Lo que mi novia hizo en el albergue compartido
La idea me llevaba rondando varias semanas y al final reservé un fin de semana en Lloret de Mar. Pero no en un hotel. Reservé en un albergue cutre, de esos con literas, taquillas y habitaciones compartidas. Quería ver a Marina contoneándose delante de quince desconocidos.
No le dije nada hasta que aparcamos. Ella sabía que el plan del viaje incluía pasearle el culo por la playa, eso ya estaba acordado. Pero lo del alojamiento me lo guardé para la sorpresa.
Cuando leyó el cartel a la entrada, levantó una ceja y resopló.
—Adrián, eres un guarro.
—¿Yo? Si yo soy un santo.
—Ya… ¿En serio un albergue?
—Estaba más barato. Punto.
Sonrió de lado, esa sonrisa suya que significa que está cabreada y excitada al mismo tiempo, y cargamos las mochilas hacia dentro.
La habitación era enorme. Tenía forma de U: nada más entrar había un pasillo a la derecha, y unos metros más adelante, otro. Calculé quince literas, casi todas ocupadas. La fauna era variada: un par de holandeses justo enfrente de nosotros, cuatro franceses al fondo del primer pasillo, dos alemanes durmiendo ya, un par de españoles y un grupo de tres chicas que rondarían los treinta y que parecían sentirse fuera de lugar.
Eran las once menos cuarto. Habíamos cenado de camino y veníamos cansados, pero al cruzar la puerta se me fue el sueño de golpe. Coloqué nuestras cosas en la litera de abajo del pasillo del fondo, justo al principio, de modo que tenía vista directa a la salida. Quería ver a Marina desfilar y a los demás comérsela con los ojos.
Los franceses ya la habían fichado. Cuatro chavales de unos veinte años, dos de ellos sin disimular. Le di un codazo a Marina.
—Tienes dos fans.
—¿Ya? Pero si no me he desvestido.
—Entiéndelos. Las francesas son palillos. En cuanto ven dos tetas grandes y un buen culo, hacen cortocircuito.
—Pues me voy a duchar. A ver qué tal lo llevan.
Sacó de la mochila la camiseta corta que usa cuando no hace mucho calor, una que no le tapa ni el ombligo y que probablemente compró por no salir directamente en sujetador. Sacó las chanclas, una toalla solo para el pelo, y se levantó. Se quitó el vestido de un tirón y se quedó de espaldas a la sala, en tanga, durante los dos o tres segundos más largos que recuerdo.
Los franceses se giraron a la vez. Empezaron a cuchichear sin disimulo, los ojos clavados en sus enormes nalgas redondas y en el hilo negro que desaparecía entre ellas. Marina, fingiendo despreocupación, se agachó dentro de su maleta a buscar cualquier cosa que en realidad no necesitaba. La camiseta corta se le subió hasta media espalda. Hasta los holandeses dejaron de hablar para mirar.
—Los franceses están como locos —le susurré—. Y los holandeses también.
—Que hagan fotos. Las fotos duran más.
Y ya las estaban haciendo. Uno de los franceses había sacado el móvil sin esconderse demasiado. Marina se incorporó, me dio un beso casto en la mejilla y se dirigió a la puerta moviendo el culo más despacio de lo necesario. Mi mano se cerró sobre mi entrepierna por encima del pantalón sin que yo se lo ordenara.
Uno de los holandeses, el más alto, esperó treinta segundos exactos y cogió también su toalla y sus chanclas. Lo vi salir detrás de ella con cara de no estar haciendo nada raro.
Casi se me caen al suelo cuando, veinte minutos después, vi entrar a Marina solo con el tanga, la toalla en la cabeza y las chanclas. Nada más.
Se hizo el silencio. Los franceses se incorporaron en sus literas como si los hubieran electrocutado. Sus grandes tetas botaban con cada paso, redondas y firmes, y el tanga era apenas una sombra negra entre dos nalgas que parecían no acabar nunca. Desde el fondo escuché un «madre mía» en español. Los franceses sacaron los móviles otra vez y uno de ellos directamente le grabó un vídeo mientras caminaba hacia nuestra litera. «Putain, putain», repetían sin parar.
Marina llegó, se puso la camiseta corta sin prisa, se sentó a mi lado y cruzó las piernas como si volviera de comprar el periódico.
—Mira que eres puta —le susurré.
—Eres tú el que me trae a sitios para que me exhiba.
—Y qué bien se te da.
—Sois muy simples. Veis dos tetas y un culo y se os apaga el cerebro.
—Eso no lo voy a negar. Oye, ¿sabes que el holandés ese alto se ha ido a la ducha justo detrás de ti?
—Lo sé. Y se ha metido en las de chicas.
Levanté las cejas.
—¿En serio?
—Sí. Y… he sido un poco mala.
Bajó la voz hasta convertirla en un hilo y me lo contó todo, despacio, mientras yo intentaba que no se me notara la erección por encima del pantalón corto.
El holandés —Bram, le había sacado el nombre— se había metido en el baño de chicas y se había puesto en la ducha de al lado. Al principio fingió no mirar. Marina, que es perra cuando se lo propone, le había estado mirando la polla con descaro. Y cuando una tía como ella te mira la polla, se te termina poniendo dura. No hay vuelta atrás.
—Tiene un pollón el cabrón —murmuró—. Casi como la tuya. Imposible no mirarle.
Bram había perdido el pudor en cuestión de minutos. Le preguntó de dónde era, cuánto se quedaba, si yo era su novio, todo girado hacia ella para que pudiera verle el rabo levantarse con cada respuesta. Después empezó con los halagos: que tenía un cuerpazo, que estaba buenísima, que no había visto unas tetas así en su vida.
—Sabes que los halagos me ponen —me dijo—. Y él no estaba mal, la verdad.
El holandés se envalentonó porque vio que Marina no apartaba los ojos de su erección. Le preguntó si quería que le enjabonara la espalda. Ella le dijo que sí.
—Se ha acercado por detrás —siguió contando— y me ha clavado el cipote duro como una piedra entre las nalgas mientras me pasaba el jabón por la espalda.
Lo dijo casi sin aliento. Sus manos, según ella, habían subido sin permiso hasta sus tetas. Una de ellas había bajado al coño. Le besaba el cuello.
—Y ahí le he parado. Le he dicho que ahora me tocaba a mí.
Empezó a enjabonarlo despacio mientras la erección de Bram la apuntaba directamente. Le pasó la mano por el pecho, los brazos, las piernas, los testículos, todo menos lo único que él quería que tocara.
—Le he torturado un buen rato. Y luego he cerrado la ducha y he fingido que me iba.
—Hija de puta.
—Sí —se rió—. Pero luego he vuelto. Le he enjabonado bien el rabo y se la he empezado a menear. Con ganas. Y cuando le quedaba poco, me he puesto de rodillas y le he hecho una cubana.
Le miré las tetas, que apenas tapaba la camiseta corta, intentando imaginar la escena.
—Ha soltado unos chorrazos que me han pringado entera, Adrián. Me he tenido que volver a duchar.
Tenía la polla a punto de romper el pantalón. Marina se dio cuenta y me dedicó esa sonrisa de cabrona que conoce el efecto que tiene sobre mí.
—Cuando se apaguen las luces, te la chupo —murmuró.
—No sabes las ganas que tengo de follarte ahora mismo.
Bram llegó a la habitación cinco minutos después con una sonrisa que le partía la cara en dos. Saludó hacia nuestra litera como si nos conociera de siempre. Se tumbó al lado de su compañero y empezó a contarle algo en holandés sin parar de mirar a Marina. No hacía falta hablar el idioma para entender el resumen.
Apagaron las luces. Marina se puso entre la pared y yo, me besó en el hombro y se durmió. A mí me costó otra media hora. Tenía la cabeza demasiado revolucionada como para cerrar los ojos.
***
Soñé con duchas y azulejos y con Marina contra la pared. Lo que me sacó del sueño fue su mano cerrándose sobre mi polla, que ya estaba al aire por fuera del calzoncillo. No supe cuánto tiempo llevaba así. Tampoco sé cómo se las arregló para sacármela sin despertarme.
—Buf, qué dura la tienes —susurró.
—Pues chúpamela. Tú eras la que quería más.
Se acomodó al final de la cama, con el culo en pompa hacia el pasillo, y se la metió en la boca. Iba completamente desnuda. El tanga había desaparecido en algún momento de la noche.
La luz de la calle entraba por las ventanas y dejaba la habitación en una penumbra grisácea, suficiente para distinguir los bultos de las camas. Miré alrededor. Los franceses dormían. Los alemanes también. Comprobé la litera de Bram por si acaso.
No dormía.
Bram tenía los ojos abiertos y la mano dentro del calzoncillo. Lo vi mover el brazo despacio, sin disimulo, los ojos clavados en el culo de Marina, que en ese momento se levantaba hacia arriba para chuparme la punta y luego bajaba todo lo que podía.
La sensación me golpeó en la base de la columna. Mi novia chupándomela como una experta, desnuda, en una habitación con quince desconocidos durmiendo, mientras uno de ellos —el mismo que se había corrido en su boca dos horas antes— se masturbaba mirándola desde su litera.
—Marina, mira lo que tienes a tu derecha —le susurré, agarrándole del pelo con suavidad.
Levantó los ojos hacia mí sin sacarse la polla de la boca. Movió la cabeza un grado y descubrió a Bram. No dejó de chuparla. Si acaso, lo hizo con más ganas. La saliva le caía por la barbilla.
Le hundí los dedos en el pelo y empecé a acompañar con la cadera. Ella gimió bajito, apenas un susurro, suficiente para que se le erizara la piel del cuello.
Aguanté lo que pude. Cuando ya no había manera de aguantar, le sujeté la cabeza y le solté varios chorros directos a la garganta. Marina tragó sin dejar de mamar, asegurándose de no perder ni una gota, lamiéndome hasta la base.
—Mira a tu amigo, sigue dándole —le murmuré al oído cuando subió.
—¿Cuánto rato lleva?
—Casi desde el principio.
Se quedó callada un instante. Se mordió el labio.
—No seas mala. Chúpasela tú también, pobre.
—Eres un guarro.
Pero ya se estaba bajando de la cama.
Cruzó el pasillo desnuda, con las tetas botándole a cada paso silencioso. Bram se quedó muy quieto cuando la vio acercarse. Marina no dijo nada. Se puso a los pies de su litera, le apartó la mano y le metió la polla en la boca exactamente como me la había metido a mí.
La visión era irreal. Su culo grande y redondo apuntando hacia mí, en pompa, mientras sus tetas se balanceaban con el movimiento de su brazo derecho, que subía y bajaba sobre la base del rabo de Bram. Yo me la empecé a pelar despacio, sin querer hacer ruido.
Bram tenía la boca abierta y los ojos en blanco. Estoy seguro de que nunca le habían hecho una mamada así. Marina la trabajaba con los carrillos hundidos, sin descanso, mirándome de reojo cada pocos segundos para asegurarse de que yo seguía mirando.
Apenas se oía nada. Solo el crujido del colchón cada vez que ella se apoyaba con fuerza y la respiración entrecortada del holandés. El resto de la habitación seguía sumido en un silencio profundo y absurdo, como si la única realidad fuera aquella esquina.
Bram se corrió sin hacer un solo ruido. Lo vi en su cara antes de saberlo: cerró los ojos, abrió la boca y soltó un suspiro largo que ni siquiera llegó a sonido. Marina aflojó el ritmo y dejó que se vaciara entero, sin sacarse la polla de la boca, lamiendo hasta el último resto.
Cuando consideró que ya estaba limpio, se incorporó, cogió el cepillo de dientes y la pasta de su neceser sin mirar a nadie, y se fue al baño tal como estaba: completamente desnuda, las tetas desafiando a quien la mirara, el culo invitando a cualquiera a seguirla.
La seguí.
El baño común estaba vacío. Marina se estaba cepillando los dientes en uno de los lavabos del fondo. Cerré la puerta detrás de mí.
—Eres una puta —le dije al oído, sin tono, casi como un dato.
—Lo sé.
—Y te voy a follar como tal.
Se la saqué y se la metí de un solo empujón mientras ella todavía tenía el cepillo en la boca. Su coño estaba empapado, ardiendo, completamente abierto. La agarré por las tetas y empecé a embestirla contra el lavabo. La vi en el espejo: el cepillo todavía en la mano izquierda, los ojos cerrados, la boca abierta, las dos tetas grandes botándole con cada empentón.
Le tiré del pelo hacia atrás.
—Zorra comepollas.
—Aah, sí…
El sonido de carne contra carne reverberaba en el baño vacío. Le solté un azote en la nalga derecha y vi mis dedos marcados en la piel durante medio segundo. Le di otro. Me daba igual. Era una puta y no se merecía menos por andar calentando a holandeses en las duchas.
Mis embestidas eran profundas, hasta el fondo, como si quisiera atravesarla. Ella gemía con la boca tapada por mi mano y se agarraba al lavabo con los nudillos blancos. Sin avisarme, sin que yo lo viera venir, se corrió. El orgasmo le contrajo el coño con tanta fuerza que me arrastró con ella. Le solté el pelo, le apreté una teta con una mano, le tapé la boca con la otra y le vacié todo lo que me quedaba dentro mientras seguía clavándosela a base de bien.
Se quedó apoyada en el lavabo unos segundos, recuperando el aliento, con mi semen escurriéndole por la cara interior del muslo. Luego sonrió al espejo, me buscó la mirada y se metió bajo la ducha sin decir una palabra.
Cuando volvimos a la habitación, Bram dormía profundamente. Los franceses también. Marina se acurrucó contra la pared, se cubrió con la sábana y se durmió en cuestión de minutos. A mí me llevó un poco más, pero al final caí. Caí como un tronco, con la cabeza llena de imágenes que no se iban a borrar pronto.