Lo que pasó cuando el técnico subió por mi ventana
Me llamo Camila y tengo veintiocho años. Soy de piel clara, caderas anchas y un cuerpo al que mi esposo dejó de prestarle atención hace ya demasiado tiempo. Lo que voy a contar pasó un sábado de junio, uno de esos días en que el calor entra por debajo de las puertas y a una le cuesta seguir vestida dentro de la casa.
Mi esposo se levantó antes que yo. Me besó la sien y me dijo, casi al oído, que iba a llegar un técnico para revisar el aire lavado del cuarto. Que estuviera atenta. Que él tenía que pasar por la oficina aunque fuera fin de semana. Yo apenas atiné a gruñir un sí entre las sábanas. Cuando escuché la puerta de calle cerrarse, me hundí de nuevo en la almohada.
Duermo siempre con un blusón largo y nada debajo. Nada de tanga, nada de short, nada que me apriete. Es una manía que tengo desde la adolescencia y mi esposo aprendió a respetarla sin discutirla, aunque hace meses que ni siquiera me mete mano por debajo de la tela.
Me desperté a medias por un ruido metálico contra la pared exterior. Golpes secos, una voz de hombre dándole indicaciones a otra. Mi habitación está en el segundo piso y, como el aire todavía no funcionaba, había dejado la ventana abierta. Estiré un brazo y me di cuenta, recién entonces, de que el blusón se me había trepado hasta la cintura.
Iba a corregirlo cuando lo vi en el espejo del tocador.
La escalera apoyada del lado de afuera quedaba justo a la altura de mi ventana. Por el reflejo, alcancé a distinguir la silueta de un hombre asomándose por arriba del marco. No me miraba la cara. Me miraba el culo desnudo, ahí, ofrecido como un postre, en medio de la cama. Y algo más: yo dormía con una pierna cruzada arriba de la otra, y al haberme movido, tenía el coño entreabierto, mostrando los labios rosados y el vello recortado que me dejo siempre.
Mi primer impulso fue cubrirme. Lo tapé todo de un manotazo, con la sábana hasta los hombros. El corazón se me había puesto a latir como si estuviera por correr una maratón. Pero no era miedo. Era otra cosa. Sentí, entre las piernas, ese cosquilleo húmedo que hacía meses no sentía, y me di cuenta de que ya tenía las bragas mojadas sin llevar bragas puestas.
Si me vio, ya me vio.
Cerré los ojos un segundo. Después, despacio, sin levantar la cabeza, dejé que la sábana resbalara hacia los pies de la cama. Acomodé el blusón un dedo más arriba, no menos. Cambié la pierna de lugar para que el ángulo del espejo me delatara con todavía más claridad. Abrí un poco los muslos, lo justo para que él pudiera ver mi coño de frente, y me quedé inmóvil, fingiendo dormir.
El hombre subió y bajó la escalera no sé cuántas veces. Cada vuelta sobraba. No había trabajo que justificara aparecer y desaparecer así, una vez tras otra. Yo seguía con la respiración medida y los párpados a media asta, espiándolo en el reflejo. Era un tipo de unos cuarenta y cinco, fornido, con el pelo cano cortado bien al ras y unos brazos curtidos por el sol. No me cuesta admitir que me gustó lo que vi. Se le marcaba, además, un bulto grueso en el pantalón cada vez que se acercaba al vidrio. Yo, sin dejar de fingir el sueño, dejé caer una mano entre mis piernas y me pasé un dedo por los labios del coño, muy despacio, mordiéndome adentro de la boca para no gemir. Estaba empapada.
Sonó el teléfono y pegué un salto. Era mi esposo. Me decía, con la voz apurada de siempre, que el técnico necesitaba que yo le firmara una orden de servicio y le confirmara que el equipo respondía. Que por favor bajara. Le contesté que sí, que ya iba, mientras buscaba con la mirada cualquier cosa para ponerme encima.
No me puse nada. Ni sostén, ni tanga, ni siquiera una bata. El blusón solo. Si el hombre ya me había visto desde la escalera, no tenía sentido fingir pudor a esa altura. Me pasé antes un dedo húmedo por los pezones, para dejarlos duros bajo la tela, y me miré al espejo: se me marcaban los dos como piedritas, y el ruedo del blusón apenas me tapaba el nacimiento del culo.
Bajé las escaleras descalza. Él estaba en el living, con la caja de herramientas a sus pies y un trapo en la mano. Cuando me vio aparecer en el rellano, se quedó tieso. La mirada le bajó dos veces sin que él pudiera evitarlo y después se la fijó en los ojos, con una sonrisa tímida.
—Buenos días, señora. Disculpe que la moleste. Necesito que pruebe el encendido conmigo.
—Camila. Dígame Camila.
Me crucé de brazos al pasar junto a él, no tanto para taparme como para que se notara que no llevaba sostén y que las tetas se me apretaban una contra otra por encima del brazo. Le di la espalda mientras manipulaba el control remoto y sentí la mirada otra vez, esa presión cálida sobre la nuca y más abajo. Me agaché un poco, más de lo necesario, y sentí perfectamente cómo el aire fresco del cuarto me pegaba entre las nalgas. Apreté el botón de encendido. El aire arrancó con un quejido y se apagó solo a los pocos segundos.
—Hay una pieza que no responde —dijo él, carraspeando—. Tengo que subir a confirmar qué es lo que falla. Si pudiera acompañarme un momento, para que vea con sus propios ojos lo que voy a tener que cambiar…
—Subo —le contesté.
Le mentí. Le dije que les tenía pánico a las alturas, que si no le molestaba que él subiera detrás de mí. Que prefería tener a alguien que me sostuviera por si me mareaba. Él aceptó, por supuesto. Yo agarré los primeros peldaños de la escalera plegable que estaba apoyada por dentro de la habitación, justo debajo del conducto, y empecé a subir, despacio, con el blusón ondulando alrededor de mis muslos.
No hizo falta mucho esfuerzo. A los tres escalones, el ruedo ya quedaba a la altura de su cara. Sentí que dejaba de respirar abajo. Sentí, también, que el aire del cuarto se ponía denso, como si hubiera demasiada gente respirando al mismo tiempo. Yo estaba mojada antes de empezar a subir y, con cada movimiento, lo estaba más. Sabía que él estaba viendo, desde abajo, mi coño abierto y brillante, con un hilo de humedad bajándome por la cara interna del muslo. Sabía que estaba viendo todo y no hacía nada por disimularlo: le escuché la respiración pesada, y por el rabillo del ojo lo vi tragar saliva y llevarse una mano al bulto para acomodárselo.
Quise alargar un poco la escena y, de tanto teatro, me distraje. El pie izquierdo se me dobló contra el escalón y me dejé caer hacia un lado con un grito mezcla de susto y comedia. Él me sostuvo en el aire antes de que tocara el piso. Me levantó como si yo no pesara nada y me llevó en brazos hasta la cama. La frente le brillaba de sudor. Al alzarme, el blusón se me subió hasta la cintura y sentí perfectamente su antebrazo peludo apretado contra mi coño desnudo.
—Quédese quieta, Camila. Déjeme ver si no se quebró nada.
***
Me sentó al borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Me tomó el tobillo entre las manos y empezó a moverlo con cuidado, dibujando círculos despacio. La preocupación le había borrado, al menos por un rato, la calentura del primer momento. O eso pensé yo. Hasta que me acordé de cómo estaba sentada y de qué era exactamente lo que él tenía a la altura de los ojos: mi coño, abierto, húmedo, oliendo a mí, a medio palmo de su boca.
—¿Le duele también por acá? —preguntó, subiendo los dedos por el empeine.
—Un poco más arriba —dije.
—¿La pantorrilla?
—Más arriba.
Subió la palma por la pantorrilla, después por la cara interna de la rodilla, y se detuvo ahí, con la mano abierta sobre el muslo, mirándome como pidiendo permiso. Yo no le contesté. Solo lo miré, con la respiración cortada, y abrí las piernas del todo, sin cruzarlas, para que la mano siguiera de largo.
Los dedos siguieron. Rectos, decididos. Cuando el pulgar me tocó los labios del coño, se me escapó un jadeo largo, uno que hacía meses que no soltaba. Él pasó dos dedos por la raja, de abajo hacia arriba, y los levantó brillantes, empapados en mi flujo. Se los llevó a la boca sin dejar de mirarme y los chupó.
—Está usted mojadísima, Camila —murmuró.
—Métamelos —le pedí.
No hizo falta que se lo repitiera. Me hundió dos dedos de un envión, hasta los nudillos, y empezó a moverlos adentro despacio, buscándome con la yema el punto de arriba. Me apoyé en los codos. El blusón se me había vuelto a subir hasta la cadera y, desde donde él estaba, no quedaba absolutamente nada por descubrir. Mi pie derecho, por accidente o por mi propia voluntad, no sé, fue a parar contra el bulto que se le marcaba en el pantalón. Lo dejé ahí. Empujé un poco. Lo sentí crecer, latir, buscar salida contra la tela.
—Si me hace un masaje en serio capaz se me pasa —murmuré con la voz temblorosa—. Mi esposo nunca me hace masajes. Ni me toca. Ni me mira.
—¿Está segura?
—Vaya a buscarme una pomada al armario. La de arriba, la del frasco rojo.
Antes de que se apartara, le agarré la cabeza con una mano y le empujé la boca contra mi coño. Él no se resistió. Sacó la lengua y me pasó una lamida larga, ancha, de abajo hacia arriba, y se detuvo a chuparme el clítoris hasta que yo apreté las piernas contra sus orejas. Me lo lamió como si tuviera hambre, con dientes y todo, mordisqueándome los labios, hundiendo la lengua adentro y sacándola. Me hizo una primera corrida en la boca en menos de dos minutos. Chupé aire mientras acababa contra su cara, arqueada, empujándole la nuca. Él siguió chupando incluso después, tragándose todo lo que me salía.
—La pomada —le dije, riéndome, sin aliento.
Abrió el armario de mi lado de la cama. Yo sabía perfectamente que en ese cajón, además del frasco rojo, había una caja de cartón con tres juguetes adentro. Un vibrador, un consolador y un par de bolas chinas. Lo escuché demorarse más de la cuenta. Cuando volvió, traía el frasco en una mano, el vibrador en la otra, y una sonrisa nueva, distinta a la de antes. Una sonrisa de cómplice.
—Sáquese el blusón —dijo. Ya no fue una sugerencia.
Me lo saqué. Quedé desnuda en la cama, con las tetas al aire, los pezones duros como si me hubieran metido en hielo, y él parado al pie, mirándome de arriba a abajo con la boca todavía brillante de mi corrida.
Me acosté boca abajo, con las piernas un poco abiertas y los brazos cruzados bajo la mejilla. Él se sentó a horcajadas, apoyando casi todo el peso sobre mis nalgas, y empezó a deslizar la crema por la espalda, los hombros, la cintura. No era un masaje terapéutico. Cada vez que bajaba, las manos se le iban más adentro, separándome las nalgas, rozando la entrepierna con la punta de los dedos como sin querer. Yo gemía contra el colchón y dejaba que lo hiciera. Sentí el zumbido del vibrador antes de sentirlo en la piel. Me lo pasó por el hueco de la espalda, después por la raya del culo, y me lo apoyó sobre el ojete un momento, apenas para que yo diera un respingo y le sacara una carcajada ronca. Bajó más. Me lo empujó contra el clítoris desde atrás, con el mango largo asomando entre mis muslos, y con la otra mano me abrió las nalgas para escupirme sobre el culo.
—Quieta —me dijo—. Aguántame así.
Por el espejo del tocador alcancé a ver el momento exacto en que se desabrochó el cinturón y se sacó la polla con una mano. Era gruesa, oscura, casi del color de sus brazos, con la punta hinchada y un venazo grueso corriéndole por el lado de abajo. Empezó a masturbarse despacio mientras con la otra mano me seguía apretando el vibrador contra el coño. El roce de su piel contra la mía y el vaivén de su muñeca me hicieron arquearme sin querer. Se escupió en la mano y se untó la polla entera, de arriba a abajo, hasta que le brilló.
Levanté un poco el culo. Lo subí lo justo para que entendiera que ya estaba bien de jugar.
No mediamos palabra. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo apoyaba la cabeza gorda de su polla contra mi coño y cómo, de un solo empujón firme, se metía entero. El grito que se me escapó fue más de sorpresa que de dolor. Estaba tan empapada que entró como si me hubiera estado esperando toda la mañana. Me llenó por completo. Sentí las bolas golpearme por debajo, contra el clítoris, y el vello de su pubis raspándome las nalgas.
—Sin parar —le pedí, mordiendo la almohada—. No pares, no pares, no pares.
Él me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a moverse con un ritmo que no admitía réplica. Yo subía y bajaba la cadera contra él, buscándolo, empalándome yo misma. La cama crujía. El aire seguía sin funcionar y el cuarto olía a crema, a sudor, a coño mojado y a algo más, algo dulce y oscuro que solamente se siente cuando una está cogiendo con alguien que no debería estar ahí. Me metió una mano en la boca y yo se la chupé, mordiéndole los dedos. Con la otra me agarró del pelo y me arqueó el cuello hacia atrás.
—Mírate, Camila —me dijo al oído, sin dejar de embestir—. Mírate cómo te la tragas.
Yo miraba en el espejo del tocador cómo su polla entraba y salía de mí, brillante de mi flujo, y no me reconocía. Nunca me había visto la cara así, con la boca abierta y los ojos idos.
Me dio vuelta de un tirón. Me dejó boca arriba, abierta de piernas, y se hundió de nuevo dentro de mí mientras me besaba con la lengua entera, sin dejarme respirar. Me agarraba las tetas con las dos manos, me las apretaba hasta dejarme las marcas de los dedos, me pellizcaba los pezones hasta que grité. Bajó la boca y me los chupó uno por uno, mordiéndolos, tirándolos con los dientes. Me abrió las piernas más de lo que yo pensaba que se podían abrir, me las levantó hasta apoyarme los tobillos en sus hombros y me clavó la polla hasta el fondo, sacándola casi entera y volviéndola a meter con un golpe seco que me hacía chapotear.
—Eres una calentona —me dijo al oído, sin dejar de embestir.
—Soy una calentona —repetí.
—Eres mi puta.
—Soy tu puta.
—Dilo bien. Dime para qué me llamaste.
—Para que me la metieras —le dije, mirándolo a los ojos—. Para que me la metieras hasta el fondo. Para que me follaras como no me folla nadie.
Lo dije sin pensar y sin avergonzarme. Lo dije porque era verdad, al menos esa mañana. Acabé así, con él mirándome a los ojos, con dos dedos en la boca y su polla martillándome por dentro, sin que yo entendiera muy bien en qué momento había cruzado la última línea. Me corrí a chorros, apretándole la polla adentro, mojándole el pantalón caído en las rodillas. Él aceleró el ritmo, me agarró fuerte de las caderas y, en el último segundo, se sacó y me dejó los chorros de leche tibia por encima del vientre, entre las tetas, uno hasta el mentón. Los conté: cinco, seis. Se quedó ahí un instante, jadeando, con la polla goteando en mi ombligo, mirándome como si no terminara de creérselo.
Sonó mi teléfono. Otra vez mi esposo. Avisaba que estaba a diez minutos de casa.
Me pasé un dedo por el pecho, recogiéndome la corrida, y me llevé el dedo a la boca. Él me miró tragar. Después me pasé otros dos dedos por el coño empapado, recogiéndome también lo mío, y le metí esos dedos en la boca a él, uno tras otro, hasta el fondo, para que me chupara todo lo que yo había echado. Los chupó como si fueran caramelos. Él se subió el pantalón con manos torpes, se acomodó el cinturón y me sostuvo la mirada un segundo más, ya desde la puerta.
—Vuelvo el martes —dijo—. Falta cambiar esa pieza.
—Que sea cuando él no esté.
Bajé descalza, me duché en dos minutos, me puse algo de ropa decente y abrí la puerta de la calle a mi esposo con una sonrisa fresca. Lo besé en la boca. Él me devolvió el beso sin notar nada, sin oler nada, sin sospechar nada.
***
Desde ese sábado, el aire lavado del cuarto se me descompone con una regularidad notable. Justo los días en que mi esposo tiene oficina. El técnico ya sabe el camino, ya sabe el armario, ya sabe lo que hay adentro y ya no se molesta en disimular nada. Pero esa parte de la historia, si me da la gana, la cuento otro día.
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