Sabía que me espiaban desde el andamio de al lado
Aquel verano en Querétaro se había vuelto insoportable. Trabajaba desde casa, vivía sola desde que terminé con mi último novio y la rutina me estaba comiendo viva. Mi tía Carmen llevaba meses insistiéndome por teléfono que la fuera a visitar a Tepatitlán, que la casa estaba grande, que el pueblo era tranquilo, que me hacía falta un cambio de aire. Una tarde de miércoles, viendo el termómetro pasar de los treinta y ocho grados, decidí hacerle caso.
El jueves por la noche armé la maleta. Ropa fresca, los Converse blancos que combinan con todo, unos shorts de mezclilla que apenas me tapaban las nalgas y dos conjuntos de lencería que guardaba para ocasiones especiales. En el fondo, debajo de los neceseres, metí lo demás: mi vibrador favorito, un dildo más chico para el viaje, lubricante y la perilla para las limpiezas anales. No es que tuviera un plan concreto. Simplemente nunca salgo de casa sin esas cosas. La vida sorprende, y yo prefiero estar lista.
Llegué el viernes al mediodía. Mi tía Carmen me recibió con un abrazo que olía a comino y a jabón de pasta, y mi tío Rogelio salió de la cochera limpiándose las manos con un trapo. La casa era exactamente como la recordaba: piso de cantera, patio con limonero y bugambilias, paredes blancas con el sol pegándoles fuerte desde temprano. Comimos chilaquiles, me contaron las novedades del pueblo y me instalaron en la habitación que daba al fondo.
—Hija, una cosa —me dijo mi tío mientras subía la maleta—. Los vecinos de atrás están levantando un segundo piso. Hay tres o cuatro albañiles trabajando todo el día. Hacen un poco de ruido, pero son buena gente. Si te molestan, me avisas.
Asentí sonriendo. Por la ventana del cuarto se veía el andamio. Y arriba del andamio, recortado contra el cielo, un hombre sin camiseta mirando hacia abajo con una llana en la mano. Me retiré antes de que cruzáramos miradas, pero me quedó el calor en la cara. Esa noche dormí mal. No por el calor. Me pasé horas con la mano metida entre las piernas, el dildo chico entrando y saliendo de mi coño mojado sin ruido, pensando en ese torso brillante, en cómo se le marcaban los músculos del abdomen. Me corrí tres veces mordiendo la almohada, y aun así me quedé con hambre.
El sábado a las ocho mi tía entró al cuarto con un café y la noticia de que ellos iban al doctor a la cabecera municipal y de ahí a la central de abastos.
—¿Te vienes con nosotros, mi vida? Tardamos como cuatro horas.
Hice cuentas en silencio. Cuatro horas. Casa sola. Andamio.
—Mejor me quedo, tía. Aprovecho a lavar mi ropa y descansar un rato.
Me dio un beso en la frente y a las nueve menos cuarto los oí cerrar el portón. Me quedé sentada en la cama escuchando el motor de la camioneta alejarse, y cuando ya no se oyó nada más que el zumbido de la construcción atrás, sonreí sola.
***
Lo primero que hice fue prepararme. Cerré con seguro el portón principal, puse música baja en el celular, llené la tina del baño chico con agua tibia y me hice la limpieza con calma. Me metí la perilla despacio, dos veces, hasta quedar completamente limpia por dentro. Cuando uno planea bien las cosas, las cosas salen bien. Después me metí a bañar, me lavé el pelo, me depilé entera con la crema que llevé desde Querétaro y me unté humectante de almendras desde los tobillos hasta el cuello, despacio, mirándome en el espejo, sintiendo cómo el cuerpo me iba respondiendo. Me pellizqué los pezones hasta ponerlos duros, me pasé dos dedos por el coño ya afeitado y liso, sentí lo mojada que estaba de puro pensar en lo que iba a hacer. Me metí los dedos apenas, para probar, y los saqué brillantes. Sonreí. Todavía no. Que aguantara.
Me vestí con lo que ya tenía pensado: el short de mezclilla deshilachado que dejaba la mitad de las nalgas afuera, una blusa de gasa blanca tan corta que se me veía el ombligo, y debajo un conjunto negro de encaje que en algunas zonas era prácticamente transparente. Me solté el cabello, me pinté los labios de un rojo discreto y me puse los Converse. Frente al espejo del pasillo me detuve un segundo.
Ya está. Ahora sí.
Antes de salir al patio pasé por la cocina. En la barra había una botella de tequila reposado a medias. Me serví cuatro caballitos seguidos, sin sal ni limón, y los pasé uno tras otro mirando por la ventana hacia el andamio. El calor del alcohol bajó por la garganta, se acomodó en el estómago y se repartió por las piernas. Estaba lista.
Cargué la canasta de la ropa sucia con todo lo que encontré: sábanas, toallas, camisas de mi tío, prendas mías que no necesitaban lavarse pero que iban a hacer bulto. Me eché también el bote de detergente y el suavizante, y abrí la puerta corrediza que daba al patio trasero.
El sol me cayó en la cara y los ruidos de la obra dejaron de ser un zumbido lejano para volverse algo concreto: un martillazo, una sierra, dos voces hablando bajito entre dientes. Caminé despacio hasta el lavadero de cemento que estaba pegado a la barda del fondo, justo enfrente del andamio. Sin mirar arriba.
Pero ellos sí me miraban. Lo sentí desde el primer paso. Los golpes se espaciaron, las voces bajaron, y de pronto la obra entera parecía estar en pausa. Cargué la lavadora con una mano mientras con la otra me acomodaba el cabello detrás de la oreja. Después tomé las sábanas y me agaché a tallarlas en el lavadero. Despacio. Sintiendo cómo el short se me subía, cómo la tanga negra se asomaba un dedo arriba del cinturón, cómo la blusa caía hacia adelante y enseñaba el sostén.
Risas. Murmullos. Un silbido cortito que terminó en tos fingida. Uno de ellos le dio un codazo a otro y los dos se rieron como adolescentes. Yo seguía tallando, fingiendo no oírlos.
Llené una cubeta de agua y, con la excusa de que me había salpicado, me jalé la blusa por encima de la cabeza. Lentamente. La doblé sobre el borde del lavadero. Después me bajé el short con la misma lentitud, dejándolo caer hasta los tobillos, y salí de él con una pierna y luego con la otra. Me quedé en el conjunto negro, de espaldas al andamio, sabiendo que cada centímetro de mi cuerpo estaba bajo cuatro pares de ojos.
—¡Ay, mamita santísima! —se le escapó a uno.
—Cállate, güey, te va a oír.
—¡Pues que oiga, no mames! Mira ese culito, cabrón.
Yo seguí jugando con el agua. Mojé el encaje del sostén hasta que se volvió transparente y se me marcaron los pezones, chiquitos y duros como piedritas. Me incliné sobre la pila para fingir que tallaba el short y dejé los glúteos al aire, apretados por la tanga mínima que se me metía entre las nalgas y dejaba ver todo el surco. Abrí un poco las piernas, lo justo para que el encaje se me pegara al coño y se les viera el bulto de los labios apretándose contra la tela. Cuando ya no aguantaba más la tensión, me llevé las manos a la espalda, me desabroché el sostén y lo solté sobre el lavadero. Después, con la misma calma, deslicé la tanga por los muslos hasta dejarla en el piso.
Desnuda bajo el sol de las once de la mañana, me giré apenas, lo justo para mostrar el perfil. Mis senos, chicos pero firmes, los pezones rosados de punta. Una mata clara y depilada en V apuntando hacia abajo, y más abajo el coño rasurado, brillante, con los labios abiertos de puro deseo. Brillaba de agua y sudor. Y ahí sí, levanté los ojos hacia el andamio.
Eran cuatro. Cuatro hombres detenidos como estatuas, con las herramientas colgándoles de la mano y los bultos marcándoseles en los pantalones. El más alto, de hombros anchos, sin camiseta y con el torso brillante. Uno más bajito y macizo. Un barbón con barba negra cerrada. Y el último, con un tatuaje grande que le cruzaba el pecho y un cigarro apagado entre los labios.
Sonreí. Me cubrí los pechos con los antebrazos en un gesto que pretendía ser tímido y resultaba lo contrario.
—¿Qué tanto miran? —les dije, alzando la voz lo justo para que se oyera.
El barbón fue el que se animó.
—Pues… que está muy bonita, señorita. Perdón.
—¿Sí les gusta lo que ven? —insistí, ladeando la cadera y bajando los brazos para que se me vieran las tetas completas.
Los cuatro asintieron con la cabeza al mismo tiempo, como muñecos. El del tatuaje se apretaba la verga por encima del pantalón sin disimular.
—Si quieren pasar un rato… mis tíos no vuelven hasta la tarde. Toquen el portón. Yo les abro. Y vengan con ganas, porque los quiero a los cuatro.
No me hizo falta repetirlo. Antes de que terminara de juntar la ropa para dejarla colgada del tendedero, ya estaban bajando las escaleras del andamio como si se les incendiara la obra.
***
Caminé desnuda por el pasillo de cantera. El metal del portón me quemó las puntas de los dedos cuando descorrí el cerrojo. Los cuatro estaban del otro lado, sudorosos, polvorientos, con las manos enormes y los ojos pesados. Entraron sin decir nada, como animales que entran a un comedero.
El alto, el de los hombros anchos, fue el primero en ponerme las manos encima. Me agarró de la cintura por detrás, me alzó del piso unos centímetros y me llevó cargada hasta el lavadero del patio. Me dejó apoyada contra el borde, boca abajo, con los brazos sobre el cemento frío y las piernas abiertas. Los otros tres me rodearon. Sentí cuatro manos al mismo tiempo: una en el pelo, otra en un seno apretándome el pezón entre el pulgar y el índice, otra acariciándome la cadera, y otra hundiéndose entre mis muslos con dos dedos que me abrieron el coño de par en par.
—Uy, mira nada más cómo está de mojada esta cabrona —dijo el bajito, sacando los dedos y metiéndoselos en la boca al alto—. Prueba, güey.
El alto me chupó los dedos del bajito con los ojos cerrados y después se agachó atrás de mí. Me abrió las nalgas con las dos manos y me pasó la lengua entera desde el coño hasta el culo, sin pausa. Pegué un grito ronco que rebotó contra la barda. Me la volvió a pasar, ahora despacio, deteniéndose en el clítoris a chuparlo como un caramelo, metiendo la lengua bien adentro, sacándola, subiendo hasta el ojete y hundiéndola ahí también hasta que sentí las mejillas de su cara pegadas a mis nalgas.
—¿Y entonces, me van a coger o nada más me van a saborear? —les dije, mirando al alto por encima del hombro con la voz temblándome.
Le bastó la frase. Se paró, se bajó el pantalón sin desabrocharse el cinturón, y le vi la verga por primera vez: gruesa, oscura, con las venas marcadas y la punta brillante de líquido preseminal. Se la agarró con la mano derecha, se la pasó por el surco de mis nalgas embarrándome de baba, y me la clavó en el coño de un solo empujón hasta el fondo. El cemento me raspó los antebrazos y solté un aullido que no sabía que tenía guardado.
—Ay, hijo de puta —jadeé—. Toda, dámela toda.
Empezó a embestirme con un ritmo que no daba tregua, sus dedos clavándose en mi piel, sus huevos golpeándome el clítoris en cada estocada, su aliento pesado en mi cuello. Cada vez que salía casi entera y me la volvía a meter de un golpe, el lavadero temblaba y yo escupía un quejido. El barbón se puso a mi lado, se sacó la verga del pantalón (más corta que la del alto pero muy gorda, con la punta roja) y me la puso en los labios.
—Abre la boca, mamacita. Abre.
La abrí. Me la metió entera de una vez y me llegó al fondo de la garganta hasta hacerme lagrimear. La sacó, me dejó tomar aire, y me la volvió a meter siguiendo el mismo ritmo con el que el alto me cogía por atrás. Los otros dos me apretaban los pechos, me jalaban los pezones hasta estirarlos, me metían los dedos en la boca cuando el barbón sacaba la verga para que se la lamiera. Yo era un tubo abierto por los dos lados, empujada de adelante hacia atrás como un muñeco entre dos machos.
—Me vengo, me vengo, me vengo —gruñó el alto detrás de mí, y me clavó las manos en las caderas mientras metía la verga hasta la raíz. Sentí los chorros calientes reventando adentro de mí, uno, dos, tres, hasta que se me escurrió por los muslos. Salió despacio, con un ruido húmedo, y me dio una palmada fuerte en la nalga izquierda que me dejó la mano marcada.
—Órale, cabrones. Aprovechen que la dejé lista.
Se hizo a un lado. El barbón me sacó la verga de la boca con un hilo de saliva colgando y se movió hacia atrás. El bajito ocupó el lugar del alto entre mis piernas.
El bajito era más nervioso, más rápido. Tenía la verga menos larga pero muy dura, curvada hacia arriba. Me la enterró de un tirón, aprovechando la corrida del otro como lubricante, y me agarró del cabello con una mano y de la cadera con la otra. Me cogió como si tuviera prisa por terminar, con embestidas cortas y furiosas que me hacían golpear las tetas contra el cemento del lavadero.
—Puta, puta, puta —repetía entre dientes cada vez que me la metía—. Qué rico coño, cabrona, qué apretadito tienes esta madre.
Alcancé a meterme dos dedos en el clítoris y me lo froté rápido, sintiendo cómo se me iba armando el primer orgasmo del día en el vientre. Cuando el bajito jadeó la advertencia y me sacó la verga a punto de estallar, me arrodillé sobre el piso de mosaico y recibí en la boca lo que tenía. Me llenó los labios, el paladar, la lengua, y me chorreó por la barbilla hasta el pecho. Tibio, salado, urgente. Me tragué lo que pude y dejé que el resto me escurriera por las tetas.
El barbón me levantó del piso tomándome de los codos. Me sentó en el borde del lavadero, me abrió las piernas con las dos manos y se metió entre ellas. Se agachó primero. Me pasó la lengua por el coño lentamente, chupó los restos del alto que todavía me escurrían, se demoró en el clítoris hasta que empecé a temblar. Cuando ya estaba a punto de venirme, se paró, se agarró la verga y me la clavó despacio, disfrutando cada centímetro. Sus embestidas eran más lentas, más profundas, casi teatrales. Me mordía el cuello, los hombros, los pezones, me hablaba al oído cosas que no entendía y no necesitaba entender.
—Mírame —me ordenó, agarrándome la cara con una mano.
Lo miré. Tenía los ojos negros y las pestañas largas como las de un niño. Me besó en la boca por primera vez, con lengua, mientras terminaba de cogerme contra el borde del cemento. Ese beso me hizo venirme. Me apreté a él con las piernas cruzadas atrás de su cintura y me sacudí entera en su verga, gritándole en la boca. Sentí cómo se vaciaba adentro de mí unos segundos después, con un gemido largo que se le escapó entre dientes.
El del tatuaje fue el último de la primera ronda. Me puso en cuatro otra vez sobre el lavadero, pero antes de penetrarme se agachó a lamerme el culo despacio, ensopándolo de saliva, metiendo la lengua en el aro apretado hasta hacerme aflojar. Después me untó lubricante entre las nalgas con dos dedos, primero uno adentro, después dos, moviéndolos en círculos hasta que gemí.
—¿Aquí también? —me preguntó, apoyándome la punta de la verga contra el ojete.
—También —respondí. Y volteé la cara para que viera que iba en serio—. Métemela toda, cabrón. No te andes con mamadas.
Empujó despacio al principio, dejando que me fuera abriendo alrededor de él. Yo respiré hondo, empujé hacia atrás para ayudarlo, y sentí cómo la verga entera se hundía en mi culo hasta que sus pelos púbicos me tocaron las nalgas. Me llenó de una manera distinta, más profunda, más ajena. Me puso las dos manos en la cintura y empezó a moverse. El barbón, todavía duro, se paró frente a mí y me metió su verga en la boca otra vez. Los otros dos, ya sin munición, se quedaron a los lados manoseándome las tetas, jugándome con los pezones, metiéndome los dedos en el coño mientras el otro me lo dejaba libre.
—Está bien apretado el culito, mamacita, bien apretado —jadeaba el del tatuaje detrás—. Te voy a llenar todo, ¿oyes? Todo.
Y así fue. Cuando se vino, se vino adentro de mi culo con un rugido, aguantándome contra él para que no me escapara ni una gota. Salió despacio, y sentí cómo el semen empezaba a escurrírseme del ano por los muslos.
***
Lo que vino después se me mezcla en la memoria. Los cuatro se turnaron por delante y por detrás, en todas las combinaciones que se les ocurrieron. Mi cuerpo dejó de ser mío. Era un objeto que pasaba de mano en mano, de boca en boca, de verga en verga, sin más voluntad que dejarse abrir. Y, sin embargo, nunca me había sentido tan poderosa. Bastaba una mirada mía para que se movieran. Bastaba un giro de mi cadera para que se acomodaran. Yo estaba al mando, aunque tuviera las rodillas en el piso y la boca llena de verga.
El alto, ya recuperado, me acostó boca arriba sobre el lavadero y se metió entre mis piernas de nuevo. Esta vez me la clavó despacio y me la sacó completa varias veces, mostrándomela brillante de mis jugos antes de volver a hundirla. Me chupó las tetas, una y otra, tirando fuerte del pezón con los dientes. El bajito se subió al borde del lavadero por atrás de mi cabeza y me puso su verga otra vez dura sobre la cara. Me la eché a la boca sin usar las manos, empujando la cabeza para tragarla entera, sintiendo cómo la punta me tocaba el fondo de la garganta y me la abría.
El lavadero, viejo de muchas lavadas, empezó a moverse en uno de los embates. Sentí cómo la base se zafaba del muro y la pila se ladeaba peligrosamente. Lo aparté con los dos brazos antes de que se viniera abajo.
—¡Quieto, quieto! —le grité al alto, que estaba clavado hasta el fondo—. Se nos cae todo.
Nos reímos los cinco. Por primera vez en toda la mañana eran cinco humanos en un patio y no cuatro depredadores con una presa. Salimos al pasto del jardín, junto al limonero, y ahí seguimos. Me tumbé en el zacate boca arriba, abrí las piernas, y el barbón se metió entre ellas otra vez. Después me monté encima del alto, en posición de amazona, dejando que su verga entrara despacio mientras el del tatuaje se acomodaba detrás y me penetraba el ano al mismo tiempo. Sentí los dos falos apretándose adentro de mí, separados solo por una pared finísima de carne, moviéndose sin sincronizarse, cada uno buscando su ritmo. Cuando uno salía, el otro entraba. Cuando uno empujaba, el otro se quedaba clavado hasta el fondo. Los dos huecos llenos al mismo tiempo, hasta el tope, hasta el dolor bueno.
—Ay, dios, así, así, así —repetía yo con la voz rota, sin saber a cuál de los dos le hablaba.
Los otros dos se arrodillaron frente a mí, uno a cada lado, y les abrí la boca por turnos. El bajito me la ponía en los labios y yo se la chupaba profundo; después giraba la cara y le hacía lo mismo al barbón. Tenía las cuatro manos llenas manoseándome los pechos y el cuello, las dos bocas llenas por turnos, los dos sexos llenos permanentemente. Era ridículo y era exacto. Me sentí una diosa, una cerda, una reina, una puta, todo al mismo tiempo, sin poder distinguir dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
El alto me agarró de las caderas y me empezó a rebotar sobre él más fuerte. El del tatuaje me clavó las uñas en los hombros y aceleró el ritmo por atrás. Yo apreté los dos sexos con todo lo que me quedaba de músculo. El clímax me subió desde los pies, se me acumuló en el vientre, se me apretó en el clítoris hasta que ya no aguanté más.
Cuando me vine, me vine como nunca. Un grito que no reconocí como mío, un líquido caliente que sentí bajarme por los muslos y empapar el pasto y las dos vergas que tenía adentro. Me sacudí encima del alto sin control, apretando y soltando, apretando y soltando, hasta que los dos que tenía adentro me acompañaron. El del tatuaje se vació en mi culo por segunda vez con un gruñido largo. El alto me llenó el coño otra vez, hasta desbordarme. El bajito y el barbón, que se venían a los lados, terminaron sobre mí: uno me disparó el semen en la cara y los labios abiertos, el otro me lo vació en las tetas, chorros gruesos y calientes que me resbalaron por el cuello hasta los pezones.
Me dejé caer para atrás sobre el pasto, con el alto todavía adentro, el del tatuaje resbalándose despacio, y todo el cuerpo pegajoso y tembloroso. Me quedé tumbada en el zacate con los ojos cerrados, sintiendo el sol en los párpados, sintiendo el semen escurriéndoseme del coño y del culo hasta juntarse en un charco tibio debajo de mis nalgas, oyendo cómo se subían los pantalones uno a uno, riéndose en voz baja como si acabaran de hacer una travesura.
***
—Oigan —dije sin abrir los ojos, pasándome la lengua por los labios manchados—. El lavadero. Se cayó mientras… ya saben. Mi tía me mata si lo ve así. ¿Me lo pueden componer? No tengo con qué pagarles.
El barbón soltó una carcajada.
—Reina, después de esto, te lo dejamos como nuevo. Cuando quieras, además.
Me metí a bañar dos veces. Tallé el pasto del cuerpo, lavé las marcas del cemento, me saqué el semen de adentro del coño y del culo con la ducha de mano, con paciencia, sintiendo cómo salía a chorritos espesos, me cepillé los dientes tres veces para quitarme el sabor salado. Cuando mis tíos llegaron a las tres de la tarde con las bolsas de la central, los cuatro estaban en el patio mezclando cemento fresco y reacomodando la pila. Les expliqué que se había venido abajo mientras yo tendía, que pasaron a ofrecerme ayuda al verme batallando, que no me querían cobrar.
Mi tía se asomó al patio, los miró arreglando todo y volvió a la cocina con una sonrisa de extrañeza pero sin sospechar nada.
—Qué bueno que son tan amables los vecinos —dijo mientras guardaba el cilantro en el refri.
Después de comer, me ofrecí a ir a la farmacia por las medicinas de mi tío y por una radiografía que tenía pendiente. En el camino pedí también la pastilla del día después y pedí dos tickets distintos, uno por cada cosa. No por miedo. Por costumbre. La gente que se cuida no deja rastros.
El domingo no salí al patio. Los albañiles tampoco vinieron a trabajar. Mejor así. Por la tarde mi tía y mi tío me llevaron a caminar al centro del pueblo, a comer unas carnitas, y nadie se enteró de nada. El lunes a las siete tomé la camioneta de regreso. En el asiento del copiloto, debajo de una sudadera doblada, mi vibrador iba haciendo lo suyo, prendido contra mi coño todavía sensible, recordándome cada estocada, cada corrida, cada verga. No lo necesitaba, en realidad. Tenía suficiente material en la cabeza para llegar a Querétaro sin parar.