina, es enfermera, nos viene a cuidar de vez en cuando. Y él es su marido, Mateo.
Nos saludamos. Mientras hablaban, lo miré bien. No tenía el aspecto del resto. No se notaba descuidado, no llevaba harapos. Tenía un jean ancho con algunos rotos pero sin remera. Definitivamente no era indigente.
Conversando fue cayendo la ficha. Tomás tenía casa, vivía con los padres, pero era de esos pibes que prefieren la calle. Vivía bastante lejos del galpón y aun así se hacía el viaje a pie. No iba al colegio, andaba metido en problemas. Los padres existían pero no estaban presentes. La receta perfecta para terminar como Marcos o Damián en treinta años, si no peor.
Hacía tiempo que querían presentárnoslo, según contaron, pero nunca se había dado. Esa noche, con la confianza ya instalada, Bruno se tomó la molestia.
A Tomás le costaba seguir el ritmo de la charla. Miraba a Carolina, después me miraba a mí, trataba de entender la dinámica. Carolina se dio cuenta y le dijo:
—Quedate tranquilo. Ya nos conocemos hace tiempo. A mí me gusta esto.
—Bueno —dijo él, sin saber qué más agregar.
Marcos se rio.
—No te preocupes, Tomás. La mujer de Mateo es bien puta, y ese culo no le alcanza para uno solo. Le toca compartirla.
—Sos un desastre —le contestó Carolina, divertida.
—Si hace un rato nomás te acabamos de coger delante de tu marido —metió Bruno.
El chico, callejero o no, todavía se medía. No se animaba a decir mucho, pero no se perdía un detalle.
—¿Y vos cuántos años tenés? —le preguntó Carolina.
—Voy a cumplir diecinueve en dos semanas.
—Yo tengo veinticuatro. Soy mayor, así que me tenés que respetar —dijo, bromeando.
—¿Y novia tenés?
—No, todavía no.
—¿Querés que sea tu novia?
Tomás tartamudeó algo que no llegó a ser palabra.
—¡Eh, no es justo! —protestó Damián—. Nosotros la conocemos hace más tiempo y a nosotros nunca nos pidió eso.
—Mateo, hacé algo —dijo Bruno, riéndose.
—A mí no me miren, ella le preguntó al chico, que conteste él —dije, pasando la pelota.
—Bueno, Tomás, ¿querés que sea tu novia o no?
El pibe asintió en shock.
—Bien —dijo Carolina—, pero me tenés que sacar a pasear, invitarme a algo. ¿Sí?
—Sí —contestó él.
—Dame un beso entonces.
—Pe… ¿pero no me hace nada tu marido?
Me reí. Carolina se levantó del regazo de Marcos y se sentó en mi pierna.
—¿Me lo das o no?
Vaya forma de intimidarlo. Tomás se puso de pie, caminó hasta nosotros y le dio un beso. Carolina lo recibió con calma, dejándolo hacer.
—Listo, ahora somos novios —le dijo, y se levantó—. Vení, dame otro.
Esta vez lo besó ella, con ganas, y Tomás la agarró de la cintura. Se animó. Le siguió el ritmo.
—Sabía que sabías besar —dijo ella, separándose un segundo solo para volver.
El pibe se animó a bajar a los pechos. Le costaba avanzar, así que Carolina le agarró la cabeza y lo guio hasta que se prendió de uno.
—Si era lo que querías, hacelo.
Damián se acercó por detrás de Tomás y le dijo algo al oído. El chico negó con la cabeza. Damián insistió, le palmeó la espalda como dándole ánimo. Tomás dudó, después llevó la mano a la cabeza de Carolina y empujó suave hacia abajo.
—Mirá vos, mi novio salió desesperado —me dijo ella, divertida.
—Demostrale que sos una buena novia —le contesté.
Carolina se agachó, le bajó el cierre, le sacó la verga. Tomás cerró los ojos cuando sintió la humedad de la boca de ella. Yo no aguanté más. Me levanté, la puse en cuatro y Tomás tuvo que ponerse de rodillas para que ella pudiera seguir. Empecé a penetrarla. Estaba caliente por dentro, casi ardiente, una sensación distinta a la habitual.
Después me corrí para darle espacio a Tomás. El pibe tenía toda la energía de los diecinueve años. La empujaba hacia adelante con cada embestida, sin medir la fuerza. Le faltaba experiencia, pero la confianza la fue agarrando rápido. A los pocos minutos disminuyó el ritmo, se quedó quieto y terminó adentro de ella. Cuando se retiró, un chorro de semen salió enseguida.
Carolina se acostó boca arriba. Volví a acomodarme en misionero. Con la punta de la verga junté lo que había quedado afuera y lo metí de nuevo, mezclando todo. La penetré despacio al principio, después con más fuerza. Los demás miraban en silencio.
—Vení, Tomás —le dijo ella—. No te pierdas detalle de cómo me cogen.
Terminé adentro y nos quedamos los dos acostados en el colchón.
Después nos sentamos a charlar otra vez, ya más tranquilos. Carolina le dio un último beso a su nuevo «novio». Nos despedimos de todos y volvimos al auto en silencio, ella todavía agarrándome la mano sobre la palanca de cambios.