Nos miraban con binoculares desde la otra lancha
Esto pasó a finales del año pasado, con mi novia Camila. Habíamos reservado el paseo en lancha casi un mes antes de las vacaciones en la costa, así que cuando llegó el día de salir a navegar, ninguno de los dos quería que algo lo arruinara.
La cita era a las diez en el muelle turístico de Bahía del Sol, atascado de gente por la temporada alta de diciembre. Nos tomó casi media hora poder zarpar entre tanto bote. La lancha no era grande, pero para nosotros dos sobraba. El capitán, un hombre serio de unos cuarenta años llamado Esteban, llevaba como ayudante a un muchacho flaco y muy joven, Tomás, que no debía pasar de los veinte.
Navegamos primero despacio, esquivando otras embarcaciones. Camila y yo nos instalamos en el asoleadero de proa, extendimos dos toallas grandes sobre la colchoneta y dejamos la mochila y la cámara en un rincón a la sombra. El sol pegaba sin tregua, sin una sola nube, pero apenas Esteban aceleró, la brisa se volvió perfecta. Lo primero que hice fue untarle bloqueador a Camila por todo el cuerpo. Tiene la piel delicada, aunque en los tres días anteriores ya había agarrado un color precioso.
Para esa salida había elegido un traje de baño que, según ella, era «conservador». Yo no le veía nada de conservador. Una tanga negra de corte brasileño con tiritas en las caderas y un top blanco minúsculo que le abrazaba las tetas con descaro. Yo llevaba uno de mis bikinis breves, también negro, ajustado, de esos que dejan muy poco a la imaginación.
El primer tramo lo pasamos sentados, hablando poco, dejando que el paisaje hiciera lo suyo. Esteban paró frente a un islote y nos dijo que ahí valía la pena esnorquelear un rato. El agua estaba algo fría, pero apenas metí la cabeza supe que el desvío había valido la pena. Cuando quisimos volver a bordo, descubrimos que subirse desde el agua sin escalerilla no era cosa fácil. Esteban tuvo que tendernos la mano. Camila trepó riéndose, yo después.
Ella se acostó boca abajo en la colchoneta y la sequé con paciencia, frotando la toalla por la espalda y las piernas. Le volví a poner bloqueador y le desaté las cintas del top sin decir nada. Ella tampoco dijo nada. Anduvimos casi una hora más navegando entre las bahías, disfrutando esa costa que parece pintada. Cuando llegamos frente a Playa Brava, Esteban preguntó si queríamos bajar ahí, pero había demasiada gente y le dijimos que preferíamos algo más solo.
—Conozco un sitio —dijo, y giró el timón.
Diez minutos después estábamos frente a una bahía nueva, la Caleta del Coral. A la izquierda había sombrillas y un centenar de personas. Pero el extremo opuesto, a unos quinientos metros, se veía desierto. Le pedí a Esteban que se acercara a esa orilla. Ancló la lancha con la popa hacia la playa y nos tiramos al agua. Nadamos los veinte o treinta metros que nos separaban de la arena dorada, donde el mar reventaba olas de mediana intensidad. Subimos la duna y vimos que bajo una enramada rústica había una pareja sentada. Nadie más a la vista.
Como suele pasarnos en playas vacías, Camila se sacó el traje de baño sin pensarlo dos veces. Yo la imité. Dejamos las prendas sobre una roca y caminamos un poco, sintiendo el viento y el sol sobre toda la piel a la vez. Es una sensación difícil de describir si nunca la has probado.
El problema apareció rápido: no había sombra en ningún lado y Camila empezaría a quemarse antes de lo que ella creía. En ese momento, junto a nuestra lancha estaba anclando otra. Bajaron tres mujeres y un hombre, y se instalaron a unos cincuenta metros de nosotros.
—Tenemos dos opciones —le dije—. O nos volvemos a la lancha ahora, o voy a buscar más bloqueador.
—Yo quiero quedarme un rato —contestó.
Caminé desnudo hasta el punto más cercano a la lancha y nadé hasta ella. En el trayecto pasé bastante cerca del grupo recién llegado, que dejó de hablar para mirarme sin disimulo. No me detuve. Subí a bordo, le pedí a Esteban una bolsa de polietileno y guardé dos bloqueadores y una toalla de microfibra. Cuando volví, encontré a Camila sentada en la arena, abrazándose las piernas. Se levantó para secarse y aplicarse la protección. Después la apliqué yo. Cuando la crema se absorbió, nos metimos a saltar entre las olas como dos chiquillos.
Mientras estábamos en el agua, ancló una tercera lancha, mucho más grande, con un segundo piso desde donde dos hombres miraban hacia la orilla. Abajo bajó un grupo variado de adultos y jóvenes, una docena en total. Anclaron, pero por el momento nadie se tiró al agua. Salimos y nos tumbamos sobre la arena mojada.
La pareja de la enramada se acercó al mar. Él tendría unos cincuenta años, buen cuerpo, completamente desnudo. Ella, algo más joven, llevaba un bikini negro tan minúsculo que casi era una sugerencia. Entraron al agua y se quedaron flotando entre las olas. Cuando los vi salir vino la primera sorpresa: en lugar de regresar a su sombrilla, caminaron hacia donde estábamos nosotros. Se detuvieron a un par de metros, nos saludaron con una sonrisa amable. Él tenía una erección completa, un pene grueso y largo. El bikini mojado de ella se le pegaba al pubis y dibujaba sin pudor los labios mayores en un «camel toe» imposible de ignorar. La conversación duró menos de un minuto, ridícula y tensa al mismo tiempo, porque los genitales de ambos quedaban a la altura de nuestros ojos.
Se despidieron y caminaron hacia los riscos del final de la playa, a menos de cincuenta metros. Él se recargó en una roca lisa, redondeada por años de oleaje, y atrajo a su mujer. La besó, la magreó por todas partes, le desató el top del bikini. Camila y yo no les sacábamos los ojos de encima. Tampoco lo hacían los dos tipos del segundo piso de la lancha grande, uno de los cuales había sacado unos binoculares y los apoyaba sin disimulo contra el pecho.
Nos están mirando a todos. A los de allá y a nosotros.
Camila apenas respiraba. Le toqué la cintura con la punta de los dedos y la sentí temblar. Mi pito estaba firme y palpitaba, no había forma de esconderlo.
—Vamos al agua —le susurré.
Nos levantamos y caminamos en diagonal, intentando acercarnos a la pareja sin que fuera demasiado evidente. Queríamos estar cerca de la acción. Con el agua un poco por debajo de la cintura, puse a Camila de espaldas a mí, para que ambos pudiéramos seguir la escena de frente mientras mi verga se frotaba despacio contra sus nalgas. Para entonces, la mujer del bikini negro estaba desnuda del todo y, arrodillada sobre una piedra plana, le hacía una felación a su pareja. Después se invirtieron los papeles: ella se recargó en la roca y él la penetró levantándole una pierna con el antebrazo. Formaban una especie de escultura erótica en movimiento, un agasajo para la vista. De cuando en cuando nos miraban. Nosotros les sosteníamos la mirada. Era evidente que disfrutaban de saberse observados.
Cuando terminaron —y cómo lamentamos no escucharlos por encima del ruido del mar— pensamos que entrarían al agua para refrescarse. Pero no. Caminaron de vuelta a la enramada y desaparecieron de nuestra vista. La siguiente media hora no pasó nada interesante. El grupo de las tres mujeres y el hombre fue hasta los riscos y regresó pasando cerca de nosotros, mirándonos con esa actitud poco natural que distingue al mirón culposo del voyeur abierto.
Decidí que era hora de volver. Antes de que Camila pudiera decir una palabra, metí los dos trajes de baño en la bolsa, junto con la toalla y el bloqueador.
—¿En serio nos vamos a regresar desnudos? —preguntó ella.
—Yo lo hice hace un rato y no pasó nada.
—¿Y los chicos de la otra lancha?
—Seguro se incomodan muchísimo —le contesté con sorna.
Caminamos hasta el punto más cercano a nuestra lancha, justo enfrente del grupo de las tres mujeres y el hombre, y a tiro de piedra de la lancha grande de dos pisos. Camila se metió al mar y empezó a nadar con ese estilo limpio que tiene. Yo la seguí con cierta torpeza por la bolsa, pero pude sostener el ritmo en los cincuenta metros largos hasta nuestra lancha. Esteban ya esperaba en la borda y le tendió la mano a Camila para subirla. A mí me ayudó después, con menos delicadeza pero la misma eficiencia.
—¿La pasaron bien? —preguntó sin quitarle la vista de encima a mi novia.
—Excelente —dijo ella.
—¿A dónde quieren ir ahora?
—A ningún lado en particular, capi —pedí—. Sigamos navegando despacio.
Nos acercó un par de cervezas frías. Volvimos a acomodarnos en la colchoneta de proa y, mientras Tomás levaba el ancla, salimos mar adentro. Tomé la cámara y empecé a disparar foto tras foto, con Camila modelando para mí con una soltura que no le había visto antes. Después ella tomó el aparato e hizo lo propio. Al final nos rendimos al sol y al viento.
***
Cerca de las cuatro de la tarde, faltando poco más de una hora para terminar el paseo, Camila se tendió boca abajo y cerró los ojos. Tomé una cantidad generosa de aceite en mi mano y empecé a recorrerle el cuerpo. Era un masaje y una caricia al mismo tiempo. A juzgar por el ritmo de su respiración, ella estaba disfrutando. Me arrodillé entre sus piernas, recorriendo con las manos desde la base de las nalgas hasta la nuca, a veces por el centro de la espalda, a veces por los costados, rozando los lados de las tetas. A cada pasada bajaba la velocidad y aumentaba la cercanía, hasta que nuestros cuerpos se frotaban el uno contra el otro.
Mi pito estaba duro como una piedra. Con discreción, lo fui acomodando entre las piernas de Camila hasta que la punta rozó su concha húmeda. Ella respondió subiendo la pelvis. Llevó su mano al clítoris y empezó a frotárselo con un ritmo lento. Sus dedos tocaban de vez en cuando mi glande.
Me acerqué a su oído.
—¿Voy? —dije, en un tono entre afirmación y pregunta.
—¿Qué esperas? —me susurró.
Con toda la calma del mundo, con una lentitud estudiada, le metí la verga. Uno, dos, tres, cinco centímetros, hasta que desapareció entera dentro de ella. Un gemido ahogado marcó el momento en que empecé a salir, despacio, hasta dejarle solo la punta y esperar una señal casi imperceptible para volver a entrar. Otra vez. Pausa larga. Y otra. Camila puso las manos a los lados de su cabeza, crispadas contra la colchoneta. Yo cubrí las suyas con las mías. Y así, unidos, fuimos aumentando el ritmo de los movimientos.
Sabíamos que nos estaban mirando de cerca. Pero los dos jugábamos un doble juego. Por un lado, nos movíamos como si estuviéramos en la intimidad de un cuarto. Por el otro, el morbo de saber que estábamos dando un espectáculo aceleraba todo. Camila se vino en tiempo récord, sin darme oportunidad de alcanzarla. Cuando me di cuenta de que no iba a llegar a la par, me esmeré en alargarle el orgasmo lo más posible. Lo conseguí. Hasta que por fin me dijo, con voz ahogada:
—Ya… ya, despacio… para… no te salgas todavía.
Le hice caso sin que mi erección cediera un centímetro, sintiendo cómo su vagina dejaba de pulsar. Salí con delicadeza y me tendí boca arriba. Tenía urgencia de venirme, así que llevé mi mano. Pero las dos de Camila apartaron la mía. Con maestría me masturbaba la verga y me estimulaba testículos y perineo. De vez en cuando bajaba la boca, chupaba y lamía con fuerza, para volver enseguida a las manos. No tardé en estallar. La eyaculación no fue abundante, pero sí muy intensa. Camila se acostó sobre mí, dejando caer todo el peso de su cuerpo, y me besó lenta y profundamente.
Pasaron varios minutos antes de que volviéramos a ser conscientes de que habíamos dado un espectáculo a un puñado de personas que esa mañana no se lo esperaban. No era nuestra primera vez teniendo sexo en público. Pero las anteriores, pocas por cierto, siempre habían sido en lugares donde este tipo de actividades se daban por sentado.
Nos sentamos uno frente al otro sobre la colchoneta, intentando comportarnos lo más natural posible. Y de la misma forma, como si nada especial hubiese pasado, Esteban se asomó desde el timón.
—¿Les gustaría darse un último chapuzón antes de volver al muelle? Para refrescarse.
—Me parece una excelente idea, capi —respondí.
—Déjenme entonces acercarme a la islita donde esnorquelearon esta mañana.
Camila se tiró un clavado con mucha gracia y yo la seguí con algo más de torpeza. El agua estaba deliciosa, refrescante, exactamente como Esteban había sugerido. Nadamos diez o quince minutos y volvimos a bordo. Una vez más fue él quien nos auxilió a subir. Y una vez más me dio la impresión de que pasaba la mirada por mi novia despacio, como grabando en su retina la imagen de esa mujer sin falsos pudores, de cuerpo exquisito y con la piel ya bronceada hasta un tono espectacular.
La lancha tomó rumbo al muelle. Al rato, Esteban nos dijo que era buen momento de vestirse.
—Algunas personas se escandalizan si ven gente desnuda cerca —se justificó. No hacía falta. Lo entendíamos.
Camila se puso un vestido blanco de algodón, sin nada debajo. A contraluz era evidente que era la única prenda que llevaba. Yo me enfundé en una bermuda aburrida. Poco antes de las cinco estábamos desembarcando. Le dejé a Esteban una propina generosa.
—Espero que hayan disfrutado el paseo —me dijo, guiñando un ojo—. Aquí los esperamos cuando quieran volver.
Esa noche, en nuestro hotel pequeño, después de una cena tranquila, volvimos a coger. Con esa pasión específica que solo puede tener una pareja que, después de muchos años, sigue encontrando chispas nuevas para mantener el fuego prendido.