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Relatos Ardientes

Las fotos que mi novio enviaba mientras yo dormía

Soy Lucía, y los miércoles tienen para mí un peso distinto al resto de los días. Se han vuelto un ritual, primero compartido, después secreto. Cuando Mateo me propuso por primera vez hacer fotos en casa, lo planteó como una broma de sobremesa. Acababa de comprarse una cámara nueva, una réflex que cargaba con orgullo cada fin de semana, y se quejaba de no tener con quién practicar.

—No te pediría nada raro —me dijo, riéndose contra mi cuello—. Solo retratos, pruebas de luz, esas cosas.

Acepté porque me dio ternura, y porque la idea de tener su atención plena durante una tarde entera me parecía, en cierto modo, una caricia.

El primer miércoles posé en el dormitorio con un camisón corto de algodón, descalza sobre la colcha. Mateo me daba instrucciones bajas, casi en susurro: que mirara hacia la pared, que dejara caer un tirante, que cerrara los ojos un segundo. Yo obedecía con esa torpeza nueva de quien nunca se ha sentido observada de esa forma. Cada disparo de la cámara era un latido. Cuando me pidió que me girara hacia él, noté que el rubor me bajaba por el cuello y se instalaba en algún lugar entre el ombligo y los muslos.

Esa noche, cuando dejó la cámara sobre la mesa, se acercó a la cama con los ojos todavía en modo objetivo, midiéndome. Me arrancó el camisón por la cabeza sin ceremonia y me tumbó bocarriba. Se hincó de rodillas entre mis piernas y me abrió los muslos con las palmas, mirándome el coño como si aún estuviera enfocando. «Mírate cómo estás», me dijo, y pasó dos dedos por mis labios ya empapados. Bajó la boca sin avisar. Me lamió el clítoris con la lengua plana, largo, insistente, y después metió dos dedos y empezó a curvarlos contra un punto que me hacía retorcer la espalda. Yo le agarraba el pelo, le clavaba los talones en los hombros, le suplicaba que no parara. Me hizo correrme así, con la lengua trabajándome sin descanso y los dedos dentro, hasta que grité contra la almohada. Después se puso de pie al borde de la cama, se sacó la polla ya durísima y me obligó a girar la cara hacia él. «Chúpala». Se la metí en la boca hasta la garganta, con la mano en su culo empujándolo hacia mí. Estuve mamándosela así, mirándolo desde abajo, hasta que él me apartó de un tirón, me dio la vuelta y me clavó de una embestida por detrás. Me folló contra el colchón agarrándome del pelo, con el otro brazo pasado bajo mi vientre para levantarme el culo. Sus huevos me golpeaban el clítoris con cada estocada. Me corrí una segunda vez apretándole la polla por dentro, y él aguantó unos segundos más antes de vaciarse dentro de mí con un gruñido ronco. Se quedó encima, sudado, respirando en mi nuca, y me retiraba el pelo de la cara como si me siguiera enfocando, como si aún sostuviera la cámara entre las manos.

A partir de ese miércoles, la sesión se convirtió en costumbre. Probamos el salón con la luz del atardecer, la cocina con la encimera fría contra los muslos, el baño con la condensación cubriendo el espejo. Yo elegía la ropa con un cuidado nuevo: lencería que no me ponía desde que empezamos a vivir juntos, camisetas que dejaba mojarse a propósito. «¿Así está bien?», preguntaba, sabiendo perfectamente que no era una pregunta inocente. Sus ojos detrás del objetivo me devoraban, y esa hambre suya me hacía sentir más cuerpo, más mujer, más viva. Lo que pasaba después, en la cama, era casi consecuencia. Como si el clic de la cámara fuera el preámbulo necesario para que me arrancara las bragas con los dientes, me abriera el coño con los pulgares y me follara contando cada gemido como quien cuenta disparos.

Encontré la carpeta por accidente. Buscaba un documento que él había descargado de mi banco y, entre los archivos del escritorio, vi una carpeta titulada con mi nombre mal escrito a propósito. «Luzía». Como si la hubiera bautizado así para que yo no la abriera nunca. La abrí. Y el corazón se me bajó a las plantas de los pies.

Eran cientos. Algunas correspondían a las sesiones de los miércoles, esas las reconocí enseguida. Pero la mayoría eran fotos que yo no había sabido nunca que existían. Yo dormida, con la sábana enroscada en las piernas. Yo bocabajo, completamente desnuda, con la mejilla aplastada contra la almohada y el culo ofrecido a la lente. Yo en la ducha, vista a través del cristal empañado, con una mano apoyada en los azulejos y los pezones erectos. Algunas tenían una composición casi cuidada, como si él se hubiera tomado el tiempo de buscar la luz. Otras eran directas, brutales, planos cerrados sobre mis tetas, sobre mi coño entreabierto, sobre la curva de mi cadera y la raja del culo. Sentí náuseas. Sentí el calor de las lágrimas. Y sentí, abajo, un latido inesperado que me hizo cerrar el portátil de un golpe, como si la pantalla pudiera leerme la cara.

Esa noche no pegué ojo. Mateo dormía a mi lado con su respiración tranquila, ajeno a todo. Yo daba vueltas y me lo imaginaba mirando esas fotos en su despacho, con el portátil entre las piernas, la polla dura en el puño, tocándose despacio con mi imagen mientras yo seguía dormida en la habitación de al lado. Lo más sucio de la noche no fue imaginarlo. Fue darme cuenta de que la idea me ardía. Que el morbo me corría por los muslos y me dejaba las bragas empapadas. Metí una mano bajo la sábana con cuidado de no despertarlo, me colé dos dedos entre los labios ya resbaladizos y me froté el clítoris muy despacio, mordiéndome el labio para no gemir. Me corrí en silencio, con la cadera temblando contra el colchón, y con la cara vuelta hacia él, mirándolo dormir.

Me odié por eso. Pero no lo suficiente como para apagarlo.

***

A la mañana siguiente no dije nada. Seguí desayunando, seguí preparando el café, seguí riéndome de sus bromas tontas. Pero por dentro algo había empezado a cambiar. Esa tarde abrí la carpeta otra vez, sola, en el sofá. Y esta vez no la cerré. Me quedé mirándome. La piel que él había encuadrado mientras yo dormía. Mi propia espalda, mi propia boca entreabierta, mi propio coño rosado en un primer plano que yo nunca me había visto. Me bajé el pantalón hasta las rodillas y me abrí las piernas encima del sofá. Al principio me acaricié sobre las bragas, sintiendo cómo la tela se pegaba a los labios. Después las corrí a un lado y me metí dos dedos hasta el nudillo, mirando la pantalla, imaginando la mano de Mateo levantando la sábana con cuidado para encuadrarme. Con la otra mano me trabajaba el clítoris en círculos rápidos. Me corrí de una manera brutal, mordiéndome el antebrazo, con la pelvis levantada del sofá y los dedos hundidos dentro. Cuando terminé, me quedé respirando contra el cojín, con la mano brillante y una sonrisa rara que no me reconocía.

El miércoles siguiente le pedí que sacáramos fotos en la cocina. Me puse una bata corta, de seda, y no me molesté en abrocharla.

—¿Y debajo? —preguntó él, con esa voz que ya conocía.

—Adivina.

Subí a la encimera, dejé que el bajo de la bata se abriera y él disparó. Cinco, diez, quince fotos. Yo notaba cómo me miraba a través del objetivo, y por primera vez no me limitaba a obedecer. Abrí las piernas hasta que se me vio todo, me pasé la lengua por los dedos y bajé la mano a acariciarme el coño sin dejar de mirar la lente. Posaba con intención, con la certeza de que esas fotos no se quedarían solo en su disco duro. Y eso, contra todo pronóstico, no me ofendió. Me encendió. Al rato tiré la cámara a un lado, lo agarré del cinturón y le bajé el pantalón ahí mismo. Me arrodillé en el suelo de la cocina, le saqué la polla y me la metí en la boca hasta las lágrimas, mirándolo hacia arriba. Después me levantó, me sentó de nuevo en la encimera fría, me abrió las piernas y me la clavó de una. Me folló ahí, con los platos temblando a mi lado, mordiéndome el cuello, hasta que le supliqué que se corriera dentro.

El correo lo encontré tres semanas después, una noche en que él se había quedado dormido sobre el sofá. Su portátil seguía abierto, con la sesión iniciada. Entré a su bandeja de enviados como quien entra a una habitación prohibida. Y ahí estaba el patrón. Decenas de correos, todos al mismo destinatario, un alias compuesto por una sola inicial y una serie de números. Lo llamé V para mí misma. No quería ponerle un nombre completo. No quería darle más existencia de la que ya tenía.

Cada correo de Mateo llevaba una foto adjunta y un asunto corto. «Mira esta». «Después de la cena». «Dormida». «¿Qué te parece?». Y las respuestas de V eran lo que me dejó sin aire. «Me he corrido dos veces con esa». «No puedo dejar de imaginarla». «Quiero verla de espaldas, con el culo abierto». «Quiero la próxima en la ducha, con el agua bajándole por las tetas».

Cerré el portátil. Me fui al baño. Me senté en el borde de la bañera con los muslos apretados y la respiración rota. Tendría que haber sentido asco, rabia, traición. Sentí todo eso, sí, pero envuelto en algo más grande. Alguien a quien yo no conocía, alguien sin cara, se había corrido conmigo. Se había pajeado mirándome dormir. Había eyaculado sobre una pantalla que era mi cuerpo. Me había deseado a ciegas, sin saber siquiera mi voz. Esa idea me partió en dos. Una parte mía quería despertar a Mateo y romperle algo en la cabeza. La otra parte ya se había desabrochado el pantalón del pijama y tenía dos dedos dentro del coño, imaginando la polla de un desconocido descargándose por mí.

Ganó la segunda.

***

Esa misma noche aprendí de memoria la contraseña de su correo. La tenía guardada en el navegador, así que solo tuve que mirar el campo de texto con paciencia. No necesitaba mucho tiempo. Lo justo para escribir desde su dirección sin que él notara nada. La primera respuesta que mandé fue cauta.

«Tengo más. ¿Quieres?».

V respondió en menos de un minuto. «Por favor». Esa palabra sola me hizo cruzar las piernas en la silla y sentir cómo el coño se me contraía en seco.

Empecé a elegir las fotos que él enviaba. Las descargaba de su carpeta, las renombraba, las mandaba yo misma firmando con su nombre. Y a veces le añadía detalles que él nunca hubiera dado. «Esta es de anoche, después de follar. Todavía tenía mi semen dentro». «Esta fue ella la que me la pidió. Le gusta que la miren». Mentiras pequeñas que ponían a V todavía más voraz. Sus respuestas se alargaban. Empezó a contarme con qué se tocaba, en qué postura, cuántas veces a la semana. «Me he corrido pensando en su culo. Quiero metérsela ahí». «Quiero verla mojada, con las bragas pegadas al coño». «Quiero verla en la cocina, con las piernas abiertas, mostrando el chocho, sin saber que la miran». «Anoche me hice una paja larguísima con la de la ducha. Acabé pringando la pantalla».

El siguiente miércoles, en la cocina, monté la escena yo. Le pedí a Mateo un plano abierto desde el suelo, con la luz del fluorescente cayéndome sobre la piel. Llevaba una camiseta blanca, mojada por delante, con los pezones marcándose oscuros a través de la tela, y nada debajo. Abrí las piernas como si fuera a buscar algo en el cajón de abajo, y dejé que la foto se hiciera sola, con el coño abierto al objetivo. Mateo no se dio cuenta de nada, o si se dio cuenta le encantó. Esa noche, mientras él dormía, le envié la imagen a V con un mensaje corto. «Te dije que tenía más». Cinco minutos después, su respuesta. «Me he corrido. Se me ha llenado la mano. Quiero la próxima en el patio. Con la luna». Apreté el teléfono contra el pecho como si fuera él quien me lo estuviera diciendo al oído.

***

El patio era más complicado. Vivimos en un primero, con árboles altos al otro lado de la valla y un edificio enfrente cuyas ventanas a esa hora suelen estar oscuras. Esperé al miércoles siguiente, a una noche sin viento, y le pedí a Mateo que probáramos a sacar fotos al aire libre. Me envolví en una sábana blanca y bajé descalza. Le pedí que grabara también un vídeo corto, mientras yo dejaba caer la tela poco a poco. La luna estaba alta. El frío me erizó la piel antes incluso de que la sábana cayera del todo. Cuando cayó, me quedé desnuda en medio del patio, con los pezones duros como piedras y el vello del pubis brillando bajo la luna. Me llevé una mano al coño y me acaricié delante de él, despacio, mirándolo a la cámara. Abrí los labios con dos dedos para que se me viera bien todo. Me colé un dedo hasta el fondo y lo saqué brillante, y me lo llevé a la boca. Mateo grabó cada paso, con la mano tan firme que casi lo oía respirar por la boca.

Cuando volvimos arriba, él me llevó a la cama todavía con la piel fría y me besó con una urgencia que yo había aprendido a leer. Me tiró bocabajo y me abrió el culo con las dos manos. «Estás empapada», gruñó. Me pasó la lengua por el coño desde detrás, larga, sucia, y después subió hasta el otro agujero y me lo lamió también, hasta que yo empujé el culo contra su cara pidiendo más. Después me clavó la polla de golpe por detrás, con el pecho aplastado contra mi espalda, mordiéndome el hombro. Me folló hasta hacerme correr apretándole entre las piernas, y cuando se corrió lo hizo sacándola y descargándose en mi culo caliente. Me quedé bocabajo, con su semen resbalándome por la raja, sintiendo cómo se dormía a mi lado. Sabía que esa noche, mientras yo me duchara, él volvería a abrir el portátil. Le dejé hacerlo. Le dejé creer que el vídeo era solo para él.

Más tarde, cuando lo escuché respirar profundo, copié el archivo a mi propio teléfono y se lo mandé a V con una nota: «No estaba dormida esta vez. Dime qué le harías». La respuesta tardó casi una hora, y cuando llegó, era larga. V me describió todo lo que haría con esa mujer si pudiera tenerla cinco minutos. Cómo la pondría de rodillas y le metería la polla en la boca hasta hacerla llorar. Cómo la abriría contra la pared del patio y le follaría el coño de pie, con una mano tapándole la boca. Cómo se correría en sus tetas después de mamársela largo rato. Sus dedos, su lengua, su voz contra mi oreja. Lo leí dos veces, sentada en el suelo del baño con la espalda contra los azulejos, con las bragas ya en el tobillo. Me abrí las piernas ahí mismo, me chupé los dedos y me los metí en el coño hasta la muñeca, mientras con el pulgar de la otra mano me frotaba el clítoris. Me corrí dos veces seguidas, mordiéndome la mano para no despertar a nadie, con las piernas temblando y el culo golpeando contra las baldosas frías.

Lo más raro fue lo siguiente. No me sentí sucia. No me sentí usada. Me sentí dueña de algo que hasta hacía dos meses ni siquiera sabía que existía.

***

Ayer hice la jugada más arriesgada. En una carpeta vieja del disco duro de Mateo encontré un vídeo nuestro de hace un par de años. Yo encima de él, en esta misma cama, moviéndome despacio, con las tetas al aire y la mano izquierda buscándome entre los muslos. Se me veía cabalgarlo con la polla entrando y saliendo, brillante de mis flujos, y mis dedos trabajándome el clítoris al mismo ritmo. Mateo me grababa desde abajo, sosteniendo el móvil con una mano y agarrándome un pecho con la otra. En aquella noche yo no fingía nada, y se notaba. Llegaba al final con la cabeza echada hacia atrás, apretando su polla dentro con contracciones que se le veían en la cara, y un gemido ahogado que todavía me reconozco.

Lo edité. Le quité el sonido del principio, dejé solo el final: mis caderas moviéndose cada vez más rápido, mi coño tragándose entera su verga, mi grito cuando me corrí encima de él. Lo envié al correo de V con un único mensaje.

«Sabes que esta no estaba fingiendo. Mírala bien».

V no respondió en horas. Cuando lo hizo, escribió una línea sola.

«Acabo de correrme tres veces. Se me caen las manos».

Apagué el portátil. Lo dejé donde Mateo lo había guardado, exactamente en el mismo ángulo. Me lavé los dientes, me solté el pelo, me metí en la cama junto a él. Le acaricié la espalda hasta que se acomodó contra mí. Mientras él dormía, yo miraba el techo y sonreía. En algún lugar de la ciudad, un hombre al que nunca he visto seguía pensando en mí, con la polla en la mano, masturbándose con mi imagen, creyendo que era el dueño de un secreto.

Y la verdad es que durante meses fui yo la que no sabía nada. Era yo la fotografiada, la observada, la repartida sin permiso entre dos hombres que se creían cómplices. Pero hoy soy otra. Soy la que elige qué foto sale de esta casa, la que decide qué se manda y qué se queda. La que escribe en nombre de mi pareja sin que él lo sepa, y la que sigue grabándose cuando está sola, abriéndose de piernas frente a la cámara solo para ella, metiéndose los dedos hasta el fondo mirándose la cara en la pantalla.

Ya no soy solo una imagen detrás del objetivo. Soy la mujer que se mira a sí misma desde fuera, se toca pensando en lo que ve, y por primera vez en mi vida me gusta lo que ve.

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Comentarios(9)

Valentina_86

me quedé helada con lo del correo. que manera de contar esa traición, muy bien narrado todo

MaluR_23

tremendo final!!! no me lo esperaba para nada

Fer

excelente relato, muy bien escrito

SolMarina27

por favor seguí, necesito saber como termina todo. me quedé enganchada

Sofialectora

Me gustó mucho como está construido el relato, la tension va creciendo de a poco hasta que explota al final. Se hace corto aunque sea largo, eso dice todo

DaniLect

genail, de los mejores que lei aca

CuriosoNocturno

ese momento de abrir algo que no debias... muy bien descripto. le da mucho realismo

Ramiro27

buenisimo!!! esperando mas

Tere_nocturna

me recordó una situacion parecida que me contaron hace tiempo. horrible sensacion. muy bien escrito

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