Mi esposa se entregó a un desconocido en el autobús
Hay un placer que me ha acompañado desde que conocí a mi mujer y que pocos hombres se atreverían a confesar en voz alta: el de mirarla. Antes de tocarla, antes incluso de pensar en tocarla, me gusta verla. Verla moverse por la cocina con el pelo recién lavado, verla pintarse frente al espejo, verla salir del baño envuelta en una toalla que apenas se sostiene. Si tuviera que elegir entre poseerla a oscuras y observarla bajo una buena luz, elegiría siempre lo segundo.
Mariana es rubia, de piel muy clara, con la cintura estrecha y un vientre que sigue siendo plano a pesar de los años de trabajo de oficina. Los pechos no son grandes, pero son perfectamente redondos, firmes, con unos pezones que reaccionan al menor cambio de temperatura. Las piernas son largas, torneadas, y terminan en unos pies pequeños y siempre cuidados que ella misma desconoce lo mucho que me gustan.
Disfruto como un adolescente cuando se tiende boca arriba en la cama, abre las piernas y se hunde un dedo en su propio sexo, despacio, mientras la otra mano juega con sus pezones y los pellizca hasta endurecerlos del todo. Verla provocarse orgasmos enteros, escuchar cómo arquea la espalda y me suplica entre dientes que la penetre, me ha vuelto loco más veces de las que puedo contar.
Lo que voy a contar pasó hace algo más de un mes. Lo escribí casi enseguida porque tenía miedo de que con el tiempo se me olvidaran los detalles, y los detalles son lo único que importa cuando uno trata de recordar una mañana así.
***
El día empezó mal. Tengo la costumbre de llevar a Mariana a su oficina antes de seguir hacia la mía; vivimos en barrios bastante alejados y los dos somos puntuales por temperamento. Esa mañana, el coche no arrancó. Lo intenté tres o cuatro veces hasta que se hizo evidente que la batería estaba muerta y que ya no había tiempo de buscar una solución decente. Tuvimos que correr hasta la parada del autobús que pasa a dos calles, algo que llevábamos años sin hacer.
Mariana iba con el uniforme de la empresa. No es una ropa que esté pensada para llamar la atención, pero ella se las arregla siempre para que llame la atención de todos modos. La blusa blanca, de una tela demasiado fina para mi gusto, deja adivinar los pezones por debajo del sostén pequeño que usa siempre. La falda, recta y por encima de la rodilla, se ajusta a sus caderas con una precisión que parece estudiada. Los zapatos de tacón, con una pulserita fina alrededor del tobillo, alargan unas piernas que no necesitan ayuda.
Llegamos a la parada todavía irritados por el contratiempo. No nos hablamos demasiado mientras veíamos crecer la fila. Cuando por fin asomó el autobús al final de la avenida, comprendí enseguida que íbamos a viajar de pie.
La maniobra de subida fue una pelea silenciosa. La gente empujaba con esa amabilidad fría de las grandes ciudades, ese codo que se clava en las costillas sin malicia pero sin disculpa. Mariana entró primero y yo detrás, pero entre nosotros se metieron tres o cuatro personas. Logré acomodarme en el pasillo, de espaldas a los asientos, y la vi a ella un poco más adelante, de frente a la misma fila de butacas, sostenida apenas por una mano en la barra superior.
Mariana es alta, así que su cabeza sobresalía por encima de los demás. Empecé a observarla casi por inercia. Veía cómo se le movía un mechón rebelde con el aire de la ventana entreabierta, cómo se mordía el labio cuando el autobús frenaba en seco, cómo se le tensaba el cuello cada vez que algún pasajero la rozaba sin querer. Era el espectáculo más banal del mundo y a mí me bastaba.
Habían pasado, calculo, unos cinco minutos cuando la noté girar la cabeza con una urgencia distinta. Buscaba algo, o a alguien. Su cara, normalmente serena, tenía la rigidez de quien acaba de darse cuenta de que está en un sitio del que no puede salir. Sus ojos me encontraron entre los hombros de la gente y los mantuvo fijos en los míos, como pidiéndome que no la perdiera de vista.
Me abrí paso como pude, pidiendo permiso con monosílabos. Tardé más de lo que debí. Cuando logré llegar a su lado, ella se inclinó apenas hacia mí y me dijo, casi sin mover los labios:
—Hay alguien tocándome.
Bajé la mirada por su cuerpo. La falda, que ella siempre lleva impecable, estaba subida unos pocos centímetros del lado derecho. Una mano de hombre, gruesa, con el dorso cubierto de vello oscuro, se había deslizado por debajo y se demoraba sobre la tela de su tanga, justo en el sitio donde ya empezaba a notarse la humedad.
El dueño de la mano estaba pegado a ella por detrás, fingiendo mirar por la ventana. No tenía manera de saber si yo me había dado cuenta. Lo primero que sentí fue rabia, una rabia limpia y rápida; lo segundo, casi de inmediato, fue otra cosa, algo turbio que no tenía permiso para sentir y que se me instaló en el estómago como una piedra caliente.
Mariana volvió a mirarme. No me estaba pidiendo que actuara. Me estaba preguntando algo que ninguno de los dos se había planteado nunca: qué pasa si no hago nada.
No hice nada.
***
El hombre debió notar mi quietud y la interpretó como permiso. Su mano se hundió un poco más, apartó la tanga con dos dedos y empezó a acariciarla directamente, sin prisa, con una técnica que delataba que no era la primera vez que lo hacía. Mariana abrió la boca para respirar mejor y la cerró enseguida, asustada de su propio sonido. Las piernas se le separaron un par de centímetros, lo que pudieron, y los párpados le bajaron a media asta.
Yo tenía una erección absurda, dolorosa, apretada contra la cremallera del pantalón. Sentí que me ardía la cara, que el pulso me golpeaba en el cuello y que cualquiera que se molestara en mirarme entendería todo. Pero nadie miraba. O quizá miraban hacia otro lado por la misma razón que yo no me movía.
Una segunda mano, esta vez por delante, le subió por el costado y se le metió entre los botones de la blusa. No fue una mano furtiva: fue una mano decidida, que sabía que ya tenía permiso. Le rodeó el pecho derecho por encima del sostén, lo apretó, le encontró el pezón a través de la tela y lo pellizcó con la firmeza justa para que Mariana cerrara los ojos.
El hombre sentado en la butaca de al lado, un tipo de unos cuarenta años con la corbata floja, se había sumado al juego. Tenía la mano izquierda dentro de la blusa de mi mujer y la derecha apoyada con falsa inocencia en la rodilla más cercana. No miraba al pasillo, no miraba al de atrás, no miraba a nadie. Miraba solo lo que estaba haciendo.
Lo que pasó después es la parte que me cuesta contar, no porque me avergüence, sino porque todavía no sé en qué momento exacto dejé de ser su marido y me convertí en un espectador más.
El de la corbata floja, sin levantarse, la tomó por la cadera y la atrajo hacia él. Mariana cayó sentada sobre sus piernas, de espaldas a él, con la falda subida hasta la cintura. El movimiento fue tan rápido que parecía ensayado. Nadie protestó. Nadie tocó el timbre. Una señora mayor de la fila de enfrente apartó la vista hacia su teléfono con un gesto que era todo menos sorprendido.
Vi cómo el hombre se desabrochaba el pantalón con una sola mano. Vi cómo le bajaba a Mariana la tanga hasta los muslos. Vi cómo la penetraba de un solo empuje, en silencio, mientras le pasaba el otro brazo por la cintura para sujetarla. Mariana abrió la boca por completo esta vez y dejó escapar un sonido ronco que se confundió con el frenazo del autobús.
***
Se vino casi enseguida. La conozco lo suficiente para saber cuándo finge y cuándo no, y aquello no era teatro. Apenas el primer empuje, todo el cuerpo se le sacudió, las manos se le aferraron al respaldo del asiento de adelante y la respiración se le cortó dos o tres veces seguidas. Después intentó recuperar el aire y no pudo.
El que la había manoseado primero, el que estaba a mi lado, no quería quedarse afuera. Le tomó la mano izquierda a Mariana, la que le quedaba libre, y se la llevó a su propia bragueta. Le hizo abrirle el pantalón con los dedos torpes y la obligó, sin demasiada violencia, a masturbarlo en el mismo gesto. Mi mujer obedeció. No me miró. Aquel detalle me dolió y me excitó al mismo tiempo.
Los empujes del otro se fueron haciendo más largos, más profundos. Mariana volvió a venirse, esta vez más fuerte, mordiéndose el dorso de la propia muñeca para no gritar. Tres mujeres del fondo del autobús miraban directamente, sin disimulo, con esa atención de quien ya decidió que va a recordar la escena durante semanas.
El de la corbata terminó dentro de ella. Lo supe por el modo en que sus caderas pararon de golpe, por la respiración que le cambió de ritmo, y por la mueca que Mariana hizo, una mueca que solo le había visto a ella cuando se viene conmigo y la lleno por dentro. El otro, el de al lado, se vino casi a la vez sobre los dedos de mi mujer y sobre la pernera de su propio pantalón, sin un solo gemido, apretando los dientes.
Yo me vine también. Sin tocarme. Con el pantalón puesto, las manos colgando a los costados, la mirada fija en mi mujer. Me vine como no me había venido en años, con una vergüenza profunda y un alivio físico que casi me hace doblar las rodillas.
***
El autobús se detuvo en una parada cualquiera. Como por una señal silenciosa, todo el mundo recuperó las posturas que tenía un minuto antes. El de la corbata se acomodó el pantalón, miró por la ventana y bajó en la parada siguiente sin volverse ni una vez. El otro hombre se bajó al instante en la parada nuestra, que llevábamos ya un buen rato pasada.
Mariana se levantó como pudo. Se bajó la falda con dos manos temblorosas. Se acomodó la blusa por dentro de la cintura. Tenía una mancha en el muslo, otra en el bajo de la falda y la cara enrojecida hasta las orejas. Le tomé la mano y la apreté. No le dije nada. Ella apretó también, con una fuerza que no era de mujer asustada.
Bajamos en la siguiente parada. Paré un taxi en la primera esquina y le di la dirección de casa. En el camino no hablamos. Ninguno de los dos llamó a su oficina para avisar que no iría. Aquella mañana, sencillamente, no existió para el resto del mundo.
***
En cuanto cerramos la puerta del departamento, Mariana se metió en la ducha sin decir una palabra. Estuvo casi una hora ahí dentro. Yo me senté en el borde de la cama, todavía con la ropa puesta, y traté de pensar. No me salió ningún pensamiento entero. Solo imágenes sueltas: la mano sobre la tanga, el primer empuje, su mueca, el ruido del autobús al frenar.
Cuando salió, traía puesta una bata vieja, de algodón, que usa cuando está triste. Se sentó a mi lado y me preguntó, sin mirarme:
—¿Por qué no hiciste nada?
—No sé.
—Yo tampoco hice nada.
—Lo sé.
Nos quedamos un rato así. Después se me apoyó en el hombro y empezó a llorar bajito, sin drama, como llora la gente cuando se da cuenta de una cosa nueva sobre sí misma. Cuando paró, se giró hacia mí y me besó. Le hice el amor con una calma que no había tenido nunca, despacio, mirándola, pidiéndole que me contara todo lo que había sentido. Y ella me lo contó, frase por frase, sin saltarse nada, mientras yo entraba y salía de su cuerpo todavía caliente por dentro.
Hablamos hasta el amanecer del día siguiente. De la culpa, del miedo, del deseo, de cuántas veces uno puede mentirse antes de tener que reconocer lo que es. Quedamos en una sola cosa: no íbamos a volver a tomar un autobús nunca más. No por moralidad. Por sentido común.
***
Hemos cumplido. El coche está más cuidado que el primer día. Mariana ya no usa el uniforme con la falda tan ajustada; se compró una un poco más amplia, una concesión razonable. Yo paso por su oficina con quince minutos de margen, por si las moscas.
Pero hay algo que sí cambió, y eso ya no podemos devolverlo. Cuando hacemos el amor, ella cierra los ojos y se queda en silencio un instante demasiado largo, y yo sé exactamente a dónde se fue. Cuando se masturba para mí, tendida en la cama, con un dedo entre las piernas y la otra mano en el pezón, vuelve a venirse como aquella mañana, una y otra vez, sin parar, hasta dejarme sin palabras. A veces, cuando termina, me mira y se ríe bajito, con una risa nueva.
Y los dos sabemos que esa risa la trajo el desconocido del autobús, y que nunca, jamás, vamos a darle las gracias en voz alta.