La pareja que nos miraba desde la cama de al lado
Te levantas de la silla y me tiendes la mano para que la tome. «Es ahora, vamos», me dices, y caminas decidida hacia el playroom. Yo te sigo sin soltarte, con esa emoción adolescente que no se gasta nunca. El vino y los dos brandys que has bebido durante la cena, sin emborracharte, te han dejado en el punto exacto de descaro en el que te conozco mejor.
Es la primera noche de nuestra segunda estancia en El Edén, este paraíso para adultos al que volvimos antes de lo planeado porque, desde que salimos hace tres meses, no hablamos de otra cosa. La mañana transcurrió suave, casi perezosa. La tarde nos puso a hervir.
En la habitación hay más gente de la que esperábamos. No me lo has dicho, pero sé que vienes siguiendo a la pareja que cruzamos al mediodía en el jacuzzi. Apenas un saludo, pero las miradas valieron por una conversación entera. Ya están ahí: él, desnudo, sentado en el borde de la cama enorme. Ella, arrodillada entre sus piernas, tragándoselo con una calma que es casi insultante.
Desde el desayuno habíamos ido reconociendo las diferencias entre esta semana especial y el resto del año. El hombre mayor con las dos chicas que intentaban hacerse pasar por gemelas, la pareja de mujeres —una alta, atlética, de pelo muy corto, y la otra más joven, morena, con curvas que se notaban hasta debajo del pareo— nos habían llamado la atención desde el primer café.
Mientras nos desnudamos a toda prisa, todavía de pie, dejando la poca ropa que llevábamos sobre la barra de la entrada, me señalas con la barbilla hacia las dos mujeres. Están enredadas entre sí con la confianza que solo da el tiempo, lamiéndose con un ritmo lento, casi ceremonial. Hay algo magnético en cómo se buscan, y tú lo registras todo.
Te coloco frente al espejo grande y apoyo tus manos contra el cristal, a la altura de los hombros. Te acaricio la espalda, te beso la nuca, encajo mi verga entre tus nalgas y soplo despacio sobre tu cuello. Desde esta posición nos vemos a nosotros mismos y, a la vez, controlamos todo el salón. Es una idea perfecta y me felicito en silencio mientras tus ojos buscan los míos en el reflejo.
Esa misma tarde, cuando terminamos la primera sesión sobre una de las camas del jacuzzi, acordamos que en el playroom solo tendríamos sexo oral. Mucho, intenso, variado, hasta que no aguantáramos más. Después nos iríamos a algún rincón de la playa a coger sin testigos. El pacto sonaba sensato a las cinco de la tarde. Ahora, con tu mano ya buscándome, suena imposible.
Te das media vuelta y quedas frente a mí. Con pasos cortos y firmes me empujas hasta la cama y, de un empellón en el pecho, me sientas sobre ella. He quedado a medio metro de la pareja que nos atrajo, sin haber cruzado una sola palabra con ellos. Imitando a la mujer, te arrodillas y tu lengua empieza a hacer su magia con lametones largos y deliciosos sobre la punta. Volteas a mirarme —como tanto me gusta— mientras sujetas con fuerza el tronco y lames apenas el glande. En tu mirada hay reto, hay hambre y hay un cariño viejo y enorme. Una descarga me baja por la columna y se me corta la respiración.
***
Durante la fiesta de espuma de la tarde habíamos vuelto a hacer el amor. Tercera vez del día, y empezaba a parecer una costumbre. La diferencia esta vez fue que, en lugar de intentar pasar inadvertidos, nos tocó al lado de otra pareja que estaba en lo mismo. Más de una vez hubo roces —accidentales o no, ya quién sabe—. La sensación nos gustó más de lo que estábamos preparados para reconocer en voz alta.
Volteo a mi derecha y descubro que el vecino ya no está mirando a su mujer: te está mirando a ti. Tú sientes los ojos en la nuca, levantas un instante la vista, lo confirmas y aceleras y profundizas la felación. Él se muerde el labio inferior sin apartar los ojos. Su mujer, al darse cuenta, sonríe sin soltarlo. Siento que voy a estallar.
Te metes mi verga hasta el fondo de la garganta y presionas con la lengua desde abajo. Tiemblo y tengo un orgasmo seco que casi me nubla la vista. Lo notas y te retiras poco a poco, con cuidado, como quien apaga un fuego sin acabar de apagarlo. Sigo durísimo, y lo único que mi cabeza embotada me pide ahora es tenderte de espaldas y metértela hasta el fondo, en esa vagina que sé húmeda y latiendo. Pero el acuerdo de la tarde aguanta. Por poco.
***
En la cena habíamos tenido una de esas conversaciones largas y divertidas que nos definen mejor que ninguna otra cosa. Una pausa en el ambiente cargado de erotismo en el que llevamos metidos desde el aterrizaje. Demostración de que somos tan amigos como amantes. Al final, el café de siempre, esa bebida que nos unió incluso antes del primer beso.
Te pido que te subas conmigo a la cama. Me acuesto con los pies hacia la pared y la cabeza hacia el borde, no demasiado cerca. Te montas a horcajadas sobre mi cara y bajas la vulva hasta mi boca, como aquella primera vez en Cartagena que te pilló desprevenida y te encantó tanto. Estás empapada y el clítoris asoma del capuchón como si tuviera vida propia. Me demoro a propósito; quiero que llegues caliente, quiero que pidas. Empiezo con roces leves, casi sin tocarte, mientras mis manos te aprietan las nalgas con fuerza. Te pido al oído que me sientas, pero que mires alrededor y te dejes mirar.
Tu primer orgasmo llega en menos de un minuto. Podría retirarme; sé que viene otro mucho más intenso y eso es algo que me fascina. No me equivoco: cuando los gritos se desbordan, te palmeo dos veces, fuerte, en la nalga derecha. Te levantas poco a poco y yo me incorporo, recuperando el campo de visión. Sorprendido, descubro que la pareja vecina está paralela a nosotros, en exactamente la misma posición que teníamos hace un instante.
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Antes de subir a la disco habías vuelto a tirar abajo mi famosa frase «no me gusta bailar». En la pista, abrazados al ritmo del grupo de esa noche, terminamos derretidos el uno contra el otro: besarnos, manosearnos, reírnos sin razón. Nunca me has dicho nada sobre mi nulo sentido del compás; tratas de adaptarte a mis pasos torpes y, de alguna manera, lo conseguimos. Lo disfrutamos como críos.
Quiero llevar mi boca empapada hasta la tuya y fundirnos en un beso con sabor a los dos. Cuando hacemos una pausa, me cuentas, todavía agitada, que la mujer de al lado y tú estallaron al mismo tiempo, tomadas de la mano. «Fue espontáneo, salió solo», me explicas, y añades en voz baja: «me gustó muchísimo».
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Por si la pista no hubiera bastado, al rato las gemelas falsas que acompañaban al señor mayor se subieron a la plataforma con el tubo y le hicieron un striptease con cara de profesionales. Después, ya desnudas, fueron a sentarse a cada lado del tipo, que disfrutaba apoltronado en un sillón con ambos premios al alcance de las manos.
Me acuesto de nuevo boca arriba, pero esta vez tú te sitúas a mi costado, junto a mis piernas, de rodillas. Te metes un dedo en la vagina, te frotas un rato sin prisa, lo sacas y lo apoyas en mi boca. Lo chupo con avidez. Suspiras y tu cuerpo se afloja un instante, como si te soltaras un nudo interno.
Te preparas y vuelves a atacar mi verga con la boca. Tienes las rodillas separadas y las nalgas apuntando al techo. Chupas, te sales, me miras. Me masturbas con la mano, vuelves a la boca, vuelves a mirarme. Enloquezco. Estás concentrada en lo que mejor sabes hacer, y lo sabes.
Volteo a mi izquierda y los vecinos han vuelto a copiarnos, pero como en un espejo. Una nalga de la chica roza la tuya y se frotan despacio, piel contra piel. Lo gozo, lo gozamos. Pero cuando creo que la cosa ya no puede mejorar, ella rompe el contacto con su pareja y se pone detrás de ti. Con las manos te recorre la espalda, la besa, la lame desde la cintura hasta el omóplato. Te arqueas y aceleras el ritmo de la felación. No sé cuánto más voy a aguantar y, al mismo tiempo, quiero que esto no termine nunca. Te pido al oído que sigas, que sigas.
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Antes, en la disco, nos habíamos parado a bailar separados porque el ritmo lo pedía. Tres parejas de gringos bastante bebidos irrumpieron entre la gente, bailando con todo el mundo, frotándose, repartiendo caricias y agarrones a quien estuviera cerca. A ti te llegó una buena sobada de tetas; a mí, un agarrón de verga sin disimulo. Nos reímos y, sobre todo, nos quedamos con el sabor de la travesura.
La mujer te ha metido un dedo en la vagina y te lame entre las nalgas. Gimes con la garganta tapada; no gritas porque tienes media verga en la boca. No sabes a qué estímulo atender. Levanto la vista y veo al hombre, de pie junto a su pareja, poniéndose un condón con una calma que contrasta con todo lo demás. Mi cabeza se acelera. No sé si avisarte o dejar que la escena corra. Elijo lo segundo, con todos sus riesgos.
La mujer se aparta un poco, sin romper del todo el contacto contigo. Dos manos masculinas se posan en tus nalgas. Te volteas a verme y levantas las cejas en una pregunta muda. «Disfrútalo», alcanzo a decirte. Le hago al vecino un gesto afirmativo, casi imperceptible, y él entra en ti con una lentitud insoportable. Empujas el trasero hacia atrás con urgencia de tenerlo entero adentro, y él lo toma como permiso para empezar a bombear con ritmo, con fuerza, sin perderte de vista.
Sacas mi verga de tu boca y gritas. Con la mano me doy los tres o cuatro movimientos que me faltaban y me corro directamente en tu boca, que no está dispuesta a perder una sola gota. Estallas en un orgasmo enorme, larguísimo, mientras él sigue dentro. Se queda un rato así, disfrutando los espasmos, y sale despacio, con cuidado. Tú y yo nos derrumbamos en la cama, abrazados, sin querer saber nada más del mundo durante un rato largo.
Antes de cerrar los ojos, los vecinos nos sonríen desde su cama. No hablamos. No hace falta. Mañana, tal vez, llegue una palabra. Esta noche basta con haber compartido el aire, los ojos, la cama. Y haber roto el pacto del único modo que admitía romperse.