El cuidador del camping me espió por la ventana
Después de la noche con el mejor amigo de mi novio, algo en nosotros se había abierto y ya no se cerraba. Él me había confesado, mirándome a los ojos en el desayuno del día siguiente, que le encantaba verme provocar a otros hombres. Que se ponía duro de solo imaginarme caminando frente a un desconocido con una blusa demasiado fina. Lo más raro fue descubrir que a mí también me prendía esa idea, sobre todo cuando podía fingir que no me daba cuenta de las miradas.
Por eso, cuando reservamos esa escapada de fin de semana largo, elegí a propósito el lugar más solitario que encontramos en internet: un pequeño complejo de tres cabañas perdido entre eucaliptos, a una hora de la ruta más cercana. Cuando llegamos y el dueño nos dijo que éramos los únicos huéspedes de la temporada baja, me reí por dentro. Pileta vacía, quincho vacío, senderos vacíos. Solo nosotros.
Y don Eladio.
Don Eladio era el cuidador del lugar. Nos recibió en el portón con un sombrero de paja y unas manos enormes, manchadas de tierra. Tendría sesenta y muchos, quizá más. Caminaba un poco encorvado, pero tenía esa mirada despierta de los hombres que se acostumbraron a vivir solos y a observarlo todo. Nos contó que él se encargaba del mantenimiento, las áreas verdes, las reparaciones, y que vivía en una cabaña vieja al otro extremo del terreno. Si necesitábamos cualquier cosa, lo llamábamos.
—Cualquier cosa, señorita —me dijo a mí, no a mi novio.
Le sostuve la mirada un segundo de más. Lo justo para que él bajara los ojos.
***
Después del almuerzo, mi novio le preguntó si podíamos meternos a la pileta. Don Eladio dijo que sí, que estaba terminando de pasarle el cloro y que en media hora estaba lista. Yo me había puesto un bikini que más que vestirme me dejaba desnuda en pedazos: un triangulito apenas para los pezones, otro triangulito por delante, y por detrás un hilo que se perdía entre las nalgas. Encima me puse un pareo blanco, casi transparente.
Mi novio entendió la jugada y movió las reposeras justo al lado del borde donde don Eladio limpiaba con la red. Nos sentamos cerca, lo suficiente como para que él tuviera que levantar la cabeza cada vez que yo me movía. Conversaban de cosas de hombres: el clima, los caminos, el precio del gasoil. Yo escuchaba sin escuchar.
Cuando me cansé de fingir, me paré, miré el sol como si fuera mi único interlocutor y dejé caer el pareo al piso. Lo hice despacio, sin teatralidad, igual que se dejaría caer una sábana. Pero al levantar la vista, don Eladio había dejado de pasar la red y me miraba con los labios entreabiertos, como si se hubiera olvidado de respirar. Tardó tres segundos en darse cuenta de que estaba siendo grosero y volvió la cara hacia la pileta.
—¿Me pasás el bronceador, amor? —le pedí a mi novio.
Mi novio me lo alcanzó con una sonrisita que solo yo entendí. Me eché crema en los hombros, en el pecho, en el estómago. Después me agaché en cuclillas, dándole la espalda al cuidador, y me unté las piernas desde los tobillos hacia arriba, muy despacio. Cuando llegué a los muslos, separé un poco las rodillas. Sabía exactamente qué estaba viendo él desde su ángulo. Sabía que la tela del hilo no tapaba nada en esa posición.
Don Eladio carraspeó. Dijo que iba a guardar los productos de limpieza, que cualquier cosa estábamos en su casa. Salió casi tropezándose con el balde.
—Lo dejaste duro al pobre viejo —me dijo mi novio en cuanto se alejó.
—Mentira —contesté, pero me reía.
—No, en serio. Tendrías que haberte visto la cara que tenía.
—Pobre. Hace mil años que no debe ver una mujer así.
—Por eso. Sos su día del año.
Me prendió la idea. Me prendió tanto que sentí cómo el hilo se humedecía contra mi piel. Pero después nos metimos a la pileta, nadamos un rato, tomamos cerveza en las reposeras y la cosa se diluyó. Cuando volvimos a la cabaña ya era de noche.
***
Comimos algo liviano y mi novio se desplomó en la cama matrimonial. El viaje lo había dejado hecho pedazos. Yo, en cambio, no tenía sueño. Me metí a bañar y dejé que el agua tibia me corriera por la espalda más tiempo del necesario. Mientras me enjabonaba pensaba en don Eladio. En esa cara. En esos tres segundos en los que se olvidó de respirar.
Salí de la ducha envuelta en una toalla. Para no despertar a mi novio, fui a vestirme al cuarto chico de al lado, una habitación con litera y una ventana grande que daba al sendero del fondo. Encendí solo la lamparita del escritorio, dejé mi ropa sobre la cama de abajo y empecé a peinarme frente al espejo.
Entonces oí a los perros.
Don Eladio tenía dos perros viejos que lo seguían a todos lados cuando hacía su ronda nocturna. Los escuché ladrar a lo lejos y supe, sin pensarlo, que él estaba viniendo. Me asomé un instante por la ventana, sin moverla, y lo vi: bajaba por el sendero con la linterna apagada, dejando que los perros marcaran el camino. Todavía estaba a unos cien metros.
Mi corazón se aceleró de una manera que no había sentido en años. No por miedo. Por todo lo contrario.
Empecé a abrir las cortinas con una lentitud absurda, como si fueran de cristal, para que se abrieran solas y no pareciera un gesto a propósito. Lo cierto era que él no podía verme desde tan lejos, pero yo quería que la escena se construyera sola, como si lo que iba a pasar no fuera culpa de nadie. Acomodé el celular sobre la repisa de los libros, apoyado contra una taza, y le di a grabar apuntando hacia la ventana. Quería ver, después, su cara. Quería tener prueba de la cara.
Cuando los pasos se oyeron más cerca, empecé a caminar por la habitación. Solo con la toalla. Iba de un lado a otro fingiendo que buscaba algo. Levantaba un short, lo descartaba, abría un cajón, lo cerraba. Mi cabeza no decidía nada porque no era una cabeza eligiendo ropa: era un cuerpo esperando un público.
Y entonces vi la sombra.
Una sombra alargada, recortada por la luz amarilla de afuera, cruzó el piso de madera de la habitación. Don Eladio se había asomado al marco de la ventana. Duró apenas un parpadeo: él mismo se dio cuenta y se corrió hacia un costado, fuera del cuadro. Pero ya era tarde. Yo lo había visto. Y él no sabía que yo lo había visto.
Bajé la toalla.
La dejé caer al piso de espaldas a la ventana, sin mirar, como quien se acomoda el pelo. Quedé totalmente desnuda. Los perros gimieron afuera, uno raspó la pared con las uñas y yo, por puro reflejo de actriz, ladeé la cabeza como si recién los hubiera oído. Que no se note que sé. Me detuve un instante, fruncí el ceño hacia la nada y volví a lo mío.
Tomé el pote de crema corporal. Empecé por los hombros, igual que en la pileta, pero esta vez sin ninguna prisa. Me unté el cuello, los pechos, los costados. Me amasé un seno con la mano abierta, como masajeándolo, y sentí el pezón endurecerse contra mi propia palma. Sabía que él me veía las caderas, la curva de la espalda, las nalgas iluminadas por la lamparita. Sabía que él, del otro lado del vidrio, no podía moverse.
Me agaché para echarme crema en las piernas. Me tomé mi tiempo. Subí desde los tobillos hasta los muslos con las dos manos abiertas, y al llegar arriba, separé un poco más las piernas de lo necesario. No para él. Para mí. Para sentir cómo el aire fresco me tocaba donde ya estaba mojada.
Al final dejé caer el pote a propósito. Quise que rodara un poco, que se hiciera el desentendido en el piso, pero el muy traidor se abrió de golpe y la crema se desparramó en un charco blanco al lado de la cama. Por un segundo me asusté. Después pensé: mejor todavía.
Agarré varias servilletas de papel del escritorio, me arrodillé y, en cuatro patas, empecé a limpiar. De espaldas a la ventana. Con las piernas separadas. Sin apuro. Pasaba el papel en círculos sobre el piso, lentísimo, mientras una parte de mí se preguntaba qué cara estaría poniendo él, otra parte se moría de la risa, y una tercera, la más honesta, se daba cuenta de que estaba a punto de mojar el piso por otro motivo.
Lo escuché respirar. Lo juro. A través del vidrio, en el silencio de esa noche sin viento, escuché a don Eladio respirar como respiran los hombres cuando se están aguantando.
Me quedé un rato largo en esa posición. Después, despacio, me incorporé y empecé a vestirme. Me puse una bombachita de encaje, lentísima, deslizándola por las piernas como si me las estuviera midiendo. El corpiño. Un short de jean. Una remera. Cada prenda fue una cortina que se cerraba.
Antes de apagar la lamparita miré el celular, sin que se notara. En la pantalla, contra el reflejo de la ventana, vi su silueta corriéndose justo cuando yo terminaba de subirme el short. La sombra se desplazó rápido, los perros se fueron tras él y todo quedó en silencio.
Recién entonces me animé a mirar la grabación. La cara que tenía, los ojos abiertos como si hubiera visto algo que no debía, la mandíbula apretada, una mano apoyada contra el marco de la ventana para no perder el equilibrio. Don Eladio, sesenta y pico de años, había sostenido la respiración durante doce minutos enteros para no perderse un solo gesto mío.
Apagué el celular. Me fui al baño en puntas de pie. Me senté en el inodoro, me bajé el short y la bombachita y me toqué hasta acabar, mordiendo la toalla para no hacer ruido. Pensé en sus manos enormes, en sus ojos, en esos tres segundos en los que se había olvidado de respirar al lado de la pileta. Acabé dos veces seguidas.
Cuando volví a la cama, mi novio dormía de costado, abrazado a la almohada. Le besé la nuca y él murmuró algo entre sueños. Yo me quedé mirando el techo, sonriendo en la oscuridad, con el cuerpo todavía temblando.
Nos quedaban dos noches más en la cabaña. Y don Eladio iba a seguir haciendo sus rondas todas las madrugadas.
Pero eso se los cuento la próxima vez.