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Relatos Ardientes

Lo que vi en el club voyeur me quitó el sueño

Mi cuerpo lo reconoce antes que mi cabeza. Tomás entra al cuarto y algo en mí se enciende como si me hubieran tocado una corriente. No es la cantidad de veces que me coma, no es la frecuencia. Es la manera. Una manera que aprendió no sé dónde y que aplica como si yo fuera el único mapa que necesita leer.

Hace meses me propuso ir a un club voyeur. Tardé en aceptar. No por moral, sino porque me costaba imaginarme ahí, mirando a otros y siendo mirada. Una noche de julio le dije que sí. Al día siguiente reservamos la entrada para el viernes.

Antes de salir de casa firmamos un acuerdo sin papel. Nada de tocar a otros. Nada de besar a otros. Ir, mirar, beber y volvernos. Tomás me prometió que la primera vez sería así, casi una excursión turística.

El club se llamaba Lumen y estaba en una esquina poco iluminada del centro. Subimos por una escalera de hierro estrecha. Adentro había mesas redondas, luz violeta y una tarima al fondo. A las doce empezaba el show en vivo. Pedimos dos copas y nos quedamos esperando.

La pareja del show salió a las doce y un par de minutos. Él era un tipo alto, demasiado bronceado, con un guion ensayado en la cara. Trabajaba como quien repite turno. Mireya, en cambio, llegó descalza y riéndose. No tenía un cuerpo de portada ni unas facciones de revista. Tenía energía. Caminaba como si la tarima fuera su patio y nosotros sus invitados.

—Yo voy a hacer exactamente lo que me digas —me dijo Tomás al oído, sin dejar de mirar a Mireya—, pero quiero que tú hagas todo lo que se te ocurra.

Sonreí. Por dentro, sin saber bien por qué, sentí ganas de bajar la cabeza ahí mismo y tomarlo en la boca delante de todos. De llevármelo a un rincón y dejar que me empujara contra la pared con esa verga que conoce mi cuerpo de memoria. Algo en el aire me había desordenado, y todavía no había empezado nada.

El actor del show terminó su número y bajó de la tarima. Repartía bailes en cada mesa, una rutina previsible. Cuando se acercó a la nuestra, agradecí que mantuviera distancia. Tomás le hizo un gesto cordial y se apartó. Mireya, en cambio, se demoró más. Se sentó un instante en el regazo de Tomás, y él intentó negarse con educación.

—No, no —le dijo riéndose—, mejor a ella.

Pero yo, lejos de incomodarme, la animé a quedarse con él un poco más. La empujé suavemente hacia su lado y le pedí que le bailara. Mireya entendió enseguida y se entregó al juego. Le rozó el cuello con la nariz, le mordió el lóbulo de la oreja, le hizo cosquillas con el pelo. Tomás se reía nervioso y me buscaba con la mirada, como pidiendo permiso para no querer.

Verlos así me mojó más que cualquier escena del show.

***

Recorrimos el club despacio. Había salas distintas: una con sofás y luz roja, otra con espejos del techo al piso, otra con una cortina pesada que apenas dejaba pasar gemidos. Hicimos un alto y nos quedamos solos en un pasillo. Lo besé. Solo él sabe besarme para mojarme entera. Otros labios me han parecido correctos. La suya es la única boca que me transforma.

Yo siempre intento disimularlo, pero él sabe cuándo me tiene lista, cuándo dejé de ser su novia y me convierto en otra cosa, sedienta de su semen y anhelante de sus embestidas. Bajó la mano, me apartó la ropa interior con dos dedos y empezó a moverse lento sobre mi clítoris. Me apoyé en la pared y sentí el cuerpo desvanecerse.

Era el club, era la oscuridad del pasillo, era la posibilidad de que alguien pasara y se quedara mirando. Era también el recuerdo reciente de Mireya en sus piernas. Cuando metió los dedos, sin embargo, sus movimientos fueron menos finos de lo habitual. Demasiado eufórico, demasiado a destiempo. La magia se rompió. Me penetró ahí mismo, apurado, y por primera vez en años aquella verga que me conoce no encontró el punto. Me dejé llevar igual. Le mordí el hombro. Pero no me corrí.

***

Al fondo había una sala identificada con un cartel discreto: «Voyeur». Era el salón principal, una habitación más grande que las otras, con sillones contra las paredes y un colchón enorme en el centro. Sobre el colchón, tres mujeres y dos hombres llevaban un rato dándose entre sí. Nadie hablaba. Los mirones eran muchos, sentados en los sillones o de pie contra las cortinas.

Tomás y yo nos sentamos en una esquina. Yo me apoyé en su pecho. Empecé a mirar.

Una de las chicas que estaban en el colchón era impresionante. No por bonita, aunque lo era. Por entregada. Lo daba todo. Besó a Mireya, que también había bajado a participar después del show, y luego le lamió los pechos con tanta atención que me distrajo de cualquier otro estímulo. Tenía unos senos pequeños, redondos, con los pezones muy oscuros. Me quedé mirándolos más tiempo del debido.

Y en algún instante, sin haber abierto la puerta a esa idea, me imaginé a Tomás ahí. Penetrándola. A esa chica de pechos pequeños y rostro absorto. Lo imaginé con tanta nitidez que se me secó la boca. No lo dije. Pero me asusté. Le apreté la mano y le pedí que nos fuéramos.

—¿Estás bien? —me preguntó al salir, ya en la calle.

—Sí —le mentí.

La noche terminó sin orgasmo. Tomás se molestó. Dormimos en la misma cama pero dándonos la espalda. Por la mañana, decidí que iba a borrar todo aquello del cerebro, como quien apaga una pantalla.

***

Llené el día. Trabajo, gimnasio, ducha larga, una llamada a mi madre. Por la noche hice mi ritual de costumbre: una infusión, dos páginas de la novela que estoy leyendo, agradecer en silencio, apagar la luz. Y dormí.

Hasta las cuatro de la mañana.

Me desperté con el pulso en el cuello. El sueño todavía estaba ahí, completo, como si lo hubiera vivido. Estábamos en la escalera del club. La chica de los pechos pequeños subía despacio y nos miraba. Mireya, atrás, le decía algo al oído. Yo le tomaba la mano a Tomás y se la apretaba muy fuerte. Eso fue todo. Y eso fue suficiente para arruinarme la noche.

Respiré lento. Leí veinte páginas. Volví a intentarlo. No pude.

La segunda noche fue parecida. La tercera, decidí no luchar. Apagué la luz, me quedé quieta, cerré los ojos y dejé que el sueño volviera. Que volviera entero. Que pasara lo que tenía que pasar.

***

Estábamos en la escalera del Lumen, mirando hacia abajo. La chica de los pechos pequeños —Camila, decidí llamarla en el sueño, como si pudiera nombrar a las personas de mis fantasías— nos hacía una seña con el dedo. Subimos un escalón. Otro. Le solté la mano a Tomás y se la pasé por la espalda. Lo empujé un poco. Lo llevé hasta ella.

Camila lo besó en la boca, agradecida, como quien recibe un regalo. Tomás me buscó con los ojos. Yo le sonreí desde el escalón de arriba.

Ella se arrodilló frente a él. Le bajó el pantalón con las dos manos y lo dejó caer. Le tomó la verga con la palma abierta, midiéndola, sopesándola, como si fuera una pieza nueva. Después se la metió entera en la boca y no la soltó. Tomás me miró un instante con los ojos blanqueándose, así como yo sé que pone los ojos él, y entendí que la cosa empezaba a serle inevitable.

Camila chupaba con un ritmo de oficio. No rápido, no lento. Suficiente. Tomás le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el compás. Yo conozco esa mirada. La conozco demasiado bien. Es la mirada con la que él decide que ya no va a preguntar.

La levantó del piso y la pegó contra la pared del descansillo. Le subió el vestido. Le movió la tanga a un lado. Y entró sin preguntar, sin ternura, con una fuerza que yo no le había visto nunca contra mí. Camila gimió tan fuerte que el sonido me llegó al estómago.

Yo me apoyé en la barandilla. Mis líquidos me bajaban por la parte interior de los muslos. Bajé dos escalones para verlo de cerca. Quería ver cómo era él siendo otro. Cómo era otra mujer abriéndose para él. Quería mirar.

Camila se aferró a su cuello con una pierna y se arqueó. Sus espasmos duraron un rato largo. Cuando empezó a calmarse, Tomás giró la cabeza, me buscó, me encontró. Bajó dos dedos hasta mi vagina, los hundió un instante, se los metió en la boca y me guiñó un ojo. Una broma vieja entre nosotros.

Después la agarró a Camila del pelo con suavidad. La giró. La llevó hasta su verga otra vez. Ella obedeció con una sonrisa de cansancio feliz y se aplicó. Yo lo oí resoplar. Conozco también ese resoplido. Quiere decir que está cerca.

Una mirada cómplice me invitó. Bajé los dos escalones que faltaban, me arrodillé al lado de Camila, le quité el preservativo con cuidado y recibí lo último en la boca. Bebí extasiada un coctel que no se acababa nunca. Cuando Tomás abrió los ojos y vio que era yo, no Camila, me abrazó con una intensidad que no le conocía, me besó en la frente y se dejó caer al suelo conmigo.

Camila se acercó. Le tomó la verga a Tomás con una mano y, con la otra, me acarició la mejilla. Me dio un beso en la comisura de los labios, sin invadirme.

—Disfrútalo —me dijo.

Y enlazó su mano libre con la mía.

***

Ahí, en ese segundo del sueño, sentí el orgasmo entero, con todo lo que un orgasmo tiene de biología y de cabeza. Me revolqué en la cama, sola, con la sábana enredada entre las piernas. No había nadie tocándome. No había nadie soplándome en el cuello. No había intercambio de fluidos ni de palabras. Solo energía. Solo el cuarto a oscuras. Solo yo, mirando dentro de mi cabeza una escena que había construido al revés, desde el final hacia el principio, hasta dejarme satisfecha como hacía meses no me dejaba ni Tomás.

Después me quedé un rato boca arriba. Pensé en contárselo y no se lo conté. Pensé en proponer volver al Lumen y no lo propuse. Algunas fantasías —descubrí esa madrugada— quieren quedarse donde están. Mirar desde la barandilla. No bajar nunca a la sala.

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Comentarios (4)

jorgito88

Que titulo tan acertado... me quede pensando igual que el narrador jaja. Muy bueno

SilviaCba

nunca lei algo de este estilo y me sorprendi gratamente. Muy bien narrado y sin volverse burdo, eso se agradece

Tomas_mdq

Por favor seguí! me dejaste con ganas de saber que paso despues con esa pareja

ElMisterioso77

me recordo algo que viví hace años y que tambien me quito el sueño por semanas... buen relato, muy real

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