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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando el técnico subió por mi ventana

Me llamo Camila y tengo veintiocho años. Soy de piel clara, caderas anchas y un cuerpo al que mi esposo dejó de prestarle atención hace ya demasiado tiempo. Lo que voy a contar pasó un sábado de junio, uno de esos días en que el calor entra por debajo de las puertas y a una le cuesta seguir vestida dentro de la casa.

Mi esposo se levantó antes que yo. Me besó la sien y me dijo, casi al oído, que iba a llegar un técnico para revisar el aire lavado del cuarto. Que estuviera atenta. Que él tenía que pasar por la oficina aunque fuera fin de semana. Yo apenas atiné a gruñir un sí entre las sábanas. Cuando escuché la puerta de calle cerrarse, me hundí de nuevo en la almohada.

Duermo siempre con un blusón largo y nada debajo. Nada de tanga, nada de short, nada que me apriete. Es una manía que tengo desde la adolescencia y mi esposo aprendió a respetarla sin discutirla.

Me desperté a medias por un ruido metálico contra la pared exterior. Golpes secos, una voz de hombre dándole indicaciones a otra. Mi habitación está en el segundo piso y, como el aire todavía no funcionaba, había dejado la ventana abierta. Estiré un brazo y me di cuenta, recién entonces, de que el blusón se me había trepado hasta la cintura.

Iba a corregirlo cuando lo vi en el espejo del tocador.

La escalera apoyada del lado de afuera quedaba justo a la altura de mi ventana. Por el reflejo, alcancé a distinguir la silueta de un hombre asomándose por arriba del marco. No me miraba la cara. Me miraba el culo desnudo, ahí, ofrecido como un postre, en medio de la cama.

Mi primer impulso fue cubrirme. Lo tapé todo de un manotazo, con la sábana hasta los hombros. El corazón se me había puesto a latir como si estuviera por correr una maratón. Pero no era miedo. Era otra cosa.

Si me vio, ya me vio.

Cerré los ojos un segundo. Después, despacio, sin levantar la cabeza, dejé que la sábana resbalara hacia los pies de la cama. Acomodé el blusón un dedo más arriba, no menos. Cambié la pierna de lugar para que el ángulo del espejo me delatara con todavía más claridad. Y me quedé inmóvil, fingiendo dormir.

El hombre subió y bajó la escalera no sé cuántas veces. Cada vuelta sobraba. No había trabajo que justificara aparecer y desaparecer así, una vez tras otra. Yo seguía con la respiración medida y los párpados a media asta, espiándolo en el reflejo. Era un tipo de unos cuarenta y cinco, fornido, con el pelo cano cortado bien al ras y unos brazos curtidos por el sol. No me cuesta admitir que me gustó lo que vi.

Sonó el teléfono y pegué un salto. Era mi esposo. Me decía, con la voz apurada de siempre, que el técnico necesitaba que yo le firmara una orden de servicio y le confirmara que el equipo respondía. Que por favor bajara. Le contesté que sí, que ya iba, mientras buscaba con la mirada cualquier cosa para ponerme encima.

No me puse nada. Ni sostén, ni tanga, ni siquiera una bata. El blusón solo. Si el hombre ya me había visto desde la escalera, no tenía sentido fingir pudor a esa altura.

Bajé las escaleras descalza. Él estaba en el living, con la caja de herramientas a sus pies y un trapo en la mano. Cuando me vio aparecer en el rellano, se quedó tieso. La mirada le bajó dos veces sin que él pudiera evitarlo y después se la fijó en los ojos, con una sonrisa tímida.

—Buenos días, señora. Disculpe que la moleste. Necesito que pruebe el encendido conmigo.

—Camila. Dígame Camila.

Me crucé de brazos al pasar junto a él, no tanto para taparme como para que se notara que no llevaba sostén. Le di la espalda mientras manipulaba el control remoto y sentí la mirada otra vez, esa presión cálida sobre la nuca y más abajo. Apreté el botón de encendido. El aire arrancó con un quejido y se apagó solo a los pocos segundos.

—Hay una pieza que no responde —dijo él, carraspeando—. Tengo que subir a confirmar qué es lo que falla. Si pudiera acompañarme un momento, para que vea con sus propios ojos lo que voy a tener que cambiar…

—Subo —le contesté.

Le mentí. Le dije que les tenía pánico a las alturas, que si no le molestaba que él subiera detrás de mí. Que prefería tener a alguien que me sostuviera por si me mareaba. Él aceptó, por supuesto. Yo agarré los primeros peldaños de la escalera plegable que estaba apoyada por dentro de la habitación, justo debajo del conducto, y empecé a subir, despacio, con el blusón ondulando alrededor de mis muslos.

No hizo falta mucho esfuerzo. A los tres escalones, el ruedo ya quedaba a la altura de su cara. Sentí que dejaba de respirar abajo. Sentí, también, que el aire del cuarto se ponía denso, como si hubiera demasiada gente respirando al mismo tiempo. Yo estaba mojada antes de empezar a subir y, con cada movimiento, lo estaba más.

Quise alargar un poco la escena y, de tanto teatro, me distraje. El pie izquierdo se me dobló contra el escalón y me dejé caer hacia un lado con un grito mezcla de susto y comedia. Él me sostuvo en el aire antes de que tocara el piso. Me levantó como si yo no pesara nada y me llevó en brazos hasta la cama. La frente le brillaba de sudor.

—Quédese quieta, Camila. Déjeme ver si no se quebró nada.

***

Me sentó al borde de la cama y se arrodilló frente a mí. Me tomó el tobillo entre las manos y empezó a moverlo con cuidado, dibujando círculos despacio. La preocupación le había borrado, al menos por un rato, la calentura del primer momento. O eso pensé yo. Hasta que me acordé de cómo estaba sentada y de qué era exactamente lo que él tenía a la altura de los ojos.

—¿Le duele también por acá? —preguntó, subiendo los dedos por el empeine.

—Un poco más arriba —dije.

—¿La pantorrilla?

—Más arriba.

Subió la palma por la pantorrilla, después por la cara interna de la rodilla, y se detuvo ahí, con la mano abierta sobre el muslo, mirándome como pidiendo permiso. Yo no le contesté. Solo lo miré, con la respiración cortada, y crucé apenas la pierna libre por encima de la otra para abrirle todavía más espacio.

Me apoyé en los codos. El blusón se me había vuelto a subir hasta la cadera y, desde donde él estaba, no quedaba absolutamente nada por descubrir. Mi pie derecho, por accidente o por mi propia voluntad, no sé, fue a parar contra el bulto que se le marcaba en el pantalón. Lo dejé ahí. Empujé un poco. Lo sentí crecer.

—Si me hace un masaje en serio capaz se me pasa —murmuré—. Mi esposo nunca me hace masajes.

—¿Está segura?

—Vaya a buscarme una pomada al armario. La de arriba, la del frasco rojo.

Abrió el armario de mi lado de la cama. Yo sabía perfectamente que en ese cajón, además del frasco rojo, había una caja de cartón con tres juguetes adentro. Un vibrador, un consolador y un par de bolas chinas. Lo escuché demorarse más de la cuenta. Cuando volvió, traía el frasco en la mano y una sonrisa nueva, distinta a la de antes. Una sonrisa de cómplice.

—Sáquese el blusón —dijo. Ya no fue una sugerencia.

Me lo saqué.

Me acosté boca abajo, con las piernas un poco abiertas y los brazos cruzados bajo la mejilla. Él se sentó a horcajadas, apoyando casi todo el peso sobre mis nalgas, y empezó a deslizar la crema por la espalda, los hombros, la cintura. No era un masaje terapéutico. Cada vez que bajaba, las manos se le iban más adentro, separándome las nalgas, rozando la entrepierna con la punta de los dedos como sin querer. Yo gemía contra el colchón y dejaba que lo hiciera.

Por el espejo del tocador alcancé a ver el momento exacto en que se desabrochó el cinturón y se sacó el pene con una mano. Era grueso, oscuro, casi del color de sus brazos. Empezó a masturbarse despacio mientras con la otra mano me seguía acariciando la cintura. El roce de su piel contra la mía y el vaivén de su muñeca me hicieron arquearme sin querer.

Levanté un poco el culo. Lo subí lo justo para que entendiera que ya estaba bien de jugar.

No mediamos palabra. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo apoyaba la cabeza de su pene contra mí y cómo, de un solo empujón firme, se metía entero. El grito que se me escapó fue más de sorpresa que de dolor. Estaba tan empapada que entró como si me hubiera estado esperando toda la mañana.

—Sin parar —le pedí, mordiendo la almohada.

Él me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a moverse con un ritmo que no admitía réplica. Yo subía y bajaba la cadera contra él, buscándolo. La cama crujía. El aire seguía sin funcionar y el cuarto olía a crema, a sudor y a algo más, algo dulce y oscuro que solamente se siente cuando una está cogiendo con alguien que no debería estar ahí.

Me dio vuelta de un tirón. Me dejó boca arriba, abierta de piernas, y se hundió de nuevo dentro de mí mientras me besaba con la lengua entera, sin dejarme respirar. Me agarraba los pechos con las dos manos, me los apretaba hasta dejarme las marcas de los dedos. Acabé así, con él mirándome a los ojos, sin que yo entendiera muy bien en qué momento había cruzado la última línea.

—Eres una calentona —me dijo al oído, sin dejar de embestir.

—Soy una calentona —repetí.

—Eres mi puta.

—Soy tu puta.

Lo dije sin pensar y sin avergonzarme. Lo dije porque era verdad, al menos esa mañana. Él aceleró el ritmo, me agarró fuerte de las caderas y, en el último segundo, se sacó y me dejó la entrada empapada de leche tibia. Se quedó ahí un instante, jadeando, mirándome como si no terminara de creérselo.

Sonó mi teléfono. Otra vez mi esposo. Avisaba que estaba a diez minutos de casa.

Me limpié con un dedo, me llevé el dedo a la boca y se lo mostré antes de tragar. Él se subió el pantalón con manos torpes, se acomodó el cinturón y me sostuvo la mirada un segundo más, ya desde la puerta.

—Vuelvo el martes —dijo—. Falta cambiar esa pieza.

—Que sea cuando él no esté.

Bajé descalza, me puse algo de ropa decente y abrí la puerta de la calle a mi esposo con una sonrisa fresca. Lo besé en la boca. Él me devolvió el beso sin notar nada, sin oler nada, sin sospechar nada.

***

Desde ese sábado, el aire lavado del cuarto se me descompone con una regularidad notable. Justo los días en que mi esposo tiene oficina. El técnico ya sabe el camino, ya sabe el armario, ya sabe lo que hay adentro y ya no se molesta en disimular nada. Pero esa parte de la historia, si me da la gana, la cuento otro día.

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Comentarios (4)

NachoPosta

increible!! me engancho desde la primera linea, no pude parar de leer

Marita76

porfavor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas jajaja

Eduardo_Cba

ese detalle del espejo es lo que hace todo. muy bueno el relato, de lo mejor que lei aca en tiempo

VentanasCerradas

me quede pensando en ese momento jeje. muy bien contado, da esa sensacion rara y emocionante a la vez

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